1: El fin que no llego
El suelo crujía.
Las paredes temblaban.
La torre sangraba.
Y él… apenas podía mantenerse en pie.
Betelgeuse jadeaba, su cuerpo cubierto de heridas, tembloroso, al borde del colapso. Frente a él, el jugador más fuerte de la humanidad yacía sin vida. Su pecho no subía ni bajaba. Sus ojos abiertos, fijos en el vacío. Su arma descansaba lejos de su mano, inútil al fin.
Silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio reinaba. Un silencio que no era paz, sino preludio de una catástrofe.
Betelgeuse quiso sonreír. Y sonrió. No era una sonrisa de victoria ni alegría, sino la sonrisa de alguien que sobrevive un día más en la celda de la muerte.
Pensó, débil, “Todavía no.”
Pero su cuerpo ya no respondió.
Sus rodillas cedieron.
Se dejó caer al frío suelo.
El final había empezado.
Desde que abrió los ojos por primera vez, había estado encerrado. Sin explicaciones. Sin palabras. Sólo órdenes: luchar.
Luchar para vivir.
Luchar para proteger.
Luchar aunque no entendiera.
No era un monstruo. No al principio.
Pero cada día, cada semana, hombres, mujeres y criaturas llegaban a matarlo. Uno tras otro. Sin descanso. Sin alma.
Algo dentro de él se rompió poco a poco.
Quiso detener la lucha. Quiso explicar. Pero nadie escuchaba. Sólo atacaban. Y él respondía porque no podía hacer otra cosa.
Pensó con rabia, “Malditos humanos. ¿Tan ciegos son? ¿Tan desesperados por un enemigo que no ven la verdad justo frente a ellos?”
—Idiotas —murmuró con voz rota, mientras la torre crujía y se caía—. Atacaron lo único que los mantenía a salvo.
La torre no era una amenaza.
Era una prisión.
Una barrera que contenía algo que nadie debía liberar.
Ahora se estaba rompiendo.
Cada piedra que caía hacía temblar la tierra.
Lo que venía no era él.
Era algo peor.
Algo que hasta Betelgeuse temía.
Los humanos confundieron al carcelero con el prisionero.
Al destruir la torre, no liberaron nada.
Pensó, con lástima, mientras sentía la sangre correr por su costado: “Los condenaron a todos.”
La respiración le fallaba.
No tenía miedo. Sólo lástima.
—¿Creían que esto era el final del tutorial? —rió, pero su risa se rompió en sollozos—. Pobres ilusos… Esto no es el final. Esto apenas comienza.
Y cayó.
Cayó con la torre.
Cayó al abismo.
Mientras abajo, el mundo se preparaba para conocer el verdadero infierno.