sipnosis
tbtbA veces, el amor no se acaba. Solo cambia de forma. Se queda en los lugares donde fuimos felices, en los silencios que nadie escucha, en las cosas pequeñas: un abrigo colgado detrás de una puerta, el sonido de la risa contra el vidrio empañado, el recuerdo preciso del tacto en medio del frío. A veces, el amor sobrevive incluso cuando quienes lo sintieron ya no están para contarlo. Nadie nos enseñó a despedirnos. Y quizás por eso nunca lo hicimos del todo. Lo nuestro no tuvo un final. Se quedó suspendido en algún punto entre la estación central de Londres y una cabaña escondida al otro lado del mundo, donde el tiempo dejó de tener sentido. Fue ahí donde el verano se deshizo en nuestras manos y nos quedamos quietos, viendo cómo todo lo cálido se convertía en escarcha. Alguien dijo una vez que los verdaderos amores nunca mueren. Pero no habló de lo que sucede cuando el cuerpo se va y el alma se queda. Esta es la historia de dos personas que lo tuvieron todo. La historia de una risa que aún resuena entre los árboles. De un nombre que todavía se pronuncia en voz baja. De una mirada que, si cierras los ojos, aún quema como el sol de agosto. Y aunque ahora todo parezca cubierto de nieve, si uno escucha bien, todavía hay pasos en la madera. Todavía hay un par de maletas junto a la puerta. Todavía hay dos tazas de té servidas. Como si nada hubiera cambiado. Como si el verano aún no se hubiera ido.