Principio de mi ruina
Me llamo Nisha Astoria y nací en Albania, una de las provincias más pobres del reino. Nuestra economía se sostiene apenas con la ganadería y la agricultura. La vida aquí nunca ha sido fácil... y para mí, mucho menos.
Hoy vivo en las calles, y algunas noches, si tengo suerte, encuentro refugio en algún establo. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que tenía una familia... hasta que todo se desmoronó.
Mi padre murió de forma repentina. Dijeron que fue envenenado. Al principio no entendía nada, pero las cosas se volvieron aún más oscuras cuando mi madre, poco tiempo después, se casó con un hombre adinerado. Desesperada por respuestas, la enfrenté... y fue entonces cuando me confesó la verdad: ella había envenenado a mi padre.
Después de eso, simplemente desapareció. Se fue con su nuevo esposo y nunca más supe de ella. Me quedé sola. Sin hogar, sin protección, sin nadie.
Tuve que aprender a sobrevivir por mí misma. Y aunque el frío, el hambre y la soledad me han hecho más fuerte, hay una parte de mí que sigue rota.
Aprendí a defenderme de las morbosidades de los hombres desde muy joven. La soledad se volvió mi aliada, y con el tiempo, también aprendí a cazar algunos animales para alimentarme. Con cada día que pasaba, mi instinto se afilaba, y mi presencia se volvía más temida.
Ahora, la gente evita pasar o siquiera acercarse por los lugares donde suelo cazar o caminar. He matado a varios hombres que no buscaban otra cosa más que satisfacer su morbo. No me arrepiento. No busco comprensión. Solo respeto
Esa mañana bajé al lago, donde algunas personas estaban lavando ropa. Las condiciones en las que vivían eran deplorables: casas a punto de derrumbarse, niños descalzos, con los huesos marcados por la falta de comida. A pesar de todo, el pueblo seguía siendo fiel a quienes los gobernaban. Era sorprendente ver cómo la lealtad podía mantenerse firme incluso cuando el hambre y la miseria los consumía.
La ciudad, la verdadera ciudad, como Estambul o incluso otras regiones de Turquía, era un mundo aparte. Un mundo exclusivo para la gente millonaria. Nadie de nuestro pueblo tenía permitido siquiera soñar con entrar allí. Eran tierras prohibidas para nosotros, los olvidados.
Inspeccioné con cautela los alrededores. No era la primera vez que tenía que robar para sobrevivir, pero eso no hacía que fuera más fácil.
Mis ropas estaban llenas de agujeros, el frío se colaba por cada costura rota y la dignidad hacía tiempo que se había escapado de mi cuerpo. Entre unos arbustos vi algo abandonado: un pantalón raído pero entero, y una camisa apenas usada. Sin pensarlo dos veces, me los llevé. Lo hice con la misma habilidad con la que uno aprende a vivir al margen, en las sombras.
En la distancia, la ciudad gritaba una noticia largamente esperada:
—¡El nuevo sultán ha llegado al palacio!
—¡El sultán Selim II, hijo del gran Suleimán y la sultana Hurrem!
—¡Cambiará la ciudad! ¡Cambiará nuestras vidas!
Las palabras flotaban como promesas envenenadas. ¿No eran las mismas mentiras de siempre? Cada vez que un nuevo sultán se alzaba, la esperanza nacía... solo para morir más rápido de lo que duraba un amanecer.
Con la ropa escondida bajo el brazo, caminé hasta el establo donde dormía últimamente. Era un rincón olvidado, húmedo y lleno del olor agrio de los caballos. Mientras el dueño no lo notara, seguiría siendo mi refugio.
Colgué mi arco y mi aljaba de flechas en una rama retorcida cerca del tronco más grueso. A mi alrededor, el mundo seguía girando.