Canarino

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Summary

Enrico soñaba con un destino de libertad, pero terminó atrapado entre las luces del circo y las sombras de su apellido. Mientras el amor florece en un mundo que le exige lealtad y sangre, Enrico tendrá que decidir si su voz es la de un artista... o el grito de quien se niega a ser enjaulado. No todos los canarios están destinados a volar.

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

—¡ENRICOOOO!

El grito resonó desde las paredes de mármol hasta los pasillos alfombrados de la mansión Salvatore. Pero Enrico ya no estaba ahí.

Corría como un animal perseguido por perros de caza, con el corazón martillándole las costillas y el aliento ardiendo en su garganta. El viento frío de Roma lo cortaba mientras bajaba a toda velocidad por las escaleras de piedra del jardín trasero.

Una alarma se activó. Las luces se encendieron una por una, persiguiéndolo como ojos gigantes de algún dios furioso. Detrás, escuchó los pasos atropellados de los hombres de su padre.

—¡Deténganlo! ¡Que no cruce la cerca! —gritaba Massimo Bagarrela.

“Si me atrapan, se acabó”

Enrico saltó el muro y cayó con las manos en el asfalto. El golpe lo hizo chillar, pero no se detuvo. Corrió con las palmas sangrantes y las lágrimas mezcladas con barro. No miró atrás. No sabía exactamente hacia dónde ir, pero sabía que no podía detenerse.

Las farolas parpadeaban sobre los adoquines mojados, reflejando su sombra delgada y temblorosa. Su teléfono sonaba incesantemente, pero lo ignoraba una y otra vez. La mansión de su padre quedó atrás con sus imponentes luces, como una jaula dorada al otro lado de la ventana.

Enrico tenía dieciséis años, y acababa de traicionar a su familia.

Los meses que siguieron fueron un infierno andante.

En Frosinone, se ocultó bajo el nombre de Ricardo Bianchi y trabajó cargando cajas en el puerto.

—Espero no me des problemas ragazzo— dijo el dueño del bar luego de que Enrico lograra finalmente convencerlo de que lo dejara quedarse en la diminuta habitación del fondo.

Una noche, uno de los clientes borrachos intentó forzarlo en la escalera trasera.

Forcejeo y se defendió apuñalándolo en el hombro con una navaja oxidada que había robado de la barra. El hombre cayó al suelo sujetándose el brazo y maldiciendo a gritos.

Enrico no supo que sucedió después, porque esa misma noche, ya estaba fuera de la ciudad.

En Cassino, dormía en la azotea de un viejo cine abandonado. Durante el día trabajaba en la plaza ayudando a una dulce señora a vender cannolis sicilianos.

En un par de semanas ya se había hecho amigo de la dulce ancianita que le ofrecía pasteles recién horneados y té de hibisco por las tardes.

—Me recuerdas mucho a mi nieto, él también se llama Ricardo. Hace cinco años que vive con su madre en Portugal y solo me visita en navidad. Creo que por eso me gusta tenerte cerca. —decía la dulce señora siempre que la visitaba.

A los pocos días, cuando fue a la plaza a vender los pasteles, encontró a dos hombres sospechosos preguntando por un chico como él.

Uno de ellos llevaba zapatos demasiado caros como para ser del pueblo. Los hombres se alarmaron al verlo y cuando se lanzó a correr, lo llamaron por su verdadero nombre.

Enrico corrió, corrió y no volvió a mirar atrás. Nunca supo si los hombres los había mandado su padre o simplemente eran sombras de su paranoia.

Aun así, siguió corriendo.

En Formia, conoció a una joven llamada Guiada que se ganaba la vida cantando en un pub.

—Se que le mentiste al dueño sobre tu edad— dijo con una chispa astuta que la destacaba.

Pero Enrico se mantuvo en silencio pendiente a la siguiente palabra. Guiada lo tomo de la muñeca y lo llevo a rastras a un pequeño cuartucho en la última planta del edificio al final del callejón.

—Puedes quedarte conmigo mientras tanto… digamos que yo también dije la misma mentira, así que nos guardaremos el secreto mutuamente. Este es mi número. Puedes llamarme si sucede algo mientras estoy fuera— dijo anotando ella misma el contacto en el teléfono de su nuevo amigo.

Las semanas pasaron en relativa calma y su relación con Guiada fue creciendo poco a poco. A veces Fittone, uno de los camareros le daba con el codo cuando se quedaba congelado escuchando a la chica cantar en el escenario.

—Solo bésala y ya— decía Fittone leyéndole los pensamientos.

Por un momento Enrico creyó que podía quedarse. Que podían seguir trabajando en el bar y regresar juntos a casa todas las noches. Caminando por el prado hablando de sueños e ideales.

Guiada era una chica aparentemente alegre, pero cuando la confianza entre ellos creció, le habló de sus miedos, de su traumática infancia junto a un padre alcohólico que le pegaba siempre que volvía a casa. Le hablo de su sueño de ser una cantante famosa, y alimento sus esperanzas hablando de huir juntos, de empezar desde cero en una nueva ciudad.

— Entonces… Ricardo. ¿Tu papá también te golpeaba? ¿Por qué fue que escapaste de casa?

Esa noche, después de un torpe e inmaduro sexo, con sus cuerpos abrazados y la cabeza de Guiada sobre su pecho, Enrico bajó la guardia. Y en un desliz de confianza, le contó su historia.

A la mañana siguiente, despertó con un hombre de traje negro en su habitación. Estaba sentado en una esquina tranquilamente mientras llenaba el pequeño cuarto con el humo de un cigarro.

—Tu padre quiere que vuelvas ragazzo. Sé sensato. Non farmi problemi.

Pero Enrico saltó por la ventana, descalzo y sin camisa. A duras penas pudo esquivar la caída y solo se lastimó la rodilla derecha, aquel golpe le dejó marcada la cicatriz que aún lleva consigo. Como advertencia.

De nuevo en Baia Domizia, en un motel de mala muerte, despertó con el fuerte sonido de pasos en la escalera y sin sacar conclusiones, escapó nuevamente por la parte trasera antes de que tocaran la puerta.

No bastaba dormir con un ojo abierto y uno cerrado. Siempre sentía una presencia vigilando sus pasos.

En Mondragon, mientras comía el desayuno en un pequeño café, un hombre con un traje caro le sonrió desde la entrada con demasiada familiaridad. Y esa misma noche, ya Enrico estaba de camino a otro destino.

Cada sombra, cada mirada, cada rincón detrás de él podía significar el final. La caza no cesaba.

Pero Enrico nunca regresaría. Prefería morir de hambre que volver a casa.

Y, sin embargo, cada vez que llegaba a un nuevo pueblo, su apellido era una sombra que lo perseguía donde quiera que corriera. “Salvatore”

Pero en Pozzuoli fue diferente…