La Preparatoria Donde Todo Cambió V2

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Summary

Tanaka regresa, y la escuela ha cambiado. Esta vez, el enemigo no tiene rostro ni uniforme: se esconde entre pasillos, rumores y mentiras. Cuando Kurumi, la presidenta del consejo escolar, se convierte en el blanco de una campaña de desprestigio, Tanaka se ve arrastrado a los engranajes ocultos de la política estudiantil, donde los ideales se desmoronan y lo correcto deja de ser evidente.

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14
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n/a
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18+

Prólogo: Ser bueno no es rentable.

El día antes de recibir el alta, tuve una visita inesperada.

—¿Cómo te encuentras, Tanaka?

Alcé la vista, sin poder disimular mi sorpresa.

—Takumi-sensei...

Era la última persona que imaginaba ver allí.

—Estoy bien, gracias por venir —respondí, aún algo descolocado.

Ella sonrió brevemente, cerró la puerta tras de sí y se acercó con pasos tranquilos.

—Me alegra saberlo. Lo que hizo Tsukinori fue... bastante cruel.

—... ¿Cómo lo sabes?

Mi corazón dio un vuelco. Juramos no contarlo, y al médico le mentimos.

—Estaba en la escuela, fumando cerca de una ventana —dijo con naturalidad—. Lo oí todo.

—¿Y por qué no interviniste?

—No creí que realmente fueras a ir —admitió, con tono bajo.

Se sentó junto a mi cama.

—Después hablé con Nakamura y los demás. Me contaron lo que pasó.

No sabía bien qué responder. Me planteé disculparme, pero ya lo había hecho tantas veces... que empezaba a sentirse innecesario.

—Tsukinori firmó voluntariamente su expulsión. Parece que cumplirá su palabra de no irse de la ciudad... pero sí abandonó la escuela.

—Ya veo...

—De todos modos, lo importante ahora es que te enfoques en la excursión.

Sus palabras me aliviaron más de lo que esperaba.

Entonces recordé algo.

—Sensei... ¿por qué, cuando nos hablaste de más clases de educación física, no nos dijiste que la excursión sería conjunta?

Takumi-sensei se incorporó y miró hacia la ventana.

—Supongo que ya sabes que hay ciertos conflictos en la escuela de la presidenta Kurumi.

Asentí.

—No podíamos asegurar nada. Si la excursión conjunta fracasaba, anunciarla habría generado expectativas innecesarias. Por eso, Minamoto y su equipo también están organizando una excursión alternativa, por si acaso.

Eso explicaba por qué la sala del consejo siempre estaba ocupada.

—¿Y no era mejor esperar a confirmarlo todo?

—Eso habría retrasado demasiado la excursión. Los de tercer año estarán ocupados con exámenes finales. Si queremos que todos participen, debemos actuar ahora.

Takumi-sensei se levantó, abrió la ventana y dejó que el viento frío entrara en la habitación.

—Tanaka, aunque no lo parezca... los profesores estamos mucho más al tanto de lo que hacéis de lo que creéis.

Sus palabras me sorprendieron. Y también me molestaron.

—Entonces... si sabéis tanto, ¿por qué no actuáis cuando hace falta? ¿Por qué permitís el acoso, el bullying, los rumores falsos... como los de Kurumi?

—Porque no es nuestra obligación —respondió sin dudar—. Como personas, quizá sí. Pero como profesores... es más complicado.

Me miró con firmeza.

—Intervenir hace más visibles los casos de acoso. Y si una escuela es vista como un lugar donde ocurren esos problemas, su reputación se desploma. Menos alumnos, menos dinero.

—¿Pero no daría mejor imagen ser una escuela que lucha activamente contra eso?

—¿Y no es esa la imagen que ya damos?

Su respuesta fue como un puñal. Cruda, directa, cierta.

—Simulamos combatirlo. Creamos esa imagen de escuela segura. Pero intervenir en serio implicaría reconocer que hay un problema... y eso no conviene.

—¿Y eso no os pesa?

—Como personas, sí. Como profesionales... hay consecuencias. Imagínate que yo lucho activamente contra el bullying. Me convierto en una heroína... pero los casos visibles aumentan. ¿Enviarías a tu hijo a una escuela así?

No pude responder.

—Y aún hay más. Aunque no puedan despedirme, el sistema me haría la vida imposible. Sabotaje, aislamiento, acoso laboral. Y si no puedo más... la puerta está ahí. O, en el peor de los casos, la soga.

...

...

...

De pronto, lo entendí.

Los adultos también están atrapados.

También sufren consecuencias por hacer lo correcto.

Y aunque no lo justifica... lo hace comprensible.

No pude decir que me parecía bien.

Pero tampoco pude asegurar que yo actuaría distinto, si estuviera en su lugar.

Me invadió un remolino de sentimientos que aún no sé cómo nombrar.

—¿Y qué hay respecto a los rumores? —pregunté, apretando los puños—. Eso sí puede escalar. Puede destrozar vidas. ¿Tampoco podéis intervenir si alguien... si un alumno acaba quitándose la vida? ¿No sería peor?

Takumi-sensei bajó la mirada unos segundos. Luego me miró con seriedad.

—Tanaka... ¿cuál crees que es el mayor poder del ser humano? Su herramienta más poderosa.

La pregunta me tomó por sorpresa. Me desconcertó tanto que respondí sin pensar demasiado.

—La violencia desmesurada.

Ella esbozó una sonrisa, pero sin rastro de burla.

—Una respuesta realista. Nada puede detener una violencia sin límites. Ni siquiera las palabras. Pero dime... ¿tú podrías enfrentarte solo a toda una escuela usando solo violencia?

—No... supongo que no.

—Ahí está el punto. La violencia es efectiva, pero no está al alcance de todos. No porque no tengamos fuerza, sino porque hay demasiados agentes externos que la regulan. Leyes, normas, consecuencias.

Se detuvo un segundo antes de continuar.

—En cambio, la mayor arma que sí está al alcance de todos es la inteligencia social. El poder de moldear las percepciones. De crear rumores. De manipular a las masas.

La miré en silencio.

—¿Y qué podríamos hacer los profesores ante un rumor? ¿Pedirles que dejen de difundirlo? Lo harían igual. ¿Decir que es falso? No nos creerían. ¿Imponer nuestra autoridad por la fuerza? Eso sería una solución... pero ilegal. E inefectiva.

Su mirada era dura, casi helada.

—Por eso digo que los rumores son una forma de violencia. Una que cualquiera puede ejercer. Y nadie puede detener.

No pude evitar sentir una náusea emocional.

—Tsk... Me da asco. No me gusta ver el mundo así.

—Entonces solo te queda una opción, Tanaka —respondió sin vacilar—. Adaptarte. En este mundo, adaptarse es la única forma de sobrevivir.

Sus palabras me atravesaron.

—Takumi-sensei... ¿por qué me está diciendo todo esto?

Por un instante dudó. Pero al final, respondió con una honestidad que no esperaba.

—Porque eres un chico inteligente. Y lo que has vivido estos días te ha hecho crecer. Pero estás a punto de entrar en un mundo aún más complejo: el de la política escolar. Los consejos estudiantiles son lo más parecido que tendrás a la vida adulta... con sus alianzas, sus máscaras, sus traiciones. Quiero que estés preparado. Y que, pase lo que pase, seas capaz de soportarlo.

Me quedé en silencio.

Ella no estaba actuando solo como profesora. En ese momento, era una auténtica guía. Una figura adulta que no intenta protegerme del mundo, sino ayudarme a soportarlo.

—Gracias, Takumi-sensei. Y... perdón por haberla juzgado tan duramente antes.

Ella sonrió, cálida.

—Tranquilo. Es normal. Estás en proceso de maduración. Pero si sigues por este camino... estoy segura de que te convertirás en un adulto de verdad. Mejor que muchos que conozco. Y, sinceramente, mejor que yo.

Tras decir eso, se levantó y se marchó.

Me quedé solo, en silencio.

Recapacitando.

Ese mismo día recogí mis cosas, agradecí a las enfermeras que me cuidaron y al médico que me atendió, y salí del hospital.

Las clases todavía no habían terminado, así que técnicamente no tenía que ir a la escuela. Por primera vez en mucho tiempo, podía elegir qué hacer con mi día.Un respiro, casi como si fuera un adulto.Casi.

Decidí caminar sin rumbo fijo. A esta hora, ir de uniforme por la calle llamaba la atención, pero con mis vendajes, dudo que alguien se atreviera a decirme algo.

Llegué al centro de la ciudad. El corazón urbano. El lugar donde todo confluye: estudiantes apurados, oficinistas de paso, amas de casa, vagabundos silenciosos.

Vi a algunas personas tiradas en el suelo. No pedían dinero, solo estaban allí. Inmóviles, rotas. Fingían no ver, y el mundo fingía no verlas a ellas.

Quizá ni fingían. Quizá ya habían aceptado que el mundo les había dado la espalda.

No parecían peligrosos, pero tampoco daban confianza. Aun así, seguí caminando.

Me desvié por calles menos transitadas. Más oscuras. Más sucias.Calles con bares cerrados, letreros de neón apagados y edificios que parecían estar a punto de derrumbarse. Aquí ya no se disimulaba nada.

Prostíbulos. Drogadictos. Piel ceniza. Ojos sin fondo.Pude ver a varios pidiendo dinero. Pero aquí no lo hacían con falsa dignidad. Lo hacían como si cada moneda fuera lo último que los mantenía vivos.

Me detuve frente a uno de ellos.

Tenía los brazos llenos de marcas. Casi podía contar cuántas veces se había pinchado. Y quizá también cuántas veces había querido no despertar.

Nuestros ojos se cruzaron.

Y por un momento... solo por un instante, dudé.

¿Y si le diera dinero?¿Qué haría con él? Lo sé. Tú lo sabes. Todos lo sabemos.Pero entonces, ¿qué pasaría si, en vez de unas monedas, le diera un maletín lleno de droga? ¿Moriría esa misma noche?

Una sobredosis rápida. Silenciosa. Invisible.¿No sería... lo mejor para él?

¿Y para la sociedad?

Pensé en mi madre. En sus ojos apagados después de cada dosis. En cómo camina por la casa como un fantasma con cuerpo.Pensé en los hombres que la rodearon. En los que entraban a casa y dejaban un olor a ceniza y fracaso.

¿Y si todos ellos simplemente desaparecieran?¿Realmente el mundo lo lamentaría?

Una idea oscura me envolvió.

Quizá,esta es la adultez de verdad. No las reuniones. No los consejos. No los horarios ni los trajes.Esto.Este momento donde te preguntas, con sinceridad, si hay personas cuyo fin sería un alivio general.

Sentí el impulso de meter la mano al bolsillo. De darle algo.De jugar a ser dios.O verdugo.O tal vez solo... otro cobarde con moral flexible.

Pero no lo hice.

Solo lo miré.

Y él me siguió mirando. Sin pedir. Sin exigir.Solo... esperando.

No sé si por piedad, miedo o resignación, seguí caminando.

∆ ∆ ∆

Unas horas más tarde, una chica de cabello largo y con uniforme escolar aparecería andando por el mismo lugar por el que Tanaka había pasado.

Se detuvo delante del mismo drogadicto en el que Tanaka se paró.

Lo observó silenciosamente.

—Una ayuda por favor...

La chica sonrió, sacó varios billetes y se los dio amablemente a en la mano.

El hombre abrió los ojos de par en par y sonrió de manera exagerada.

—Ah, muchas gracias, esto será para alimentar a mis hijos.

La chica se giró y continuó andando sin decir nada.