Septem Signati

All Rights Reserved ©

Summary

Thariel Rancy nunca pidió ser especial. Vivía en una ciudad al borde del colapso, con una familia rota por silencios y recuerdos ausentes, pero todo cambió el día que recibió una carta, una carta que le daba una beca completa para ingresar al enigmático Instituto Santa Lucerna, un internado religioso que prometía conocimiento, seguridad y algo más. Las paredes del colegio susurraban secretos, los retratos lo observan y las reglas no escritas eran las más peligrosas. Entre las ceremonia, Thariel descubre que nada es lo que parece. Cada año, siete alumnos son elegidos en la ceremonia del Lirio Blanco, pero nadie vuelve a verlos. Santa Lucerna guarda un pacto y Thariel ya está marcado.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

I


Había algo antinatural en el silencio de esa casa.

No el silencio cálido de una tarde de domingo, o el silencio fértil de la madrugada. Era otro tipo de vacío, uno que parecía sangrar por las grietas de las paredes, colarse entre las rendijas del suelo y asentarse en los pulmones.

Había un silencio tan espeso que, a veces, Thariel creía que si hablaba muy fuerte, el techo colapsaría.

Vivía en una casa de concreto gris, al final de una hilera de viviendas idénticas, todas construidas en la última gran fase de evacuación del gobierno antes del colapso. Las ventanas estaban selladas con una capa transparente que filtraba la luz del sol. Según sus padres, también filtraba las ondas de radiación que flotaban en el aire como mosquitos invisibles. Nadie en Luzaria confiaba en el cielo desde hacía años.

Tenía quince años. Nunca había visto el mar, nunca había probado un helado, nunca había estado en una plaza. Pero sabía leer el humo de las fábricas desde su ventana, sabía cuándo un dron significaba vigilancia y cuándo era señal de muerte, y había aprendido a caminar sin hacer crujir el suelo.

Thariel no recordaba la última vez que vio a su madre reír, tampoco la última vez que su padre durmió sin el fusil bajo la cama.

La guerra no había llegado todavía a su ciudad, pero la radio ya hablaba de la tercera línea de fuego: una línea invisible que dividía el país en zonas: “zona limpia”, “zona útil”, “zona perdida”. Su ciudad, Ravel, ya no era ni limpia ni útil. Pronto dejaría de estar en el mapa.

La casa en la que vivía con sus padres parecía un refugio, pero en realidad era una tumba. No había cuadros, ni risas, ni aromas. Solo alarmas que marcaban el inicio del día, y un calendario con fechas tachadas con furia.

La electricidad funcionaba a ratos. El agua, si bajaba, bajaba tibia y terrosa, y el pan sabía a polvo.

Su madre rezaba siempre a un dios en el cual Thariel no creía. Un dios que había querido una nueva forma, un nuevo simbolismo: ojos cruzados, lenguas de serpiente, un sol dividido.

Su padre, por otro lado, hablaba poco. A veces fumaba con la ventana cerrada, mirando un punto fijo del cielo que nadie más parecía ver, o escribía números en servilletas: ecuaciones sin sentido. Sus años sirviendo al país lo habían dejado mal, con la cabeza en otro mundo, siempre paranoico.

Thariel, por su parte, solo caminaba por la casa. A veces leía esos libros olvidados, a veces trataba de imaginar el mundo fuera de esa casa, fuera de la guerra. Era triste: sus padres no lo dejaban salir ni siquiera a la esquina sin supervisión, ya que temían perder a su hijo.

Thariel siempre había sido un chico inteligente, desde siempre. Pero había algo muy característico en él: en ese lugar tan gris y frío, Thariel destacaba por su cabello, un bello rubio platinado, casi blanco. Era largo, le llegaba más o menos al cuello, y era liso. Era un poco tímido, debido a que no salía mucho de casa, y sus ojos eran azules claros.

En un mundo gris, decaído por la guerra, Thariel destacaba. Como el único ser tan vivo… quizás era un ángel extraviado.

Así lo llamaban a veces, sin decirlo en voz alta y sin mirarlo directo a los ojos. Lo murmuraban vecinas detrás de las cortinas de plomo, lo escupían soldados borrachos cuando cruzaban su calle, lo susurraban los sacerdotes en las iglesias. Decían que nadie con ese cabello debía haber nacido en Luzaria.

Que el cielo lo había marcado. Que brillaba demasiado para estar entre los vivos.

Thariel no entendía esas cosas, pero sí notaba cómo lo miraban: con recelo, con lástima, con una pizca de miedo y, a veces, con lujuria.

Su madre lo cubría con gorros y bufandas cuando salían, aunque fuera verano.

“Para que no te enfermes”, decía. Pero Thariel sabía que no era por eso, sabía que no era por el frío ni por la lluvia ácida. Era por los ojos, por las lenguas, por el murmullo.

A veces, por las noches, cuando el generador dejaba de parpadear y el mundo se hundía en una oscuridad espesa como alquitrán, Thariel se sentaba junto a la puerta cerrada del dormitorio de sus padres y escuchaba.

—Hay algo en él —susurraba su madre con voz temblorosa—. No es normal. No sueña como los demás.

—Son solo sueños —decía su padre.

—No. Él ve cosas. Las dibuja. ¿Y esa voz que dice escuchar? —Hubo silencio.

Y luego, el rasgueo de un encendedor seguido de una calada larga.

—Si lo descubren... si alguien del Culto se entera...

Thariel nunca lloraba cuando los oía.

Solo se quedaba allí, inmóvil, con las manos frías y los pies descalzos sobre la baldosa. Estaba acostumbrado a esa conversación.

Afuera, los drones zumbaban como insectos enormes. A veces se detenían frente a su ventana y no se iban durante horas.

Thariel tenía un cuaderno escondido, el cual guardaba debajo de una baldosa suelta, detrás del viejo calefactor oxidado. En él dibujaba la infraestructura que solía ver. No conocía el lugar, pero lo dibujaba: las torres altas, las ventanas estrechas, los vitrales con ojos incrustados, las cruces que parecían antenas.

También solía ver una luz blanca y escuchaba una voz. Siempre era la misma, tan susurrante y lejana, con un tono dulce y metálico que le dejaba el pecho helado.

Había intentado no dibujar más, había arrancado las hojas, las había quemado, pero el internado volvía a aparecer.

Una noche, incluso soñó que caminaba por los pasillos oscuros del lugar, descalzo, con el suelo frío como hueso. Las puertas no tenían manillas, las paredes respiraban, y al final de ese pasillo vio una figura, de ojos brillantes y sonrisa torcida.

Thariel despertó con sudor. Para él, esos sueños eran advertencias. Decidió no contárselo a nadie.

La mañana siguiente, su madre pegó más imágenes de dios, de símbolos religiosos. Su padre no dijo nada, solo observó a Thariel por un momento más largo de lo normal.

El joven se sentía incómodo ante la mirada de su padre. Decidió tomar sus cosas e ir a su cuarto. Soltó un suspiro algo triste. Su casa era tan silenciosa que, al hablar con sus padres, no era más que un susurro, y el ambiente era demasiado tenso. A veces, Thariel sentía que había olvidado su propia voz.

El silencio lo siguió hasta la puerta de su cuarto, como una sombra que aprendió a caminar detrás de él.

Thariel cerró la puerta con cuidado. No porque temiera hacer ruido, sino porque cualquier sonido, por mínimo que fuera, parecía tener el poder de romper algo frágil dentro de la casa. Eso era algo que siempre había pasado. Se sentó en la cama sin encender la lámpara.

En ese cuarto no había pósteres, ni juguetes, ni rastros de alguna infancia feliz y sana. Solo había libros de páginas amarillas, la mayoría con esquinas dobladas y olor a moho. En ese cuarto también había una ventana que daba al muro del vecino, tapiada con láminas plásticas.

A veces se preguntaba si alguien más vivía allá afuera. No en el país: en su calle, en su edificio, en su mundo.

El reloj no marcaba horas, solo marcaba latidos. Cada "tic" parecía una gota de algo derramándose dentro de su cabeza. Thariel se tumbó en la cama, mirando el techo agrietado. Quiso hablar, quiso decir su nombre, pero no lo hizo. No quería escucharse.

Cerró los ojos.

Afuera, la sirena de las 21:00 marcaba el toque de queda, un aullido largo que convertía la ciudad en una jaula.

Thariel había empezado a hablarle al techo, no en voz alta, por supuesto, pero le decía cosas. Cosas que no podía decir a nadie más. A veces, imaginaba que el techo respondía.

Para su mala suerte, cada noche soñaba con el mismo aterrador internado. En sus sueños, Thariel se encontraba siempre de pie frente a una verja oxidada, tan alta que parecía tocar el cielo, y tan antigua que crujía sola, como si respirara. Más allá de ella, se erguía la silueta de una edificación oscura, de torres torcidas como columnas vertebrales deformadas, con ventanales estrechos y vitrales rotos que parecían sangrar luz roja. El edificio parecía estar vivo y no de una vida cálida, sino de una presencia antigua, inhumana, que latía bajo la piedra.

Las puertas nunca tenían manillas.

Thariel caminaba por pasillos interminables, con suelos helados que olían a humedad y descomposición. A cada paso, las paredes parecían cerrarse un poco más, respiraban, palpitaban. Algunas veces susurraban su nombre con una voz rasposa que provenía del otro lado del papel desgarrado que cubría los muros. Los pasillos eran más largos, más fríos, y las paredes palpitaban como si tuvieran sangre debajo. En el aire había olor a incienso viejo y ceniza. Siempre despertaba justo cuando esa figura de ojos blancos se acercaba.

Thariel temía haber enloquecido. Estaba asustado de haber perdido la razón.