LA BRUJA DEL COSMO

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Summary

Dos años desaparecida. Cinco intentos de escape. Un destino que jamás eligió. Elsa sobrevivió al infierno de una secta que adoraba a un dios olvidado, un ser que susurra desde el abismo y rompe mentes con promesas de poder. Cada intento de huida la llevó más cerca de la locura, más lejos de la persona que solía ser… hasta que dejó de correr. Ahora ha regresado, pero nada en ella es igual. Las cicatrices en su cuerpo son solo un reflejo del vacío que la habita. Mientras intenta reconstruir su vida, descubre que los susurros que la atormentaron en cautiverio nunca la abandonaron. Algo antiguo y hambriento despierta en las sombras, y Elsa es la llave para liberarlo… o detenerlo. En un mundo donde la realidad se desgarra y la fe se convierte en prisión, Elsa deberá elegir entre aferrarse a su humanidad o aceptar aquello en lo que la secta la convirtió: un instrumento del Vacío. Porque algunas heridas no sanan… evolucionan. “La Bruja del Cosmo” es una historia de horror cósmico y renacimiento tras el trauma, donde la línea entre víctima y verdugo se desvanece en la oscuridad.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

PROLOGO


Y no hubo silencio que dejará en paz mi sentir y la cobardía trepaba mis entrañas que retorcían hasta el líquido que mi estomago contenía que buscaba cómo salir.

Hacía tiempo que mi cuerpo se había convertido en cenizas, cuando de la mano de la venganza los restos de un puro amor fueron masacrados y ultrajados con la propia cobardía del mundano. Ahora, años después, el amor fue la última esperanza en morir. La noche oscura era diferente y las estrellas no brillaban con su luz cósmica.

Hubo un silencio entre la cama y la luz de la vela, un silencio que podía sentirse en la piel, un silencio vago que se colaba entre las rendijas de la ventana oxidada y el viejo panal de abejas que jamás había podido despedazar. Era extraño cómo todo se hacía pequeño y la paz se volvía nauseabunda, llena de ira y rencor. Era extraño lo que el dolor hacía y cómo se lamentaba cada día la existencia de las mañanas en soledad. Esa noche, la puerta crujió. El estudio de pintura no lucía más sus infernales y bellas pinturas, al contrario de todo: era un desastre más.

La puerta siguió crujiendo y el lamento de las bisagras hicieron que mis pies descalzos se quemaran con el frio infernal de aquel otoño muerto mientras iba encontrando el camino entre la lúgubre noche sepulcral. Mis manos contuvieron su último calor en el camisón que aun guardaba el aroma de panecillos y pintura vieja junto a ese dulzor matutino entre los brazos de un viejo amor. Ahí, en el rincón de una curva sin destellos, se encontraba Él.

Su sonrisa no fue terror, era vagamente inquietante, pero alentadora junto a su larga mano de gruesa piel y grisáceo resplandor: alto, enfermo, nauseabundo, aterrador y bello. Había tanto con que se podía comparar y al final, su sueño fue el mío y su danza entre el fuego fue mi paz mental. El abismo había girado hacía mi camino de espinas y ahora no podía escapar más.

La quinta luna, 𝑬𝒍 𝑼𝒎𝒃𝒓𝒂𝒍 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝑽𝒐𝒄𝒆𝒔.

La segunda noche no fue diferente a la primera. Ni siquiera la tercera, ni la cuarta.

En la quinta luna, todo cambió: mis manos temblaron en un rincón de la habitación, mientras los susurros vagaban dentro de mi cuerpo como si buscaran grietas, debilidades... Y yo, yo tenía demasiadas.

Volvía a fundirme con la noche de mi tortura, con el desgarro de mi cuerpo, allá donde la juventud se había quedado varada en el dulce otoño de las promesas —cuando aún eran un sueño sensorial, un escape de la mente, un alivio momentáneo para hacer el espacio un poco más liviano de asimilar. Lo escuché llegar. Era un canto que anunciaba la muerte prematura. Susurros arrastrándose entre mis fisuras como serpientes, pudriendo heridas antiguas y abriendo cicatrices que creí haber cerrado hace tanto.

Una de ellas, incluso si yo deseaba sellarla, el corazón aún la clamaba, implorando por una oportunidad fallida. Porque los muertos no se alzan desde las cenizas, porque el fuego ya no se propaga en el polvo de una tumba, y porque no hay nada que pueda hacer para traer de vuelta lo que fue arrebatado con furia.

“𝑷𝒆𝒓𝒐 𝒚𝒐 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒐 𝒉𝒂𝒄𝒆𝒓𝒍𝒐.” La primera vez que escuché la voz, un escalofrío me recorrió. Quise encogerme, volverme pequeña, acurrucarme en los brazos de alguien y llorar hasta que la pesadilla se marchara. No quería regresar, y no era el sueño lo que alimentaba mi miedo… era el deseo oculto. “Y tú quieres que lo haga, Elsa. Déjame entrar. Déjame ser tu guía. Déjame gobernarte.

El susurro reptó por mi columna, y sentí de pronto el peso del mundo sobre mí. Mi espalda se arqueó con el dolor contenido de años, y las lágrimas brotaron con violencia. Aquello iba devorando el terror, lo transformaba en algo más... pero aún no sabía en qué.

Déjame tocarte. Quiero tocarte. Déjame sentir cómo se siente tu paraíso.

Mi piel ardía, los huesos crujían, mientras aquello se impregnaba en mí. Quemaba como un fierro al rojo vivo. Se sentía peor que el dolor mismo. Era algo más. Y yo… yo solo quería dejar mi cuerpo, ser testigo muda del dolor que se consumía bajo aquello que aún no comprendía, pero comenzaba a fascinarme.

La voz chillaba dentro de mí: encontrada, excitada por volver a existir, lasciva por el contenido de mi ser. Y yo, me dejé envolver hasta ser solo suya. Porque las promesas, de pronto, se hicieron realidad cuando la voz de mi amor regresó, y por unos instantes, sus dedos se deslizaron por mi mejilla, alejando las lágrimas de sangre. Era el preludio del final.

Un pacto se sellaba. Y entre ambas voces —una de bondad, otra de oscuridad— ya no tuve piedad.

Me dejé consumir.

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