Capítulo 1
Sentía la adrenalina recorrerme el cuerpo. Mis labios se movían con una necesidad que no sabía si era deseo o pura frustración. No había lógica, solo impulso. Solo él. Solo yo.
Mi corazón latía más rápido, mi respiración se volvía errática.
Él notó cómo mis besos se volvían más desesperados, más hambrientos.
¡Para! ¡Déjame pensar! —pensé.
Cada toque, cada beso, era un juego peligroso. Quería perderme, dejarme llevar por las sensaciones. En su cuerpo. En mi culpa. En mis ganas.
Y justo cuando pensé que me rendiría ante el caos... me aparté ligeramente.
El me miró, suspiró, y sonrió.
Me ericé. Y supe que ya no había vuelta atrás.
...
Siempre me gustaron las historias de amor. No por los finales felices —que a veces eran demasiado perfectos para ser reales—, sino por esa conexión auténtica que mostraban. Sentimientos correspondidos, miradas que decían todo, silencios que pesaban más que mil palabras. Incluso cuando las cosas no salían bien, siempre quedaba la esperanza de que algo hermoso podía nacer de todo ese caos.
Ahora, a punto de empezar mi último año de secundaria, estoy justo en el lugar donde nunca imaginé estar: una encrucijada emocional con más dudas que certezas.
Era febrero, el año escolar apenas comenzaba... y con él, todo lo demás.
Había pasado todo el invierno en depresión. Ethan me había rechazado, y ni siquiera me acordaba de sus razones. Ese día estaba demasiado ebria para recordar qué había pasado.
Cuando volví al otro día a hablar con él, se había ido a la universidad. No lo volvería a ver sino hasta las vacaciones de verano.
—Em!. Em, te va a coger el tarde, corre. Nos vemos en la noche, adiós —gritó Melissa desde el primer piso, cerrando la puerta.
¡Ah, no quería volver a clases! Quería permanecer en cuarentena por lo menos dos meses más.
El sonido del timbre resonó en el colegio, marcando el inicio de un nuevo año escolar. Los pasillos estaban llenos del bullicio típico de media mañana: mochilas medio abiertas, risas dispersas, gritos entre salones y el eco constante de pasos apurados. Las paredes, cubiertas de carteles de clubes estudiantiles y avisos de exámenes finales para la universidad, reflejaban el ajetreo del primer día.
Ajusté la correa de mi mochila y respiré hondo antes de entrar al salón.
Encontré un rostro familiar: el de Sarah. Mi amiga de toda la vida. Estábamos juntas desde el kínder y, a pesar de ser polos opuestos, siempre fuimos inseparables. Ella era todo lo que yo no: extrovertida, magnética, de esas personas que hacen amigos hasta en la fila del baño.
—¡Em! —me gritó entusiasmada, abriéndose paso entre los demás estudiantes—. No puedo creer que este sea nuestro último año. ¡Tenemos que hacerlo inolvidable!
—Sí... será un año interesante —respondí con una sonrisa, intentando sonar más animada de lo que me sentía.
—Este año te conseguiré un novio —anunció con la misma determinación con la que uno hace una lista de propósitos de año nuevo—. No puedes graduarte sin una experiencia sentimental decente.
Sarah tenia un hermano. Ethan. El mismo que me había rechazado hace unos meses... y del que jamás tuve el valor de hablarle. Durante todas las vacaciones, ella me visitó, me acompañó, me consoló... sin saber la verdad.
¿Cómo iba a decirle que me gustaba su hermano? El mismo que, en cierta forma, también había sido un poco mío.
Me gustaba desde hacía más de cinco años. Cinco años guardándome ese sentimiento, callándolo incluso frente a ella. Nunca se lo confesé. No me lo perdonaría.
Así que mentí. Le dije que estaba triste porque Brian y yo habíamos peleado. Que ya no éramos amigos. Y aunque no era del todo mentira... tampoco era toda la verdad.
—Enséñame tú —bromeé, tomándola del brazo mientras entrábamos al salón—. Serás mi novia.
El salón ya estaba medio llena y quedaban pocos puestos. Sarah se adelantó unos pasos, escaneando el lugar con rapidez.
—Lo siento —se excusó—, cuando llegué no había muchos asientos libres y todos estaban separados.
—Tranquila, no pasa nada —le dije, aunque por dentro sentí un leve alivio. Sarah podía ser muy intensa con sus planes románticos, y si me sentaba con ella, seguro iba a pasarme el catálogo completo de chicos disponibles.
La mayoría del curso ya me conocía. No estaba de humor para charlas, así que me escabullí hacia uno de los puestos del fondo, saqué un libro de mi mochila y me refugié en él. Lo único que había logrado salvar estos últimos meses: leer.
Amaba leer porque ahí todo era más simple. El amor no era confuso, solo intenso. No te ignoraban, no te confundían, no te rompían... Aunque dolía, dolía bonito.
Leer era mi escape. O, tal vez... mi forma de vivir lo que no podía vivir en la realidad.
Abrí el libro justo donde lo había dejado: la primera propuesta de matrimonio de Darcy a Elizabeth. Finalmente, él confesaba su amor, y yo necesitaba saber cómo reaccionaría ella. Sentí esa emoción que pocos entendían cuando leía un libro. Empecé a mover los pies con impaciencia, golpeando el suelo en un ritmo inconsciente.
Estaba tan concentrada que no noté que alguien se había acercado, hasta que una voz suave murmuró cerca de mi:
—¿Hay un bicho? ¿Te ayudo?
Levanté la vista.
Nunca lo había visto. Debía ser nuevo en el colegio y, para mi mala suerte estaba justo delante de mí.
No me gustan los estudiantes nuevos. Siempre hacen preguntas.
—¿Estás leyendo? Creí que estabas matando un bicho—suspiró.
No respondí. Caí en mi mal hábito: observar en silencio, analizar mentalmente cada primera impresión como si fuera una especie de... loca.
Me limité a observarlo, intentando descifrar la mejor forma de describirlo.Era imposible ignorarlo. Tenía algo... no sé si era belleza, misterio, o tal vez las dos cosas juntas. Pero lo más hipnótico eran sus ojos: un gris oscuro, indescifrable, como si pudieran ser tiernos o peligrosos.
No eran de esos ojos vacíos que no dicen nada; los suyos hablaban, y cuando me miraba, sentía que no solo me veía, sino que me analizaba.
Acéptalo, es guapo.
Volví a mirarlo y sus ojos pasaron de grises oscuros a claros. Pasé la página con deliberada lentitud, como si su presencia fuera tan irrelevante que ni siquiera valiera la pena levantar nuevamente la vista.
¿Lo escuché... sonreír?
—Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. —comentó, con ese tono de quien se cree interesante.
Ni me inmuté. Seguía pasando las páginas con calma, fingiendo que no lo había escuchado. Solo quería seguir leyendo enpaz.
—¿Sabías que los libros de romance idealizan el amor? —dijo, tomando el libro de mi mano y empezó a pasar las páginas como si fuera suyo.
Y este...
Lo miré con mala cara, todavía molesta por su atrevimiento.
Siempre me había funcionado hacerme la loca e ignorar a la gente. La primera impresión solía dejar claro que era arrogante, rara o simplemente difícil. Y eso bastaba. Durante años, esa estrategia me ayudó a mantener distancia social.
Fuera cual fuera su intención, creía que iba a lograr una conversación.
Rodé los ojos y me giré. Sin decir una palabra, saqué los audífonos del bolsillo y me los puse, como quien dice: “Adiós”. Fingí buscar algo en mi celular, como si tuviera música... La verdad, solo quería silencio.
.....
Durante el receso, Sarah y yo fuimos al patio y empezamos a hablar de nuestros planes para la maratón, que sería dentro de tres semanas. Iban a estrenar una de nuestras sagas favoritas, así que ya habíamos decidido que esos días serían sagrados: encerradas en casa, sin salir para nada.
Desde que éramos niñas, una vez al mes nos regalábamos ese ritual: maratón de películas románticas. Fingíamos que lo hacíamos solo para burlarnos de los clichés, criticar a los protagonistas y reírnos de las frases cursis...
Pero, al final, siempre caíamos.
Terminábamos completamente entregadas a las historias de amor, suspirando por los personajes como si en el fondo —muy en el fondo— esperáramos vivir algo así algún día.
—¿Has pensado realmente en que el señor Coleman es mucho más sexy que Edward? —preguntó Sarah, mordiendo una manzana.
Solté una risa. La miré con cara detenemos un problema.
—Creo que nos gustan los mayores.
Iba a seguir, pero fuimos interrumpidas por alguien cuya cara ya me era familiar.
—Hola, ¿Sarah? Y tú debes ser Emily, ¿verdad? —dijo, señalándonos a cada una.
Lo miré con cara de¿qué mierda? ¿Cómo demonios sabía nuestros nombres?Ni siquiera yo sabía cómo se llamaba él.
Sarah, directa como siempre, no se guardó la duda:
—¿Perdona? ¿Te conozco? ¿Y cómo sabes nuestros nombres? —preguntó Sarah, dándole una mirada de pies a cabeza, como si estuviera valorando algo más que su respuesta.
—El profesor pasó lista y ustedes levantaron la mano —respondió, como si fuera lo más lógico del planeta.
Por un segundo, me sentí estúpida. Mientras algunos captaban esos detalles insignificantes, yo estaba demasiado ocupada imaginando escenas románticas que podría vivir con Ethan.
Aunque... ¿quién se fija en esas cosas?
—Me preguntaba si podrían ayudarme. Estoy perdido... y tengo hambre. ¿La cafetería, dónde está? —dijo él, con una sonrisa que seguramente ya había usado más de una vez.
Antes de que pudiera abrir la boca, Sarah ya estaba emocionada.
—¡Claro! La cafetería está por allá. Ven, te mostramos.
La miré con desaprobación. Una mezcla entreen serio, Sarahy¿otra vez?.La tomé del brazo y le susurré por lo bajo:
—No voy a pasar el descanso con este tipo. Si te quedas con él, yo me voy.
Ella me miró con cara delo sé, perdóname, pero no se movió ni un centímetro.
— ¿Cómo dices que te llamas? —le preguntó, sonriéndole de oreja a oreja mientras le tomaba del brazo como si fueran amigos de toda la vida.
—Adam —respondió él, mirándonos a ambas.
Suspiré con resignación y me alejé.
—Bueno, nos vemos en el salón —dije, lanzándole una mirada que gritaba:maldita pasada...
Sarah nunca cambiaba.
Subí al salón aprovechando que no había nadie. Por fin podría seguir leyendo mi libro sin interrupciones.
Terminé el capítulo y solté un pequeño grito de felicidad cuando, al fin, se dieron ese beso eterno y romántico que llevaba páginas esperando. Cerré los ojos por un momento, dejándome arrastrar por la escena. Imaginé ese primer beso que, aunque no fue como lo soñé, tuvo algo... cálido, único, mágico...
Sus labios eran deliciosos. Cuánto me arrepiento de no haberlos mordido.
Recordé el bosque. El olor a petricor, su perfume, la textura de su cabello entre mis dedos. Todo volvió de golpe, como un suspiro largo y dulce.
Y justo entonces, sonó el timbre.
Sarah regresó al salón radiante, hablando sin parar de lo increíble que era Adam. Según ella, todo un caballero. Y, como si eso no fuera suficiente, aseguró que sus “flechazos” estaban súper celosos ahora que ella salía con él —palabras textuales—, lo cual, según su teoría, solo aumentaba su nivel de deseo. Yo ni siquiera entendía qué estaba diciendo. A veces parecía hablar en otro idioma.
—¡Em! ¿Qué planes tienes para esta tarde?
—Nada en particular. Solo quiero llegar a casa y relajarme un poco —respondí, mientras guardaba mi novela.
—Em, tienes que dejar de ser tan aburrida. Vamos, demos una vuelta por el parque antes de que anochezca. Necesitas aire fresco... y un poco de diversión —insistió, agitando las manos como si ya estuviera lista para arrastrarme.
Sabía que no tenía escapatoria.
—Brian irá con nosotras —añadió, dándome un codazo de cómplice—. Podrás reconciliarte con él... hace meses que no se ven, ¿no?
—No quiero ir.
Sarah me puso cara de tristeza y empezó a moverme el brazo como si fuera una niña suplicando por algo que quiera.
—Ay, vamos, por favor, por favor. Em, no puedo salir sola con varios chicos... me vería rara.
—Si eso es lo que te gusta... —me reí, mirándola con una ceja levantada.
—Sí, pero yo sé compartir —me respondió, sacándome la lengua mientras seguía moviéndome el brazo como una niña rogona.
Suspiré y asentí, derrotada.
—Está bien, eres muy fastidiosa. Nos vemos a la salida......
Esperamos a que terminaran las clases y nos reunimos con Brian y los chicos, entre los que ahora también se encontraba Adam.
Brian era uno de mis mejores amigos; vecino de Sarah desde siempre. Cuando éramos niños, lo había visto muchas veces cerca de su casa, aunque casi siempre salía corriendo en cuanto me veía. Probablemente porque —como me enteré hace unos meses— estaba enamorado de mí desde entonces.
No voy a mentir: era guapo. Tenía ese físico típico del capitán del equipo de natación. Espalda ancha, buena estatura, torso definido. Su personalidad también era encantadora; siempre fue caballeroso y atento conmigo, pero tenia a veces unas actitudes medio posesivas.
Otro de nuestros amigos era Nicolás, a quien conocimos en quinto. Su atractivo no estaba tanto en el físico sino en lo ostentoso que era. Al igual que Sarah, adoraba llamar la atención y tener a todas detrás de él. También era alto, parte del equipo de natación y con buen cuerpo. Pero siendo sincera, no era ni la mitad de guapo que Brian o Adam. Aun así, tenía un éxito inexplicable con las chicas. Probablemente por su labia.
Luego estaba Daniel, el más callado del grupo. Con él, las palabras nunca fueron necesarias: sus expresiones lo decían todo. Siempre era el centrado, el maduro, el que nos bajaba a la realidad cuando nos dejábamos llevar. Tenía ese aire de universitario intelectual con gafas sexys.
Y por último, Adam. Que era el chico nuevo.
Con solo un día en el colegio, Adam ya se había ganado la aprobación absoluta de Sarah. Y eso, básicamente, significaba que automáticamente era parte del grupo.
Casi siempre terminábamos haciéndole caso. Era insoportablemente fastidiosa... y aún más persistente. Cuando se le metía algo en la cabeza, no había fuerza humana que la hiciera cambiar de opinión.
—¡Llegaron! Por fin —dijo Sarah, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, claramente molesta.
Nicolás nos saludó con un beso en la mejilla y se excusó de inmediato:
—Perdón, pero a Brian le estaban haciendo otra declaración. Y Daniel no quería perderse su respuesta.
Daniel ajustó sus gafas y nos saludó con un leve asentimiento, sin decir una palabra. Ya sabíamos que ese era su ′hola’.
Brian se acercó a Sarah, y ella lo recibió con una palmada en el brazo.
—¿Otra vez? ¿Por qué haces eso? Hay chicas lindas, ¿sabes? Tienes que dejar de ser tan... así.
—No quiero hablar de eso —respondió él, encogiéndose de hombros.
Pasó junto a mí y me saludó con un beso rápido en la mejilla.
—¿Cómo estás? Te ves terrible —dijo riendo—. Tienes unas ojeras horribles. Sigues desvelándote, ¿cierto?
—Mentiroso. No tengo tantas ojeras —repliqué, sacando un espejito del bolsillo de la falda. Me miré un segundo—. Bueno... tal vez un poco.
Brian soltó una carcajada.
—Pareces una loquita. Deberías ponerte corrector.
Le di un golpecito en el brazo, fingiendo molestia.
—Qué va, no me voy a poner eso. ¿Y si mejor nos vamos? —dije, mirando a Sarah como si tuviera afán y quisiera salir corriendo.
—¡Hey! A todo esto, no hemos presentado a Adam —se quejó Sarah, girándose hacia él.
Sin decir una palabra, seguí caminando hacia la parada de buses como si la conversación ni siquiera fuera conmigo.
Sarah, por su parte, volvió a saludar a Adam y lo presentó oficialmente al grupo, toda sonriente, como si estuviera presentando la última Coca-Cola del desierto.
Tomamos el bus rumbo al parque San Cristóbal, el más grande de la ciudad. A veces, después de clases, solíamos reunirnos allí para hacer picnic, hablar de música, jugar o debatir cualquier tontería como si tuviéramos la verdad absoluta.
Subí primero y me senté junto a la ventana. Sabía perfectamente que Sarah se iba a sentar con Adam, lista para acribillarlo con sus típicas preguntas en modo “test de compatibilidad”. Y no me equivoqué. Se acomodó con él en el asiento de atrás, mientras Nicolás y Daniel se quedaron de pie.
Brian aprovechó el lugar libre a mi lado y se dejó caer con una sonrisa despreocupada.
No hablaba con Brian desde invierno, esa misma semana en la que me le declaré a Ethan. Él había ido a visitarme para saber qué había pasado, y por supuesto, le conté. No sé por qué pensó que era un buen momento para decirme lo que sentía por mí. Tal vez creyó que, al estar herida, tendría más posibilidades. Que con eso ganaría ventaja. No lo sé.
—Entonces, ¿Qué opinas de Adam? Rico, ¿no? —murmuró, alzando una ceja.
Lo miré con cara de asco.
—¿Qué estás diciendo?
Brian soltó una risa.
—Eso dijo Sarah. “Está rico”. Pensé que tú opinarías igual... ya que siempre coinciden en gustos.
Me encogí de hombros, sin ganas de seguir la conversación.
—Normal. Ni siquiera me cae bien —murmuré.
—¿Y eso? ¿Qué te hizo?
—Me habló, me quitó el libro, arruinó mi descanso... no sé, es muy confianzudo para ser un desconocido.
Brian asintió con una mueca.
—No respeta espacios.
Solté un suspiro, asentí en silencio y volví a perderme en el paisaje que corría tras la ventana. Intentábamos actuar con normalidad, pero ya no era lo mismo. Yo lo sabía. Él también.
Y ese silencio compartido hablaba más fuerte que cualquier intento torpe de conversación.
Gracias por leer hasta aquí! 🥹🌟
Leo chismesitos ☺️😶🌫️