Hospital San Ezequiel
—¡Por fin! — exhaló con fuerza. Dejó caer una caja sobre el suelo. Después de cuatro horas de viaje, escaleras estrechas y el ascensor que no funcionaba, estaba dentro de su nuevo hogar.
Era modesto, sí. Una sola habitación con cocina integrada, un baño diminuto y un balcón que daba a un callejón triste. Pero era suyo por los próximos seis meses, tiempo suficiente para completar sus prácticas en el hospital San Ezequiel, el más antiguo —y olvidado— del pueblo.
Josie miró alrededor. Las paredes estaban manchadas de humedad, la pintura se desprendía en parches, y el aire olía a encierro. Pero no se quejó. Después de todo, no había tenido muchas opciones. El alquiler era barato, y quedaba a solo cinco minutos caminando del hospital.
Colocó una foto sobre la mesita de noche: ella y su madre en la playa, ambas sonriendo bajo un cielo sin nubes. Se quedó mirándola un instante, con una expresión suave, casi nostálgica. Ha pasado mucho tiempo desde esa última salida. Su madre había muerto en un quirófano, algo de lo que nunca le gustaba hablar. Pero quizás ahora, siendo parte del mundo médico, podría reconciliarse con esos recuerdos.
Se puso a desempacar con torpeza. Ropa, libros, utensilios, una linterna —por si se iba la luz, pasa a menudo, le advirtieron— y una libreta con hojas sueltas, donde solía anotar todo lo que le llamara la atención.
Ya casi terminaba cuando escuchó un ruido sordo proveniente del techo. Como un golpe leve, o una pisada. Se quedó quieta. Miró hacia arriba, luego sacudió la cabeza. “Ratas, seguro.”
Encendió una vela aromática para disfrazar el olor a moho, se preparó un café soluble y se sentó en el colchón que todavía no tenía base. Desde la ventana, apenas se alcanzaban a ver las torres oxidadas del hospital, recortadas contra el cielo púrpura.
A la mañana siguiente, Josie se despertó con el sonido de una ambulancia lejana y el zumbido de su despertador. Se vistió con el uniforme blanco recién planchado, recogió su cabello en una coleta apretada y salió rumbo al hospital.
San Ezequiel se alzaba como un gigante dormido al final de la calle. Su fachada de piedra gris mostraba cicatrices del tiempo: grietas profundas, ventanas oxidadas, y un cartel torcido que apenas conservaba letras legibles. No parecía un lugar para sanar, sino para encerrar algo que no debía salir.
En la entrada la recibió una mujer de rostro duro y gafas rectangulares colgadas al cuello.
—¿Josie Cullen? —preguntó sin mirarla directamente.
—Sí, mucho gusto —respondió Josie, estirando la mano, que la otra no tomó.
—Soy la jefa de piso. Aquí no tenemos tiempo para cortesías. Sígueme.
Atravesaron pasillos estrechos, iluminados con tubos fluorescentes que parpadean sin ritmo. Todo olía a desinfectante y encierro. El hospital estaba dividido en dos alas: el sector moderno, apenas más limpio y funcional, y el “ala antigua”, cerrada al público, que se usaba para archivo y almacenamiento. A Josie le asignaron el archivo.
—Tus tareas son simples —dijo la jefa, sin detenerse—. Clasificar expedientes viejos, digitalizar si puedes, y no entrar en donde veas una puerta cerrada con cadenas. ¿Entendido?
Josie asintió, pero no pudo evitar fruncir el ceño.
—¿Por qué hay puertas encadenadas?
—Porque así lo ordenó la dirección. Y en este lugar, es mejor no hacer demasiadas preguntas.
La dejó sola frente a una gran sala polvorienta. Estanterías llenas de carpetas, cajas de cartón, una computadora vieja y una lámpara de escritorio. El silencio allí dentro era más denso que afuera.
Pasaron las horas. Josie ojeó cientos de expedientes manchados por la humedad, con nombres que ya no significaban nada. Hasta que encontró uno más delgado, sin etiqueta, apenas una hoja amarillenta con un nombre escrito a mano: Amélie Zambrano, 9 años.
Paciente pediátrico. Fecha: 12 de junio de 1983. Procedimiento: extracción de cuerpo extraño intracraneal.
Observaciones: Paciente desaparecida durante la intervención.
Josie parpadeó. ¿Desaparecida? ¿Durante una cirugía?
Buscó en la base de datos del hospital, pero el nombre no existía. Nada más aparecía, como si esa niña nunca hubiera estado allí. Como si alguien la hubiera querido borrar.
Un golpe seco detrás suyo la hizo girar bruscamente. Uno de los archivadores se había abierto solo, como empujado desde dentro. La carpeta más cercana cayó al suelo y se abrió en una foto: un quirófano antiguo... con el número 313 en la pared de fondo.
Josie sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquel número le resultaba familiar, aunque no sabía por qué.
Se acercó, tomó la foto entre los dedos y, al levantar la vista, vio algo en la pared frente a ella. Alguien había escrito con tiza, en letra infantil:
"NO ME DEJES SOLA."
Josie se quedó inmóvil frente a la frase escrita con tiza. La borró con la mano, aunque el trazo parecía antiguo, casi incrustado en la pared. Intentó convencerse de que algún niño lo habría escrito cuando el hospital aún tenía sala de pediatría. Eso debía ser.
Pero la sensación de que alguien la observaba desde la penumbra entre los estantes no se iba.
Esa noche, al llegar al departamento, lo primero que hizo fue buscar en línea el nombre de Amélie Zambrano. Nada. Ni una noticia, ni una mención. Como si no existiera. Decidió no continuar más con la búsqueda esa noche, dejó su teléfono sobre su mesita de noche cargando y se fue a la cama.
Al día siguiente Josie continúa con su trabajo asignado, pero al revisar más expedientes, encontró otros documentos extraños: reportes médicos con tachaduras, hojas arrancadas, fechas alteradas. Todo giraba en torno al mismo año: 1983.
En uno de los archivos, halló una carta escrita por un interno del hospital, dirigida a un colega que nunca la recibió. La caligrafía era apresurada, manchada con tinta corrida. Decía:
"Desde que se cerró la 313, los llantos no han parado. No sé si es mi conciencia o si de verdad sigue allí, atrapada en ese maldito quirófano. Nadie quiere hablar de Amélie. El director nos prohibió mencionarla. Dicen que su cuerpo nunca apareció, pero eso no es lo peor. Lo peor es que alguien más entra y sale de esa habitación. Yo lo vi."
La carta estaba firmada por el Dr. Esteban Revueltas, un nombre que tampoco figuraba en los registros actuales del hospital.
Josie decidió preguntar. En la hora del almuerzo, abordó a una auxiliar de limpieza, una mujer mayor, de cabello blanco recogido y ojos hundidos que evitaban todo contacto visual.
—¿Usted trabajó aquí en los 80? —preguntó Josie, con voz amable.
—Demasiado tiempo, sí —respondió la mujer, mientras se echaba agua bendita en las muñecas.
—¿Sabe algo de la habitación 313?
El balde de la señora cayó al suelo, derramando el agua por completo.
—¡No pronuncies ese número aquí! —susurró, temblando.
—¿Por qué? ¿Qué pasó ahí?
La mujer la miró, y por primera vez Josie sintió verdadero miedo. En esos ojos había algo más que superstición.
—Esa habitación fue sellada por algo más que órdenes administrativas. Lo que pasó allí no se puede explicar... y lo que queda ahí adentro no es humano. Si tienes sentido común, no sigas buscando.
La vieja se alejó apresuradamente, dejando el pasillo vacío y un charco que se fue filtrando por las grietas del suelo.
Esa noche, Josie no durmió. No por pesadillas, sino porque no podía dejar de pensar en Amélie. En su desaparición. En la carta del doctor. Y en el hecho de que, si lo que decían era cierto… entonces, en algún rincón del hospital, la habitación 313 seguía existiendo.
Durante los días siguientes, Josie Cullen siguió su rutina habitual en el archivo… pero cada vez que estaba sola, abría nuevas carpetas con la esperanza de hallar una pista más. Algo concreto que la lleve hasta la 313.
Una tarde casi terminando su turno. buscando entre los archivos, encontró un expediente con el nombre de Amélie Zambrano, esta vez con una nota añadida a mano: "Paciente transferida al quirófano de aislamiento (hab. 313) para intervención experimental. Autorización firmada por Revueltas."
Eso fue todo lo que necesitó para atar los cabos. Usando una copia antigua del plano del hospital —uno que halló en una carpeta con polvo de décadas— Josie trazó con los dedos el corredor del ala este, el más antiguo. Ahí estaba: habitación 313, marcada como Q-3 (quirófano experimental).
Pero al compararlo con el plano moderno, esa habitación ya no figuraba.
Esa noche, Josie se coló en el ala cerrada del hospital con una linterna y su libreta. Caminó por pasillos oscuros, donde el sonido de sus pasos era tragado por el eco. Las luces no funcionaban, como si no hubiese electricidad. Una corriente helada se deslizaba por el suelo, como si la humedad misma respirara.
Caminaba entre pasillos, observando los números de las puertas, 308, 309, 310… cuando iba a cruzar la puerta que daba al siguiente pasillo, su linterna comienza a parpadear, enciende la linterna de su celular y continua, cuando escucha unos pasos, se detiene para ver de donde provienen.
—Señorita ¿qué busca usted en esta zona? — se acerca a ella. — ¿Sabe que esta ala está prohibida para todo el personal? — Josie observa: es el guardia de seguridad.
-No sabía, pensé que aquí encontraría más expedientes, ese fue mi trabajo asignado.
—Continúe su trabajo en otro lado, está en zona restringida.
La noche siguiente, Josie decide colarse nuevamente, esta vez decidida a encontrarse con esa habitación, tomó la linterna de su celular y recorrió los pasillos por los que ya había pasado la noche anterior.
Al llegar al final del corredor, encontró una puerta de hierro con una placa metálica corroída. Apenas podía leerse, pero ahí estaba:
313.
Estaba sellada con gruesas cadenas oxidadas. Josie apoyó la oreja contra la puerta. Nada. Ni un sonido. Pero un leve olor a formol, sangre seca y algo más antiguo se colaba por la rendija.
A lo lejos, escuchaba unos pasos y el tintineo de unas llaves acercándose, tomó una foto con su celular y se marcha antes de que el guardia la vea.
Cuando llega a su departamento, se prepara una taza de té y se acuesta en el sofá para hacer videollamada con su padre. Momento después, se encuentra saliendo de la ducha y recuerda la foto que había tomado en la 313, cuando la revisó, su corazón dio un vuelco. Detrás de las rejas oxidadas, en la oscuridad, dos ojos brillaban débilmente. Muy abajo, como si estuvieran a la altura de un niño sentado.
Al día siguiente, decidió investigar al Dr. Esteban Revueltas. En el archivo digital no había rastro de él. Ningún contrato, ninguna licencia médica, nada. Pero entre las cajas del fondo encontró una vieja tarjeta de presentación:
Dr. Esteban Revueltas
Neurocirujano – Hospital San Ezequiel
"Entender la mente es controlar lo invisible."
Eso la llevó a una carpeta diferente, etiquetada como Proyectos especiales. Dentro, había cartas dirigidas al Ministerio de Salud, en las que Revueltas solicitaba permiso para experimentos con pacientes “no convencionales”. La mayoría estaban rechazadas.
Una tenía un sello de aprobación. Fecha: junio de 1983.
Paciente: Amélie Zambrano.
Procedimiento: Estimulación neurológica intracraneal con electrodos externos.
Nota marginal: “Alta sensibilidad a estímulos psíquicos no explicables. Candidata ideal para la prueba final.”
Josie tragó saliva. ¿Qué clase de intervención era esa?
¿Y por qué una niña de nueve años sería candidata ideal?
Continúo buscando, documentos, notas o tarjetas que le ayuden a investigar más sobre este caso, pero no hallo más.
Esa noche en casa no había luz eléctrica, por lo que opta por buscar unas velas que había dejado en los cajones de su habitación, enciende una en la cocina para prepararse algo de comer. Siente unos pasos detrás de ella, pero no ve nada. Se sienta en el sofá para llamar a su papá, pero su celular estaba sin baterías. Una sombra se planta en la oscuridad al final del pasillo con ojos brillantes. Y con una voz infantil que susurraba:
“Ya casi llegas.”
En ese momento Josie despierta empapada de sudor— solo fue un maldito sueño.