Capítulo 1 - La jaula invisible"
La lluvia no cesaba.
Caía como una cortina pesada sobre los ventanales del internado donde Evan Lawrence vivía desde hacía tres años. Las gotas golpeaban el vidrio con insistencia, como si quisieran advertirle algo, como si susurraran un secreto antiguo que sólo él era incapaz de comprender.
Evan, un Omega de cabello castaño oscuro y ojos verde grisáceo, estaba sentado en el alféizar de la ventana de su dormitorio, con las rodillas recogidas contra el pecho. Tenía apenas diecinueve años, pero la tristeza en su mirada pertenecía a alguien que ya había vivido demasiado. Había aprendido a esconderse del mundo, no sólo porque ser Omega en una sociedad regida por Alfas significaba peligro, sino porque había algo en él que los demás detectaban sin saber cómo: una vulnerabilidad que atraía lo peor de los demás.
El internado, un edificio gótico perdido entre bosques y montañas, era su prisión disfrazada de refugio. Allí, lo mantenían bajo control: dosis regulares de supresores hormonales, exámenes médicos constantes y la prohibición absoluta de salir sin permiso. Los Omegas eran "protegidos", decían las autoridades, pero Evan sabía la verdad. Eran mercancía. Propiedad en espera.
Ese día, algo estaba diferente. Evan lo sentía en la piel, en la forma en que el aire parecía más denso. Se levantó del alféizar y se abrazó los brazos. No por frío, sino por instinto. Había aprendido a escuchar sus presentimientos, y ahora gritaban.
Cuando apagaron las luces del pasillo a medianoche, Evan ya no dormía. Tenía los ojos bien abiertos, clavados en la puerta de su habitación. Entonces, ocurrió.
Un crujido. Apenas audible. Luego, otro. Y después, silencio absoluto.
Evan se incorporó con rapidez, descalzo, y se acercó a la puerta. Se quedó allí, en medio de la oscuridad, con el corazón latiéndole como un tambor.
Un clic.
La cerradura giró sin que nadie del otro lado usara la llave.
Antes de que pudiera retroceder, la puerta se abrió bruscamente y una figura alta, vestida de negro, entró en la habitación. Evan retrocedió, tropezando con la cama. Intentó gritar, pero una mano enguantada se cerró sobre su boca.
—No hagas ruido, Omega —susurró una voz grave, con un acento extranjero y un tono que helaba la sangre.
Evan forcejeó, arañó, pateó, pero no sirvió de nada. El desconocido lo levantó como si fuera peso muerto y lo arrojó sobre el hombro. El mundo se volvió una masa de sonidos apagados: pasos rápidos, puertas abriéndose en secreto, pasillos oscuros. Nadie acudió. Nadie oyó. Nadie lo salvó.
Fuera del edificio, la lluvia continuaba cayendo, cubriendo los sonidos. Evan apenas alcanzó a ver un vehículo negro con las ventanas polarizadas antes de que lo metieran en él. Una aguja pinchó su cuello, y luego, oscuridad.
...
Despertó atado de manos y tobillos, acostado en un colchón viejo dentro de una habitación de piedra. Las paredes estaban frías, húmedas, y una tenue bombilla colgaba del techo. No había ventanas. Solo una puerta de acero con un pequeño ventanuco con barrotes.
Evan no gritó. No lloró. Solo respiró hondo y tragó el terror como si fuera veneno. Había leído sobre secuestros de Omegas. La mayoría terminaban con la marca forzada de un Alfa, la venta ilegal o algo peor.
Un ruido metálico hizo que se sobresaltara. La puerta se abrió lentamente y una figura entró. Era el mismo hombre, pero ahora podía verlo mejor.
Era imponente. Alto, corpulento, de cabello oscuro y corto. Su rostro era anguloso, con una cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda. Sus ojos, color acero, no mostraban emociones. Su olor lo delataba: era un Alfa. Y no cualquiera. Uno poderoso.
—¿Dónde estoy? —preguntó Evan, intentando sonar más fuerte de lo que se sentía.
El Alfa se acercó con pasos firmes y se agachó frente a él. Su voz fue un susurro.
—Estás en un lugar donde nadie te encontrará. Mi nombre es Alec Vólkov. Y ahora me perteneces.
Evan tembló, pero no apartó la mirada.
—No soy de nadie.
Alec sonrió, apenas.
—Eso es lo que todos dicen al principio.
Evan sintió que su cuerpo comenzaba a reaccionar ante el olor del Alfa. Maldijo internamente los supresores vencidos. Su cuerpo lo estaba traicionando.
Alec lo notó. Se inclinó aún más cerca, aspirando el aroma que comenzaba a emanar de Evan.
—Tu celo está cerca, ¿verdad? Por eso te saqué del internado. Ellos planeaban venderte. Yo solo me adelanté.
Evan apretó los dientes.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero que seas libre... pero primero tendrás que pasar por el infierno conmigo.
No hubo más palabras. Alec se levantó y salió de la habitación, dejando la puerta cerrada. Evan, aún temblando, comprendió que su mundo se había roto. Y que lo que venía después sería más oscuro que cualquier cosa que hubiera imaginado.
...
En los días siguientes, Evan fue sometido a una rutina extraña. Alec no lo lastimaba, pero tampoco lo liberaba. Le llevaba comida caliente, ropa, incluso libros. Pero siempre había una tensión entre ellos, una energía que crecía con cada encuentro.
Evan comenzó a notar detalles.
La habitación tenía cámaras. No había ventanas, pero sí un conducto de ventilación. Alec siempre lo miraba con una mezcla de deseo y control. No era solo un secuestrador. Era alguien que luchaba consigo mismo.
Una noche, mientras Evan dormía, comenzó a sudar. Su cuerpo ardía. El celo estaba llegando. Los supresores ya no hacían efecto. Despertó jadeando, con la piel sensible, el pulso acelerado. El olor a Alfa se filtraba por la puerta.
Entonces, esta se abrió.
Alec estaba allí, observándolo desde el umbral.
—Comenzó, ¿verdad? —preguntó, con voz más ronca que nunca.
Evan asintió, con los ojos brillantes.
—No quiero que me marques —susurró.
Alec entró lentamente.
—No tienes idea de cuánto me esfuerzo por no hacerlo —respondió—. Pero esto ya no depende solo de mí.
Evan retrocedió hasta quedar contra la pared. Su cuerpo lo traicionaba. Su mente gritaba que escapara, pero su instinto Omega lo empujaba hacia el Alfa. Todo era caos.
Alec se detuvo a un metro de distancia. Respiraba con dificultad. Lo miró largo rato, como si luchara contra algo invisible.
—No soy un hombre bueno, Evan. Pero haré algo que nadie más ha hecho por ti.
—¿Qué?
Alec se agachó, le colocó un frasco en las manos. Eran nuevos supresores.
—Decide tú. Si los tomas, esta noche dormimos separados. Si no... sabrás lo que significa pertenecer a un Alfa.
Evan lo miró fijamente. El frasco temblaba entre sus dedos. No sabía si odiaba a Alec o si algo más oscuro nacía dentro de él.
Y en ese instante, supo que su vida jamás volvería a ser la misma.