Al Anochecer by Gafanuv at Inkitt
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Al anochecer

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Ella pensaba que no había nada por lo que seguir... Hasta que le conoció a él...

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Ongoing
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1
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n/a
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18+

Capítulo sin título 1

Vagaba por las calles sintiendo en su interior una desolación y un vacío que amenazaban con desbordarse. Las burlas a sus espaldas, el desprecio y las humillaciones constantes hacían que cada día le costara más respirar. ¿Merecía la pena seguir soportándolo? ¿Seguir viviendo para que cada día fuese igual o peor que el anterior? Cada vez se lo preguntaba más a menudo… Aunque lo que más dolía era la sensación de soledad e indefensión, el no importarte a nadie más que cualquier otra cosa. Y sin embargo era incapaz de ponerle fin a todo…

Se detuvo en la entrada de un callejón oscuro, en el que cualquiera habría evitado meterse, y se encaminó hasta las sombras del fondo buscando hacerse invisible para acallar el dolor sordo que notaba en su interior, al menos por un rato. Pero al recordar las últimas horas, perdió el poco autocontrol que le quedaba. Notó las lágrimas que tanto había intentado contener mientras le fallaban las rodillas, y caía con poca gracia al suelo. En el mismo momento en que la desesperación lo arrasó todo.

Con los ojos borrosos por las lágrimas buscó a su alrededor algo punzante hasta que unos metros más allá lo encontró: restos de vidrio roto. Se arrastró hasta allí, y cogiendo el que parecía tener las aristas más afiladas lo enterró en la piel pálida de sus muñecas, descargando todo el dolor que guardaba. Y justo en ese momento, sintió un alivio embriagador que trajo consigo una paz silenciosa que enmudeció los crujidos de su corazón. Porque esa decisión había sido completamente suya. La de rendirse para siempre.

Se despertó desorientada al oír unos pasos acercándose. Tardó apenas un segundo en recordar lo que había pasado. Lo que había decidido. Y miró las heridas de las cuáles aún se derramaba sangre, por lo que volvió a cerrar los ojos, esperando a que todo terminara, a ser posible sin dolor. Pero el sonido de los pasos continuaba.

-Las visitas no son bienvenidas -dijo con voz ronca y cansada, intentando ahuyentar a quien quiera que fuese.

Pero los pasos siguieron acercándose, resonando con contundencia en las paredes hasta que de pronto se detuvieron. Aliviada, abrió los ojos, y para su sorpresa, se encontró con unos ojos azul intenso.

El dueño de las pisadas estaba agachado ante ella, y la miraba con una expresión de censura que la hizo sentir incómoda. Se removió inquieta, y desvió la mirada sin saber qué decir, aunque su silencio únicamente sirvió para que él le cogiera una de las muñecas de dónde todavía brotaba sangre.

-¿Qué vas a hacerme? – preguntó, sin saber muy bien cómo actuar o qué esperar mientras forcejeaba intentando soltarse.

A modo de respuesta, él acercó sus labios hasta uno de los cortes, y empezó a lamerle con delicadeza el reguero de sangre que todavía brotaba de la herida mientras la miraba fijamente a los ojos haciendo que un escalofrío le recorriera el cuerpo y se le encendieran las mejillas. Confundida por lo que estaba pasando, fue incapaz de decir nada cuando hizo lo mismo con la otra muñeca, y tras ello, sacó vendas limpias de los bolsillos de la gabardina negra que llevaba, y se las vendó con gesto ágil, quizás, esperando a que ella dijese algo. Aunque fue el silencio el que los rodeó, ya que estaba demasiado aturdida por lo que acababa de pasar, y temía moverse por miedo a lo que podía pasar después. Curiosamente, ante el desconocido, su instinto de supervivencia había vuelto a despertar.

Antes de poder decir nada, vio cómo él acercaba nuevamente su rostro a ella, con una ternura desconocida en su mirada, ante lo que el corazón le dio un respingo, y su estómago se revolvió con una emoción desconocida.

-¿No vas a decir nada? – habló él por fin, con apenas un susurro de voz.

-¿Gracias? – le respondió con voz dubitativa, algo inquieta por la situación tan extraña que estaba viviendo.

-No deberías dar las gracias por algo que no querías – replicó él con un tono cortante que le dolió más de lo que hubiese debido.

-¿Por qué lo dices?

-Porque esas heridas te las has hecho tú. Y tal vez, sea yo quien haya impedido lo que realmente querías.

Al oírle, intentó sonreír ante su respuesta, pero enseguida supo que no lo estaba consiguiendo. A pesar de ello, su respuesta fue sincera.

-No diré que sienta lo que hice porque no es así, pero gracias por ayudarme.

-¿Lo vas a intentar de nuevo?

La pregunta sonó con una dureza que le hizo recordar demasiado vívidamente los recuerdos que había intentando hacer desaparecer, por lo que se mordió el labio para aguantar el dolor que nuevamente volvía a despertar en su interior.

-Dime, ¿lo vas a intentar de nuevo? – repitió.

No obstante, su insistencia la desconcertó, lo que hizo que ella misma se lo planteara. ¿Lo volvería a intentar? En ese instante, y sin entender bien porqué, el paso que había estado a punto de dar ya no le parecía tan acertado. Pero el dolor seguía exigiendo una salida. Por lo que incómoda, giró la cabeza evitando su mirada, sin saber qué responder. Aunque en ese momento había algo más que la intrigaba: ¿Quién era él?

Le volvió a mirar nuevamente, como si fuese la primera vez. Porque tal vez lo era. Alrededor de la veintena, alto y atlético, con pelo negro corto con algo de flequillo, nariz chata, y mandíbula cuadrada cubierta por una barba de varios días tenía un aire entre melancólico y triste a su alrededor. Vestía totalmente de negro, resaltando aún más los ojos de azul cerúleo intenso que tanto la habían sorprendido.

-¿Sabes qué tienes los ojos más bonitos y tristes que he visto nunca? – le dijo antes de darse cuenta de lo que estaba diciendo.

-¿Y a ti nadie te ha dicho que tu sonrisa también lo es?

Tragó saliva a escucharle. Le recordó a todo aquello que había intentado olvidar… Otra burla cruel… Hubiese preferido el dolor físico a unas palabras hirientes disfrazadas de preocupación que por un instante se había creído.

Decepcionada por su ingenuidad al habérselas creído, intentó recomponerse como pudo, y luchando contra las lágrimas que amenazaban con desbordarse, se puso en pie dispuesta a marcharse de allí. Pero no le dio tiempo. Antes de que pudiera escapar, él la cogió del brazo.

-Pero también hay muchas más cosas en ella, y por eso me gusta – siguió mientras se acercaba un poco para poder mirarla frente a frente, y que pudiera ver en sus ojos que decía la verdad- Eres tan frágil como la porcelana y te comportas como si nada ni nadie pudiera dañarte – continuó, como si la conociera desde hace mucho.

Parpadeó sin saber qué pensar, y mucho menos decir ante su declaración. Quería creerle, anhelaba hacerlo, pero no era más que un desconocido. Uno que podía ser uno de ellos…

Antes de poder siquiera pensar en la situación, le vio desviar la mirada al cielo, y siguiendo su gesto se fijó en los ciento de lucecitas titilantes del cielo oscuro que resaltaba en el callejón en el que estaban.

-Si alguien te concediera un deseo, ¿qué querrías?

-¿Ahora resulta que eres mi hada madrina? -preguntó, intentando mantener un tono indiferente, recordándose que no debía esperar nada de él.

-¿Una qué?

Por un instante quiso reírse al ver el desconcierto en su cara. Y por un segundo instante, quiso creer que estaba siendo totalmente transparente con ella y no tenía segundas intenciones. Pero se recordó que tener esperanzas era un arma de doble filo.

-Déjalo.

Hizo justamente lo contrario. Insistir.

-Dime, ¿qué querrías?

-¿Vas a concedérmelo? – se encontró respondiéndole en tono incrédulo, luchando contra las ganas de creer que sí.

-Si puedo…

-Nadie regala deseos a desconocidos a cambio de nada.

-Quién sabe – fue su respuesta, mientras le sonreía y encogía los hombros.

¿Podía confiar en él? Había pasado del cielo al infierno en una sola frase, y ahora, ¿qué tocaba? No le conocía, pero algo en su interior se moría de ganas de creerle, aunque su instinto no le advertía de nada. ¿Y si se dejaba llevar? ¿Ver qué pasaba? ¿Creer en él?

-Vivir sin miedo a que me juzguen por lo que diga o haga. Sentirme querida, y aceptada tal y como soy. Sentir que soy importante para alguien.... Y a la vez, dejar de sentirme tan perdida en este mundo.

-No sé si puedo dártelo…

Y detectó un matiz de tristeza en la voz que no le pasó desapercibido. Algo que sin darse cuenta la impulsó a decir lo que dijo a continuación.

-¿Ni siquiera esta noche?

-¿Quieres que hablemos de ello?

Le miró frustrada, notando su paciencia casi al límite por no saber si estaba desviando el tema, o es que realmente no sabía lo que implicaba su petición.

-Mira, ya sabes lo que he intentado hacer un rato, y si quieres saber si lo volveré a hacer, no es algo que descarte. Pero me has preguntado que qué quiero, y ya sabía que no podías darme lo que te he pedido, pero hay algo que sí puedes darme.

-Creo que no es buena idea.

-Quiero que esta noche finjas que te importo, y que me quieres – le pidió a pesar de todo.

-Sigo pensando que…

-¿Que no soy suficiente? ¿Qué no merezco ni que me toquen? – y se dio cuenta que acababa de gritárselo.

-¿Pero de dónde sacas eso? – preguntó con rabia y odio en la voz.

Tragó saliva, buscando una excusa para evitar una respuesta que dolía demasiado, pero fue inútil. Los recuerdos desbordaron sus emociones, y las lágrimas que hasta ese momento había conseguido contener, rodaron libres y silenciosas por sus mejillas. Que no acallaron lo que necesitaba decir con palabras.

-¿Sabes lo que es que se mofen y se rían de ti en cuanto te ven en la calle? ¿Qué te imiten al hablar? ¿Qué no te quieran ni tocar porque les das asco? ¿Qué te pongan motes hirientes, y nadie quiera hablar contigo? ¿Llegar a casa y que no le importes a nadie? Yo solo quiero…

No terminó la frase, un repentino nudo en la garganta se lo impidió. En cambio, sí que fue capaz de encontrar el coraje de mirarle de frente con los ojos brillantes del calvario que se había convertido en su rutina, retándole a responder. Y él se acercó, y la abrazó contra su pecho en respuesta.

-Me importas, y te quiero – dijo con una voz dulce y suave, casi un suspiro.

-Gracias – y con ello se puso de puntillas, y le besó.

Notó la duda de él por un instante. Un eterno instante que empezó a saberle a rechazo. Pero entonces sintió las manos de él en su cintura mientras se inclinaba para profundizar el beso, buscando su lengua en la que apenas se enredó un instante antes de seguir descendiendo por su cuello, arrancándole un suspiro que la estremeció entera.

-Sigue – gimió cuando notó que paraba justo en el punto en que le latía el pulso.

-No… No puedes pedirme esto... No pongas a prueba mi autocontrol, por favor – murmuró con voz ronca, sin atreverse a mirarla.

- Mira que eliges mal los momentos para ser caballeroso – gruñó bruscamente ella, relegando su sentido común al olvido, buscando consuelo en ese cariño que él parecía mostrarle.

-Pero… - siguió intentando él imponer la cordura.

-Quiero… Necesito sentirme querida.

- Esta no es la forma… Y no nos conocemos…

- Me da igual.

- ¿Y después?

- ¿Después qué?

- ¿Qué harás?

- ¿Qué té importa eso? Para ser un desconocido te preocupas demasiado.

- ¿Y después?

-No me arrepentiré, ni te pediré nada si es lo que te preocupa – le aseguró impaciente, incapaz de ver más allá del aparente rechazo de él.

- No me refería a eso…

-¡Ostia ya! – soltó exasperada, alzando la vista, retándolo. – Lo quiero todo, ahora, contigo. Quiero sentirme deseada, y a la vez olvidarme de quién soy. ¿Me lo das o no?

-Nos vamos a arrepentir…

-Pero ya será después…

-Entonces, déjame aliviar esa esa soledad a mí también...

Y su tono fue tan dulce, que por un instante pensó que su más profundo anhelo pudiese ser real. Que alguien se preocupase por ella.

Pero cualquier pensamiento racional se disipó cuando sintió como la arrinconaba contra la pared, y la besaba sin reticencias, con una furia que no le había visto hasta ese momento, antes de agarrarla por la cintura, y pegarla a él.

Ahogó un jadeo cuando notó el bulto en sus pantalones, lo que hizo que él rompiera bruscamente el beso, y la mirase a los ojos.

-¿Sigo? – preguntó una vez más, con una expresión de preocupación tan genuina que por un instante dudó. Dudó sobre si estaba vez era ella quien se estaba aprovechando de alguien.

- Sí – aseguró al fin, desechando cualquier remordimiento, y más por un extraño.

Volvió a darle un beso fugaz, antes de empezar a acariciarle el cuello con dedos ágiles, mientras acercaba su boca a su oído.

-Hasta dónde tú quieras – y el mordisco que le dio en el lóbulo de la oreja hizo que se olvidara de replicar.

Sin pensárselo dos veces, la apoyó contra la pared y la alzó para que pudiese rodear su cintura con las piernas, mientras la sujetaba por debajo de las caderas para que quedasen a la misma altura.

-Déjate llevar- le oyó decir, estremeciéndose al notar la intensa mirada que le dirigía.

Desde dónde estaba llevó las manos hasta su pelo, deslizando los dedos por él, fascinada por el tacto suave que le recordaba a la seda. Siguió resiguiendo su cara, deslizando los dedos por sus rasgos, buscando conocer cada rasgo, mientras le veía cerrar los ojos y contener la respiración sin saber por qué. Igual que tampoco sabía porque de pronto, lo único que quería era alargar ese momento, y memorizar cada palmo de su cara.

-Eres muy guapo… - susurró, reafirmándolo cuando abrió los ojos, desconcertado.

Se sorprendió al oírle reír, y al verlo, le pareció más joven que antes, causando que el corazón le diera un vuelco extraño, sintiéndose de pronto cohibida al darse cuenta de lo que le había pedido sin rubor alguno.

-Gracias, supongo – respondió divertido, con una luz distinta en sus ojos, sin dejar de sujetarla.

-No pareces muy sorprendido. ¿Demasiado acostumbrado a que te lo digan?

-En realidad no es que me preocupe, o importe mucho. Pero si eso te tranquiliza, eres la primera que me lo dice. Así que, gracias – y la sonrisa que le dirigió hizo que se sintiera repentinamente incómoda con todo lo que había pasado. Parecía tan… ¿bueno? ¿ingenuo? ¿Y ahora qué hacía? Él se lo puso fácil. -Me llamo Edric.

-Lyselle. Esto…

-Pasaba por aquí – siguió él, ajena a su incomodidad.

-En realidad…

-Si estás cómoda así, no me importa sujetarte – y le guiñó un ojo antes de dejarla con delicadeza en el suelo.

El silencio se adueñó de la situación. Ella sin saber qué decir después del arrebato que había tenido, y él esperando que ella eligiera el rumbo de la conversación.

-Perdona lo de antes, y más porque te he…

-No tienes que disculparte. ¿Estás mejor? – y por el tono, su interés y preocupación parecían genuinos.

Suspiró antes de contestar.

-No lo sé…. Es difícil de decir. Pienso en mañana y siento miedo y cansancio a la vez. Quisiera que todo terminara de una vez, pero por otro lado, me digo que mil cosas por las que seguir y que quisiera experimentar como… Bueno, ya sabes. El caso es qué no sé qué pesa más.

-Igual no he estado a la altura de las expectativas – bromeó con ligereza, y al mirarlo, se sintió sonreír por primera vez en mucho tiempo.

-Gracias.

Notó las palmas de sus manos en sus mejillas, y por extraño que fuese, se sintió cómoda con el contacto.

-Escúchame. Aunque no me pase muy a menudo, me encanta que me propongan cosas indecentes, pero si lo vuelves a hacer, que sea porque realmente las deseas, no por rabia o desesperación. Y menos como un motivo para vivir.

-¿Y si te dijera que realmente quiero contigo?

-Pues yo te propondría que te sentases aquí mismo conmigo a ver las estrellas.

Y contrariamente a lo que se esperaba, la soltó, se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la pared, mientras la miraba invitando a sentarse a su lado con un gesto. Que aceptó.

-¿No es peligroso estar aquí?

-Yo soy lo más peligroso que hay por aquí – le aseguró divertido.

Se sentó a su lado, y alzó los ojos a las estrellas, que apenas se veían por las luces difusas de la ciudad. Y luego la desvió a su lado dónde Edric permanecía en silencio absorto en el cielo.

-Cuando era pequeña, solía pensar que las personas queridas que ya no estaban con nosotros nos miraban desde el cielo.

-¿Y ahora?

-Ahora soy más pragmática. Únicamente veo las constelaciones.

-¿Cómo cuáles? – dijo hábilmente cambiando de tema.

Le señaló una de ellas que apenas se apreciaba y se la nombró, seguida del nombre de algunas las estrellas más brillantes que podían distinguirse. Él siguió sus explicaciones en silencio, interesado en todo lo que ella decía, hasta que de pronto se quedó en silencio, y al volver la cara para ver qué le pasaba se sorprendió cuando le puso las manos en las mejillas y cerrando los ojos le besó con tímida dulzura. Un beso suave y dulce que él le devolvió, apenas un roce, temiendo romper el momento.

Cuando se separó de él, se volvió a recostar contra la pared, volviendo los ojos al cielo. Él siguió su mirada, y esperó en silencio mientras notaba como ella se quedaba dormida. Entonces con delicadeza se levantó y la cogió entre sus brazos, a la vez que una presencia más se personificó en ese lugar en el que hasta aquel entonces, nadie había aparecido.

-¿Es ella, mi señor?

-Lo es.

-¿Qué va a hacer?

-Debería confiar en ella y su fortaleza, pero temo demasiado que lo vuelva a intentar.

-Se meterá en un buen lío.

-Y sin embargo, prefiero todos los castigos del mundo a arriesgarme un solo segundo a perderla.

-Mañana será un largo día.

-Eso me temo.

-¿Señor quiere que le ayude?

-No es necesario gracias. Por cierto...

-¿Sí, señor?

-Deja de mirarla tanto

-Mis disculpas, señor.

Y con sus pasos reverberando en aquel extraño callejón desaparecieron en la oscuridad volviéndose a escuchar tras de sí los latidos de la noche que ya se empezaba a desvanecer.

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