Capitulo uno: las almas no olvidan
Dicen que las almas no olvidan, incluso cuando el cuerpo cambia… y los sueños recuerdan todo lo que el corazón quiere olvidar y cambiar.
Aelyra Solene, nuestra protagonista, apretaba contra su pecho su bolso mientras caminaba hacia la academia.
El cielo estaba cubierto por nubes grises, y el aire tenía ese característico olor a tierra que siempre llega antes de la lluvia.
No tenía paraguas. Tampoco amigos. Solo miedo e inseguridad.
—Hoy no te vas a caer —se dijo a sí misma, recordando las vendas bajo su ropa.
Sus piernas temblaban, pero no por el frío ni por el viento helado.
Las voces ya empezaban a hablar… aunque todavía ni siquiera había entrado a clases.
—Allí va la niña rota…
—Seguro se pone a llorar si le hablas.
—¿Por qué no puede ser normal, como su hermana?
Aelyra bajó la mirada. Sus pasos eran cortos y lentos, como si el suelo le pesara. Como si no quisiera entrar a clases.
—Aelyra —dijo una voz detrás de ella, con un tono falsamente dulce.
Aelyra giró con esperanza. Sus ojos parecían brillar de emoción: era su hermana mayor, Ellie.
—¿Otra vez te estás haciendo la víctima? No me mires así, pequeño corderito indefenso… Das pena. Tal vez por eso no tienes amigos.
Aelyra no respondió. Solo bajó la cabeza, como siempre hacía. Pensó que esta vez sería diferente. Que tal vez su hermana la invitaría a estar con sus amigos. Que podrían salir juntas.
Pero no… solo fue un sueño.
—Tal vez es verdad. Por eso no tengo amigos. Solamente soy un corderito indefenso —pensó, aguantando las lágrimas en sus ojos.
El aula estaba llena de ruido, risas y personas hablándose entre ellos. Se llamaban “amigos”, eso que Aelyra siempre deseó que alguien la llamara alguna vez.
Se sentó en el fondo, junto a la ventana, y sacó su pequeño cuaderno.
Nadie se le acercó. Nadie la saludó. Ni siquiera los profesores.
—No importa. Solo debo aguantar un día más… solo otro más… y el dolor será invisible —pensó.
Pero no dolía menos. Dolía aún más.
La lluvia empezó durante la última clase. Cuando sonó el timbre, todos salieron corriendo, con paraguas coloridos en las manos, felices porque era la última hora.
Aelyra se quedó en su asiento, mirando por la ventana, sintiendo una pequeña pulsación de envidia. Observaba a todos felices, mientras se fijaba en las gotas de agua que caían sobre el vidrio.
—No quiero volver a casa. No me siento segura allí —pensó.
Salió del aula con las gotas cayendo sobre su uniforme. Subió las escaleras, directo a la azotea. Por suerte, no había nadie… solo ella y el cielo gris, roto, muy parecido a ella.
Mientras las lágrimas de las nubes la mojaban, se acercó a la barandilla. El viento empujaba suavemente su cabello corto, mientras los pensamientos intrusivos comenzaban.
Abajo todo parecía tan lejano… tan fácil de olvidar.
Y sin darse cuenta, ya estaba parada sobre el barandal, con los ojos cerrados, recordando lo que siempre le dijeron desde pequeña:
“Cuando una persona fallece, su alma va al cielo nocturno… convirtiéndose en una de las varias estrellas que brillan allí.”
Tal vez… quería ser una de esas estrellas. Tan brillantes. Tan hermosas.
—No deberías estar aquí —dijo una voz detrás de ella.
Aelyra se giró rápidamente, bajándose del barandal. Avergonzada. Alguien la había visto… ¿haciendo lo que estaba a punto de hacer?
Había alguien más en la azotea. Pero… ¿por qué no lo sintió?
Parecía ser un chico… pero su aura decía lo contrario.
Estaba empapado, pero no parecía tener frío. Su ropa era como un uniforme antiguo, y sus ojos eran tan fríos como un bosque en invierno.
Y aun así, su iris rojo —tan rojo como la sangre— parecía un camino manchado en la nieve. Pero lo que más la estremeció… fue su mirada. Era familiar. Algo que su corazón no entendía.
—¿Q-quién eres? —susurró Aelyra, con miedo.
—Solo alguien que también está cansado… de estar solo.
Él sonrió.
Y esa tarde, por primera vez en años… Aelyra no se sintió completamente rota