Capitulo 1-1: La Agencia
En una enorme mansión vivía una pequeña familia compuesta por un padre, Sebastián Harper, y su hija de 17 años, Claire Harper. Como cada mañana, Sebastián subió las escaleras con paso tranquilo para despertar a su querida hija.
—¡Claire, levántate! Vas a llegar tarde a la escuela —dijo con voz cariñosa desde la puerta.
Claire, medio dormida, abrió los ojos lentamente y se quejó con una sonrisa cansada.
—Papá... es muy temprano —dijo mientras miraba el reloj y se lo señalaba con un gesto divertido—. ¡Son las seis de la mañana!
Se frotó los ojos con suavidad.
—Además, es sábado.
Sebastián se hizo el sorprendido, actuando con dramatismo exagerado.
—¡Entonces mi calendario está mal! Porque marca sábado 8 de noviembre... a solo 24 horas de que mi niña cumpla 18 años.
Sonrió y se acercó para entregarle un pequeño collar con un dije: contenía una fotografía antigua, él cargándola cuando era bebé.
Claire lo tomó entre sus manos, conmovida.
—Papá... no debiste. Pero es muy hermoso. Lo voy a conservar para siempre.
Lo abrazó con fuerza, conteniendo las lágrimas.
—Vamos, Claire. No es para tanto. Mejor apúrate y date una ducha. Recuerda que hoy tienes una reunión con tus amigas.
Sebastián bajó las escaleras mientras ella se estiraba, dejando el collar con cuidado en su mesa de noche. Ya en la planta baja, él recogió una carta del buzón. Al ver la estampilla, frunció el ceño.
—No quiero saber nada de ustedes —murmuró, rompiéndola sin siquiera abrirla.
Luego se dirigió a la cocina. Puso música instrumental suave mientras preparaba el desayuno favorito de su hija: hot cakes con mermelada de fresa y durazno.
Claire bajó con el cabello suelto, aún húmedo, y una diadema sencilla a juego. Al ver la mesa servida, sonrió con sorpresa.
—¡Hot cakes! Con mermelada de fresa y durazno... ¡Papá, me leíste la mente!
—No te la leí, te la conozco.
Claire le dio un beso en la mejilla antes de sentarse.
—Gracias por tanto, papá. Eres el mejor.
—Ya me harás llorar desde temprano —bromeó él.
Comieron juntos, hablando de pequeñas cosas cotidianas. Luego Claire subió, se arregló con cuidado y bajó lista para salir.
—Ya me voy, papá. Veré a Isa y Emily en la heladería.
—Cuídate mucho. Y no corras por las escaleras.
—¡Demasiado tarde!
La joven se alejó trotando con alegría. En el camino saludaba a todos con amabilidad. Una niña pequeña le tiró un beso desde una ventana, y Claire le devolvió el gesto con ternura.
Al llegar a la heladería, Isabella y Emily ya la esperaban.
—¡Claire! ¿Te bañaste con agua fría o por qué tanta energía? —dijo Isabella riendo.
—Con agua tibia... y muchas ganas de verlas —respondió, dejando su mochila a un lado.
Emily la observó con una sonrisa.
—Hoy tienes un brillo especial... ¿Es por tu cumpleaños?
—Tal vez. Pero también porque estoy con ustedes.
Las tres se abrazaron antes de ordenar sus helados. Claire pidió uno de durazno.
En medio de las risas, un sujeto desconocido se acercó con una sonrisa extraña.
—Buenas tardes. ¿Otra ronda de helados? Corre por mi cuenta... a cambio de un favor.
Claire se puso seria. Se levantó con firmeza.
—No, gracias. Justo nos vamos. Vamos, chicas.
Se alejaron de inmediato. Isabella la miró con preocupación.
—¿Viste cómo te miraba?
—Sí. Pero ya pasó. Lo importante es que estemos bien.
Tras despedirse con un abrazo, Claire se dirigió de vuelta a casa. Al llegar, vio desde lejos a dos hombres hablando con su padre. Se escondió, preocupada. Hablaron por más de 25 minutos. Cuando se fueron, ella entró como si nada.
—Hola, papá. Ya volví.
—Hola, hija. ¿Te divertiste?
—Mucho... aunque noté que tenías compañía. ¿Todo bien?
—Solo un asunto viejo. Nada de qué preocuparse.
Claire lo miró por unos segundos, pero no insistió. Solo lo abrazó.
Esa noche, desde su cama, recibió un mensaje de Emily:
"Oye, mañana salimos otra vez. Quisiera pasar tiempo contigo en tu cumpleaños. Aunque sea, dame 4 minutos de tu vida."
Claire respondió:
"Te regalaré toda mi mañana", mientras sonreía y se tiraba en la cama, viendo el techo.
Al día siguiente, su papá no subió a despertarla. Se extrañó, pero no le dio importancia. Se bañó, se cambió y, al bajar, escuchó voces. Un hombre hablaba con su padre:
—Señor Harper, es una rutina obligatoria. Le prometo que no volverá a pasar. Hasta luego.
—Ya les dije en el reporte que yo no tengo ningún hijo. ¿Por qué no entienden?
Claire se quedó inmóvil. Pensó que su papá le contaría algo, pero, como el día anterior, no se tocó el tema.
Salió con Emily.
—Oye, la prima de mi otra amiga me contó que su prima se escapó de su casa. No sé qué motivos tuvo...
—En serio... Hay gente que se va de sus casas. Yo no dejaría mi casa ni a mi papá.
—Eso es porque tú eres la consentida de tu papá. Te da mimos y te consiente demasiado. Yo quisiera que mi padre fuera así.
—Solo dejo que me consienta por motivos personales... Pero me acabas de dar una idea: cuando me vaya a la universidad, tú podrías tomar mi lugar y ser la consentida de mi papá. Después de todo, vives sola.
—No sería mala idea. Lo pensaré. Tal vez lo visite de vez en cuando. ¿Le avisarás?
—Claro que sí. Bueno, prometido es deuda. Y la mañana se acabó. Me iré a casa a dormir un poco.
Claire se despidió de Emily y, mientras caminaba, pensaba en muchas cosas... pero especialmente en lo que había pasado esa mañana.
“¿Será que papá ofreció a su hijo en un matrimonio arreglado, pero nací mujer y por eso me esconde?”, pensó con ironía.
“Es ridículo... ¿por qué pienso cosas tan tontas que me dan risa?”
Decidió correr a casa. Saludó a su padre, que se notaba tenso.
—H-hola, Claire. ¿Qué te parece si empacas algo de ropa y vamos a visitar a tus tíos? Hace años que no lo hacemos.
Claire, preocupada, aceptó. Al subir, escuchó voces. Uno de los hombres tenía un uniforme negro con insignias militares.
Sebastián: —El documento que llené decía claramente que no tuve hijos. Mi esposa falleció, y con ella se llevó a mi hijo. ¡Entiendan!
—Leí el documento, señor Harper, pero parece que es una mentira de su parte. Tenemos órdenes directas de registrar su casa. Si se niega, sufrirá las consecuencias.
Sebastián cerró la puerta con fuerza, pero uno de los hombres la pateó, golpeándolo. Entraron armados, revolviendo todo, buscando algo... o alguien.
Un joven con vestimenta distinta se acercó a Sebastián.
—¡No mientas más, Harper! ¿Dónde lo tienes? ¡Basta de engaños!
Ante su silencio, lo golpeó con furia. Claire, desde su escondite, lo observaba horrorizada.
—¡Ya basta! —gritó al fin, saliendo de su escondite.
Todos voltearon a verla. El capitán detuvo el ataque y se acercó a Claire con una inquietante amabilidad.
—Muy buenas tardes, señorita Harper. Represento a la organización conocida como La Agencia. Ha sido seleccionada para formar parte de nuestro equipo.
—Si acepto... ¿dejarán en paz a mi papá?
—Claro. Si te unes, nos iremos de inmediato. Ni tú ni tu padre sufrirán más. Tienes mi palabra.
Claire estaba a punto de aceptar, pero Sebastián se lanzó. Arrebató un cuchillo a uno de los soldados y lo apuñaló. Luego, atacó a otro directo al ojo.
Claire, paralizada por el miedo, solo observaba.
—¡Claire, corre! ¡Vete lejos, no mires atrás! ¡Te están mintiendo!
Ella reaccionó, pero los militares la atraparon. Solo alcanzó a ver cómo golpeaban brutalmente a su padre mientras la sacaban a la fuerza.
Fuera de la casa, Claire vio un auto lujoso... y a su padre, cubierto de sangre.
—¡Claire, por favor! ¡Devuélvanme a mi hija! ¡Ella no es apta para ese sitio! ¡Están rompiendo su palabra!
—¡PAPÁ! —gritó Claire con todas sus fuerzas antes de que alguien le cubriera la boca y los ojos.
Fue la última vez que lo vio.
Así terminó el último día de su vida normal.