Herencia de sangre

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Summary

> Mi padre lo arruinó todo. Y aunque esté muerto, yo soy quien lo paga. Él vino por venganza. Me encontró a mí. Me acechó. Me odió. Me deseó. Y al final, decidió que si no podía matarme… iba a amarme hasta destruirme. Esta no es una historia de amor. Es una historia de fuego, cuchillas, deseo y muerte. Pero también de lo que pasa cuando el odio se vuelve adicción. Y sí, hay sangre. Pero también besos. Muchos

Genre
Mystery
Author
Chantal
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

La lluvia caía en susurros sobre el asfalto, como si cada gota arrastrara un pensamiento que no quería enfrentar. El aire olía a tierra mojada… y algo más. Algo que no podía nombrar, pero que me erizaba la piel.


Caminaba sin rumbo, con el peso de la noche colgado de los hombros. Todo estaba en un silencio inquietante, como si el mundo entero contuviera la respiración. Entonces, un trueno desgarró el cielo, y supe —no sé cómo— que nada volvería a ser como antes.


Me detuve. Un escalofrío me recorrió la espalda. No era solo el frío de la lluvia que empapaba mi ropa. Era algo más profundo… una sensación densa, como si alguien me estuviera observando. Tragué saliva. Seguí caminando, fingiendo que no lo sentía. Que no me estaba volviendo loca.


Las calles estaban desiertas. Todo en mí gritaba que algo no iba bien. Mi corazón comenzó a latir más rápido sin motivo aparente.


Y entonces lo vi.


Un sobre. Pequeño, blanco, descansando sobre el suelo como si no le afectara la humedad que lo rodeaba.


Me acerqué. Mi nombre estaba escrito con una caligrafía elegante y desconocida:

“Midna Ross Lee.”


Un escalofrío me subió por la columna vertebral. Dudé por un segundo. Podía ignorarlo. Pero mis dedos ya lo estaban recogiendo.

Iba a abrirlo cuando las luces de una patrulla policial iluminaron todo con un destello rojo y azul.


—¿Midna Ross Lee? —gritó una voz masculina, grave, que parecía venir desde muy lejos.


Levanté la mirada. La silueta oscura de un hombre se recortaba contra las luces de la sirena.


—¿Midna Ross Lee? —repitió con más firmeza.


—Soy yo —contesté en un susurro. Apenas podía hablar.


—Debe acompañarme a comisaría —dijo, avanzando hacia mí.


Poco a poco, su rostro se hizo visible. Era el señor Birch, el policía más conocido en Salem. Cuando quise reaccionar, ya estaba a menos de dos metros.


—¿Qué ocurre, señor Birch? —pregunté con voz temblorosa. La última vez que estuve en comisaría fue hace cinco años… cuando murió mi padre.


—Hemos encontrado pruebas sobre la muerte de su padre —murmuró casi en secreto—. Pero este no es el lugar para hablar de eso.


Se giró y caminó hacia el coche patrulla, haciéndome señas con la mano. Lo seguí, empapada y confundida.


El trayecto fue silencioso. Solo se oían los truenos que rugían en el cielo.

Jaxon Birch había sido el policía encargado del caso de mi padre. Todo Salem conocía a Julen, mi padre. Era un hombre bueno, amable, respetado. El tipo de persona que todos admiraban. Pero un asesino lo arrancó de este mundo.


La versión oficial siempre fue que fue un accidente. Nadie en Salem creyó que fuera un crimen. Pero yo sí. Siempre lo he creído.


En casa teníamos serpientes. Muchas. Mi padre amaba los reptiles. Una de ellas era una boa constrictora llamada Bea. Y cualquiera que sepa un mínimo del tema, sabe que las boas no son venenosas. Pero mi padre murió, supuestamente, por la mordida de una serpiente. Y la ciudad entera decidió que Bea fue la culpable.


—¿Midna, me estás escuchando? —preguntó una voz que me sonó lejana—. ¡MIDNA! ¡CONTESTA!


Parpadeé. Estábamos aparcados frente a la comisaría.


—Llegamos hace quince minutos —gruñó Birch, molesto.


Asentí, bajé del coche y lo seguí al interior. Me conocía cada rincón de ese lugar como si fuera mi casa.


—Vaya, vaya… si no es Midna Ross Lee —dijo Zack, otro oficial conocido—. ¿Qué te trae por aquí después de tanto tiempo?


—Buena pregunta, Zack —solté, sin detenerme.


Entramos al despacho de Birch. Estaba cambiado. Nueva decoración, nueva distribución. Pero la misma tensión de siempre.


—Toma asiento, Midna —dijo con un tono más suave.


Me senté, tomé un sorbo del café que me ofreció y pregunté:


—¿Qué es eso tan importante que querías contarme?


—Hemos encontrado algo inusual. Necesito hacerte unas preguntas.


—Adelante.


—Todos sabían que tu padre era un amante de los animales, ¿cierto?


—Sí.


—Bien. ¿Cuántas serpientes tenían en casa?


—Siete.


—¿Podés decirme las especies?


—Boa constrictora, anaconda verde, serpiente de tierra, culebra de ratón, culebra de escalera, serpiente rey de California y serpiente de rata de Texas.


—Perfecto —dijo, anotando algo en su libreta—. ¿Qué sabés de ellas?


—Que ninguna es venenosa. Así que es prácticamente imposible que una serpiente lo haya matado. Además, nadie más en Salem tenía serpientes como mascota. Solo nosotros.


—Interesante... —murmuró, mientras seguía escribiendo—. Midna, ¿notaste algún comportamiento extraño en tu padre en las dos semanas antes de su muerte?


—No. Lo único raro fue que cocinó en casa en vez de pedir comida.


—Está bien.


—¿Puedo hacerte una pregunta ahora yo?


—Claro.


—¿Por qué están reabriendo el caso ahora, justo después de decirme que lo daban por cerrado?


Intentó responder, pero lo interrumpí.


—¿Y por qué esperaron cinco años para interrogarme, cuando lo lógico habría sido hacerlo el día que les avisé de su muerte?


—Verás, Midna… el caso era inusual, sí. Pero pensábamos que había sido un accidente.


—¿Y aún así lo investigaron?


—Por vos —respondió con una pausa—. Tenías apenas catorce años. Estabas destrozada.


No podía seguir escuchando excusas.


Me levanté, apoyé las manos en su escritorio y lo miré directamente a los ojos.


—Señor Birch, si están siguiendo esta “investigación” solo para calmarme, no se molesten. Pero si realmente quieren justicia… entonces hagan bien su trabajo y atrapen al asesino de mi padre.


Me giré y salí de la comisaría como si el suelo ardiera bajo mis pies.

Jamás odié tanto Salem como lo hice desde hace cinco años. Esta ciudad esconde secretos oscuros que nadie se atreve a revelar. Secretos que solo los más valientes descubren… y que rara vez sobreviven para contarlos.