UNICO
El cielo se desgarró como una tela bajo una presión invisible. Las aves huyeron en bandadas. Un cuerpo incandescente descendía como un cometa envuelto en fuego celestial. Cuando impactó contra la tierra, el bosque entero enmudeció.
Aquel hombre no era de este mundo. Su nombre era Son Goku, un guerrero nacido en las estrellas, capaz de rivalizar con dioses. Pero en esta tierra de sombras, de demonios y cazadores, estaba solo, desorientado… y por primera vez en años, vulnerable.
Una figura apareció entre el humo. Cabello rosado y verde, ojos tan brillantes como la esperanza misma. Era Mitsuri Kanroji, la Pilar del Amor.
—¡Aguanta! ¡Estás vivo, ¿verdad?! —gritó, corriendo hacia el cráter con lágrimas en los ojos—. ¡No puedes morir así…!
Su corazón latía con fuerza sin razón aparente.
Goku despertó en una cama de futón, cubierto con vendas y rodeado de fragancias florales. Mitsuri lo había llevado a una residencia cercana, cuidándolo como a un huésped divino.
—¿Dónde estoy? —preguntó él, aún aturdido.
—En el Distrito de las Mariposas. Soy Mitsuri Kanroji, una Cazadora de Demonios. Te encontré… cayendo del cielo.
—Oh… eso explica por qué me duele todo —dijo Goku riendo, rascándose la cabeza.
Desde ese momento, cada día era un nuevo descubrimiento. Goku le enseñaba sobre el ki, y Mitsuri le contaba historias sobre demonios, sobre su entrenamiento, y sobre su deseo secreto: ser amada por quien la aceptara por completo.
Él la escuchaba con una paciencia que nadie más le había dado. No se reía de su apetito ni de su fuerza anormal. De hecho, Goku la veía como algo fascinante.
—Eres tan fuerte como un Super Saiyajin —le dijo con una sonrisa enorme.
—¿Eh? ¿Eso es algo bueno? —preguntó ella, nerviosa.
—¡¡Es lo mejor!! —respondió él, sin dudarlo.
Y en ese instante, Mitsuri sintió por primera vez en su vida que alguien la veía... completa.
El cielo estaba despejado, el viento arrastraba el aroma del té y las hojas de sakura. Era una de esas mañanas perfectas en que todo parecía estar en calma. Goku se estiró con un gran bostezo, los rayos del sol acariciaban su espalda desnuda, mientras Mitsuri terminaba de preparar el desayuno con una sonrisa oculta.
—¡Ya está la comida! —dijo ella alegremente—. ¡Rápido, antes de que se enfríe!
Goku se lanzó hacia la mesa con la velocidad de un rayo. Comenzó a devorar los onigiri y el tamagoyaki como si no hubiera comido en días, con una alegría infantil que a Mitsuri le parecía… adorable.
—Tienes un apetito peor que el mío —bromeó ella.
—¡Es que cocinas mejor que Milk! —respondió Goku, con arroz en la cara.
Ella se quedó en silencio un segundo. Nadie le había dicho algo tan simple con tanta sinceridad.
—¿Quién es Milk? —preguntó, forzando una sonrisa.
Goku tragó, y por primera vez pareció pensativo.
—Mi… esposa. Bueno, era. Pero ese mundo ya está lejos. No sé si puedo volver. Y si pudiera… no estoy seguro de que deba.
Mitsuri bajó la mirada un momento, pero luego la alzó de nuevo, decidida.
—Entonces… mientras estés aquí, entrena conmigo. ¡Haré que te enamores de este mundo!
Goku soltó una carcajada genuina.
—¿Ese es un reto?
—¡Es una promesa!
Y así comenzaron los días de entrenamiento.
Al principio, Goku no entendía nada de respiraciones. La idea de sincronizar la respiración con los movimientos del cuerpo era… interesante, pero antinatural para alguien que usaba el ki de forma instintiva.
—No se trata solo de fuerza —le explicó Mitsuri—. Se trata de armonía. Tu espada, tu cuerpo, tu corazón… todo debe latir en la misma frecuencia.
—¡Entiendo! Es como entrar en Ultra Instinto —respondió Goku, cruzando los brazos.
—¿Ultra qué?
—Ah, una cosa mía. ¡Tú enséñame lo tuyo, y yo te enseño lo mío!
Y así fue. Mitsuri le mostraba las posturas, las florituras, las formas del Amor, mientras Goku la instruía en el control del ki, la canalización de la energía interna, y el “Zanzōken”, técnica de movimiento rápido que la hacía reír cada vez que él desaparecía y reaparecía en su hombro.
—¡¡No hagas eso cuando estoy comiendo!! —gritaba ella, con fideos colgando de la boca.
—¡Pero te ves muy graciosa!
Ella le lanzaba un zapato. Él se dejaba golpear. Ambos reían como niños.
Una noche, tras un día agotador, se recostaron juntos bajo el árbol de sakura donde solían entrenar. Mitsuri bebía té dulce, y Goku jugaba con una ramita entre los dedos.
—¿Sabes, Goku? —susurró ella—. A veces pienso que si no hubiera sido tan rara, tan “extraña” para los hombres, no habría terminado cazando demonios. Siempre quise una familia. Amar y ser amada.
—Yo también me sentí fuera de lugar, muchas veces —respondió Goku, girándose hacia ella—. No era humano. No entendía emociones. Me costaba ver por qué la gente temía o se apegaba a cosas… Hasta ahora.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora que te escucho hablar, que te veo pelear, que como contigo… siento que empiezo a entender lo que significa tener a alguien importante.
Mitsuri se sonrojó profundamente. Su taza tembló en sus manos.
—¿Alguien… importante?
Goku asintió con suavidad.
—No sé si esto es amor. Pero contigo todo es más… cálido.
Ella dejó caer la taza sin querer. Esta vez, no se disculpó. Solo se acercó y apoyó la cabeza en su hombro.
—Entonces… quedémonos así un poco más. Solo un poco más.
Y allí se quedaron, en silencio. Sin pelear. Sin reír. Solo sintiendo el latido compartido de dos almas que comenzaban a bailar al mismo ritmo.
Al día siguiente, Mitsuri llevó a Goku a una cascada sagrada para practicar respiración bajo presión de agua. Él, por supuesto, lo convirtió en una competencia.
—¡Quien aguante más bajo la cascada sin moverse, gana!
—¡Trato hecho! —respondió Mitsuri, con los ojos brillando.
Pasaron horas. Ninguno se rendía. Los labios temblaban. Los dedos entumecidos. Pero ninguno quería perder ante el otro.
—Eres… increíble —dijo ella entre jadeos.
—Tú también. Me das ganas de ser mejor —respondió él, con una sonrisa cansada.
Y sin darse cuenta, se tomaron de la mano, el agua cayendo como cortina entre ellos.
Ese día no hubo ganador. Solo dos personas que, sin notarlo, habían comenzado a depender el uno del otro.
El aire estaba pesado esa noche. El cielo, ennegrecido por nubes que ocultaban la luna, parecía contener la respiración del mundo. Mitsuri caminaba sola por una aldea cercana, tras recibir reportes de desapariciones recientes. Aunque intentó convencer a Goku de quedarse atrás —aún no recuperaba todo su ki—, él insistió en acompañarla.
—Si hay peligro, no vas a enfrentarlo sola —dijo, cruzando los brazos—. ¿Olvidaste lo que dijiste? “Entrena conmigo, enamórate de este mundo”... bueno, tú eres parte de este mundo ahora para mí.
Mitsuri se sonrojó, pero también se preocupó. No era como pelear con Tanjiro o Rengoku. Goku venía de otra dimensión. Si algo lo hería aquí, nadie sabría cómo curarlo.
—Entonces quédate cerca, ¿sí? Muy cerca.
—No me separaré de ti.
La promesa fue hecha… pero pronto sería puesta a prueba.
El demonio apareció al filo del bosque, entre casas abandonadas y campos de arroz secos. Su forma era grotesca: seis brazos, tres bocas con lenguas bífidas, ojos que parpadeaban en lugares donde no debían. Era una criatura creada para devorar recuerdos, identidad y fuerza espiritual.
—Qué olor tan dulce… uno de ustedes dos está enamorado. ¡Ah, qué delicia será desgarrarlos justo ahora!
Mitsuri no dudó: desenvainó su látigo-espada con un giro elegante, entrando en postura.
Goku se adelantó, pero ella extendió un brazo.
—¡No! Déjame a mí. Este es un demonio de rango alto. Puede interferir con tu mente si aún estás adaptándote.
Goku dudó, pero retrocedió. Confiaba en ella. Mitsuri avanzó.
La batalla fue brutal. El demonio era veloz y cruel. Mitsuri giraba como una danza de pétalos, su espada trazando ondas rosadas por el aire. Goku observaba, su corazón latiendo más fuerte con cada segundo. No por la batalla… sino por lo mucho que ella le importaba.
Entonces ocurrió.
Una espina negra del demonio perforó el hombro de Mitsuri. No letal, pero cubierta con una toxina paralizante. Ella cayó de rodillas, jadeando.
—¡Mitsuri! —gritó Goku, corriendo hacia ella.
—¡No… no te acerques! Su aura… distorsiona el ki. ¡Podría afectarte!
—¡No me importa!
El demonio lanzó un brazo directo hacia ella. Goku se interpuso sin pensar. El golpe lo empujó varios metros, abriéndole una herida en el costado. El ki reaccionó… mal. El dolor fue real, punzante. Su respiración se volvió pesada. Por primera vez, el Saiyajin sintió… miedo.
—¿Esto es… miedo real? ¿Temo por ella…?
El demonio se burlaba.
—¿Tú, guerrero de otro mundo, tiemblas? ¿Por qué luchas si ni siquiera puedes aceptar lo que sientes?
—¡Cállate! —rugió Goku, cerrando el puño.
Sus ojos brillaron por un instante. Pero no era rabia.
Era claridad.
El miedo no era debilidad. Era señal de que algo valía la pena. Y por primera vez, su cuerpo canalizó una mezcla perfecta: ki y respiración. Coraje y compasión. Instinto y amor.
Mitsuri, aún paralizada, observó como Goku se erguía entre el humo. Su silueta brillaba tenuemente. Su cabello no se erguía en llamas, sino que ondeaba como seda en el viento. Su piel irradiaba una luz dorada, pero suave. Su aura tenía la cadencia de una respiración controlada.
—¿Eso es…? —susurró Mitsuri.
—No sé cómo llamarlo aún —dijo Goku—. Pero sé que nació por ti.
—Goku…
—¡Respiración del Sol Divino, Forma Segunda: Latido Inmortal! —gritó, desapareciendo en un estallido de luz.
El demonio apenas pudo reaccionar. Goku apareció frente a él, esquivando todos sus ataques con movimientos suaves y precisos, como si flotara. Luego, un solo golpe con su palma, infundido con ki y respiración, lo hizo explotar en una espiral de fuego purificador.
El silencio reinó.
El monstruo desapareció en cenizas, dejando atrás la fragancia del sol de mediodía.
Goku corrió hacia Mitsuri y la sostuvo en brazos. Ella ya podía moverse un poco, pero el veneno tardaría en irse por completo.
—¿Estás bien? ¿Te duele? ¿Necesitas que te lleve al Distrito de las Mariposas?
—Estoy… estoy bien. Gracias a ti. ¿Goku… qué fue eso?
—No lo sé. Pero cuando te vi en el suelo, sentí algo que no sentía desde… nunca. Supe que no podía perderte.
Ella lo miró, y por primera vez, sin torpeza ni vergüenza, le acarició la mejilla.
—¿Ahora entiendes lo que es el amor?
—Creo que sí —susurró él—. Al menos… este amor.
Sus frentes se tocaron. El viento soplaba entre los campos. Goku cerró los ojos.
—No tengo un hogar ahora. Pero si tú me aceptas… quiero quedarme.
Mitsuri sintió un calor inmenso en el pecho. Lágrimas de emoción le rodaron por las mejillas.
—Entonces quédate. Para entrenar. Para luchar. Para vivir. Para amar.
Y allí, entre las cenizas de una amenaza y el silencio de la noche, el miedo dio paso a un sentimiento mucho más fuerte: esperanza compartida.
La herida de Mitsuri sanó más rápido de lo esperado, gracias a la combinación de la medicina de Shinobu y la energía curativa que Goku compartió con ella durante las noches. Pero el veneno más difícil de tratar no era el físico, sino el emocional.
Desde aquella noche, algo había cambiado entre los dos. Se miraban diferente. Caminaban más cerca. Y cuando uno reía, el otro ya estaba sonriendo antes de saber por qué.
Pero con esa cercanía… llegó el silencio incómodo.
Goku había comenzado a entrenar en solitario más a menudo. Se le veía pensativo, y Mitsuri lo notaba. Ya no comía con el mismo desenfreno. Ni siquiera competía por quién dormía más horas.
Una tarde, ella lo encontró sentado junto al río, lanzando piedritas al agua.
—¿Estás bien? —preguntó, sentándose a su lado.
—Sí… solo estoy pensando.
—¿En qué?
—En lo que dijiste… cuando me salvaste. En lo que dijiste de quedarme. ¿Lo decías en serio?
Mitsuri sintió un nudo en el estómago. Asintió con la cabeza.
—Claro que lo dije. ¿Tú… quieres irte?
—No. Pero tampoco sé si merezco quedarme.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Por qué dices eso?
Goku apretó una piedra en la palma.
—Porque… en mi mundo, fui héroe, pero también fui irresponsable. Abandoné a mis hijos muchas veces. Peleé por placer, incluso cuando había paz. La gente me vio como un símbolo… pero ¿y si solo era alguien que no sabía amar?
Mitsuri lo escuchó en silencio. Su voz era calmada, pero triste. No por el mundo que había perdido, sino por la persona que creía haber sido.
—Goku… ¿sabes qué pensé de ti la primera vez que te vi?
—¿Que era raro?
—Que eras luz. Como el sol. Cálido, impaciente, vivo. Pero ahora entiendo que… incluso el sol tiene miedo de apagarse.
Él la miró. Por primera vez en mucho tiempo, con una vulnerabilidad desarmada. Mitsuri tomó su mano.
—Tú no estás solo aquí. Yo estoy contigo. Y si te equivocas, te corregiré. Si caes, te levantaré. Porque ya no quiero salvar solo a la humanidad. Quiero… salvarte a ti también.
Goku tragó saliva. Algo ardía en su pecho. Un sentimiento que había sentido vagamente cuando peleó por sus amigos. Pero ahora no era por deber. Era porque la necesitaba. Porque la amaba.
—Mitsuri… —susurró, con voz ronca—. Nunca fui bueno poniendo en palabras lo que siento. Pero… cuando me duermo sabiendo que estás cerca, descanso. Cuando entreno contigo, quiero ser mejor. Y cuando sonríes… todo tiene sentido.
Ella lo miraba, con los ojos cristalinos.
—¿Eso es…?
—Sí. Es amor. Es amor, Mitsuri. No lo había dicho nunca, pero… te amo.
Mitsuri dejó caer las lágrimas. No de tristeza. Sino de una ternura tan intensa que dolía.
—Yo también, Goku. Desde el momento en que empezaste a entender mi respiración, desde que dijiste que querías quedarte… empecé a amarte. Y no quiero que este momento termine nunca.
No fue un beso ardiente ni una escena apasionada. Fue un abrazo. Largo, cálido, necesitado. Uno donde Goku la sostuvo como si fuera su primer ancla verdadera. Y Mitsuri lo rodeó como si nunca fuera a dejarlo ir.
Ambos cerraron los ojos.
El aire estaba cargado de algo sagrado. No se movieron por minutos. Simplemente existieron en los brazos del otro. Se escuchaban los latidos, como ecos de un mismo tambor.
Cuando finalmente se separaron, ya no había dudas. Ya no quedaban palabras.
Solo un hecho claro.
El guerrero que vino de otro mundo y la cazadora que sonreía entre demonios… se habían encontrado. Y se habían elegido.
Esa noche, Mitsuri durmió en los brazos de Goku. No por deseo, sino por necesidad. Él acariciaba su cabello rosado mientras ella respiraba en calma. Ambos soñaron con un hogar, un futuro sin sangre, y mañanas donde no tuvieran que esconder lo que sentían.
Y en lo profundo de sus corazones, sin decírselo aún, ambos sabían lo que vendría después.
No una batalla.
Sino una vida juntos.
La misión llegó justo cuando el sol comenzaba a despuntar en el horizonte. Un cuervo mensajero aterrizó en la ventana de la habitación donde Mitsuri y Goku dormían, entrelazados, apenas cubiertos por una sábana liviana. La luz matinal acariciaba sus rostros.
—¡Alerta, alerta! Demonio Clase Superior avistado en las Ruinas de Kameyama! ¡Múltiples civiles desaparecidos! ¡Pilar del Amor y guerrero extranjero, movilizarse de inmediato!
Goku se sentó de golpe.
—¿Ruinas de Kameyama? Suena peligroso.
—Y romántico —bromeó Mitsuri, ya vistiéndose con su uniforme. Su espada se amarró a la cintura como si la estuviera saludando.
—¿Romántico?
—Claro. Tú y yo, combatiendo juntos por primera vez. ¿Sabías que Rengoku decía que luchar con alguien a quien amas une más que una promesa?
Goku sonrió, sujetando su báculo.
—Entonces que este combate sea nuestra promesa.
Las ruinas eran desoladas, cubiertas de musgo, con estructuras de un antiguo templo que apenas se sostenía en pie. Pero lo más impactante era el aura: fría, como un invierno sin fin.
Apareció entonces un demonio de rango alto, de piel blanca con símbolos rojos grabados por todo el cuerpo. Tenía una armadura hecha de escamas endurecidas y seis ojos que se movían independientemente.
—¿Una Pillar y un extraño con energía celestial? Qué decepción. Pensé que mandarían a Kokushibo o al mismísimo Ubuyashiki.
—¡Cierra la boca! —gritó Mitsuri—. Has matado a familias enteras. Y ahora, pagarás por eso.
Goku respiró hondo. Su ki empezaba a fluir como una danza.
—Vamos, Mitsuri. Sin miedo. Esta vez, luchamos juntos.
La batalla fue un ballet infernal.
Mitsuri se movía como una flor al viento, su látigo cortando el aire en espirales de color rosa y carmesí. Goku giraba a su alrededor, sincronizando su ki con los movimientos de ella, como si sus almas compartieran el mismo ritmo.
—¡Forma Cuarta! ¡Látigo del Amor Giratorio! —gritó Mitsuri, rodeando al demonio con una trampa de estocadas suaves pero profundas.
—¡Kamehameha Solar: Versión de Respiración! —rugió Goku, apuntando su energía desde el cielo como si fuera un sol descendente.
El demonio intentó dividirse, cambiar de forma, incluso proyectar ilusiones. Pero ya no era solo un cazador contra un monstruo. Era una pareja en sincronía perfecta, que se complementaban como el día y la noche.
—¡Jutsu Final Combinado! —gritaron al unísono.
Goku canalizó su ki en el filo de Mitsuri, y ella lo usó para lanzar un tajo tan rápido que el demonio no tuvo tiempo de regenerarse. Fue un destello de luz y un grito ahogado. Luego, silencio.
El demonio se evaporó en polvo, dejando solo la fragancia de una flor extraña. Mitsuri cayó de rodillas, respirando agitadamente. Goku se acercó y la levantó en brazos.
—¿Estás bien?
—Estoy… mejor que nunca.
Ambos sonrieron.
Después de entregar el informe y dejar a salvo a los aldeanos rescatados, Mitsuri se negó a volver a casa de inmediato.
—No. Quiero aprovechar que estamos vivos. Y que somos… tú y yo.
Goku levantó una ceja.
—¿Una cita?
—¡Sí! Pero no de esas de manteles y té. Quiero algo que te guste a ti también.
Así, terminaron sentados sobre el techo de una vieja pagoda abandonada. Frente a ellos, el cielo estaba lleno de estrellas, y entre ambos, una comida improvisada: bolitas de arroz, carne seca y dango dulce. Goku comía con alegría, mientras Mitsuri lo miraba, apoyando la cabeza en su hombro.
—No necesito un castillo ni una cena elegante —dijo ella en voz baja—. Solo necesito esto. A ti, el cielo… y la certeza de que, cuando me miras, ves a alguien que vale la pena amar.
Goku bajó su bolita de arroz y la miró de verdad.
—Cuando te miro, veo a la única persona que me hace querer detenerme en medio de una pelea… solo para escuchar tu risa.
Ella se sonrojó.
—Tú sí que sabes decir cosas bonitas cuando quieres.
—Estoy aprendiendo de ti.
Luego de un momento en silencio, ella giró su rostro, y Goku también. Esta vez no hubo dudas ni nervios. Solo un beso suave, profundo y sincero. No uno de despedida. Sino de inicio.
El sol caía lentamente sobre el bosque de los lirios púrpuras. Después de su cita y combate conjunto, Goku y Mitsuri regresaban a la mansión de los cazadores, tomados de la mano como si el mundo fuera, por fin, más ligero.
Pero al llegar, una figura los esperaba en la entrada, vestida con su haori mariposa y una sonrisa que nunca revelaba del todo sus intenciones.
—Vaya, vaya… qué vista tan interesante.
—¿Shinobu? —exclamó Mitsuri, soltando rápidamente la mano de Goku, como si hubieran sido atrapados haciendo travesuras.
La Pilar del Insecto caminó con elegancia hacia ellos, su paso tan silencioso que parecía flotar. Sus ojos morados brillaban con malicia juguetona.
—Así que era cierto… nuestro sol errante y nuestra flor apasionada se han convertido en pareja. ¿Ya hicieron la ceremonia o aún puedo arrebatarlo?
Mitsuri se sonrojó como nunca.
—¡N-No digas cosas así! ¡Goku no es algo que se pueda “arrebatar”!
Goku, por su parte, rascaba su nuca, sin entender si estaba en peligro o en una broma.
—¿Ceremonia? ¿Qué es eso? ¿Un tipo de combate?
Shinobu soltó una risita encantadora.
—Ay, Goku… me olvido que eres tan fuerte como ingenuo. Pero esa combinación te hace… peligrosamente adorable.
Mitsuri entrecerró los ojos.
—¿Qué estás haciendo aquí, Shinobu?
—Vengo con noticias. Hay algo que deben saber. Y no es bueno.
En la sala principal, Shinobu extendió un mapa sobre la mesa. Su rostro ya no era juguetón, sino completamente serio.
—Anoche, un escuadrón desapareció cerca del antiguo paso de Yomi-no-Kuni. No dejaron señales. Solo un rastro de una toxina que yo misma no puedo identificar del todo.
Mitsuri frunció el ceño.
—¿No es demoníaca?
—Tiene algo más. Algo que huele… a “otro mundo”.
Goku se tensó. Su ki tembló brevemente. Shinobu lo notó.
—¿Reconoces algo?
—Quizá… No estoy seguro. Pero esa energía… no es de aquí. Ni de tu mundo ni del mío.
Shinobu lo observó, seria.
—Lo que sea que haya cruzado, no vino solo. Y ustedes dos… ahora son nuestra primera línea.
Mitsuri asintió con firmeza.
—Entonces nos moveremos al amanecer.
Shinobu sonrió. Esta vez más sincera.
—Sabía que podía confiar en ustedes. Pero tengan cuidado… esto no es solo otra batalla. Esto puede cambiar el equilibrio del cielo y el infierno.
Esa noche, mientras Goku entrenaba solo en el jardín, Mitsuri y Shinobu compartían una taza de té.
—Lo amas, ¿cierto? —preguntó Shinobu de pronto.
Mitsuri casi se atraganta.
—¡¿Eh?! ¡Claro que sí! ¡Pero no lo digas así, de repente!
Shinobu tomó un sorbo con calma.
—Me parece lindo. Aunque… si yo hubiera llegado primero, quizá me lo habría quedado para mis experimentos.
—¡¿Qué?! ¡¿Tus qué?!
Shinobu rió con una dulzura que solo podía esconder algo malicioso.
—Solo bromeo. O no… quién sabe. Aunque debo admitir algo, Mitsuri.
—¿Qué?
—Goku… no es solo fuerte. Tiene algo en los ojos. Como si hubiera vivido muchas vidas, pero aún creyera que el mundo puede salvarse. Eso… me recuerda a alguien que ya perdí.
Mitsuri bajó la mirada. Sabía a quién se refería.
—Tú también lo mereces, Shinobu. Amor… paz… algo que no se escape entre los dedos.
La mariposa sonrió, esta vez triste.
—Quizá. Pero hoy, ese sol es tuyo, Mitsuri. Solo no lo dejes ir tan fácil. La guerra se lleva muchas cosas… incluso los corazones.
Esa noche, Goku y Mitsuri se recostaron juntos sobre el techo de la mansión. Él jugaba con su cabello, ella con los dedos de su mano.
—¿Estás bien con que Shinobu viaje con nosotros mañana? —preguntó Mitsuri.
—Claro. Me cae bien… aunque no sé si me quiere ayudar o diseccionar.
Mitsuri rió.
—Eso es normal con ella. Pero… ¿y si alguien más se interesara en ti?
Goku la miró. Serio, por primera vez.
—No podrían. Porque ya te elegí. Y no cambio de camino una vez que he volado hacia una estrella.
Ella lo besó. No por pasión, sino por promesa.
Y esa noche, entre el aroma de los lirios y el canto de los grillos, el amor se reforzó como una llama que ningún viento podría apagar.
Yomi-no-Kuni no era un lugar que se pudiera encontrar en un mapa.
Guiados por la energía extraña que Shinobu rastreó —un compuesto de toxinas no humanas—, Goku, Mitsuri y ella se adentraron en un bosque muerto, donde los árboles parecían susurrar en un idioma antiguo y las sombras no se movían con la luz.
Al final del sendero, entre rocas cubiertas de líquenes oscuros, encontraron una grieta: un pasaje angosto cubierto por una niebla espesa como tinta.
—Aquí es —murmuró Shinobu—. Ningún cuervo ha vuelto de este lugar.
Goku miró hacia la grieta. Su ki reaccionaba como si intentara advertirle. Pero no retrocedió.
—Entonces avancemos.
Al cruzar, el mundo cambió. El aire se volvió pesado, las voces se silenciaron… y los recuerdos comenzaron a escurrirse por las paredes como agua sucia.
Yomi-no-Kuni era una vasta caverna de eternas penumbras. Techos que no se veían, muros cubiertos de calaveras, y senderos flotantes sobre ríos negros de lodo. No había viento. No había tiempo.
—Siento… algo raro —dijo Mitsuri—. Como si alguien me llamara por mi nombre… pero desde dentro de mí.
—Es el alma misma la que se refleja aquí —dijo Shinobu—. Este lugar toma lo que eres… y lo deforma.
Goku guardó silencio. Desde que entraron, había notado que el entorno respondía a él más que a las otras dos. Las paredes parecían pulsar con energía saiyajin corrompida. Y lo peor… era la voz.
—“¿Por qué seguiste adelante cuando todos murieron?”
—“¿Qué buscabas, Goku? ¿Una batalla sin fin o una razón para fingir que eres humano?”
—“¿Cuántas veces te falló tu fuerza?”
Goku apretó los dientes. Pero Mitsuri lo tomó del brazo.
—No los escuches. Eres más que esas sombras.
Él le sonrió, breve, pero agradecido. Y siguieron caminando.
Mientras exploraban, el paisaje se volvió más siniestro: pilares de huesos, estatuas sin rostro, y espejos flotantes que mostraban recuerdos distorsionados.
En uno, Goku vio a su yo-niño, solo y llorando en el bosque.
En otro, a Raditz extendiéndole la mano… antes de ser atravesado por su propio ataque.
Y en otro, algo más perturbador: Mitsuri muerta, con mariposas negras saliendo de sus labios.
—¡Basta! —rugió, partiendo el espejo con un golpe de ki.
El estallido hizo vibrar todo Yomi. La oscuridad reaccionó.
—¡Los atraíste! —gritó Shinobu—. ¡No debiste usar energía en este plano!
Desde las paredes, criaturas emergieron: demonios esqueléticos, envueltos en humo púrpura, con bocas que no dejaban de reír.
—¡Protégete! —gritó Mitsuri, desenvainando su espada.
—¡Forma Sexta! ¡Amarre del Amor Sin Fin!
Su látigo se enrolló alrededor de las criaturas, atrapándolas, mientras Shinobu lanzaba viales que estallaban en niebla ácida. Goku cargó energía en silencio. No podía usar todo su poder, pero sí su instinto. Su ki se convirtió en una luz dorada tenue.
—“Signo del Sol Interior.” —murmuró, y desapareció de la vista.
Un segundo después, las criaturas cayeron una por una, sin que nadie viera los golpes.
—Impresionante… —susurró Shinobu—. Pero eso no fue lo más aterrador.
Kokushibo, la Primera Luna Superior, apareció buscando al “extranjero que brillaba como el sol”. Mitsuri, con determinación en los ojos, se enfrentó a él mientras Goku cargaba su energía.
—¡No me separarás de él! —gritó ella, empuñando su espada como nunca antes.
Fue una batalla feroz. Mitsuri fue herida, y cuando Goku la vio caer, su corazón estalló.
En ese instante, algo nuevo surgió: su ki se fusionó con la Respiración del Sol que había aprendido de los libros antiguos de cazadores. Su cabello brilló con destellos dorados y rojos. Sus ojos se encendieron como el amanecer.
—¡Respiración del Sol Divino! Primera Forma: Corazón Ardiente.
Con una sola técnica, Goku derrotó a Kokushibo, envolviéndolo en una luz tan pura que el demonio se desintegró sonriendo… como si hubiera encontrado paz.
Con el tiempo, Goku decidió quedarse en ese mundo. No porque no pudiera volver, sino porque su corazón ya no lo deseaba.
Se convirtió en leyenda entre los cazadores, y junto a Mitsuri, fundaron una nueva generación de guerreros que combinaban la técnica, el amor… y la esperanza.
Muchos años después, un joven entrenaba bajo un cerezo. Tenía los ojos de su padre y el cabello bicolor de su madre.
Un día, mientras entrenaba, miró el cielo y preguntó:
—¿Cómo se conocieron?
Goku y Mitsuri se miraron, sonriendo. Luego, él respondió:
—Yo caí del cielo. Y ella… me enseñó a volar otra vez.
Bajo el sol eterno, florecieron dos corazones. No como guerreros. No como leyendas. Sino como dos almas destinadas a amarse más allá de mundos y batallas.
Sonreía con alegría mientras repetía las palabras que le enseñaron:
—“Pelea con todo tu poder… pero nunca olvides por qué luchas.”
Bajo el cielo eterno, dos almas que una vez ardieron por separado… ahora brillaban juntas.