1. Puerta trasera de la biblioteca
[¡¡Nuevo escándalo de la familia Freitag!!
La tarde del 23 de abril, el miembro más joven de la familia Freitag, Lewis J Freitag, fue llevado a la comisaria tras la denuncia de un presunto intento de homicidio en contra de uno de sus compañeros de la Universidad Ikrmen. Las autoridades no han dicho nada al respecto, pero acorde a los testimonios obtenidos...]
Ese tipo de noticias fueron publicadas alrededor de un mes entero.
Noticias cortas, alrededor de quinientas palabras. Los medios no pudieron obtener mucha información, pero lograron extenderlo mediante rumores y testimonios falsos. La denuncia, que solo llegó a la etapa de investigación previa, fue archivada y el presunto agresor y la víctima llegaron a un acuerdo.
El joven Lewis tuvo que mantenerse oculto por una temporada, encerrado en su mansión sin ningún contacto con el mundo exterior. O al menos eso fueron los otros rumores que se corrieron por internet. Lo cierto es que su familia lo envió al extranjero por un año, y cuando volvió, regresó cambiado.
Demasiado...
—Dejaré la carrera.
Eso fue lo que más enojó a su madre.
Miembro más joven de la familia Freitag. Omega y sin derecho a suceder la empresa de su familia. Todas esas eran características que su madre odiaba escuchar cuando se hablaba de su único hijo.
Logró convencer a su esposo de enviar a Lewis a la Universidad Ikrmen y obligarlo a estudiar Leyes. Probablemente lo consideró su única salida, conociendo la negativa que le esperaría si hubiera sugerido algo relacionado con administración de empresas y negocios internacionales.
Bajo esos conocimientos, Lewis habló directo con su padre, quien no protestó porque ni siquiera le importa lo que su hijo hiciese.
Se dio de baja de la universidad a mitad de la carrera, y se cambió de ciudad para inscribirse a una de bajo perfil para estudiar Periodismo y Comunicación. Con poder suficiente para sobornar a todos los profesores que quisiera, Lewis ignoró todo y decidió por primera vez aprender algo, más allá de sus gustos retorcidos que lo llevaron a involucrarse en un extraño escándalo de intento de homicidio.
Es ahí donde ingreso yo.
No estoy seguro si lamentar o agradecer la oportunidad que me trajo la vida.
—Solo estás aquí por orden de mi padre.
Esas son las palabras favoritas del malvado omega de la familia Freitag.
En realidad, es lo de menos en mi trabajo.
Cuando fui contratado, estaba saliendo de una mala racha. Mi manifestación se retardó y por culpa de mi nueva casta fui dado de baja del ejército. Mis méritos y todo lo demás no sirvieron para nada a la hora de querer conseguir trabajo. En un intento desesperado, seguí los consejos de un amigo y me atreví a publicar mis datos personales en una aplicación de personal de seguridad. Ni siquiera sabía de la existencia de la aplicación. Por su logo simple y fondo negro, incluso si lo hubiera visto antes probablemente lo hubiese pasado de largo. No era de esos logos que generan confianza.
Cuando mis ahorros se acortaron y tuve que suplicarle a la señora de mi anterior departamento que me permitiera quedarme una semana más, llegó la primera llamada.
Y luego de seis meses de capacitación, me integré como el segundo guardaespaldas del joven Lewis Freitag.
—Eso es realmente molesto...
Era comprensible que ese niño lo considerara como tal.
Aunque su padre dejó que hiciera lo que sea, por el último escándalo y conociendo las prácticas raras de su hijo, obligó a que dos guardaespaldas lo siguieran a todas partes. Su orden expresa fue:
—Manténgase pegados como garrapatas a ese niño. Si me entero de otra de sus cosas, ustedes también pagarán por ello.
Garrapatas no era una expresión buena, lo segundo tampoco. Es por eso que en un inicio nos mantuvimos apegados al joven, siguiéndolo a todas partes excepto en sus horas de clases, lo que provocó que llamara mucho la atención y el escándalo anterior, al menos dentro de la universidad y sus alrededores, se extendiera una vez más por una temporada pequeña.
Y eso generó un nuevo problema.
Acoso.
Pero ni yo, ni Oddo intervenimos. Para empezar, ni siquiera nos dieron tiempo de intervenir. El joven Lewis usó una de sus prácticas extremas en cada persona que se atrevía a acercarse a él. Cuando acababa, nuestro único labor era llevar a la víctima a la enfermería, y de ser extremo, llamar a un médico privado.
Pensé que, tener que doblegar a personas diariamente con sus feromonas por el acoso estudiantil que recibía le afectaría su confianza, autoestima y sociabilidad, pero en cuanto vi la sonrisa de satisfacción que ponía cada vez que pasaba, tuve que retirar toda preocupación que estaba desarrollando.
Ese niño no sufría. Parecía esperar con ansias el próximo valiente que se atrevería a acercarse para tratar de intimidarlo.
Puede que no afectara su confianza, pero al igual que el perro de pavlov, se acostumbró demasiado a ello, al punto de bañar con sus feromonas a quienes no tenían intención de herirlo.
Y es ahí cuando mi dolor de cabeza futuro apareció.
—Disculpa...
El joven Lewis obtuvo una mala calificación en uno de sus trabajos recientes. Había pasado tres noches investigando fuentes y leyendo libros en la biblioteca, pero no fue suficiente para obtener la máxima calificación y pasó todo el día con el rostro distorsionado. Ni Odddo ni yo nos atrevimos a decir algo, y en cuanto llegó el inicio de su receso más largo, cuando los tres nos encontrábamos cerca de la segunda puerta de la biblioteca, un área no muy visitada, y escuchamos una voz a nuestras espaldas, al menos yo, pensé:
«Mi más sentido pésame».
Por la firmeza de la mandíbula de Oddo, él también pensó algo parecido.
Las feromonas salieron en una avalancha directo al hombre ahora enfrente. El aire empezó a sentirse pesado y un olor dulce inundó el espacio abierto. La nueva víctima se sorprendió y sus piernas perdieron fuerza, cayendo sobre sus rodillas y luego de lado, retorciéndose mientras trataba de jalar la camiseta de su cuello, probablemente en su intento de respirar.
Las feromonas omega son un imán seductor para alfas y alfas dominantes, pero las feromonas de un omega dominante se trasforma en un arma blanca, capaz de apuñalar a cualquier ser que desee.
Las manos del chico dañaron su propia camisa y empezó a tratar de sostenerse de la vitrina enorme que exhibía algunos de los premios otorgados a maestros y personal de la institución. Oddo, en el extremo cercano a este, impidió que el mueble pesado se fuera encima del hombre.
Nuestro deber en este momento era uno solo.
—Siete minutos.
Y luego, con la misma rapidez con las que expulsó sus feromonas, las retiró, y el aire volvió a sentirse ligero, excepto por el breve aroma dulzor tenue que dejó impregnado en la ropa de cada uno de los presentes, incluyendo la víctima semiinconsciente en el piso.
—Que aburrido —fue lo único que dijo, antes de darse la vuelta para entrar a la biblioteca.
Oddo me miró e hizo un señalamiento con el mentón antes de ir detrás del joven Lewis.
El día de ayer le tocó a él, ahora me tocaba a mí. Ese era nuestro acuerdo tácito.
Me sacudí un poco el traje en un intento de quitar esas feromonas dulces que me generaban dolor de muelas. Luego de un echar un suspiro largo por la fatiga, me aproximé al tipo que tenía enfrente. Miré si aún mantenía la cordura o si, al igual que otros, tuvo un shock y ahora estaba a nada de entrar en celo. Por fortuna, cuando pasé mi mano por encima de su rostro, sus pupilas siguieron el movimiento y pronto el agarre de su mano en la vitrina se aflojó y fue levantándose por cuenta propia.
Me quedé acuclillado a un lado, esperando cuál sería su próxima acción y evaluando si era necesario llamar o no al médico privado. Para haberse acercado en un día donde el humor del joven Lewis era malo, y aún poder moverse, daba a entender lo fuerte que era ese hombre, pese a su constitución media y su espalda encorvada.
Llevaba lentes. Por el brusco movimiento de antes, ahora estaban torcidos sobre su cara. Noté unas breves rayas en las lunas, pero no sabía si ya estaban así antes o fueron hechos recientes.
Como un acto reflejo, acerqué mi mano a su rostro y acomodé sus lentes en cuanto él me miró a la cara. Lucía una expresión desconcertada, procesando lo ocurrido. Retrocedió el rostro sorprendido, pero en seguida se quedó congelado al ver cómo le acomodaba los lentes.
La gente suele decirme que mi expresión neutra es intimidante. Me pregunté si no le habría causado yo otro shock psicológico al ver como no se movía para nada. No fue hasta que palmé su frente que el hombre se puso de pie acomodándose la ropa.
La parte del cuello estaba tan estirada que parte de su pecho quedaba al descubierto. Se dio cuenta tarde y con una mano temblorosa agarró la tela y formó un puño.
—¿Qu-que acaba de ocurrir?
En cuanto sus palabras entrecortadas salieron algo quebradizas, el hombre frunció el rostro e inclinó y sacudió su cabeza. Parecía molesto, pero no precisamente por casi morir asfixiado.
Se giró de lado un poco para acomodarse mejor y pasarse una mano por su cabello. Por ese gesto logré notar la mochila gris que llevaba en su espalda. Al mirar abajo, vi varios documentos esparcidos. Me agaché y los recogí deprisa. Al levantarme, el chico ya no parecía enojado, sino avergonzado.
—Ah, disculpa. Yo- yo los iba a recoger. Sí, disculpa. Yo...
—¿Puedes caminar?
—¿Eh?
—Tus manos siguen temblando.
El hombre bajó la mirada y torció la boca.
—Estaré bien... creo. No estoy seguro, solo... ¡Aah!
Al intentar dar un paso, terminó perdiendo el equilibrio y casi cae sobre mi. Logré sujetarlo de ambos hombros, pero terminé arrugando los documentos que tenía en mano. En serio era sorprendente la resistencia de ese tipo. Otros ahora mismo estarían entrando a un ligero coma.
—Qué vergüenza...
Aunque lo murmuró por lo bajo, debido a lo cerca que lo estaba sosteniéndo, logré escucharlo.
El procedimiento general era llevar a la víctima a la enfermería, dejar que recibiera tratamiento, y luego intimidarlo un poco para que no volviera a acosar al joven Lewis. Pero ahora, ¿era correcto intimidarlo en este momento viendo lo mucho que luchaba por caminar?
—Oye, ¿estás entrando en rut?
Eso explicaría el «temblor».
—¡¿Qué?! Ay no. ¿Estoy soltando feromonas? No puede ser...
Me acerqué a su cuello y lo olfateé por encima. Si bien sí estaba desprendiendo feromonas, no llegaban al nivel de un ciclo de rut próximo. El plan de inyectarle el supresor de emergencia que tenía debajo del traje quedó descartado.
Al alejarme para decirle que no había peligro de rut, su rostro parecía estar ardiendo en llamas. Toqué su frente y lo mantuve unos segundos para verificar si tenía fiebre. Aun con mi mano en su rostro, el otro respondió:
—Estoy bien, solo... algo sorprendido. Ah, eso, gracias.
El hombre recogió los documentos arrugados sin más. Se quedó mirando el contenido del primero antes de parecer recodar algo, alzando la vista y emitiendo un sonido extraño.
—Cierto. Él, ese chico, el bajito, cómo... sí, cierto, Freitag, ¿dónde se fue?
En cuanto dijo eso, mi rostro se ensombreció un poco, listo para intimidar. O eso pensé yo. No sé qué pensó ese tipo, pero lo interpretó a su manera y siguió tartamudeando.
—No tengo interés en él. Es decir, sí, pero no por la razón que cree. El trabajo, sí, es trabajo, grupal, de... ¿de qué materia? —intercambió las hojas que tenía en mano y luego al leer algo volvió a seguir hablando—. Sí, Sociología I. En serio no me interesa en ese sentido, sé los rumores, pero pensé que eran algo... exagerados. Sí, eso, entonces... ¿Puedo saber su nombre? Ah, claro, tenga...
No le respondí, y al contrario, extendí mi mano para que me diera de vuelta los documentos arrugados. Los puse sobre mi estómago para aplanarlos con mi otra mano y luego leí por encima algunas cuentas palabras del contenido.
Era cierto. Ambos fueron asignados a trabajar en pareja.
Como ninguno de los dos ingresa a clases con el joven Lewis, no sabíamos nada. Ahora, si el joven Lewis conocía de antemano el proyecto y a su compañero, entonces...
No pude evitar incomodarme.
—¿Acordaron reunirse ahora?
—No, no tuve oportunidad. Me enfermé y recién me dieron el alta en la mañana, y vine rápido a la universidad para ponerme al día. Vengo del salón de maestros y supe del proyecto.
Eso alivia un poco la situación.
—Le pasaré la información al joven Lewis. Quédate aquí.
—Sí, gracias. Ah, disculpa.
Me detuve a medio camino y giré. El tipo seguía sujetándose la camisa dañada y sudando como un pollo en una olla hirviendo.
—No creo que pueda hablar con él hoy, ¿puede decirle si nos podemos reunir mañana a esta misma hora?
Asentí, pero al querer entrar, una vez más, volvió a llamarme.
—¿Me- me puede decir su nombre?
Me quedé callado. No por la pregunta, sino por la mirada con la que lo dijo. Desorbitados y fascinados. Sin querer, recordé a un cachorro esperando ser alimentado por su dueño. Mi silencio parece que lo asustó, y al ver que estaba a punto de volver a hablar, me apresuré y le respondí:
—Seiner. Coggan Seiner.
—Soy Clay. Claython, completo. Un placer.
Sus palabras salieron tan deprisa que me costó un poco entender su trabalenguas. Sin saber qué más decir, solo asentí de nuevo y abrí la puerta de la biblioteca.
Un leve olor a feromonas alfas llegó a mi nariz.
No me molesté en quitarlo. Era tan débil que seguro desaparecía en cuanto llegara donde estaba el joven Lewis.