"Sabor a destino"

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Summary

La historia sigue la relación entre Siko, un joven introvertido y sensible, y Dorian, un músico carismático y protector. Su vínculo se fortalece poco a poco entre momentos de ternura, complicidad y desafíos que ponen a prueba su confianza y sus sentimientos. Entre el cuidado durante una enfermedad, la rutina diaria y los malentendidos generados por terceros, ambos aprenden a navegar las complejidades del amor y la inseguridad en una relación joven y vulnerable.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

La sala estaba en penumbras, iluminada solo por un tenue foco azul que caía justo sobre él.

Dorian tenía los ojos cerrados mientras su voz flotaba por el aire, suave pero cargada de fuerza. Sentado frente al piano, cantaba con el corazón apretado, como si cada nota le doliera un poco. “Ya no sé quién soy cuando apagan las luces…”

El micrófono recogía cada suspiro, cada temblor en su garganta. Un productor al fondo del estudio asentía, tomando notas, pero Dorian no lo veía. No le importaba. Cuando cantaba, era solo él y el sonido.

La canción terminó. Silencio.

Dorian abrió los ojos lentamente. Su expresión volvió a esa máscara imperturbable, como si acabara de despertarse de un sueño.

Corte a…

Siko zigzagueaba entre motos en el pequeño espacio trasero del local de comidas. La ciudad ya estaba oscura, pero la cocina seguía encendida y los pedidos no paraban de llegar.

—¡Hey, Siko! —gritó uno de sus compañeros—. El de las hamburguesas dobles con papas es tuyo.

—¿Otra vez para ese edificio Fancy? —respondió Siko mientras ajustaba su mochila térmica—. Cada vez que voy, me siento como un intruso.

—Y lo eres,—se burló otro, riendo—. ¡No te me vayas a enamorar de un ricachón!

Siko sonrió, sacudiendo la cabeza. —Con que me den propina, me doy por bien servido.

Acomodó su casco y salió disparado en su moto, con el viento despeinándole aún más su ya caótico cabello.

Más tarde esa noche...

El ascensor era tan silencioso que Siko escuchaba el latido de su propio corazón. Sosteniendo la bolsa de comida, miraba el número del piso con nerviosismo. “Piso 12. ¿Quién vive aquí arriba?”

La puerta se abrió lentamente. Al fondo, la luz tenue del apartamento iluminaba parcialmente una figura recostada en un sofá, guitarra en mano.

Era Dorian.

Su cabello oscuro caía sobre un rostro sereno, casi distante. No llevaba camiseta, solo unos pantalones sueltos y un vaso medio lleno al lado.

Siko dudó un segundo.

—¿Pedido para Dorian?

Dorian apenas lo miró. Se sentó derecho, dejando la guitarra a un lado, y caminó hacia él con pasos lentos.

—Sí.

Ni un “gracias”, ni una sonrisa.

Siko le extendió la bolsa. —Aquí está. Que lo disfrutes…

Dorian tomó la bolsa sin decir palabra. Ya se daba vuelta, pero se detuvo justo antes de cerrar la puerta. Durante un segundo, sus ojos se quedaron en los de Siko. Lo observó como si intentara entender algo… o simplemente recordar su rostro.

Luego, la puerta se cerró.

Siko se quedó un par de segundos ahí, en ese pasillo silencioso, preguntándose quién era ese tipo que parecía llevar todo el peso del mundo encima... y por qué, por alguna razón, no podía dejar de pensar en su mirada.

El cielo ya estaba completamente oscuro cuando Siko volvió al puesto de comida, con el casco en la mano y el ceño fruncido.

Su amigo Beni, que estaba acomodando unos envases, lo notó enseguida. —¿Qué pasó? ¿Se te acabó el encanto?

Siko dejó la mochila sobre la mesa con un suspiro. —Acabo de entregarle comida al tipo más grosero del universo. Ni un “hola”, ni un “gracias”. Me miró como si estuviera colándome en su mansión.

Beni se rio mientras se chupaba los dedos de salsa. —¿Otro de esos ricos que creen que los repartidores no tenemos alma?

—Tal cual. Y encima tenía una guitarra carísima tirada como si fuera un cojín. Estaba en calzones.

—Digno de película —dijo Beni, dándole una palmada en la espalda—. Relájate, seguro no lo vuelves a ver.

Siko no dijo nada. Algo en la mirada de aquel tipo todavía lo rondaba, como si le faltara entender una pieza del rompecabezas.

Esa noche, ya en su pequeño departamento, Siko se quitó la chaqueta, se dejó caer en el sofá-cama y suspiró. Aunque era un lugar modesto, todo estaba en su sitio: plantas colgantes, postales de ciudades en la pared y su vieja cámara análoga en la mesa de noche.

Sacó la cámara y miró por la ventana. “Mañana salgo temprano. Necesito aire.”

A la mañana siguiente...

La ciudad despertaba lentamente mientras Siko caminaba por un parque con la cámara en mano, capturando el sol atravesando los árboles, los perros corriendo detrás de las palomas, y la vida sucediendo a su ritmo.

Ahí, entre clics y silencios, se sentía más libre que en ningún otro lado.

Esa noche...

La jornada había sido tranquila, hasta que la radio del puesto anunció un nuevo pedido cerca del centro. Siko se ofreció a entregarlo y salió con la moto, como siempre.

Pero al cruzar una avenida medio vacía, las luces de una camioneta negra lo encandilaron. Y luego… ¡CRASH!

El golpe no fue tan fuerte como para lanzarlo lejos, pero lo hizo caer de costado. La moto raspó el pavimento. Siko gruñó del dolor y trató de incorporarse.

La puerta del conductor se abrió rápidamente.

—¡¿Estás bien?! —dijo una voz. Fría y alterada.

Dorian.

Siko lo miró con el ceño fruncido, sobándose el brazo. —Sí, sí. Estoy bien.

Dorian bajó completamente, con el rostro preocupado, pero todavía algo contenido. —No te vi venir. Lo siento.

Siko se levantó, recogió la moto y la inspeccionó rápido. Solo rayones.

—No pasa nada —dijo, con voz seca—. Que tengas buena noche.

Y sin darle oportunidad a decir más, arrancó la moto y se alejó.

Dorian se quedó en medio de la calle, viendo cómo se alejaba. Algo le hizo ruido… esa voz, esos ojos. “¿Ese era… el mismo chico?”

De vuelta en el local...

—¿¡Te chocaron!? —exclamó Beni al verlo regresar con el brazo rojo y sucio.

—Sí. Pero estoy bien. Fue leve. Siko se sirvió un vaso de agua y se dejó caer en la silla. —Y adivina quién era el conductor.

—¿Quién?

—El mismo tipo grosero de anoche. El cantante.

Beni soltó una carcajada. —¡Estás destinado a verlo!

Siko no respondió. Bebió el agua en silencio. Algo en su pecho latía más fuerte de lo habitual.

Y no era solo el susto.