PRÓLOGO
Algo mío se quedó con él.
Y a veces me pregunto si alguna vez fue mío, o si siempre fue de él.
Si acaso soy yo el que habita este cuerpo.
O si ya no queda nadie adentro.
Al principio, no dolía.
Y eso fue lo más perturbador.
Las cosas que deforman, las que astillan y corroen, deberían doler.
Pero él no llegó con violencia.
Llegó como un susurro que ya conocías.
Como sed.
Como una grieta en la voz de Dios.
No habló.
No prometió.
Solo estuvo.
Presente, inevitable, como el silencio que queda después de una explosión.
No fue que yo entrara en su mundo.
Fue más bien darme cuenta de que siempre estuve en él.
Solo que no lo sabía.
Solo que no lo recordaba.
No sabría decir cuándo me perdí.
Ni qué parte de mí fue la primera en rendirse.
Solo sé que lo escuché.
Y eso bastó.
Desde entonces, los días no tienen forma.
La realidad se deshace en los bordes.
No hay ventanas.
No hay relojes.
Solo su voz, flotando en el aire como gas venenoso.
A veces cercana, a veces lejana,
siempre ahí.
Y su mirada.
Esa forma de mirarme como si ya supiera lo que voy a romper mañana.
Lo que voy a romper de mí..
Antes, tenía un nombre.
Tenía límites.
Una arquitectura de pensamiento que me contenía.
Ahora solo tengo silencios.
Pactos no hablados.
Normas talladas en la médula.
Y esta certeza:
cuando entra en la habitación, dejo de respirar.
No porque lo olvide.
No porque me obligue.
Sino porque sé que le gusta así.
Y a mí..
me gusta gustarle.
¿Es esto amor?
¿Alguna vez lo fue?
No importa.
Lo único que sé es que no hay salida.
Y aunque la hubiera,
sería él quien me empujaría hacia ella.
Solo para traerme de vuelta.
Solo para demostrar que incluso libre, seguiría siendo suyo.
Dicen que hay palabras que salvan.
Yo solo conozco las que atan.
Las que se clavan en la carne como promesas.
Y su nombre..
su nombre es la cuerda más suave
con la que me han estrangulado.