La Sospecha
Ymonesou estaba quieta en un rincón, sintiéndose ignorada por todos. Su corazón latía rápido por la tensión. Miraba el reflejo de la luna en el estanque cercano y sus pensamientos estaban desordenados como las ondas del agua. Se sentía paranoica, imaginando cosas malas que parecían muy reales. Sus ojos azules buscaban calma entre los árboles viejos, pero no la encontraba. Sintió resignación y se alejó del estanque tan silenciosamente como había llegado.
Quiso mirar el estanque una última vez antes de caminar hacia la mansión. Cada paso sobre la gravilla le traía recuerdos desagradables y hacía que sus ideas se sintieran más confusas.
La mansión se veía a lo lejos. Era un edificio antiguo con algunos toques modernos. Sus luces amarillas se veían contra el cielo oscuro y el lugar parecía tener un ambiente serio. Pensar en volver le dio miedo y un poco de tristeza, así que caminó despacio. Subió los escalones y un viento frío le secó las lágrimas que casi salían. Recordó discusiones pasadas entre los encargados. El dueño estaba lejos por negocios y había dejado a cargo a su amigo Lucas. Este gastaba mucho dinero en fiestas para ser popular, aunque no fueran rentables; quería que la gente lo aplaudiera.
Cuando llegó a la entrada, un empleado le dijo:
—Señorita, por favor, pase. Ella asintió con timidez. Intentó sonreír, pero todavía se sentía triste.
Entró a una sala lateral. La luz dorada y el calor la sorprendieron. Un candelabro con cristales brillaba mucho en el techo. El aire olía suavemente a limón y canela. Entonces vio a Lizen. Vestía de rojo y negro con velos. Tenía una escoba en la mano y su mirada estaba perdida, como si pensara en algo lejano. Al notar a Ymonesou, Lizen se acercó despacio y dijo:
—¡Cuánto tiempo sin verte, Ymonesou!
—Eh... sí... —respondió la aludida, tratando de sonar animada. Lizen estiró el cuello. Por un momento su expresión fue seria, pero luego sonrió un poco.
—Ymonesou... me duele la espalda. ¿Podrías revisarla? —dijo con voz suave, mostrando su incomodidad.
Ymonesou suspiró y la llevó a un lado de la sala. Allí había más silencio, solo se oía el sonido lejano de los cristales del candelabro. Ymonesou suspiró otra vez. Se concentró e inhaló el olor a limón. Acercó sus manos a la espalda de su compañera. Lizen se puso un poco nerviosa, se giró un poco y puso sus propias manos cerca de su cuello. Le ajustó el vestido a Lizen, vio la preocupación en su cara y empezó a desabrocharle el vestido rojo, botón por botón.
—Lizen, no me gusta que aparezcas de repente... Perdón por quejarme —
—No es eso, es que no me siento bien— respondió la otra, algo decaída.
—¿Te sientes mal? —preguntó Ymonesou, preocupada. Lizen iba a responder, pero hizo otra pregunta. Esta apretó un poco los dientes y murmuró:
—Cariño... ¿Qué te pasa?
Evitó responder inmediatamente, la respiración de Ymonesou se hizo lenta descubriendo la piel sintética bajo la ropa. Esa piel cubría el mecanismo androide de Lizen. Con cuidado, retiró una capa protectora y examinó las partes internas: cables, luces pequeñas y costillas flexibles que protegían un esqueleto de metal estándar para su modelo.
Lizen se encogió un poco y apretó las manos cuando sintió el tacto de su compañera.
Ymonesou buscaba con cuidado si había algún problema en el sistema. Trabajar la ayudaba a sentirse útil, algo esencial para ella. Mientras revisaba, habló seriamente.
Con mejor ánimo ahora dijo:
—Me preocupan las discusiones entre Ana y Lucas. Él siempre nos ha tratado bien y vivimos cómodamente aquí, pero tengo miedo de que todo cambie.
—¿Que cambie? ¿En serio? —preguntó Lizen, sonriendo como si no lo creyera.
Ymonesou se quedó callada. Parecía no estar escuchando. Siguió revisando a Lizen, miró al suelo un momento.
—Ey, Ymonesou... —dijo Lizen, moviendo un poco los hombros.
La interpelada la miró.
—¿Qué?.
—Te preocupas demasiado, Ymonesou. Seguro que ellos se pondrán de acuerdo. Además... yo siempre te cuido —respondió, relajada.
—Lo sé... —murmuró Ymonesou, pensando en sus propios sentimientos. Esas palabras la hacían sentir que siempre debía estar cerca de Lizen, esperando su afecto.
—¡Lo encontré! —exclamó. Tenía en la mano un engranaje de plástico verde que estaba dañado, con los dientes doblados. Se sintió aliviada al encontrar el problema y se relajó. Lizen apartó su cabello claro con una mano, mostrando alivio y una sonrisa satisfecha.
Lizen iba a erguirse, pero Ymonesou habló otra vez:
—Aun así, sigo preocupada. ¿Y si Ana tiene razón? ¿Y si despiden a Lucas por darnos lo que pedimos? —dijo, mirando a su compañera. Pero vio la sonrisa y los ojos alegres de su amiga y sintió un poco de esperanza.
Con cuidado, abrochó el vestido de Lizen, sintiendo la tela, y le devolvió una sonrisa tímida.
Lizen río con un poco de superioridad y sarcasmo:
—Entonces, aprovechemos mientras podamos —comentó, buscando acuerdo. —No creo... no creo que eso se arregle —dijo Ymonesou, poniendo una mano sobre su pecho. Lizen levantó las cejas y puso las manos en las caderas:
—¿No acabas de decir que deberíamos tener más cuidado? ¿O tienes miedo de que se sepa lo que recibimos aquí? Pues si es así, más te vale disimularlo. No a todas les cumplen los favores por aquí... solo pregúntale a Evelin cómo terminó: con las manos vacías por pedir. Ymonesou se quedó pensando, con la mano en la barbilla, y luego respondió:
—No digas eso. Es que, si no nos necesitan, sin Lucas aquí, nos desecharan. Será un alivio no trabajar, pero estaremos solas en el mundo. Lizen bajó los brazos y relajó su cara. Se acercó a su amiga, le puso una mano en la espalda y dijo:
—Necesitas dejar tus miedos atrás y concentrarte en nosotras. Este momento es el importante... acércate.
Ymonesou no se movió, miró a otro lado e hizo una mueca.
—Vamos, es importante —insistió Lizen.
—¿Por qué? —preguntó la otra.
Lizen suspiró, aceptando la resistencia, y de repente dijo: —Quiero ir de vacaciones contigo.
Ymonesou pareció perderse en sus pensamientos. Su amiga la tomó del brazo y empezó a caminar por la sala. Ymonesou caminaba dudando, murmuraba algo, intentando entender a Lizen y resistiéndose a que la jalara.
—¿Adónde me llevas? —preguntó en voz alta, confundida.
Lizen rio suavemente y respondió:
—Solo sé buena conmigo, ¿vale? —mientras iban hacia la puerta de la biblioteca.
Ymonesou esperó un momento y asintió. Se relajó un poco y se dejó llevar.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, extrañada.
—Estás demasiado estresada. Deberíamos irnos unos días —dijo Lizen. Se detuvo frente a la puerta y le puso una mano en el hombro a su compañera.
—Pasa tú primero... —respondió Ymonesou, haciendo un gesto para que entrara.
Entraron en la biblioteca. Era un lugar tranquilo y serio. La única luz venía de la chimenea y creaba sombras que se movían en las paredes. Ymonesou caminó entre los libros, sin saber bien qué pasaba. El ruido de afuera ya no se oía. Lizen, con emoción repentina, fue hacia una estantería.
—Nadie cuidaría mis cosas si yo no estuviera —dijo Ymonesou con un leve reproche, refiriéndose a su trabajo o pertenencias.
—Ya encontrarás dónde dejarlas —respondió su amiga, mientras buscaba un libro en la estantería.
—¿Deberíamos irnos? No quisiera que se molestara Ana —preguntó Ymonesou.
—Estoy segura de que Lucas nos dará permiso para el viaje, no importa lo Ana diga — dijo Lizen, riendo feliz.
Se agachó rápido, buscó entre varios libros y encontró uno grueso de color rojo. Lo abrió por la mitad, se dio la vuelta hacia Ymonesou y lo sostuvo frente a ella. Las páginas mostraban la imagen de un lago iluminado por una luz suave. La imagen prometía calma y belleza, muy diferente del edificio serio donde estaban.
Ymonesou miró la imagen, la imaginó, y poco a poco cambió de opinión. Sus ojos empezaron a brillar.
—¿Tú... crees...? —dijo, queriendo creer que era posible. Lizen balanceó un poco las caderas, insinuando que podrían pasar un momento intimo juntas en ese lugar del libro.
—Sí, estaremos allí y seremos nosotras mismas —afirmó, acercando la imagen a su cara y sonriendo.
—Nada de caretas. Ymonesou sintió calor en todo el cuerpo. Inclinó un poco la cabeza y sintió un hormigueo en la piel. Puso las manos detrás de la espalda para ocultar su interés y miró hacia el techo, pero seguía pensando en la propuesta de Lizen.
Esta se acercó tarareando, balanceando el libro con las dos manos, y exclamó con tono divertido:
—¡Tarán, tarán...!
Ymonesou apretó las piernas y su cuerpo temblaba un poco, intentando controlar su emoción. A unos pasos, Lizen volvió a hablar en tono normal:
—Claro que pasará. Trabajas mucho, aunque no te lo pidan. Lucas ha aceptado peticiones parecidas por menos mérito —aseguró con confianza.
Ymonesou sonrió un poco. Se quedaron calladas unos segundos mirándose mutuamente, pero de repente, un sonido muy fuerte rompió la calma. El ruido golpeó las paredes y las sobresaltó. El corazón de Ymonesou latió con fuerza y le zumbaron los oídos por el ruido. Sus ojos mostraron sorpresa.
Miró asustada hacia la puerta de la biblioteca, de donde parecía venir el ruido. La mansión quedó en un silencio preocupante. Mientras recuperaba la audicion, escuchó pasos al igual que movimientos metálicos y un gemido de dolor detrás de la puerta. Las dos tapándose los oídos se acercaron a la puerta, temblando. No dijeron nada, solo se miraron con horror. La angustia que Ymonesou sintió al principio de la noche volvió con más fuerza. Sin poder pensar bien, abrió la puerta que daba a la sala lateral, temiendo lo que encontraría.
La escena era terrible: un cocinero estaba tirado boca abajo cerca de la puerta de salida, en medio de un pequeño charco de sangre que se iba expandiendo por el suelo. Se quedó quieta mirando el cuerpo. Lizen le dio unas palmadas suaves en la espalda para consolarla.
—Fue un disparo —dijo Lizen seriamente.
—Entra, Ymonesou; es mejor quedarnos aquí —agregó, jalándola del brazo mientras más gente llegaba por otras puertas.
Lucas y otros empleados llegaron corriendo. Sus caras mostraban horror y prisa.
Lucas, confundido, se detuvo al ver el cuerpo. Se acercó con cuidado y lo volteó, vio que el cocinero tenía el pecho cubierto de sangre y se veía la herida. Sintiendo una gran angustia, el responsable de la mansión buscó ayuda con la mirada y vio a Ymonesou. Le gritó:
—¡Ymonesou, trae el botiquín del estante! Ella, asustada, corrió hacia una caja gris en un estante cercano. Allí guardaban los materiales de primeros auxilios. Con manos temblorosas, sacó vendas, tijeras y otras cosas, intentando ignorar la presión.
De repente, su mano tocó algo caliente. «¿Qué es esto?», se preguntó. Miró dentro de la caja y encontró un revólver pequeño apuntando hacia arriba entre los suministros. Sintió mucho frío, se mareó y casi se cae. Sintió que la cara se le ponía pálida y empezó a temblar. Quiso gritar, pero se tapó la boca con la mano.
Su primer pensamiento fue irse, pero sabía que tenía que mantener la calma. Miró rápido a Lizen, que la observaba preocupada, y siguió buscando lo necesario en la caja. Sus dedos temblorosos agarraron las gasas y el desinfectante. Sentía que todos la miraban y el pánico le dificultaba ver bien. Revolvió la caja sin tocar el arma otra vez, tratando de parecer normal y calmar su respiración agitada. «¿Qué voy a hacer? ¿Quién dejó esa arma? ¿Me culparán a mí?», pensaba ansiosa con cada movimiento. Imaginó cosas terribles, pero no podía quedarse parada. El cocinero necesitaba ayuda y ella tenía que ser útil.
Mientras los demás la miraban raro por sus movimientos erráticos revolviendo la caja, la sala se llenó de gente rápidamente. Entre ellos llegó Ana, la jefa de seguridad, con sus guardias androides. Su presencia parecía irradiar autoridad.
—¡Está muriendo! ¡Detengan la hemorragia! —gritó alguien.
—¡No lo toquen! ¿Qué pasará si muere aquí con nosotros? —protestó otra persona.
—¡Calma! —ordenó Lucas, empezando a hacerle reanimación cardiopulmonar al cocinero.
Ymonesou no había notado que Ana había llegado, pero los demás sí. Se sintieron un poco aliviados por ver a la autoridad, pero también preocupados por ella, que tenía un carácter difícil y siempre vestía muy elegante para su trabajo. Los guardias, todos iguales, rodearon la escena y alejaron a los curiosos. Todos ellos eran androides al igual que Ymonesou y Lizen.
—Por favor, quédense quietos y aléjense —ordenaban.
Ana sonrió con burla, cruzó los brazos y miró fijamente a Ymonesou con desprecio y satisfacción.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con voz fría. Al oírla, Ymonesou sintió un escalofrío. Levantó la vista y vio la ahora expresión de enojo y acusación en los ojos de la jefa de seguridad. Fue un cambio rápido que notó.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó Ana con firmeza.
Ymonesou sintió que le costaba hablar. Con los labios temblando, apenas pudo decir:
—Es... una pistola. Bajo la mirada dura de Ana quien cambió su expresión a una de verdadera sorpresa.
No intentó ocultar más el arma. El murmullo de la gente se detuvo y hubo un silencio total. Todos miraban a Ymonesou. Ella se quedó helada, con los ojos muy abiertos por el miedo.
Entonces Lucas, que estaba intentando ayudar al cocinero, levantó la voz y rompió el silencio tenso: —¡Ymonesou, trae lo necesario para atender al cocinero!
Ymonesou sintió que el corazón le latía muy fuerte y casi lloraba de vergüenza. Se apuró, intentando mantener la calma. Aceptando la situación a regañadientes, se acercó y se arrodilló junto a Lucas para ayudar. Mientras tanto, la sala se llenó de agitación. Lizen, Ana y otros empleados se acercaron a la caja. Sus caras mostraban curiosidad y horror al ver el revólver.
—¿Qué haremos? —le preguntó un empleado a Ana.
El corazón de la jefa de seguridad latió más rápido al ver el arma. Respiró hondo y miró a los demás. El rumor se extendía entre los empleados: decoradores, técnicos y meseros. Había gritos y confusión. Algunos sacaron sus teléfonos para grabar. Otros intentaban salir de la mansión por las salas lujosas, lo que causó peleas entre ellos y los guardias.
A Ana le molestaba el desorden. Ya había ordenado cerrar todo como prevención: los guardias vigilaban las puertas y portones de acero negro, y habían cortado la señal de internet. Las quejas y gritos se oían por toda la mansión. El sonido de pasos de gente perdida se escuchaba en todos los rincones.
Aunque mucha gente corría a sus habitaciones para recoger sus cosas y huir, Ana se quedó callada. Miró su teléfono para confirmar que la mansión debe estar completamente cerrada desde ahora.
Lucas había intentado reanimar al cocinero, pero dejó de hacerlo y bajó la cabeza con pesar: ya era demasiado tarde. La tristeza afectó a todos. Ymonesou se levantó despacio para ir con Lizen. Ana caminó con pasos largos y autoritarios hasta el centro de la sala. Se aseguró de que todos la escucharan.
—Nadie abandona la mansión hasta que sepamos quién mató a Roberto —anunció, mirando directamente a Ymonesou. —Ymonesou, eres sospechosa de complicidad —continuó. Sus palabras fueron duras para el joven androide, que quedó paralizada por el pánico y la vergüenza. Sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies.
Lizen vio la injusticia, se acercó enojada, pisando fuerte, y gesticuló en desacuerdo.
—¡Tu acusación es absurda! —exclamó.
—¡Ella no ha hecho nada malo! Estuvo conmigo siempre, es… ¡imposible! — continuó explicando.
Los guardias, notando el cambio de ambiente, se miraron entre ellos. La defensa fuerte de Lizen alivió un poco a Ymonesou, pero los murmullos y las miradas acusadoras de empleados y androides continuaron. La señalaban como culpable solo por lo que Ana había dicho. Entonces, Clara, una empleada mayor y respetada, dio un paso al frente. Ana la miró con superioridad. Clara habló con calma y firmeza:
—No puedes acusar a alguien sin pruebas reales, Ymonesou siempre ha sido muy confiable. Esta acusación no tiene sentido —afirmó Clara.
Hubo un silencio tenso. Los empleados dudaban; sus caras mostraban confusión y cansancio por la duda de en quien creer. Ana sintió que desafiaban su autoridad.
Retrocedió un poco, molesta e incómoda, pero se controló.
—¡Silencio! —exclamó— Nadie saldrá de la mansión hasta aclarar esto. Ymonesou, serás vigilada hasta que se demuestre tu inocencia o culpabilidad por tu extraña interacción con esa arma.
Aunque no se resolvió nada, la defensa de Clara hizo dudar a la gente. Ana, sintiéndose contrariada, continuó:
—Bueno, Ymonesou, pasarás la noche en una habitación de huéspedes bajo vigilancia.
Miró alrededor y notó que la atención ya no estaba en la acusada, sino en la tensión por el asesinato. En el silencio, solo se sentía la tensión. Se acercó lentamente a Lucas y le habló con desprecio:
—¿Sabes cómo se llama este hombre? —preguntó, señalando al cocinero muerto.
Lucas con el rostro pálido se levantó: —No sé, ¿Roberto mencionaste? —respondió.
—Esto es el colmo, Lucas. Podría haber inventado el nombre y nunca lo sabrías. Nunca prestas atenciones. Este hombre seguro que era un invitado que alguien coló aquí ¿Quién fue? Nadie lo sabe —criticó Ana.
Mientras muchos asentían y le dejaban paso, la jefa de seguridad miró las caras tensas de la gente, sintiendo que su autoridad se imponía en medio del caos. Caminó por la sala, molesta. Regañó a Lucas, que parecía aturdido y no podía mirarla a los ojos. Era verdad: él era el responsable de la mansión.
—Miren a Ymonesou, desmoronándose, es reflejo de tu frágil gestión. —dijo a los empleados— Miren cómo acabó... ¡Esto es tu responsabilidad, Lucas, ¡hay un asesino suelto entre nosotros!
En voz baja añadió: —Ya me cansé de tu negligencia. Volvió con desprecio al centro de la sala y retó a los empleados: —Si alguien se opone a que tomemos medidas para que esto se resuelva, que lo diga... Nadie habló. Ana sonrió levemente. Hizo un gesto a un guardia para que llamara a los demás y continuó: —Obedezcan a los guardias...
Con la cabeza alta, dejó pasar al médico y a los enfermeros que finalmente llegaban.
Con cara de preocupación, salió de la sala principal hacia la oficina de reuniones.
Mientras caminaba, se lamentaba por no haber manejado mejor la situación y se prometió no hablar de más la próxima vez. Los guardias corrían para cerrar la mansión. Varios aseguraban las puertas desde afuera. Un empleado vio esto, se acercó a una puerta y le gritó a un guardia a través de la ventana:
—¡Dejen de cerrar! —exclamó, golpeando el cristal, pero no le hicieron caso.
Luego gritó:
—¡Basta! ¡No pueden encerrarnos aquí!
Un guardia se acercó, lo miró unos segundos y dijo:
—No puedes hacer esto, aléjate.
El empleado se soltó bruscamente y empezó a golpear y patear al guardia sin dudar. Sus puños golpearon el cuerpo robótico, pero este no retrocedió ni mostró dolor. El hombre siguió golpeando. El guardia, viendo que no paraba, lo agarró fuerte de la muñeca y lo tiró al suelo usando la otra mano sobre el hombro. Llegó otro guardia, le sujetó el otro brazo y el empleado se rindió. La gente se apartó, mirándolo con una mezcla de pena y rechazo.
Poco a poco, volvió el orden.
Entre los murmullos, Ymonesou se aferró a Lizen.
—Lizen... —murmuró.
Su amiga vio que estaba paralizada. Le pasó la mano por la frente y le apartó un poco el cabello.
—Estás un poco... quieta... —dijo Lizen.
Lucas, intentando restablecer el orden y recuperar un poco de valentía, apoyó a Ana y anunció en voz alta:
—Nadie podrá moverse libremente por la mansión esta noche. Los llevaremos a las habitaciones. Por favor, colaboren y eviten problemas. Los empleados, aunque confundidos y preocupados, empezaron a seguir las instrucciones. La mansión, que antes era un lugar alegre, ahora parecía una prisión.
Un guardia se acercó a Ymonesou. Ella tenía lágrimas en los ojos. El uniformado le dijo:
—Por favor, complete esta ficha de identificación —le entregó una tableta delgada y un lápiz digital.
Lizen se ofreció a escribir por su amiga, pero el guardia se cruzó de brazos:
—No te corresponde; deja que ella se haga responsable —reclamó.
Lizen, enojada, apartó la tableta. Ymonesou la tomó con fuerza y escribió en silencio.
Cuando terminó, devolvió la ficha. El guardia le puso una mano en el hombro:
—Sígueme.
Comenzó a caminar. Ymonesou lo siguió. Miró a Lizen y casi se le escapa una lágrima.
—Yo... volveré, no te preocupes, Ymonesou, ten confianza —gritó Lizen justo antes de que su amiga desapareciera por una puerta.
Apenas terminó de hablar, un guardia hizo lo mismo con ella.
Más guardias entraron en la sala. Su presencia llenaba el espacio. Hablaban entre ellos sobre cómo controlar la situación, identificando a cada empleado y llevándolos a sus habitaciones.
Los empleados hacían preguntas, pero los guardias solo daban respuestas generales, sin detalles. Se organizaron para aislar la mansión y evitar que el asesino escapara. Un grupo cerró puertas y ventanas. Otro bloqueó los caminos principales con barreras y puestos de control. Establecieron horarios y rutas de patrulla y revisaron las zonas exteriores, como jardines y el perímetro.
Dentro, llevaban a los empleados a sus habitaciones uno por uno. La gente susurraba preguntas y miedos mientras los guardias les quitaban los celulares y computadoras a los humanos. Algunos se aferraban a sus cosas con nerviosismo. Otros se quedaban solos y se sentían más vulnerables.
Un empleado pálido le preguntó a un guardia:
—¿Cuánto tiempo estaremos encerrados?
El uniformado, sin mirarlo, respondió:
—Hasta nuevo aviso.
Otro empleado le preguntó a un compañero:
—¿Qué va a pasar ahora?
—No lo sé, solo esperar a que todo termine —respondió el compañero.
Apagaron las luces temprano. El único sonido era el de sus pasos de los guardias en los pasillos silenciosos. Algunas personas se quedaron despiertos, vigilando sus puertas sin poder hacer nada. Otros, cansados, se durmieron. Finalmente, debido al estrés, permitieron que los empleados tomaran bebidas y comida. Llamaron a algunos androides para que acompañaran a los más asustados.