ATRAPAME SI PUEDES.

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Summary

"Dicen que las heridas nos hacen más fuertes... pero nadie te advierte cuánto duele llegar a serlo." Ania Ospino tiene 20 años, un hijo de cuatro meses y una vida que dista mucho de los cuentos que solía leer bajo el árbol del patio de su abuela. Después de una relación marcada por el abandono y las promesas rotas, se ve obligada a regresar a casa, con el corazón roto y la dignidad hecha trizas, pero con una determinación férrea: no dejar que la vida la venza. "Atrápame si puedes" no es una historia de amor perfecta. Es una historia real, cruda, honesta. Es la voz de muchas mujeres que han amado, perdido, llorado en silencio y, aún así, siguen de pie. Con el corazón partido y la mente hecha un caos, Ania nos guía por una travesía íntima y emocional, enfrentando sus miedos, sus errores y sus sueños infantiles, en busca de respuestas que la vida aún le debe. En cada página, se revela una lucha constante por no rendirse, por no quebrarse, por seguir creyendo. Porque aunque el mundo sea cruel, aún hay fuerza en la fragilidad... y esperanza en las historias que empiezan cuando decidimos dejar de huir.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Who am I?

“No sabía que podía romperme tanto sin hacer un solo ruido.”

Dicen que las heridas nos hacen más fuertes ¿será verdad? me pregunto diariamente quien soy. Y si mis heridas me han hecho así de fuerte.

Mi historia no es la típica historia de amor es una historia llena de amor, tragedia y dolor pero que al fin y al cabo sigo descubriendo y viviendo porque es mi vida. He sido abandonada pero aun así creo que aún conservo mi orgullo y mi ego, sigo aferrándome a mi maldito orgullo para que nadie me vea desquebrajarme. Sigo malditamente aferrada a los tontos sueños de mi niñez, esos que leía en mis historias favoritas, aquellas que leía después de la secundaria bajo el frondoso árbol de polvillo de la casa de mi abuela, aquellas por las que mi familia me regañaban y decían que deja de fantasear porque el mundo real era diferente y cuánta razón tenían pero sigo sin entender que el mundo es cruel, esta no sola es mi historia es la de muchas personas, a veces quería escapar a esas historias que sabían que no eran a vida real pero quería engañar i corazón.

Mi nombre es Ania Ospino y esta es mi historia tengo 20 años, un hijo y mientras veo a mi hijo dormir en nuestra cama me rondan miles de preguntas en la mente, una de ellas es ¿Quién soy realmente?

Esa es una pregunta que aún no tiene respuesta porque es tan difícil de responder, estoy perdida pensé que mi vida sería un bonito cuento de hadas, pero no es así, me encuentro confundida criando a mi bebe de tan solo 4 meses sola y todo por mi maldito orgullo porque quería guardar el poquito de dignidad que me quedaba. Dicen que las roturas amorosas duelen, pero la mía fue la excepción solo era un maldito juego. ¡Estaba simplemente cansada y agotada tanto físicamente como mentalmente, ya no había nada que hacer y lo peor era que no podía desquitar mi frustración ni con el viento porque como dice el dicho hasta este tiene oídos...!

Suena irónico, pero es verdad a quien podía yo apelar por mi situación o siquiera poder contarle mis grandes penas, la verdad solo soy una chicuela con demasiados traumas, asustada de la vida que vive con su madre y que no puedo ir por la vida contando todas las locuras que se me pasan por la mente.

Tan solo quiero gritarle pronto a alguien Atrápame si puedes.

Suena ilógico cuando la mayoría de las veces soy yo la que aleja a las personas, pero comencemos desde el principio de la historia para que podáis entender a qué viene semejante reflexión

Ya os dije anteriormente me llamo Ania Ospino, tengo un hermoso bebe de tan solo 4 meses, vivo con mi madre y mi hermano, vivimos en una pequeña comunidad al sur de Canterbury en una no tan pequeña parcela, antes de salir embarazada vivía en Londres con mi hermana allí fue donde lo conocí a él, a mi pequeño dolor de cabeza como suelo llamarle una persona que según yo era diferente al resto, pero ya vemos que a veces el arcoíris que sale con el sol no es el más bonito.

Llegue a Canterbury huyendo del dolor, de la desesperación, de mi pasado no tan silencioso que se esforzaba por salir, tan solo quería algo de aire y volver a mi punto de partida fue mi única opción. Abandone todo por lo que trabaje en 2 años porque no me pude hallar, mi embarazo ya estaba bastante pronunciado cuando un inesperado día caluroso llegue a tocar la puerta de mi madre quien al verme extendió sus brazos y me envolvió en un efusivo abrazo.

No quise derramar lágrimas porque ya no tenía tan solo lo único que pude hacer fue devolver con ansias aquel abrazo que con amor me brindaban.

Aun me pregunto si huir fue lo correcto, creo que es una mala costumbre huir cuando las cosas se ponen difíciles siempre lo hacemos, es una manera de auto protegernos, pero de verdad a eso llamamos protección salir corriendo cuando el mundo nos golpea con toda su ira, o es una estrategia barata que disfrutamos decir y hacer una y otra vez. Para mí eso era lo que había hecho huir porque no quería mirarle a la cara ya me había cansado de escuchar aquel discurso con frases medio elaboradas y a medio decir de parte del. Siempre supe que ni yo ni él bebe éramos la prioridad por muchas cosas que hacía o como a veces le llaman el sexto sentido de una mujer. No os diré cuántas lagrimas he derramado en silencio mientras escribo estas líneas, pero lo único que les puedo decir es que la rabia y la decepción que sentí ese día no se compara con ningún otro sentimiento que hay sentido otro día.

Tal vez no era una mujer de las que el acostumbraba a tratar o cómo dijo mi hermana él nunca me iba a elegir a mí ni a nuestro hijo, pero la estupidez me cegó y seguí confiando ciegamente en alguien que nuca tuvo interés y cuanto dolió el día que me di cuenta de lo estúpida que me veía ese día en mi habitación embarazada llorando por algo que él había hecho, eso sí fue estúpido pero llore como nunca lo había hecho hasta quedarme dormida en mi habitación pidiéndole perdón a mi bebe porque tenía una madre que al parecer no tenía otras preocupaciones, ese día pude sentir la tristeza de mi hijo y como la impotencia iba creciendo dentro de mí pero yo solo seguía callada en esa fría habitación con el mundo destruido por un idiota que uno se daba cuenta de que sus acciones me hacían daño.

Hay cosas que se deben sanar lentamente y este es el comienzo de una de ellas, basta de huir y de dejar tus problemas es momento de enfrentarlos fue la última frase que me repetí aquel día de tormenta.

La única verdad que tengo clara es que “Las heridas que no sangran también duelen”

FLASHBACK – Londres, un año y medio atrás

El aire olía a humo, a gasolina y a peligro. Las luces de neón se reflejaban en los charcos del asfalto, y el rugido de las motos rasgaba la noche como cuchillas. Estábamos en las afueras de la ciudad, donde las reglas se volvían difusas y los latidos se aceleraban más por adrenalina que por amor.

—¿Estás segura? —me preguntó con esa media sonrisa torcida que yo, ingenuamente, creía que solo me mostraba a mí.

Tenía el casco en la mano, el cabello negro desordenado por el viento, y la chaqueta de cuero desgastada abierta, dejando ver una camiseta blanca manchada con aceite. Llevaba tatuajes en los brazos, algunos nuevos, otros antiguos, pero todos parecían contar historias que jamás me quiso narrar del todo.

Yo asentí sin pensarlo. —Atrápame si puedes —le respondí, sabiendo que él no corría detrás de nadie, que era yo quien lo seguía a ciegas.

Subí a la moto. Él me miró por el retrovisor, bajó el visor del casco y rugió el motor como si fuese un grito de guerra. Me aferré a su espalda con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo y el tamborileo de su corazón, o tal vez era el mío.

Y entonces salimos disparados. La ciudad desaparecía tras nosotros. Solo existía la carretera, el viento cortándome la piel y ese grito de libertad que no necesitaba palabras.

La carrera era ilegal, lo sabíamos. Pero en ese momento, no importaba. Competíamos contra otros como él, con sus chaquetas negras y tatuajes como credenciales. Aceleraba, se reía, se inclinaba con una seguridad que rozaba la locura.

—¡Aguanta, nena! —gritó por encima del rugido, y yo no supe si lo decía por la curva o por la vida.

Esa noche creí que lo amaba. No por lo que era, sino por cómo me hacía sentir: intocable, invencible, infinita. Pero los sueños, como los motores, también se apagan.

Ganó. Por supuesto que ganó.

Siempre lo hacía.

Su sonrisa era arrogante, pero en ella se escondía esa ternura fugaz que solo yo lograba ver cuando bajaba la guardia.

—¿Lo viste? ¡Les partí el culo! —dijo entre risas, bajando de la moto y levantándose el casco con un gesto triunfal.

Yo asentí, aún con el corazón en la garganta. Tenía las mejillas heladas y la nariz roja por el frío de la noche, pero no me importaba. Él extendió su mano y yo la tomé, bajando de la moto con las piernas temblorosas, no sabía si de adrenalina o de algo más.

Nos alejamos del tumulto de motociclistas que aplaudían, gritaban o discutían la próxima carrera. Nos refugiamos entre las sombras de un viejo almacén cerrado, donde solo se oía nuestra respiración y el lejano zumbido de la ciudad.

—¿Te asustaste? —me preguntó, bajando el tono de su voz.

—No —mentí con una sonrisa—. Estaba contigo.

Él se acercó, puso su frente contra la mía, y por un instante, el mundo se detuvo. Me besó con una dulzura extraña, como si dentro de todo ese caos supiera que yo era su único refugio.

O quizás, era yo quien necesitaba creer eso.

—Eres una locura, Ania —murmuró contra mis labios—. Mi dulce locura.

Quise decirle que él también lo era para mí, pero no lo hice. Lo abracé en silencio, como si ese abrazo pudiera sostenernos a ambos.

Pero algo en su mirada se escapaba.

Había sombras que no me dejaba tocar.

Su teléfono vibró dos veces. No lo miró. Yo sí lo vi.

“No respondas. Sabes que estás conmigo.”

Eso era lo que solía pensar.

Volvimos a la moto. El frío calaba más profundo, y él parecía más distante. En el camino de regreso, no dijo ni una palabra. Solo fumaba mientras conducía, dejando que el humo se perdiera con el viento como si quisiera desaparecer con él.

Esa fue una de las últimas veces que me sentí realmente suya.

Después todo empezó a caer, lento, como las hojas secas en otoño.

Y yo… yo me quedé con los recuerdos.

Con el sabor a gasolina, a velocidad y a promesas rotas.

Subimos las escaleras del edificio como de costumbre, él un par de escalones por delante, su chaqueta de cuero rozando la baranda, yo apenas siguiéndole el ritmo. Estaba agotada, con la falda subida más de lo necesario después de haber estado toda la noche en la moto, pero no le di importancia. Hasta que llegamos al piso.

—Buenas noches, preciosa —dijo el vecino del 302 con una risita cargada de alcohol, plantado en la puerta con una lata de cerveza en la mano y los ojos fijos en mi trasero.

Sentí el asco subirme desde el estómago, y antes de que pudiera girarme o hacer cualquier cosa, él ya estaba dándose la vuelta.

—¿Qué dijiste? —le soltó, con la voz tan baja que me dio más miedo que si hubiera gritado.

—Solo saludé, brother, relájate —respondió el tipo, pero con esa sonrisa imbécil que no dejaba lugar a dudas.

Y entonces lo vi. Vi cómo sus nudillos se apretaban, cómo su mandíbula se tensaba, cómo el humo de su cigarro parecía sacarle fuego del pecho.

—¿Te parece gracioso mirar lo que no es tuyo?

—Tampoco te pongas como idiota, ni que fuera tu esposa —soltó el vecino, ya levantando las manos.

Fue un segundo. Solo uno.

Lo suficiente para que soltara la mochila, cruzara los tres pasos y lo empujara contra la pared.

—¡Hey! ¡Ya! —grité, intentando apartarlo—. ¡Déjalo, por favor!

El vecino se escabulló adentro como una rata. Yo me quedé mirándolo, furiosa, con el corazón a mil y las manos temblando.

—¿Estás loco? —le espeté—. ¡No tienes derecho a hacer esas escenas!

—¿Te parece normal que te hablen así? ¿Qué te vean como si fueras...?

—¡No soy tu propiedad! —le grité, interrumpiéndolo.

Él me miró. Con esos ojos negros que ya no parecían tan dulces, sino turbios, heridos, como si mi libertad lo lastimara más que la falta de amor.

—No quiero que nadie más te mire así —susurró—. No puedo.

—Ese es tu problema —le dije, apretando la llave entre los dedos mientras abría la puerta—. No puedes controlarlo todo.

Entré, y por primera vez cerré la puerta con fuerza sin invitarlo a pasar.

Esa noche no volvió a tocar.

Y yo me quedé despierta, con la culpa pegada al pecho, sin saber si estaba protegiéndome de él… o de mí misma.