En la tormenta de tu mirada

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Summary

Él observa desde las sombras. Ella se desmorona en silencio. Tras una devastadora traición, el mundo de Zuleika se quiebra. Pero su vecino, Devin, un joven tan frío como enigmático, esconde una curiosidad inesperada. A medida que él se convierte en su guardián invisible, sus miradas cruzadas desatan una tensión innegable. ¿Podrá el dolor unirlos, o los separará el abismo de sus secretos?

Genre
Romance
Author
Yannrosss
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

¡ERES UN ESTÚPIDO, DEVIN GRAY!

La frase me escupió de los labios apenas cerré la puerta de mi apartamento tras de mí. Un gruñido ahogado me salió del pecho al lanzarme sobre la cama, sintiendo la sangre bombear con rabia en mis sienes. Mi cara debía estar ardiendo. Las palabras de ese... de mi vecino, el sabelotodo de al lado al que apenas he visto más que en los pasillos, resonaban en mi cabeza con una crueldad inesperada. "¿Cómo demonios se atreve? ¡Un completo estúpido! ¿Tenía que soltar esas cosas como si mis sentimientos fueran papel mojado?". Una punzada fría me atravesó el pecho, justo antes de que la indignación volviera a encender la furia. No podía creer la falta de tacto, la absoluta indiferencia que había destilado cada una de sus frases. Estaba... no solo enojada, sino genuinamente sorprendida por la frialdad de Devin Gray.

Unas hora antes...

— ¡Maldita sea, olvidé mis llaves! —Maldije entre dientes frente a la puerta de mi apartamento. El sonido de la lluvia repiqueteando a mi alrededor solo aumentaba mi frustración. Cada gota era un recordatorio punzante de mi estupidez. Las había dejado, claro que sí, en casa de Noah. De mi... ¿ex? Ya ni siquiera lo sabía.

— Ahora, ¿qué voy a hacer? ¡Maldita sea! Ese tonto se enojó y seguro se fue con sus amigos a beber. No contestará mis llamadas por ahora—

La rabia por la discusión con Noah aún me hervía en las venas.

Mientras maldecía en voz baja, absorta en mi problema, un leve sonido de llaves rompió el silencio de la noche. Venía del apartamento de al lado. Era Devin Gray, mi joven vecino y compañero de preparatoria, siempre metido en sus libros, al que cruzaba en el pasillo sin siquiera cruzar una mirada real. Mi vecino nerd.

— ¿Pasa algo, vecina? —Su voz, fría como el metal, me sobresaltó. No había ni una pizca de genuina preocupación, solo fastidio.

— Tus... ruidos llegaron hasta mi habitación y sinceramente no puedo conciliar el sueño. ¿Necesitas ayuda en algo?

El calor subió por mi cuello hasta mis mejillas. Me sonrojé de pura vergüenza. ¡Había creído que mis maldiciones habían sido solo para mí!

— Mis llaves... —murmuré en un suspiro apenado. — Las olvidé y no puedo entrar a mi departamento por ahora... —La vergüenza se intensificó al darme cuenta de la hora: ¡las 12:34 a.m.!

Devin sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo, sin prisa, como si fuera una especie rara bajo la lluvia. Luego, se posaron en los míos, inexpresivos.

— Puedes entrar en lo que consigues tus llaves —dijo él, sin suavizar el tono.

— Y no grites más. Si sigues así, molestarás a los demás vecinos.

Dudé. Mi orgullo me gritaba que me negara, pero la lógica era implacable. No podía quedarme parada afuera, calada hasta los huesos, ni seguir haciendo ruido. Con un suspiro de resignación, accedí a entrar.

El apartamento de Devin era... peculiar. Prácticamente idéntico al mío en la distribución, pero impecablemente ordenado. Un aroma suave y sorprendente a uvas y chocolate flotaba en el aire, una combinación extraña pero agradable. Un perro pequeño, que no ladró, solo me observaba desde un rincón. Me senté en el sillón de la sala.

Él me miró, una ceja arqueada.

— ¿No piensas sentarte en mi sillón así, verdad?

— ¿Así como? —pregunté, confundida.

— Estás completamente empapada. No puedes mojar mi sillón como si nada.

Una ola de vergüenza me invadió de nuevo. Me levanté de golpe del sillón. Devin desapareció por un momento en lo que supuse era su habitación y regresó con una pijama blanca doblada. Me la ofreció sin mirarme realmente.

— No puedes estar así aquí adentro y tampoco es bueno para ti —explicó, sin mirarme directamente a los ojos. — Así que, por favor, cámbiate y siéntete cómoda. Prepararé un té para que puedas tomar y entrar en calor.

Dicho esto, se dirigió a la cocina. Encontré el baño con facilidad; todos los apartamentos del edificio tenían la misma distribución. Me cambié y salí. El té de limón ya estaba listo, humeando sobre la mesita de la sala. Devin, sentado en su sillón pequeño, leía un libro, absorto. No me miró, pero yo sabía que él era consciente de mi presencia. Me senté en el sillón y tomé el té.

El silencio se instaló entre nosotros, denso, solo roto por el suave aroma a té de limón, la esencia de uva y chocolate que impregnaba la habitación, y el leve sonido de nuestras propias respiraciones. Pasaron diez minutos.

Tomé mi teléfono, intentando contactar a Noah. Era obvio que no respondería.

— ¡Estúpido!, maldije en voz alta.

— Ahora es cuando más te necesito y no eres capaz de contestar el teléfono —. Al darme cuenta de lo que había dicho, la vergüenza me invadió de nuevo. Levanté la vista hacia Devin. Él me observaba con curiosidad, y una risa nerviosa escapó de mis labios.

— Lo siento —fue lo único que pude articular.

Su expresión no cambió, seguía observándome como si fuera un bicho raro.

— Suelo decir las cosas que pienso en voz alta sin pensar —intenté justificar.

— Ya me di cuenta —soltó él, y volvió a su libro como si nada hubiera pasado.

— Disculpa, Devin, no era mi intención molestarte —dije, sintiendo la necesidad de explicarme.

— Jamás estuvo en mis planes olvidar mi llave y tampoco quería despertarte.

Él me miró, esperando que continuara. Y yo, impulsada por el cansancio, la situación, el té caliente y, quizás, mi propia personalidad, no pude evitar contarle todo. Como si lo conociera de toda la vida. Lo conocía, sí, pero siempre había sido ese chico indiferente a todo.

— Tuve una discusión con mi novio y simplemente quería irme de él y llegar a casa a descansar. Pero las cosas no salieron como esperaba y terminé molestando. Estoy tan cansada de mi relación. Solo son peleas y más peleas. Solo quería llegar a casa a descansar.

Devin me escuchaba con una mirada inusualmente expresiva. La atención era palpable, no me interrumpía.

— ¿Siempre has sido así, Zuleika? —susurró él, tan bajo que casi no lo escucho.

Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, él me interrumpió y soltó: — Si ya estás tan cansada, no entiendo por qué no lo dejas ya. Solo estás perdiendo el tiempo.

Su frialdad y su indiferencia me hicieron molestar un poco.

— ¡No es fácil! —espeté.

— No es fácil dejar una relación así. Para ti es sencillo decirlo porque no estás en mi lugar.

— Solo tú te complicas —me interrumpió él, sin una pizca de empatía.

— Si ya no estás cómoda en un lugar, simplemente tienes que irte y buscar tu comodidad. Si no te vas, es simplemente porque, de alguna forma, te gusta que te traten así. Así que no es excusa. Cuando ya no eres feliz, simplemente te vas y sigues. La vida no se acaba y tienes que seguir. Ya debes saber tomar decisiones correctas, Zuleika.

Estaba a punto de contestarle con otra descarga de furia cuando mi teléfono sonó. Era Noah. El mensaje decía:

— Te dejé tus llaves con el guardia, ven por ellas cuando quieras o simplemente haz lo que quieras. Intenté responder, pero al instante, él me bloqueó.

El coraje se apoderó de mí. Noah era la chispa, pero Devin, con su insensibilidad, fue la víctima perfecta para desahogarme.

— ¡Para ti es fácil decir eso cuando nunca has estado en una relación! —exclamé, poniéndome de pie.

— ¡No hables por los demás y trates de juzgar al mundo desde tu privilegio! Se vale tener empatía y no juzgar solo porque sí.

Tomé mi bolsa y me dirigí a la puerta.

— Gracias por la ayuda, Devin. Descansa.

Él no dijo nada. Solo siguió leyendo su libro como si nada hubiera pasado.

— Es un completo estúpido y egoísta. No entiendo cómo puedes tener de vecino a ese nerd —me dijo mi amiga por llamada,después de que le conté toda la odisea.

— Lo sé. Es un completo lunático. ¡Juzgar desde su privilegio y decir que es fácil terminar una relación cuando él no ha estado en ninguna!

— Lo sé, Zule, pero ¿qué se puede hacer? Así son los hombres, les encanta juzgar, se creen con derecho a todo. Cuando lo vea en la preparatoria no podré evitar mirarlo con coraje. Bueno, adiós, Zule, me tengo que ir a descansar. Es muy tarde y mañana tengo que ir al

dentista con mis padres. Te dejo. Chao.


La llamada terminó. Me quedé sola, tratando de reflexionar sobre el día. Sin darme cuenta, me quedé dormida en mi habitación, el eco de las palabras de Devin resonando en mi cabeza.


A la mañana siguiente, me desperté tarde, pero no me importó. No había clases, el mundo exterior podía esperar. Me preparé mi desayuno: un café con mucha leche y un pan tostado que apenas probé. Mi mente regresaba una y otra vez a la noche anterior, a esa conversación incómoda con Devin. ¿Quién se creía ese tipo? Su frialdad había sido tan palpable como el vapor de mi taza, y aun así, una parte de mí no podía sacarse sus ojos de la cabeza. ¿Juzgarme a mí? La idea me revolvía el estómago, dejando un rastro de irritación.

El vibrar insistente de mi teléfono me sacó de mis pensamientos. Era Noah. Solté un leve suspiro, casi un quejido.

—Hola, ¿ocupas algo? Creo que tú y yo no tenemos nada más que hablar, todo quedó cla—

—Estoy afuera de tu departamento, Zule. Por favor, sal, vine a verte —me interrumpió Noah, con esa voz que siempre lograba suavizar mis bordes más afilados. Estaba afuera de mi casa, como si nada hubiera pasado. La molestia se arremolinó en mi pecho, pero mi corazón, siempre el traidor, no me permitía rechazarlo así.


Después de un momento de silencio en la llamada, me rendí.

—En un momento salgo, solo deja cambiarme.

Me alisté rápido, pasándome una mano por el cabello, decidiendo que una blusa sencilla y unos jeans bastarían. Salí corriendo de la habitación, apurando el paso por el pasillo. Mis ojos se cruzaron con los de Devin. Él estaba de pie junto a la puerta de su departamento, observándome. Ni una palabra. Solo una mirada de esas que perforaban, que te hacían sentir expuesta, como si él supiera ya lo que iba a pasar. Una punzada de vergüenza y quizás algo de fastidio me atravesó. Sentí que su silencio era más ruidoso que mil palabras, y sabía que, sin decir nada, me estaba juzgando rotundamente. No tenía por qué no hacerlo, claro, pero la incomodidad me puso la piel de gallina. Él, impasible, solo siguió su camino y entró en su departamento.

—Hola, cariño, te extrañé tanto, no pude dormir ayer sin ti —soltó Noah, su rostro formando un puchero que siempre me derretía. Tenía en las manos un ramo de flores, su sonrisa perfecta borrando la tensión que el silencio de Devin había dejado en el aire. No pude evitarlo. Lo abracé, aspirando su familiar perfume, y lo recibí en mi casa.

Vimos películas toda la tarde. Preparamos palomitas, sodas, golosinas y de más. Fue un día especial, tan especial que el sol ya se ponía, tiñiendo el cielo de naranjas y morados. Las horas habían volado entre risas y el sabor dulzón de las palomitas, hasta que Noah, rendido, cayó rotundamente dormido a mi lado, la película aún corriendo en segundo plano.

Se veía tan lindo dormido, lo admiraba como hombre a pesar de todo. Su cabello negro y lacio se esparcía sobre el cojín, sus ojos negros, que a la luz del sol se veían tan brillantes, ahora estaban ocultos bajo sus párpados. Su boca, tan bonita y de un color un tanto peculiar, estaba ligeramente entreabierta. Él era simplemente el hombre perfecto para mí, lo era.

Un pitido insistente. El teléfono de Noah vibró con una notificación, brillando en la mesita baja. Por curiosidad, o quizá por un mal presentimiento, estiré la mano y lo tomé. Lo que vi en la pantalla me heló la sangre:

Denisse:

—Ey, hola, ¿ya estás en tu casa? Dijiste que ibas a pasar por mí para vernos e ir a tu casa amor, te estoy esperando.


¿Qué?...