1: Bipolar.
El aire que lo envolvía era una rareza palpable, una atmósfera densa y opresiva que se resistía a cada intento de inhalación. Cada bocanada se sentía como si millares de agujas invisibles, crueles y despiadadas, se ensañaran con sus pulmones y su pecho.
¿Dónde se encontraba? La pregunta flotaba en el vacío de su mente, sin eco ni respuesta.
...
Lee Minho, un estudiante de dedicación ejemplar, tejía actos de bondad en su rutina semanal ayudando a las ancianas en el bullicioso bingo local. En las aulas, era la personificación de la tranquilidad y el silencio, pero fuera de ellas, una chispa alegre y enérgica lo animaba. Esquivo a los problemas, o al menos se esforzaba por hacerlo, una filosofía que se extendía a su decisión de ignorar las actitudes menos amables de sus compañeros. "Mientras no me afecte a mí, no es asunto mío", se decía, construyendo una barrera invisible ante el ajeno conflicto.
Al final del día, en su pragmática visión, cada uno libraba sus propias batallas.
Sabía, en lo profundo de su conciencia, que esta postura moral flaqueaba, pero la perspectiva de un último año escolar sin sobresaltos lo seducía con fuerza. ¿Acaso no era preferible navegar en la invisibilidad que atraer la atención de los bravucones? En apenas un mes, celebraría sus diecinueve años. Un paréntesis familiar lo había llevado lejos de su país, obligándolo a repetir dos años de estudios, un revés que ya pesaba lo suficiente en su ánimo.
Su mirada gravitó hacia la ventana contigua a su asiento. La clase había concluido, y un breve intermedio precedía la llegada del siguiente profesor. El equipo de béisbol se entregaba a un entrenamiento vigoroso, la proximidad de un partido crucial inyectaba fervor en sus movimientos. Una punzada de envidia lo alcanzó al observar su camaradería y su juego coordinado. En esos dos años de regreso, no había logrado forjar lazos significativos con ninguno de sus compañeros. No solo su concentración en las calificaciones había contribuido a este aislamiento, sino también una palpable sensación de que los demás lo evitaban, un enigma que nunca había podido descifrar.
—¡Seungmin! ¡Minhyuk! ¡Pendientes!
La carcajada resonante de aquel miembro del club interrumpió la quietud del aula. Una oleada de irritación lo invadió; el profesor había llegado, y la posibilidad de concentrarse se desvanecía.
La campana, con su timbre melodioso, anunció el fin del periodo. La mayoría de los jóvenes comenzaban a urdir planes para una sesión de karaoke o un partido improvisado de voleibol. Él, en cambio, se debatía entre dos opciones: el camino a casa o su compromiso en el bingo. Sin dudarlo, eligió la segunda. Después de todo, un silencio opresivo era la única compañía que lo aguardaba en aquel lugar al que llamaba "hogar".
—Minhonie —entonó una de las ancianas con un deje melódico. A diferencia del ambiente distante de la academia, en aquel lugar florecía una armonía genuina entre él y los ancianos. Incluso el más huraño le profesaba afecto, y sus corazones se llenaban de júbilo cada vez que al joven le correspondía anunciar los números ganadores, pues su presencia siempre insuflaba una atmósfera de alegría contagiosa.
—Minho, Minho —intervino el abuelo Hong, cuyo cariño por el muchacho era particularmente evidente, siempre había manifestado que era el nieto que la vida le había negado—. Pronto dejarás la escuela, ¿seguirás viniendo a vernos?
—No hay forma de que no lo haga —respondió Minho, y una sonrisa cálida, amigable y sincera iluminó su rostro. El tiempo compartido ayudando en el bingo había tejido lazos invisibles pero fuertes entre ellos, especialmente después de "aquel" incidente que había marcado un antes y un después en su relación.
Los ancianos cercanos se sumieron en una conversación animada, inundando sus oídos con lo que para él era una melodía reconfortante.
Su comportamiento en el instituto podía tildarse de indiferente, incluso llegando a ser percibido como áspero, sin embargo, tras esa fachada se ocultaba un joven rebosante de sueños y aspiraciones, aunque siempre con los pies firmemente plantados en la tierra. Anhelaba encontrar un buen empleo y ascender peldaño a peldaño hasta la cima. Su primer acto al alcanzar sus metas sería fundar un asilo donde los ancianos recibieran un trato exquisito y pudieran disfrutar de su vejez con dignidad. También soñaba con abrir un refugio para animales, y así sucesivamente, pero su objetivo primordial era la independencia, no ser una carga para nadie, ser libre.
El bingo había comenzado, y los mayores no eran los únicos participantes; a menudo, sus familiares se unían a la diversión. Por suerte, contaba con la ayuda de los otros asistentes, quienes sí eran empleados formales del lugar.
En medio de la algarabía del juego, una voz resonó con un triunfal "¡Bingo!". La dueña de la exclamación poseía un rostro surcado por algunas arrugas, testimonio de una vida plena, pero que aún conservaba un encanto singular. Un par de gafas oscuras ocultaban sus ojos, mientras que sus finos labios lucían un carmín rojo cereza. Un elegante tocado sobre su cabeza realzaba su presencia, y junto con su bolso de diseño, le conferían un aire de diva cinematográfica.
De repente, la escena se tensó. Una joven de cabellos dorados se levantó de su asiento, acusando con vehemencia a la señora de hacer trampa, al tiempo que intentaba arrebatarle el bolso de las manos. La situación escaló rápidamente hasta convertirse en un escandaloso altercado.
Papeles volando, fichas esparcidas, rotuladores rodando por el suelo. Un dolor punzante comenzó a taladrar la cabeza de Minho, una jaqueca aguda que lo inmovilizó, impidiéndole intervenir para calmar la disputa. La intensidad del dolor era tal que juraría haber visto sombras danzando en su campo de visión. Y de repente, al dolor de cabeza se sumó una punzada en la oreja; alguien la estaba jalando con fuerza.
Fue arrastrado sin miramientos a una oficina donde un jefe de empleados, con el rostro congestionado por la ira, vociferaba y reprendía a todos por su supuesta lentitud. Una oleada de molestia invadió a Minho. Después de todo, él no era un trabajador remunerado en aquel lugar como para ser objeto de tales reprimendas.
Tan absorto estaba en sus pensamientos que apenas notó la mano del encargado dirigirse hacia él, empuñando un periódico. Reaccionó instintivamente, tomando la mano y desviándola con un ceño fruncido. ¿Qué le sucedía a ese hombre?
Un cansancio profundo, una hartazgo visceral, lo invadió ante la constante presencia de adultos autoritarios que parecían empeñados en controlarlo: regañándolo injustamente, obligándolo a hacer cosas que detestaba.
Estaba harto de todo.
Soltó la mano del jefe y se dirigió a la puerta, cerrándola con un golpe seco y resonante al salir de la habitación.
El grupo de ancianos, aún con la sorpresa grabada en sus rostros por el reciente altercado, observaron a Minho caminar con brusquedad por el pasillo principal. Él, a pesar de su evidente enojo, se despidió con una cortesía forzada, sabiendo que ninguno de ellos era responsable de su frustración.
En la cancha de entrenamiento, un joven corría con esfuerzo, la mirada fija en el frente, intentando seguir el ritmo de sus compañeros de equipo. Sin embargo, un traspié inesperado lo derribó sobre la tierra húmeda, dejándolo rezagado. Una punzada de frustración se convirtió en un nudo en su garganta, un ardor sofocante que le exigía aire. El cansancio lo abrumaba, y su mirada, clavada en el suelo, parecía querer perforar la corteza terrestre hasta el mismísimo centro del planeta.
Una sombra de desánimo se extendía por su interior. Anhelaba correr junto a los demás, sentir la camaradería del grupo, pero sus piernas solo parecían obedecer a una fuerza invisible que lo empujaba hacia atrás. El viento arreciaba gradualmente, y sin que apenas lo notara, una danza silenciosa de copos de nieve comenzaba a cubrir el paisaje.
Los miembros del club de béisbol celebraban su llegada al campo, sus voces entonando cánticos alegres y enumerando las posibilidades que la nieve ofrecía.
—Aunque es extraño, ¿no debería nevar después del partido? Eso dijo el meteorólogo —comentó uno de los más jóvenes del equipo, atrapando delicados cristales de hielo entre sus dedos.
—¿En serio le crees a esa gente? —replicó otro, desatando una ola de risas entre sus compañeros.
Seungmin escuchaba nítidamente sus carcajadas, una melodía que lo situaba en una frontera borrosa entre la cercanía y la exclusión. Su cuerpo comenzó a temblar por el frío, y la opresión en su pecho se intensificaba con cada respiración.
Suspiró, aferrando la tela de su camisa cerca del corazón. Se inclinó, buscando una bocanada de aire fresco, y su mirada se desvió hacia los demás jóvenes en la cancha. Sentía sus ojos sobre él: una mirada cargada de desdén. En su mente, escuchaba susurros crueles sobre su rareza, su debilidad, su ineptitud en el juego, su inutilidad. O al menos, eso era lo que su atormentada mente proyectaba, porque en realidad, nadie lo estaba mirando.
A veces, su único anhelo era compartir la alegría con ellos, correr a su mismo paso, participar en sus planes, simplemente estar a su lado.
Ansiaba sentirse especial para alguien y que alguien lo considerara especial a él. Quería sentir la certeza de una presencia, de un apoyo incondicional.
Sus auriculares resbalaron de su bolsillo. Se apresuró a recogerlos, buscando una melodía específica que pudiera envolverlo en un bálsamo sonoro. Poco después, se levantó del suelo y caminó en dirección opuesta a sus compañeros, intentando calmar la tormenta interior con cada paso lento y deliberado.
Cabizbajo, se alejó de la institución sin prisas, luchando por contener las lágrimas que pugnaban por escapar de sus ojos. A veces, ni siquiera él comprendía el origen de esa tristeza persistente.
Mientras tanto, un joven Han Jisung, con la energía de quien persigue el tiempo, se abría paso a través del bulliciosa ciudad. La impuntualidad lo acosaba en su camino hacia el encuentro con su banda.
Él era el alma de las seis cuerdas en un grupo independiente, un secreto a voces en la escena musical local. La fama aún no había tocado a su puerta, pero la dicha de crear melodías junto a sus compañeros era una recompensa en sí misma. Sin embargo, aquella tarde, Morfeo lo había retenido en sus brazos más de lo debido, y ahora, una hora de retraso pendía sobre su conciencia.
Su sonrisa, radiante como los últimos rayos del sol, iluminaba su rostro. Su risa, al ser testigo de la inesperada nevada, resonaba alegremente en el aire mientras corría, protegiendo con esmero su guitarra de cualquier golpe o caída.
Desde la distancia, su espíritu jovial era tan palpable como su vestimenta, un conjunto que inequívocamente lo identificaba con el mundo de la música.
En su veloz trayecto, un tropiezo inesperado lo desestabilizó, provocando que un objeto cayera de sus manos. Este rodó sin control hasta detenerse justo a los pies de un transeúnte. Con agilidad, Jisung se apresuró a recogerlo antes de que fuera pisoteado. Sin embargo, el movimiento rápido y torpe hizo que, al levantarse, su cabeza impactara de lleno en el rostro del otro muchacho, tiñendo su nariz de un rojo carmesí.
—¡Maldita sea! ¡¿Qué demonios te ocurre?!
exclamó Minho, sujetando con fuerza la sudadera del guitarrista, quien intentaba balbucear disculpas atropelladas. Su disputa, en medio de la acera, se había convertido en un obstáculo para los transeúntes, obligándolos a rodearlos con cautela para evitar ser víctimas de la torpeza de aquellos dos jóvenes.
—Amigo, tranquilízate. Fue un accidente, de verdad —intentó explicar Jisung, cuya creciente desesperación por la hora se mezclaba con la irritación de tener que lidiar con aquel tipo. Sin proponérselo, habían iniciado un forcejeo silencioso, una pulseada de voluntades que ninguno parecía dispuesto a ceder.
—¡Un cuerno! ¿Piensas hacerte cargo de esto? —Minho señaló su nariz, de la que aún brotaba sangre, tiñendo su camisa y comenzando a marearlo.
—Vamos, ya te dije que no fue mi intención —replicó Jisung, rodando los ojos con impaciencia ante la obstinación del otro. En el fragor de su breve altercado, Minho lo empujó, lo que provocó que Jisung, a su vez, tropezara con una persona que intentaba esquivarlos.
—¿Ves lo que haces? —Han se indignó ante la acusación. Era evidente que la culpa era compartida, así que, ignorando a Minho, se giró hacia el chico que yacía en el suelo y le ofreció una mano.
Seungmin observó la mano extendida por un instante. Las lágrimas que había luchado por contener encontraron su oportunidad de escapar con el impacto, y al ver el rostro bañado en lágrimas del joven, Han sintió un escalofrío de pánico recorrerlo, mientras que Minho se rascaba la nuca con una punzada de culpabilidad que lo picaba como un insecto molesto.
De repente, el viento aulló con furia, y un temblor profundo sacudió el asfalto bajo sus pies. El trío de jóvenes quedó sumido en un silencio expectante, Minho buscando desesperadamente un punto de apoyo, y Han instintivamente protegiendo a Seungmin con su cuerpo.
En un abrir y cerrar de ojos, el cielo se había encapotado hasta adquirir la negrura amenazante de una tormenta en alta mar. El suelo, antes cubierto de nieve, se había transformado en una extensión de tierra tan oscura como las montañas bajo la lluvia torrencial. Un hedor nauseabundo, tan repulsivo como el de un baño público abandonado durante años, impregnaba el aire, y la atmósfera se había vuelto tan pesada y asfixiante que casi se sentían flotando en el vacío del espacio.
¿Qué era este lugar? ¿Qué había sucedido con la calle nevada que habían transitado hasta hacía un instante? ¿Dónde estaban las personas? ¿Qué les había ocurrido a ellos?
La sorpresa y el desconcierto habían secado las lágrimas en el rostro del beisbolista.
Ante sus ojos se extendía un paraje olvidado por la divinidad hacía eones, un cielo ennegrecido que oscilaba entre tonalidades de gris profundo y rojo sangre, para luego volver a la penumbra. Edificios se alzaban a su alrededor, cada uno más ruinoso y desolado que el anterior: algunos derrumbados, otros luchando por mantenerse en pie, y los más, reducidos a escombros fantasmales de lo que alguna vez debió ser un lugar hermoso.
Sonidos extraños e inquietantes resonaban por doquier, y la soledad opresiva del entorno sembraba la semilla del temor a lo peor. Era un lugar digno del fin del mundo, del colapso de los universos, tan aterrador que las palabras apenas podían describirlo, tan deprimente como los pensamientos que anidan en la mente de un alma recluida.
—¿Qué demonios es esto? —articuló Minho, su rostro contraído en una única y elocuente expresión:
Miedo puro.