№27
El mapa que me enviaron por mensaje era algo confuso. Deliberadamente confuso. Las calles se volvían más estrechas mientras avanzaba, como si la ciudad intentara tragarme en silencio. Un garabato digital sobre una foto borrosa.
Ni nombre, ni dirección. Solo una palabra: "Silahus".
Pensé que sería un apodo, o un código, pero resultó ser un bar. O lo que quedaba de uno.
Frente a mí, un letrero colgaba torcido sobre la entrada de ladrillos viejos y humedad. Las letras parecían haber perdido el brillo hacía años, y la palabra "Silahus" apenas se adivinaba entre tanto óxido. La puerta era de hierro, pesada, cubierta de graffitis sin forma. Pero la cadena que debía mantenerla cerrada… estaba suelta. Como si alguien ya me estuviera esperando.
Y yo, idiota, empujé sin pensar.
Adentro, el aire olía a madera podrida, a cigarrillos viejos y algo más… Azufre, quizás. Ese tipo de olor que se pega a la garganta y no se iba.
Las luces estaban encendidas. Un par de lámparas amarillas, parpadeantes, colgaban sobre mesas vacías y polvo acumulado. Había copas, platos, como si alguien hubiera intentado simular que el lugar seguía funcionando. Aunque era más que obvio que nadie se pasaba por ahí hacía décadas.
—Señorita Alysse —dijo una voz a mi izquierda, suave y clara como una copa de cristal.
Me giré con un latido atascado en el cuello.
Un hombre, elegante hasta lo siniestro, se acercó desde la penumbra. Traje gris oscuro, guantes negros, cabello perfectamente peinado hacia atrás. Sonriente. Educado. Vacío.
—Gracias por venir. La puntualidad es un valor cada vez más escaso —añadió, ofreciéndome una mano que no tomé.
Solo asentí, tensa. Yo solo tenía una camisa de los London Lions. Una mochila rota en la espalda. Y un corazón a punto de salirse por la boca.
—¿Tienen… lo que pedí?— alcancé a decir.
—Claro —respondió, con una ligera inclinación de cabeza—. Lo tenemos todo. Pero antes de entregarlo, necesitamos comprobar algo.
—¿Qué cosa?
—Es solo una formalidad. Seguridad másque nada. —Su sonrisa no se movió ni un milímetro—. ¿Nos acompañaría, por favor?
[**]
Me condujeron por un pasillo oculto detrás de la barra. La madera del piso crujía bajo mis pasos, y cada rincón estaba cubierto de polvo… menos el suelo, como si hubiera alguien que constantemente lo limpiara.
Una puerta un poco más alta que yo se abrió, iluminando escaleras de hierro oxidado. Para ese punto yo juraba que estaba secuestrada. Tal vez no amarrada, ni forzada. Pero juraba que lo último que quería era poner un pie en ese lugar.
—Esto no es parte del trato —murmuré, retrocediendo.
—No hay trato sin confianza, señorita Alysse. Usted vino hasta aquí. ¿Acaso desconfía de nosotros?
Sí.
Pero no podía decirlo. Mi abuelo… en una cama de hospital berato. Pronto a ser desconectado. Su cuerpo ya no aguantaría otro mes sin ese medicamento. Y yo había agotado todas las vías legales.
Apreté los puños. Di un paso adelante.
Bajamos
Lento. Muy lento. Como si me arrastrara hacia un sitio que la tierra misma había olvidado. Como si fuéramos hacia un lugar donde el oxígeno no llegaba, o al menos, así lo sentía yo.
Otra puerta, otro pasillo. Más olor a humedad asfixiante, y el silencio fue lo primero que me golpeó al abrirla. Un desolado panorama digno de una saga de terror. Después, el olor a... sustancias.
La sala era enorme. Cuadrada. Oscura en las esquinas, iluminada justo en el centro. Sillas alrededor, organizadas como un teatro maldito. Una jaula de al menos tres metros, de hierro viejo y cadenas.
Y una enorme mancha negra. Justo en el centro, de líquido fresco, brillando con la luz
Sentí la náusea subir hasta los ojos.
—¿Qué es esto?— escupí en un susurro asfixiado.
—Un lugar donde pueden acabar tus problemas —dijo el hombre del traje gris, aún a mi lado.
—¿Esto tiene que ver con mi pedido?
—Todo tiene que ver. —Su voz seguía calmada, casi cálida—. Verá… cuando alguien entra en contacto con nuestro mercado, ya no es un simple cliente. Nos gusta conocer el alma detrás de la necesidad.
—¿Qué… están insinuando?
—Que el mundo está llenando personas como tú, esperando una ayuda divina.
Giré sobre mis talones, pero detrás de mí ya había dos personas más. También educadas. También sonrientes.
También bloqueando la salida.
Me tendieron una carpeta. Letras enmarcadas en dorado, cláusulas, con renglones y renglones de algo que no entendía qué era.
Y abajo… Un contrato. Líneas y más líneas de letras diminutas y delgadas, hasta llegar a un renglón que ponía FIRMA.
"Candidata N° 27 - Evaluación preliminar a la generación XII".
Me quedé helada. Miré el documento y a ellos alternadamente, con el terror incrustado en mis ojos.
—¿Candidata? ¿Qué se supone...?— leía una y otra vez el documento, pero aún seguía sin entender.
—¿Y bien?