1 La visita
—¿Rose? —dijo él, deteniéndose en seco al verla—. Has crecido..
Ella asintió apenas, sin saber qué decir. Lo observó con la cabeza baja, como si sus rizos pudieran ocultar el temblor que sentía en la mirada. No se atrevía a sostenerle los ojos. Pero los sintió. Los sintió recorrerla entera. La incomodaba… y, al mismo tiempo, algo muy dentro de ella vibraba.
—Vaniel —murmuró su hermana, entrando a la cocina—. No seas raro. Es mi hermanita, ¿recuerdas?
Hermana, pensó él. Pero ya no tan niña.
Vaniel forzó una sonrisa mientras se llevaba una mano a la nuca. Desde que había llegado, había sido todo calidez y bromas con su vieja amiga, pero ver a Rose lo había descolocado. Era una mujer. Trigueña, con esos rizos rebeldes que parecían bailarle sobre los hombros. Su cuerpo, definido por la natación y el baile, tenía una feminidad hipnótica, contenida. Sin maquillaje. Sin esfuerzo. Una mujer hecha de silencios.
—¿Me darías un vaso de agua fría, por favor? —preguntó él, directo a ella.
Ella asintió, sin levantar la mirada, caminó hasta la nevera y tomó una botella. Sus manos pequeñas, suaves, giraron la tapa con delicadeza. Le sirvió en un vaso alto. Al acercárselo, rozó sin querer sus dedos. Ambos lo sintieron. Vaniel apretó la mandíbula. Rose se mordió el labio y retrocedió con rapidez.
—Gracias —dijo él, mirándola fijo. Demasiado fijo.
Ella se fue sin responder. Volvió a su cuarto, cerró la puerta con cuidado y se recostó en la cama.
¿Qué fue eso?No entendía por qué su cuerpo reaccionaba así. Por qué sentía ese calor bajo el pecho. No estaba bien. Él era mayor. Era el amigo de su hermana. Pero también era… él. Tan seguro. Tan atento. Y sus ojos. Sus ojos no eran de amistad.
Desde ese día, Vaniel empezó a visitar más seguido. “Solo para ponernos al día”, decía. Pero la mayoría de las veces, terminaba sentado en la cocina, preguntando por Rose. Y ella, que era de pocas palabras, empezó a contestarle. Un poco. Muy poco. Pero bastaba.
A veces, cuando creía que nadie la veía, bailaba en la sala sola. Movimientos suaves, sensuales, de quien lleva la música en el cuerpo. Y Vaniel, sin querer —o queriendo demasiado—, la observaba desde el pasillo.
No podía evitarlo.
Ella tampoco.
Y lo que empezó con un vaso de agua, pronto sería una sed mucho más difícil de apagar.
---








