Introducción
Esto no puede pasar. No debí sentir algo amoroso respecto a un arkantiano. ¿Acaso me he vuelto loca? Friego la cabeza. La atracción que tuve con el príncipe Dank, solo fue momentánea. Esta vez, es más fuerte. Algo que no controlo en mí. Soy una mujer oxidiana, es una equivocación estar con el enemigo. ¿Es por haber compartido un momento sexual con él?
Solo fue sexo.
No. Su comportamiento caballeroso, su manera de ayudar a otros y lo justo que es en su trabajo, hicieron que cayera en las redes del amor. O así escuché de las mujeres de la Tierra.
—Me gustas, Conrad —confieso abiertamente. Él abre sus hermosos ojos que cambian con sus emociones—. Solo dime la verdad. Quiero saber de tus heridas.
—Pensé que entre nosotros solo era sexo —espeta, sin quitar la expresión de sorpresa en sus ojos—. ¿Por qué? Tú……
Que hombre. Será difícil hacerlo razonar.
—¡Cualquiera se enamoraría de ti!
Hace una línea con sus labios.
—Soy un soldado.
—¿Qué tiene que ver eso?
—No poseo riquezas, Skyla —sigue dando esa diatriba de escalas sociales—. Aparte soy un arkantiano. No puedo pisar vuestro planeta. He matado y herido a muchos oxidianos.
Por ser un soldado arkantiano, tiene que obedecer a sus superiores.
No lo culpo. Tampoco soy una princesa. Sonrío de tristeza. Antes deseaba ser la pareja del príncipe Dank, pero no llegó esa ocasión. Él se enamoró de otra mujer y yo tuve que dejarlo ir.
No puedo perseguir a los hombres. Eso ya viene incluido con mi personalidad.
—Conrad. —Lo nombro. Me levanto de mi sitio y acomodo mi cuerpo, sentándome encima de sus piernas. Una posición que he amado. Intuitivamente, sus manos agarran mi cintura, sacándome una sonrisa tenue en mis labios—. Me gustas mucho. Eres un increíble hombre que cualquier mujer estaría dispuesta a entregarse.
—Skyla…
Toco sus labios con las puntas de mis dedos.
—Tampoco soy una princesa. Antes me importaban las clases sociales, pero cuando te conocí, cambié de idea. —Sonrío, acariciando sus tersos labios. Deseo besarlo y hacerlo mío—. Te quiero a ti. Quiero saber de tu pasado, Conrad. De esa tristeza que reflejan tus ojos.
Mi querido soldado arkantiano, ha quedado sin palabras.
Casi saboreo la verdad que tiene guardada en su corazón; sin embargo, todo se esfuma. Agarra mi cintura y me aleja de su lado, dejándome con un vacío enorme en el pecho. ¿Por qué debe ser así? ¿Tan difícil es desnudar su alma ante mí?
—No será necesario, Skyla.
—Conrad.
—Debo ir atacar al planeta enemigo —cuenta, tensándome—. ¿Lo olvidas? Fuiste secuestrada. Eres un rehén aquí, Skyla.
—Espera, Conrad. ¿Qué te ordenaron?
Aprieta la mandíbula, hasta rechinarla.
—Secuestrar al príncipe Trise, hijo del rey Alucard.