El Ocaso "El inicio del abismo"

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Summary

La vida del Comisario Jounse Quir se desmorona en un instante. Una carta, empapada en tinta y sangre, le arranca a su esposa y a su hijo, dejando su existencia vacía de propósito. Impulsado por un dolor que quema más que el sol del desierto, Jounse se despoja de su placa para iniciar una cacería de venganza salvaje. Pero la búsqueda de los culpables lo lleva a una verdad retorcida: ¿cómo se enfrenta un hombre a un enemigo que ha jurado destruir, si ese enemigo es el hermano que eligió en su juventud? En un Viejo Oeste tan despiadado como el duelo que se avecina, Jounse se verá forzado a confrontar no solo al traidor que le arrebató todo, sino también el peso de sus propios errores y la amarga ironía de su destino. Una historia de justicia personal, venganza y redención, donde el crepúsculo de la llanura esconde secretos que se pagan con sangre.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1 "El Crepúsculo en la Llanura"

UNO


"Solo me queda decirte adiós para toda la vida, aunque toda la vida siga pensando en ti"

José Ángel Buesa....

El viento soplaba con una terquedad ancestral sobre la llanura. La tierra, reseca y agrietada como la piel de un dios olvidado, se extendía hasta perderse en un horizonte ondeante y rojizo. El sol comenzaba a caer, lento y sin gloria, como una promesa que nunca se cumplió. El crepúsculo teñía las nubes de un rojo tan intenso que parecía presagio, no belleza.

Jounse Joseph Quir avanzaba a caballo, cruzando ese silencio que solo conocen los que han perdido demasiado. Vestía una gabardina oscura que ondeaba con cada ráfaga, y sobre su cabeza, el ala ancha del sombrero proyectaba una sombra que ocultaba todo salvo el brillo frío de sus ojos. Gris acero. Ni vida ni muerte. Solo camino.

Stein, su caballo cuarto de milla, trotaban con ritmo firme y paciente. Cada paso levantaba una pequeña nube de polvo que se deshacía antes de asentarse. A su costado, una espada envainada cruzaba la espalda del jinete. No era adorno. Era herencia. Y amenaza.

El silencio no era absoluto. A lo lejos, los cuervos volaban en círculos sobre algún cadáver invisible. Jounse los observó un momento sin cambiar el paso. En otros tiempos, les habría rezado. Ahora, solo asentía.

La tierra no había cambiado. Él sí.

Ajustó las riendas. El cuero crujió.

—Un día más —murmuró.

Y el viento se llevó las palabras como si no le importaran.

La llanura comenzó a cambiar de color.

Lo que era polvo se volvió sombra. Lo que era cielo se volvió un tajo violeta sobre las montañas distantes. Y lo que era hombre —cansado, firme, dolido— empezó a sentir el peso de lo que venía.

Jounse bajó la vista por un momento. El trotar de Stein lo mecía como un péndulo.

En su pecho, la placa de comisario colgaba entre dos botones abiertos. Había olvidado cuándo se la había puesto por última vez. Pero el metal seguía ahí. Frío. Inmutable. Como si nunca hubiera pertenecido a alguien.

La brisa trajo el aroma de leña seca.

Y con él, el recuerdo de un hogar que ya no ardía.

El olor a lluvia no venía con frescura. Venía con peso.

Las nubes se amontonaban al poniente, densas, tensas como gargantas cerradas. El cielo, teñido de púrpura sucio, anunciaba tormenta. Pero era una tormenta lenta, arrastrada, que no rompía: amenazaba. Como un recuerdo que duele antes de llegar.

Jounse olfateó el aire.

Tierra mojada y leña vieja.

Como aquel día.

Cerró los ojos. Bastó un segundo.

Ágata sonreía junto al fuego, el cabello suelto iluminado por las llamas. Thomas, pequeño, gateaba bajo la mesa riendo mientras el pan se inflaba en el horno de barro. Él acababa de volver empapado de lluvia, dejando sus botas junto a la puerta. La casa olía a sopa caliente y a hogar.

Abrió los ojos.

Y solo quedaba el barro.

La primera gota cayó sobre el ala de su sombrero. Luego otra. Y otra más.

Jounse apretó las riendas. Stein resopló con incomodidad, sacudiendo la cabeza.

El agua pronto se mezcló con el polvo, cubriendo la llanura de un barro espeso y silencioso.

A lo lejos, divisó una grieta entre las rocas. Un refugio imperfecto. Suficiente.

Tiró de las riendas, descendió del caballo y guio a Stein hacia el abrigo. Bajo la cornisa seca, encendió una hoguera con ramas húmedas, que tardaron en arder. El humo le picó los ojos.

No era por el humo que le dolían.

La lluvia golpeaba las piedras como dedos impacientes.

Y allí, junto a la llama que apenas resistía, Jounse se preguntó si volver a casa era lo mismo que encontrarla vacía.

La lluvia no se detenía.

No era torrencial, pero era constante. Persistente como un pensamiento que uno no logra olvidar.

El fuego chisporroteaba, frágil, apenas una espina de luz en medio del frío húmedo.

Jounse estiró las manos hacia las llamas. No por calor. Sino por costumbre.

Pero sus dedos no temblaban.

Estaban acostumbrados al frío.

Stein rumiaba en silencio, su respiración cálida haciendo vapor bajo la grieta de piedra.

Todo lo demás… callaba.

Entonces Jounse sintió algo.

No un sonido.

No un movimiento.

Una presencia.

La clase de tensión que precede a las malas noticias. Como si el aire supiera lo que viene antes que el hombre.

Apoyó la mano sobre el revólver.

No lo desenfundó.

Aún.

Porque en la llanura, nadie llega con buenas noticias después de la lluvia.

El murmullo de la lluvia era ahora un lenguaje propio. Cada gota que golpeaba la roca o el cuero de su abrigo parecía pronunciar un nombre que no quería recordar.

Jounse se levantó del fuego, lentamente.

Algo se había quebrado en el silencio.

Stein giró la cabeza hacia el este, las orejas tensas.

Y entonces, lo vio.

Una figura solitaria, avanzando por el borde del barranco.

Tenía el paso irregular, la ropa empapada, y algo brillaba en su mano como una moneda maldita.

No traía caballo.

Ni sombra.

Jounse no necesitó tocar su revólver.

Ya sabía que tendría que usarlo.

La figura emergió lentamente del velo de lluvia, arrastrando los pies sobre el barro como si no supiera dónde terminaban sus pasos.

Jounse ya estaba de pie, firme frente al fuego, la mano derecha relajada… pero cerca del revólver. Stein bufó una advertencia corta, luego volvió a enmudecer.

—Alto ahí —ordenó Jounse, la voz baja pero cortante como una navaja.

El desconocido se detuvo a unos seis metros. El sombrero empapado ocultaba la mitad de su rostro.

Levantó ambas manos, abiertas, sin armas visibles.

—Soy un mensajero, comisario. No vengo a hacer daño.

Jounse no bajó la guardia.

Sus ojos eran cuchillos grises.

—Nadie llega hasta aquí con buenas noticias —replicó—. Si mentís, te entierro antes de que se enfríe el café.

El hombre tragó saliva. Tenía los labios morados por el frío, y el temblor que lo sacudía no parecía fingido.

—Lo sé. Pero es mi deber. Me enviaron desde el pueblo…

—¿Qué pueblo?

—Gray Hollow —respondió, bajando la cabeza con pesar—. Traigo noticias de su familia, comisario Quir.

Ese nombre. Esa maldita combinación de palabras.

Jounse no parpadeó, pero por dentro… algo cedió.

La mano sobre la culata del revólver se cerró un poco más.

—¿Qué pasó?

El hombre rebuscó bajo su capa empapada y sacó un sobre arrugado, manchado por la lluvia.

—Una carta. Del sheriff Fils Maker. Dijo que debía entregársela en persona.

Jounse no extendió la mano.

—Leéla.

—Señor…

—Dije, leéla. Si mientes una palabra, te vuelo el pecho. No habrá segunda advertencia.

El mensajero bajó la mirada al papel, con voz temblorosa, empezó:

—“Comisario Quir:

Lamentablemente, la noticia que traigo es tan cruel como implacable. Su esposa, Ágata, y su hijo, Thomas, han sido asesinados por forajidos desconocidos…” —la voz del hombre se quebró— “…sus cuerpos fueron hallados en la madrugada. El pueblo está en duelo. Se hará justicia, si los dioses nos lo permiten.

Con respeto,

Sheriff Fils Maker.”

El papel cayó de sus manos.

La lluvia lo lamió como si quisiera borrar la noticia.

Jounse no dijo nada.

No se movió.

Solo sus ojos cambiaron. Se volvieron más quietos. Más vacíos.

—Y ahora decime —dijo con una voz que ya no sonaba humana—, ¿quién te envió realmente?

El mensajero abrió los brazos.

—Fue el sheriff. Lo juro. Me entregó esto. Y me dijo que usted volvería. Que vendría como siempre. Tarde.

Jounse apretó los dientes.

—¿Tarde?

—No lo digo yo… lo dijo él. Y dijo también que no valía la pena buscar justicia. Que mejor se quedara lejos.

Eso fue todo.

El revólver apareció como una sombra en la mano de Jounse.

Apuntó. No disparó.

El mensajero cerró los ojos.

Y esperó.

Pero la bala no llegó.

Solo el silencio.

Jounse bajó el arma lentamente. Guardó el revólver.

—Largo.

—¿Qué?

—Corré —gruñó—. O cambiá el rumbo. Pero no me sigas. No me hables. No me mires. No vuelvas a decir su nombre.

El mensajero dio un paso atrás. Luego otro.

Y corrió, tropezando entre la lluvia, hasta perderse en la neblina.

Jounse volvió al fuego.

Pero el fuego ya no lo calentaba.

Porque la llama más fuerte ardía ahora por dentro.

Y pedía sangre.

Por supuesto. Aquí tienes una escena de transición que enlaza el impacto emocional del mensaje con el inicio del viaje de Jounse, dejando espacio al silencio y a la ira contenida:

La lluvia siguió cayendo, más fina ahora, como si ya hubiera dicho todo lo que tenía que decir.

Jounse no se movió por un largo rato.

El fuego había menguado hasta convertirse en un resplandor apenas visible, como una vela ahogándose en su propia cera.

La carta yacía en el barro, hundida, ilegible.

No importaba.

Las palabras ya se habían tatuado en su memoria.

Ágata.

Thomas.

Los nombres pesaban como piedras. Pero no eran las piedras las que dolían.

Era el hueco que dejaban.

Stein se agitó, como si sintiera el cambio.

Jounse se puso de pie.

Con movimientos lentos, metódicos, apagó lo que quedaba de la hoguera, cubrió las cenizas con barro y ajustó las cinchas del caballo. No dejó rastro.

Nunca lo hacía.

Se subió a la silla sin un sonido.

La lluvia ya no le molestaba.

La tristeza tampoco.

Solo quedaba el ruido sordo en su pecho.

El que se parece mucho al de un disparo todavía por hacerse.

Y cabalgó.

Porque había cosas que solo podían explicarse con una bala.

La lluvia amainó al amanecer, como si el cielo también hubiera dicho lo que debía. El horizonte clareaba en tonos cenicientos, sin gloria. Solo luz suficiente para ver lo que dolía.

Jounse cabalgaba sin apuro. Pero no era cansancio. Era cálculo. Cada latido pesaba. Cada paso de Stein retumbaba como tambor fúnebre en la llanura.

El viento seco volvía, pero ya no traía memoria.

Ahora traía dirección.

La mente de Jounse no se detenía.

Veía a Thomas, pequeño, dormido en brazos de Ágata.

Veía la carta, rota en sus dedos, escrita con tinta de cobardía.

Veía las caras de quienes alguna vez llamaron hogar a Gray Hollow.

Y sobre todo, veía lo que aún no conocía:

la mano que apretó el gatillo.

La risa que celebró la muerte.

La sombra que dejó dos cuerpos en el suelo y un mundo vacío en su lugar.

A mediodía, desmontó junto a un arroyo.

La corriente era fina, casi tímida.

Se agachó, lavó sus manos, y luego se quedó mirando su propio reflejo en el agua turbia.

No se reconoció.

El hombre en el reflejo no tenía descanso.

Ni culpa.

Solo juicio.

Sacó un pequeño objeto de su bolsillo interior.

Era una figura de madera tallada: un caballo diminuto, de patas desiguales. Thomas lo había hecho en su último cumpleaños.

La pintura ya se había descascarado.

Jounse lo sostuvo un instante, luego lo colocó en una piedra junto al arroyo.

No como ofrenda.

Como señal.

Una promesa.

—No van a morir dos veces —murmuró.

Y volvió a montar.

Más derecho. Más callado.

Más letal.

El viaje ya no era regreso.

Era sentencia.

El pequeño caballo de madera quedó atrás, temblando sobre la piedra con cada soplo de viento, como si aún quisiera seguirlo.

Pero Jounse no miró hacia atrás.

Nunca lo hacía.

El cielo había dejado de llorar, pero el suelo seguía húmedo. La tierra absorbía la sangre de la tormenta igual que había absorbido otras.

Stein avanzaba sin orden.

No hacía falta.

El animal conocía el camino.

Jounse apretó la mandíbula y aferró el borde de su capa.

Sus labios no se movían.

Pero su mente repetía una sola palabra.

Thomas.

Cada paso era una sílaba.

Cada milla, una oración sin dioses.

Y al caer la tarde, la primera señal del pueblo se alzó en el horizonte: una cruz torcida, solitaria, sobre un poste que alguien olvidó quemar.

Gray Hollow estaba cerca.

Y el juicio había comenzado.

Gray Hollow no olía como Jounse la recordaba.

El aire, antes cargado con el aroma dulce del tabaco secándose o el pan de las casas humildes, ahora olía a madera húmeda, a abandono. A cobardía.

Las casas estaban cerradas. Las ventanas tapiadas o cubiertas con cortinas raídas. Las calles de tierra se habían vuelto surcos de barro pisoteado, pero no por actividad… sino por huidas.

Stein avanzó con paso lento, salpicando barro a cada costado. El trote era el único sonido. No había campanas. Ni perros. Ni niños.

Solo una sombra tras cada cortina.

Una mirada que no quería ver.

Jounse no se detuvo en la entrada del pueblo. Pasó junto a la vieja cantina, que tenía el letrero torcido y el cristal roto, y cruzó frente a la tienda general, donde el escaparate mostraba solo harina húmeda y sogas oxidadas.

A su paso, nadie salía.

Nadie hablaba.

Pero todos sabían que había vuelto.

En la plaza central, donde antes se realizaban los bailes del solsticio, ahora se alzaba un poste ennegrecido. En su base, un manto quemado, un muñeco de trapo sin cabeza… y un rastro de cera negra endurecida.

Jounse detuvo a Stein.

El silencio era tan espeso que podía cortarse.

—Fils Maker… —murmuró.

Porque si alguien había permitido esto, si alguien debía hablar primero… era él.

Giró las riendas, y se dirigió al edificio del sheriff, que aún conservaba su placa de hierro oxidado sobre la puerta.

La justicia tenía dirección.

Y Jounse acababa de llegar a ella.

El edificio del sheriff parecía más pequeño de lo que Jounse recordaba.

O tal vez era él quien se había vuelto más grande por dentro.

Más pesado.

Más frío.

La madera crujía bajo sus botas al subir los peldaños del pórtico.

Ese sonido —ese que antes indicaba que venía alguien a pedir ayuda o a rendirse— ahora parecía una advertencia tardía.

Una telaraña colgaba de la manija de la puerta.

No era polvo lo que cubría el umbral.

Era tiempo malgastado.

Jounse golpeó una vez.

Nada.

Golpeó otra.

Más fuerte.

Y entonces… un movimiento tras la persiana.

Una sombra.

Un suspiro.

La puerta se entreabrió con un chirrido.

Y allí, en la penumbra del despacho, lo esperaba el hombre que juró proteger el pueblo.

Pero ya no había ley en sus ojos.

Solo miedo.

El interior del edificio olía a humedad, cuero viejo y algo más: descomposición moral.

Jounse entró sin pedir permiso.

No lo necesitaba.

El despacho estaba en penumbra, iluminado solo por la luz polvorienta que se colaba entre las lamas rotas de la persiana. Sobre el escritorio, una botella de bourbon medio vacía, un cenicero lleno, y una pila de informes arrugados sin firmar.

Fils Maker estaba allí, sentado, encorvado, con los codos sobre la mesa. Su sombrero descansaba en el suelo. El rostro, antes ancho y seguro, parecía reducido. Los ojos se escondían tras unos párpados gruesos y cansados.

—Quir —gruñó—. Supe que vendrías.

—No vine por tu bienvenida —replicó Jounse, y cerró la puerta tras de sí con un golpe seco—. Vine por la verdad.

Fils no lo miró.

—Ya la tenés. La carta lo decía todo.

Jounse se acercó al escritorio.

—La carta no decía nada. No decía por qué no se me avisó antes. Por qué no hubo una cacería. Por qué no hay nadie preso.

El sheriff tomó un sorbo del bourbon.

Le temblaba la mano.

—Fue… rápido. Nadie vio nada. El pueblo no es el mismo, Jounse. Hay cosas que ya no responden a balas ni a preguntas.

—¿Quiénes lo hicieron?

Fils tragó saliva, pero no respondió.

Jounse apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Quiénes lo hicieron?

El sheriff levantó la vista.

Y por primera vez, lo miró.

—No fueron hombres. Al menos no ya. No desde hace tiempo.

—¿Entonces qué esperás para hablar?

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Un silencio sucio, largo, como si lo que estaba por decirse fuera peor que una mentira.

Finalmente, Fils suspiró.

—Había señales. Sombras. Marcas extrañas en las puertas. La noche que… que pasó, algunos dijeron ver cuervos sobre el techo de la casa. No pájaros. Cuervos… con ojos rojos.

Y alguien tocó las campanas del campanario a medianoche. Pero nadie estaba allá arriba.

Jounse no reaccionó.

Solo sacó del bolsillo interior su revólver.

Y lo colocó, con suavidad, sobre la mesa.

—Tenés una última oportunidad, Fils.

El sheriff lo observó.

Luego apartó la mirada.

Sacó de un cajón un papel arrugado, sucio de ceniza.

—Un informe. No lo registré. No me animé. Habla de una carreta vacía. De huellas. De un pañuelo... rojo. El que ella usaba en el pelo.

Jounse tomó el informe.

No lo leyó.

Lo guardó.

Fils volvió a recostarse en su silla.

—No vas a encontrar justicia acá, Jounse. Solo más preguntas.

Jounse ya caminaba hacia la puerta.

—Entonces encontraré las respuestas a punta de fuego.

Abrió. Salió.

Y dejó al sheriff solo, con su botella y sus fantasmas.

La puerta del despacho se cerró con un golpe seco que sonó como un disparo amortiguado.

El aire fuera era más liviano, pero no menos sucio.

Jounse descendió los escalones de la oficina con paso firme. No miró atrás. No se detuvo.

La lluvia había cesado por completo, pero en el barro aún se marcaban huellas recientes. Demasiadas. Algunas demasiado pequeñas.

El pueblo callaba.

Callaba con la culpa de quien sabe que ha fallado, pero no se atreve a confesarlo.

Desde el umbral del callejón principal, vio cómo una anciana cerraba la ventana al verlo pasar. Un niño se escondía detrás del barril de agua. Un perro husmeaba donde antes había flores.

Y en el aire flotaba algo que no era miedo.

Era abandono.

Jounse no lo sentía por ellos.

Lo sentía por ella.

Por Ágata.

Por Thomas.

Por el mundo que este lugar les había robado.

Sacó el informe del bolsillo y lo desplegó al sol.

Una línea en particular le heló la sangre:

“Fragmentos de tela carmesí encontrados junto al viejo puente. No se recuperó el cuerpo.”

La marca en su pecho ardió.

No de magia.

De memoria.

Y el viento volvió a soplar, más seco ahora.

Con olor a pólvora vieja.

El viejo puente del arroyo Snakewater ya no era lo que había sido. Las maderas carcomidas crujían con cada paso, como si el lugar mismo protestara por ser pisado.

Jounse caminó por el borde, atento a cada sombra, cada sonido que no fuera agua o viento. El informe del sheriff decía que allí habían hallado algo… y no mucho más.

Y entonces lo vio.

Atado a una rama baja, ondeando con desgana al compás del aire: un trozo de tela roja.

Carmesí deslavado por el barro, pero aún reconocible.

Lo tomó con ambas manos.

Lo giró. Lo aspiró.

Aún tenía su perfume. Tenue, fantasmal. Una mezcla de lavanda y polvo de horno.

Ágata.

La tela estaba rasgada en diagonal, como por uñas o espinas. Un extremo tenía manchas secas, marrones.

Sangre vieja.

Jounse se arrodilló sin darse cuenta.

El barro le subió por las botas.

Pero él no lo sintió.

Apretó el pañuelo contra su pecho, justo sobre la marca.

La cicatriz ardía.

No por magia.

Por promesa.

Una promesa que él mismo se había hecho cuando Thomas nació:

“Nunca vas a crecer sin un padre. Nunca vas a conocer lo que es tener miedo en casa.”

Y había fallado.

A unos metros del puente, algo sobresalía del lodo.

Cavó con las manos.

Era una caja. Pequeña. De madera húmeda. Casi podrida.

La abrió.

Cenizas.

Y entre las cenizas… un anillo de plata ennegrecida.

El de Ágata. El que nunca se quitaba.

Ni dormida.

Ni enfadada.

Jounse lo sostuvo.

Lo cerró en el puño.

Y habló por primera vez en voz alta desde que llegó.

—Lo voy a quemar todo.

El viento se agolpó contra su espalda.

No como respuesta.

Como aprobación.

La lluvia regresó, primero como una bruma leve, luego como un aguacero que parecía querer lavar el mundo entero. Jounse se incorporó, con el pañuelo carmesí en el bolsillo interior de su chaqueta y el anillo apretado en la mano. El arroyo rugía bajo el puente, arrastrando ramas muertas y trozos de vida vieja.

El viento traía consigo un olor a madera quemada, un eco de lo que alguna vez fue hogar.

Montó a Stein sin pronunciar palabra. La noche se avecinaba como una promesa sucia, y en la distancia, entre las colinas, una débil columna de humo gris se elevaba recta hacia el cielo de tormenta.

Jounse espoleó al caballo.

El polvo y la ceniza aún no habían contado toda la historia.

Cabalgó hasta que la oscuridad se hizo total y la lluvia cesó como un animal agotado.

Jounse desmontó en una arboleda raquítica al borde del camino, ató a Stein bajo un árbol muerto y encendió una pequeña hoguera con lo poco seco que encontró. El humo se alzó perezoso, desdibujándose en la niebla.

Sacó de su alforja una libreta de cuero gastado.

Había sido un regalo de Ágata, hacía años.

Nunca había escrito más de una línea.

Esa noche lo hizo.

Abrió la tapa endurecida, tomó el carboncillo y, bajo el titilar tembloroso de las llamas, garabateó en una letra firme pero torcida:

«A veces el mundo no se rompe de golpe.

A veces se parte en silencio, justo cuando el viento cambia y ya no reconoces el sabor del polvo que se te pega en la boca.»

Se detuvo.

Escuchó el crujido de las ramas.

Solo era el viento.

Siguió escribiendo:

«Hoy cabalgué más lento. No porque las piernas me pesaran, sino porque el corazón no sabía si quería llegar.

Al ver la llanura teñida de fuego supe que nada de lo que había detrás de mí iba a alcanzarme nunca más.

Ni la risa de mi hijo.

Ni el perfume del pelo de Ágata cuando se acostaba a mi lado sin decir palabra.»

La última línea la escribió como un corte:

«Estoy solo. Y aunque sé que eso nunca termina bien para los que tienen sangre caliente, todavía tengo que mirar a los ojos al que lo hizo.

A todos los que lo hicieron.

Porque si no lo hago...

¿quién más lo haría?»

Cerró el cuaderno.

Se puso en pie.

Alzó la vista hacia un cielo sin estrellas.

El viento traía polvo.

Y algo más.

-Estoy listo -susurró.

Y las llamas respondieron.

...