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Summary

Dos países se enzarzan en una guerra por recursos. Sus ejércitos están formados por ciudadanos de a pie, reclutados sin miramientos y obligados a combatir. En este mundo que mezcla fantasía y ciencia ficción se verán envueltos en una trama militar para descubrir un oscuro secreto que se oculta al resto del mundo.

Genre
Scifi
Author
Dolkei
Status
Complete
Chapters
81
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

James Boguet

Tengo hambre, aunque yo siempre tengo hambre. Mis amigos y compañeros de clase dicen que soy un privilegiado porque, por mucho que coma, no engordo nada. Sinceramente, tampoco es que coma tanto, más que nada porque realmente no hay suficiente sustento como para saciarme, pero no me quejo, mis padres trabajan mucho para alimentarme.

Era un día cualquiera, una hora cualquiera en la escuela, de camino de vuelta a las clases después de un rato de recreo que me reconfortaba y me daba un respiro para comer algo y hablar con el resto de mis compañeros.

Mi escuela era un tanto rudimentaria: edificio de madera con techo de latón, ventanas acristaladas a las que les hacía falta una limpieza y unos asientos que hacían que te doliera el culo al finalizar cada clase. Simplemente era lo que mi país, Delast, podía ofrecer.

Las clases estaban clasificadas en dos tipos: teoría escrita y actividad física. La teoría escrita era cosas como geografía, matemáticas o historia (la que a mí más me gustaba), y la actividad física estaba relacionada con el ejercicio, los deportes y la defensa personal. Yo no necesitaba demasiadas clases de defensa personal, ya que mi padre desde bien pequeño me había enseñado a luchar con su curioso método que mezclaba varios tipos de artes marciales y combate que él llamaba mortal.

—James, vamos, entra en clase, deja de perder el tiempo.

Es cierto, era hora de entrar y no veía el momento de salir.

Al salir de aquella escuela brillaba la luz del sol; aún era pronto y el día aún no había llegado a su fin. Quizá al llegar a casa tomara algún tentempié y más tarde ayudase a mi madre con sus tareas del hogar. El camino a casa era un camino de tierra, bordeado por un pequeño muro de roca en el que, de vez en cuando, aparecía alguna señal que te indicaba el camino. Todas las casas que había alrededor eran en cierto modo parecidas a mi escuela; algunas tenían techos de madera que hacían correr el agua hacia el suelo cuando llovía. Mi casa estaba justo después de llegar a una plaza con abundante vegetación en la que algunas veces paseaba o me sentaba sobre la hierba a reflexionar, pensando en mis días, en lo que iba a hacer o simplemente dejando pasar el tiempo mientras disfrutaba del sol.

Mi casa no era nada del otro mundo; estaba fabricada en algún tipo de madera clara, aunque había perdido el brillo de antaño. La puerta estaba muy estropeada, pero cumplía su cometido, que era aislarnos de la calle. Llegué a la puerta y entoné una melodía con los nudillos que indicaba que había llegado; eran dos golpes ligeros y uno más fuerte; era la manera de que mis familiares supieran que estaba en casa.

—¡Hermano! —me dijo mi hermano pequeño con mucha alegría.

Solo teníamos una cama en la que dormir y todos los días que tenía que ir a la escuela se despertaba ligeramente para desearme un buen día.

—Ya estoy aquí, espero que todo haya ido bien esta mañana. Papá, ¿no has ido a trabajar hoy?

—El jefe me ha dicho que me necesita fuerte y saludable mañana a primera hora, así que me ha dado el día libre. —dijo él con una sonrisa en la cara.

La comida estaba hecha y nos sentamos a comer todos juntos. La televisión (para los que no sepáis lo que es, es una placa metálica que se coloca en una superficie y que genera una imagen por encima, en el aire) mostraba las noticias que en principio no me harían pensar demasiado en nada. Tras media hora habíamos acabado de comer y mi padre, fumando su pipa, se quedó mirando una noticia a la que yo no prestaba atención.

—¡Demonios! Ya están de nuevo con sus disputas; este país no necesita meterse en ninguna guerra. —dijo con indignación.

Cuando escuché que mi padre decía eso, fue cuando me percaté de la situación: el general del ejército estaba haciendo un llamamiento a las armas, pidiendo a todos los mayores de 15 años y menores de 70, exceptuando las mujeres embarazadas, que se preparasen para una inspección. En la escuela nos habían enseñado que la última guerra en la que se había metido Delast fue hace 150 años. Yo tenía 19 años, por lo que no me salvaría de aquello, aunque me escondiera. Mi hermano menor tan solo tenía 4 años, por lo que se salvaría, pero en cuanto a mi madre y mi padre, serían llamados para acudir al ejército; probablemente mi hermano menor sería llevado a una casa de acogida donde algunos ancianos cuidarían de él hasta que la guerra se resolviera.

En la televisión decían que el ejército desplegaría sus drones a lo largo de esta semana para transportar a todo aquel que estuviera destinado a servir al país.

Me acosté aquel día, pensando y preocupado por no poder pasar más tiempo con mi familia, con mis amigos, estudiando. Pensaba en el parque que había cerca de mi casa; me gustaría haber pasado más tiempo allí sentado, meditando simplemente lo que iba a cenar y sin preocuparme por nada más. Me levanté de la cama y fui derecho hacia allí. Salí sin hacer el menor ruido para no despertar a nadie y paseé hasta aquel parque. La noche bañaba la plaza con su oscuridad, los grillos cantaban y se respiraba una tranquilidad que pronto desaparecería. De pronto vi a alguien sentado en el borde del lago, un lago tranquilo en el que había algunos peces que la gente del lugar alimentaba para que crecieran y se reprodujeran.

—Hola, ¿te interrumpo, Amanda? —dije cortésmente, pues no quería asustarla.

—No, no me interrumpes. Siéntate, James, siéntate conmigo a disfrutar del paisaje.

—¿Qué haces aquí tan sola?

—Tan solo pensaba… en… —dijo con un semblante triste.

—¿Es por lo que han dicho en las noticias, verdad?

—Sí, estoy preocupada. Yo no he luchado nunca, no me gusta la violencia y ni siquiera estoy dispuesta a hacer daño a nadie. ¿Cómo pretenden que una chica como yo se introduzca en una guerra de la que no sabe si saldrá con vida?

—Para serte sincero, Amanda… yo también estoy preocupado. No me gusta la idea de alejarme de mi hogar, de mi familia, de mi hermano. Vivirá encerrado en alguna casa de acogida, pasando los días con otros niños, alejado de su familia. ¡Por Dios! Tiene cuatro años; no pueden alejarnos así de él.

No podíamos negar que teníamos miedo, mucho miedo, y que por lo menos yo no quería dejar mi casa para ir a destruir los hogares de mis semejantes en otro país.

Pasadas dos horas, Amanda se fue. Me dijo que trataría de dormir, pero que no sabía muy bien por qué, ya que ahora que íbamos a ir a la guerra, no tenía ningún sentido continuar estudiando. No tenía sentido continuar yendo a la escuela. Yo asentí cuando me lo dijo y compartí con ella ese sentimiento. Quizá, pensé, no iba a acudir a la escuela durante la última semana y me dedicaría a pasar más tiempo con mi familia, ya que no sabía si los volvería a ver algún día. Así, después de pasar una hora más allí sentado, decidí volver a la cama y acostarme cerca de mi hermano; echaría en falta aquellos momentos cuando nos destinasen a algún otro país. Simplemente, no podía creer que aquello fuera a ocurrir.