Gaia: Los Reinos de Gea

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Summary

Gaia despierta en un valle envuelto en bruma, sin pasado, sin recuerdos, sin más pertenencia que su nombre. Al encontrarse con Belén, una joven campesina de un reino apartado llamado Slydale, empieza un viaje que la llevará a cruzar las fronteras de los siete reinos primigenios, los pilares míticos sobre los que se sostiene el mundo de Gea. Los sabios afirman que estos reinos fueron regalos de una diosa ancestral que deseaba un mundo de equilibrio y magia para los mortales. Pero algo ha salido mal. Los reinos están perdiendo la memoria de sus orígenes, olvidando a sus propios monarcas y hasta su propósito. La historia misma se borra ante sus ojos, como si una gran niebla lo consumiera todo. Esa niebla tiene un nombre que nadie osa pronunciar con claridad: el Olvido. En su andar, Gaia descubrirá lugares que parecen tener memoria, estatuas sin rostros, símbolos que arden con su presencia, y fragmentos de historias que parecen girar en torno a ella. Pero ¿Quién era ella antes de perder la memoria? ¿Por qué la magia reacciona a su paso? Mientras los reinos se desmoronan, Gaia deberá decidir si ayudar a restaurarlos para recobrar su memoria o dejar que el Olvido arrase con todo… sin saber qué sucederá, al hacerlo, podría despertar algo que lleva siglos dormido. ¿Te adentras a esta aventura?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

El viento entre las flores

El cielo estaba despejado, ni una sola nube manchaba el azul brillante, ni el más leve soplo del viento alteraba la calma. Solo se sentía el calor suave del sol y la paz tibia de un día que apenas empezaba.

Gaia abrió los ojos. Lo primero que vio fue un campo de flores blancas y azuladas que se mecían con gracia, el olor era dulce, como azúcar derretida, el aire estaba lleno del zumbido de las abejas, pero no resultaba molesto; era un sonido bajo y constante, como si la naturaleza cantara en voz baja.

Se incorporó con lentitud, todo su cuerpo le dolía, como si hubiera dormido sobre roca. Aunque estaba tumbada sobre hierba, tenía los músculos entumecidos. Se miró las manos nada en ellas le decía algo. No había anillos, ni marcas, ni cicatrices conocidas. Se palpó el rostro y el cuello, llevaba ropajes sencillos, una túnica clara de lino rústico y sin adornos. Nada que revelara quién era. Nada… excepto una palabra que no podía sacarse de la cabeza.

—Gaia —susurró.

Al decirlo en voz alta, sintió que algo se encajaba dentro de sí, como una llave en la cerradura correcta. No sabía qué significaba ese nombre, ni por qué lo sabía, Pero estaba segura de que era suyo.

Se puso de pie, tambaleándose al principio. El sol ya estaba alto, pero no había indicios de que pasara mucho tiempo desde que despertó. El valle era amplio, rodeado de colinas suaves cubiertas de más flores, a lo lejos se veían árboles frutales: manzanos, perales, incluso un par de higueras. Era un lugar hermoso, casi irreal, como un buen sueño. Pero no había caminos, no había casas, ni voces humanas, ni humo de chimeneas. Solo flores, insectos y ese silencio limpio que da la sensación de estar solo en el mundo.

Gaia dio un par de pasos. La tierra era blanda y húmeda bajo sus pies. No había barro, solo esa clase de suelo fértil que huele a vida. Una mariposa se posó en su hombro y luego se alejó flotando. No se sentía en peligro, pero la inquietud se agitaba lentamente en su pecho. Estaba sola. No tenía recuerdos. Y no sabía si alguien vendría a buscarla.

Entonces, el crujido de una rama la hizo girar.

Más allá de un seto bajo, una chica joven forcejeaba por trepar un manzano. Estaba subida a una rama, estirando el brazo para alcanzar una manzana roja y brillante.

—¡Vamos…! Solo una más… —refunfuñaba entre dientes.

Gaia se acercó, intrigada. En ese instante, la rama cedió y la chica perdió el equilibrio. Gritó.

—¡Cuidado! —gritó Gaia, corriendo hacia ella.

La joven se aferró al tronco, pero cayó de un salto mal calculado, tropezó con una raíz y estuvo a punto de caer de bruces, pero Gaia llegó justo a tiempo para tomarla del brazo y estabilizarla.

—¡Uf! —resopló la chica, riendo—. Por poco, Gracias.

Gaia también sonrió, aliviada.

Ambas se miraron. La joven tenía el cabello castaño oscuro recogido en una trenza rápida, la piel morena y pecosa, los ojos color avellana, su ropa era sencilla: blusa remendada, falda de lino y botas gastadas por el uso. Tenía las manos manchadas de tierra, pero la sonrisa más honesta que Gaia había visto jamás… aunque tampoco tenía muchas con qué comparar.

—¿Tú no eres de por aquí, verdad? —dijo la chica, ladeando la cabeza.

—No lo sé —respondió Gaia—. Desperté en el valle y no sé cómo llegué. Ni quién soy, en realidad.

La joven entrecerró los ojos.

—¿Ni siquiera tu nombre?

Gaia dudó un instante, luego asintió.

—Gaia. Es lo único que recuerdo.

—Gaia… —repitió la otra, bajando la vista un segundo. Parecía pensativa, aunque su expresión cambió rápido a una sonrisa—. Pues es un nombre lindo. Me gusta.

—¿Y tú? —preguntó Gaia— ¿Cómo te llamas?

—Belén. Vivo cerca… bueno, relativamente. Estaba recogiendo manzanas para una tarta de azúcar ¿Has probado la tarta de flor dulce?

Gaia negó con la cabeza.

—Claro que no —rió Belén— Si ni siquiera sabes dónde estás, Estas flores —dijo, señalando las que cubrían el valle— se llaman Azurflor. Con ellas se hace el azúcar más fino de Slydale.

—¿Slydale?

—El reino en el que estás. Es uno de los siete Reinos Primigenios, aunque a este se le conoce más por su otro nombre: el Reino de la Serpiente.

Al oírlo, un escalofrío recorrió a Gaia. No era miedo… era como si su cuerpo reconociera el nombre antes que su mente. Pero decidió no mencionarlo.

—Puedo llevarte a la ciudad si quieres —continuó Belén— Tal vez alguien te reconozca. Y si no, hay comida, agua, y gente amable. Bueno… la mayoría.

—¿Y si nadie me reconoce?

—Entonces serás la chica de las flores. Y créeme, en un sitio como este, eso ya es historia.

Belén echó a andar, y Gaia la siguió. Caminaron en silencio unos minutos entre las flores, Gaia notó que, aunque el paisaje era sereno, algo en el ambiente estaba… incompleto, Como si hubiera huecos invisibles en el aire. Pensó en preguntarlo, pero no supo cómo.

—¿Siempre ha sido así este lugar? —preguntó al fin.

—¿Cómo?

—Tan… tranquilo. Tan vacío.

Belén se detuvo.

—No siempre. Antes había más gente aquí, más casas, más trabajos. Pero últimamente, la gente ha empezado a olvidar cosas. Nombres, caminos… incluso a personas. Algunos dicen que es por el tiempo. Otros creen que es algo peor.

—¿Peor?

Belén bajó la voz.

—Se rumorea que el Olvido ha despertado. Que algo está… borrando la memoria de los reinos, Poco a poco.

Gaia frunció el ceño.

—¿El Olvido?

—Una vieja historia. Un mito, supongo. Dice que cuando los reinos olviden su origen, caerán. Nadie le hacía caso, claro… hasta que empezó a pasar de verdad.

Gaia sintió un vacío en el pecho, como si esa explicación encajara demasiado bien con su propia situación.

—¿Tú también has olvidado cosas?

—No lo sé —respondió Belén, encogiéndose de hombros—. ¿Cómo sabes si olvidaste algo… si lo olvidaste?

Gaia no respondió. Siguieron caminando, y el perfume de las Azurflores se volvió más intenso con el calor del sol. Belén recogió un ramillete y se lo tendió a Gaia.

—Toma. Esto te va a abrir el apetito.

—Gracias.

—Mi madre dice que cuando una desconocida aparece en un campo de flores dulces, es una señal… o una bendición.

—¿Y tú qué crees que soy?

Belén sonrió de nuevo.

—No lo sé. Pero siento que hoy algo cambió. Todos los días pasan cosas nuevas, sí. Pero hoy... hoy se siente distinto.

Y por alguna razón que no entendía, Gaia también lo sentía.

El camino hacia la ciudad fue tranquilo, bordeado por campos de cultivo y algunos comerciantes que saludaban a Belén al pasar. Gaia no podía evitar mirar todo con una mezcla de asombro y desconcierto: los árboles frutales, los caminos empedrados, los pequeños animales que cruzaban los pastizales. Todo le resultaba nuevo, pero extrañamente familiar.

—Ya casi llegamos —dijo Belén, señalando con la barbilla una muralla de piedra color ámbar que se alzaba más adelante—. Esa es la puerta sur. Entraremos por allí.

Sin embargo, al acercarse, se encontraron con un pequeño grupo de soldados vestidos con armaduras livianas y espadas cortas, rodeando a un hombre mayor. Parecía agitado, con la ropa desgastada y el cabello enmarañado. Tenía la piel curtida por el sol y sostenía un bastón torcido, adornado con lo que parecían ser cuentas de vidrio verde.

—¡Otra vez tú, Marcos! —exclamó uno de los soldados—. Ya es la cuarta vez este mes que nos llaman por tus escándalos. Deberías ir al albergue, ayudar a las musas con la cocina, en vez de aterrar a los comerciantes con tus delirios.

—¡No son delirios! —gritó el hombre, tambaleándose al intentar levantarse del suelo polvoriento—. ¡Lo he visto! ¡Slydale está perdiendo su vínculo con las divinidades, El jade se está agrietando y la tierra se marchita!

Uno de los guardias se acercó para ayudarlo a incorporarse, pero Marcos retrocedió de golpe.

—¡No me toques! —bramó—. ¡Ustedes no entienden! ¡Nadie quiere ver lo que está justo frente a sus narices!

Gaia se detuvo junto a Belén, ambas observaban la escena sin ser notadas. Había algo en las palabras del anciano que le estremecía. Jade, divinidades, tierra que se seca... eran frases sueltas, que trataba de entender.

Los soldados intercambiaron miradas, cansados.

—Está bien, Marcos, te dejaremos en paz hoy —dijo otro—. Pero si vuelves a causar alboroto, te llevaremos ante los jueces de la paz. Ya nadie quiere oír tus profecías.

Los soldados se retiraron murmurando. Marcos permaneció de pie, respirando con dificultad. Al volverse, sus ojos se cruzaron con los de Gaia. Por un instante, se quedó helado.

—Tú… —dijo con un tono que era más reverencia que sorpresa.

Gaia frunció el ceño.

—¿Yo qué?

Marcos no respondió de inmediato. Caminó hacia ellas, el bastón repicando contra las piedras.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Belén, sin poder evitar la curiosidad.

—Desde hace años —comenzó Marcos, bajando un poco la voz— se empezó a comerciar jade en Slydale, como nunca antes, era un recurso sagrado, no una piedra cualquiera, sino una bendición que solía ser custodiada. Pero la ciudad se volvió ambiciosa. Rica. Los comerciantes ganaban tanto que dejaron de dar ofrendas. Dejaron de rendir homenaje. Y con eso… comenzó la decadencia.

—¿La decadencia? —intervino Gaia— ¿De qué hablas?

Marcos la miró con seriedad, como si esperara esa pregunta.

—Cada diez años se celebraba el Renacimiento —interrumpió Belén, suavemente—. Era una ceremonia en honor a los regentes. Se dice que cuando Gea se fragmentó, su poder se dividió en siete auras que unieron a un mortal como guardián de cada reino. Cada siglo, uno nuevo surgía como parte de ese poder. Pero hace mucho que no renace ninguno… Así que, con el tiempo, las ofrendas se convirtieron en leyenda, supongo... Una tradición olvidada. Nadie cree ya en eso, salvo algunos ancianos.

Marcos golpeó el suelo con su bastón.

—¡No es una leyenda! ¡Es la verdad! Cuando se hacían las ofrendas, la ciudad florecía, Las cosechas eran abundantes, los conflictos escasos, la tierra cantaba. Pero dejaron de creer. Se volvieron arrogantes. Olvidaron a Gea. Y ahora… el poder ha abandonado al regente.

—¿Regente? —repitió Gaia— ¿Quién es el actual?

—Ymos —respondió Marcos, y al decir ese nombre, hizo una mueca amarga— Un comerciante convertido en líder. Al principio cuidaba bien de la ciudad, pero hace años que no pisa los templos, No habla del Renacimiento Solo le interesa el comercio del jade y las rutas del este. No puede proteger lo que ya no entiende.

Gaia sintió una punzada en el pecho, aunque no sabía por qué. Todo esto era nuevo para ella ¿O no?

—¿Y qué tiene que ver eso con el jade? —preguntó con cautela.

—El jade es un cristal de memoria —susurró Marcos—. Un regalo de Gea. Las antiguas piedras de las montañas aún recuerdan la voz de la diosa. Pero ahora se quiebran, Ya no cantan, porque nadie escucha.

Belén tragó saliva, incómoda.

—Ya has dicho bastante por hoy, Marcos. Vámonos, Gaia. Este tipo puede hablarte horas enteras si lo dejas.

Marcos no se apartó. Dio un paso hacia Gaia y le tendió algo: una pequeña piedra de jade pulida, con un grabado casi borrado por los años. Al tocarla, ella sintió una punzada repentina en el pecho, Era leve, como si algo dentro de ella hubiese despertado, o recordado.

En ese mismo instante, la piedra se iluminó brevemente con un brillo suave, esmeralda, apenas un parpadeo de luz.

Gaia tragó saliva, confundida. Bajó la mirada a su mano, pero cuando volvió a mirar a Marcos, él simplemente la observaba en silencio, desconcertado. No dijo nada del destello, Tal vez lo había notado. Tal vez no.

Gaia cerró la mano en torno a la piedra, como si instintivamente quisiera protegerla o esconderla.

—Tú… deberías quedarte con esto —dijo el viejo al fin—. No sé por qué… pero creo que pronto lo entenderás.

Belén le dirigió a Marcos una mirada incómoda y luego miró a Gaia.

—No le hagas mucho caso. Está un poco loco, pero no es malo.

—¿Y si no está loco? —susurró Gaia.

—Entonces, estamos en problemas —respondió Belén, forzando una sonrisa— Vamos, te llevaré con mi madre. Si no me equivoco, justo hoy hace tarta de manzana y azúcar de flor.

Mientras cruzaban la puerta de la ciudad, Gaia no pudo dejar de mirar la piedra dentro de su mano. Aunque ya no brillaba, aún sentía ese cosquilleo en el pecho, Como si el jade le hablara O como si esperara algo de ella.