Y Pagaré el precio

Summary

Jimin nunca imaginó que escapar cambiaría tanto su destino. Dejó atrás promesas rotas, un altar vacío y una ciudad que nunca le perteneció. En un pueblo que parecía dormido en el tiempo, encontró algo que no buscaba: a Jungkook. Con ojos llenos de sueños y cicatrices que no se ven, Jungkook es todo lo que el amor debería ser y nunca fue. Pero amar también puede doler. Y hay precios que se pagan sin promesa de consuelo.

Genre
Romance
Author
🐶
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

¿Dónde estuvo mal? Se preguntaba mientras intentaba recapitular cada momento que estuvieron juntos, y es que Jimin no lograba entender qué parte de la historia fue manchada con sangre y lágrimas. En estos momentos podía sentir la húmeda nieve cayendo sobre su rostro, reposándose en sus pálidos brazos, en sus redondeadas mejillas y en su cabello. De verdad deseaba que las cosas hubieran funcionado, no podría pedir algo más. Su familia estaba expectante, su madre probablemente estaría decepcionada de las elecciones que había tomado en su vida, pero esta elección fue la peor de todas. Era como tirar todo su futuro a un abismo, como dejar todo lo que lo podría salvar por una cuesta. Y Jimin sentía que se lanzaba a un pozo sin fin, sin ningún soporte, ni una mano caritativa que estuviera a punto de salvarlo antes de caer en el fondo. Solo sentía el viento romper sus ropas y lastimar su rostro. Caía profundamente, y la oscuridad lo envolvía cada vez más. A lo lejos, y por detrás, podía percibir una tenue luz indicándole que ya estaba muy lejos de la felicidad que el sol daba.

Huir. Se dice que es para cobardes. O al menos eso es lo que Jimin siempre había pensado. No sabía que algún día huiría de esta manera. Recordaba la primera vez que le metió el pie a Chanhyun, el matón de la escuela. Jimin estaba cansado de lo pesado que era, de que siempre se metiera con él por su físico, por ser pequeño y por tener la cara un poco afeminada. Entonces, en clase de matemáticas, Jimin le metió el pie. Todos se rieron y Jimin también, hasta que lo vio levantarse e hizo contacto visual con él, dándole a entender que las cosas no se quedarían así. Jimin no huyó. No huyó cuando el profesor lo castigó, ni cuando lo enviaron a barrer y trapear el pasillo, y tampoco huyó cuando, a la salida, Chanhyun y sus amigos lo estaban esperando. Ni cuando lo acorralaron y lo golpearon. Ese día llegó con un ojo morado a casa, pero con su orgullo por los cielos.

No huía, porque eso significaba no estar seguro de sus decisiones, y ahora estaba corriendo, sin querer voltear a ver detrás. Sentía las miradas de todos los transeúntes posadas en él. Probablemente no sabían qué le pasaba, pero sí lo veían correr sin parar, escapando del miedo, de la tristeza, de la decepción, de todo lo que significaba haber dejado en el altar a Min Yoongi.

Y recordaba los días que había pasado con Yoongi. Habían comenzado relativamente bien.Jimin no podía estar más contento con el hombre que le había tocado. Yoongi era atento, amable, tenía un buen trabajo y era un hombre de familia. Además, se podía nadar en dinero. Su familia era dueña de una agencia de carros, y no se refería a la agencia de la ciudad en sí, sino a la empresa entera. Los Min habían creado los mejores carros eléctricos que Corea del Sur tenía para exportar al mundo. Min Yoongi era el hermano del medio. Se conocieron porque su padre era un trabajador del Sr.Min, y en una cena de la empresa, la magia sucedió. Sus padres gritaron de alegría cuando se comprometieron. Su madre, en un movimiento demasiado perspicaz, compró un departamento en medio de Gangnam, en Seúl. Bueno, ahora serían de la familia Min, claro que se lo podrían permitir. En algún momento, Yoongi se haría cargo de todos ellos.

Las cosas marchaban bien con Yoongi, y cuando Jimin lo veía a los ojos, no lograba entender qué era lo que Yoongi había notado en él. ¿Qué fue lo que lo hizo tomar la decisión de comprometerse? ¿Por qué Yoongi se enamoró de Jimin? No lo entendía.

En la penumbra de la noche, estaban acostados en la cama de Yoongi, con una vela aromática encendida en la mesita de noche. Yoongi acariciaba su hombro derecho y lo miraba directamente. Jimin percibía esa sonrisa satisfecha en su rostro. Delineó cada rasgo de ese hombre. Sus cejas pobladas se posaban firmemente sobre sus ojos afilados, oscuros, con unas pestañas largas que, al cerrarse, descansaban sobre sus mejillas. Su nariz era afilada y larga, lo que daba pie a sus labios pequeños pero llenos. Jimin lo observaba con detenimiento y, aunque buscaba las respuestas a preguntas que probablemente nunca podría resolver, era una manera de evadir la verdadera pregunta que pesaba sobre su mente al mirar el rostro de Yoongi.

—¿Qué pasa? —susurraba Yoongi, mientras seguía acariciándolo. El frío toque de sus dedos se paseaba por sus desnudos hombros. El choque de temperaturas estremecía su cuerpo, pero nada más.

—Nada, solo pensaba en lo afortunados que serían nuestros hijos si heredaran esas pestañas tuyas.

Yoongi solo sonrió tontamente mientras le decía:

—Hay que dormir ya.

Jimin le devolvió la sonrisa. Claro que lo entendía. Sabía que Yoongi veía en él inocencia, humildad e inteligencia. Se lo había dicho muchas veces. Además, Yoongi quedó prendado de Jimin desde el primer momento que lo vio. Lo estuvo siguiendo por días, hasta que descubrió quién era su familia y que el padre de Jimin era contador en la compañía de su padre.

El cabello castaño de Jimin no era lo único que había enamorado a primera vista a Yoongi. Su fino rostro enmarcaba todo lo que le parecía bello en el mundo: sus ojos de cachorro, su pequeña nariz y su boquita eran cosas que lo habían enamorado. Además, su cuerpo se prestaba a la lujuria.

Aun así, Jimin no pudo dormir esa noche. Claro que no. No podía dormir pensando: ¿qué hacía ahí? ¿Por qué estaba en la cama de Min Yoongi? Jimin no entendía por qué su corazón no se llenaba con Min Yoonhi. ¿Por qué su aroma no le parecía lo más hipnotizante de este mundo? ¿Por qué sus bellos ojos no lo escandalizaban? ¿Por qué su suave toque no lo emocionaba? ¿Por qué tenía que estar al lado de Min Yoongi cuando no le gustaba nada de él? Cuando preferiría estar colgado de un pie boca abajo antes que seguir una hora más con Yoongi.

Jimin aprendió a odiar a Yoongi, porque odiaba todo lo que representaba. Odiaba que había tomado su libertad y lo había atado a él con toda su familia. Odiaba que todos sus amigos pensaran que comprometerse con Min Yoongi era como ganarse la lotería. Odiaba que las señoras de los centros comerciales los felicitaran por la linda pareja que hacían. Odiaba que Min Yoongi le abriera la puerta del carro cuando iban a cenar. Odiaba que la madre de Min Yoongi le hubiera apodado Minnie.

El día de su boda, Jimin no pudo resistirlo más. Mientras se veía en el espejo, se preguntaba: ¿qué hacía ahí? ¿Por qué estaba sucediendo todo eso? ¿Por qué su persona se estaba convirtiendo en una extensión más de Min Yoongi?

Y, en esa frágil tarde de enero, decidió escapar por la ventana.

Era libre.

Por fin, Jimin era libre.

Huir. Huir no parecía más que el acto más noble y valiente que había tomado en su vida. Huir era de héroes, héroes a los que les había sido robado su derecho a decidir. La manera de tomar decisiones no se regía por lo que el mundo dictara. Huir era una manera de desafiar a la sociedad. Todo lo que conocía se podía cancelar al momento de huir. Huir era placentero y huir era la respuesta a todas sus preguntas. Huir no era malo, era el acto de rebeldía y poder que había necesitado. A veces, para huir, hay que ser fuerte, y Jimin tomó la poca fuerza que le quedaba para huir. Muchos lo maldecirían, pero se había salvado a sí mismo y había salvado a Yoongi.

En algún momento, se lo agradecerían.

No llegó a su departamento esa noche; se hospedó en un hotel de dudosa procedencia en el centro de la ciudad. Al llegar, pudo percibir la mirada de lástima que la recepcionista le dirigió, los cuchicheos de las señoras de limpieza pasaron por sus oídos y sus húmedos zapatos dejaron una huella en cada paso que daba. Quizá la gente lo percibía como el pobre chico que no se casó.

Su saco, de un azul sobrio, tenía unas aberturas en las mangas, de cuando intentó escapar por la ventana. Se sentía como si hubiera huido de prisión. Era el prófugo de la restricción, de la infelicidad, de lo que no quería. Cuando llegó a su habitación, solo atinó a quitarse la ropa y lanzarse sobre la cama. No encendió las luces, no acomodó ninguna prenda que había arrojado por la habitación, no observó el lugar. No había tiempo. Solo durmió.

Su teléfono sonaba sin parar: diez llamadas perdidas de Yoongi, otras de su madre, su padre, sus suegros, sus hermanos... todos lo buscaban. Pero Jimin no podía dejar los brazos de Morfeo. La paz que sentía en esos momentos nadie se la podía arrebatar. Su cuerpo, por fin, descansó de todo lo que lo atormentaba.

“Qué exageración”, pensarían. Su vida le había sido regalada en bandeja de oro, de diamantes, en el momento en que Min Yoongi posó sus ojos en él. Pero no era lo que quería. No era lo que necesitaba.

A la mañana siguiente, se levantó sin mucho ánimo. El hecho de que la noche hubiera terminado era la señal de que no podía retractarse. Ya había dejado a Min Yoongi definitivamente.

Tomó su teléfono y vio cientos de mensajes. Su madre lo maldecía, Yoongi estaba preocupado por su paradero y sus hermanos le decían cómo había arruinado su vida con esa decisión irresponsable.

Se dio una ducha y salió del hotel. No quería quedarse mucho tiempo ni que descubrieran dónde estaba. Mientras subía a un taxi, recibió una llamada de su amigo Taehyung. Con él no tenía problemas. Taehyung sabía exactamente lo que pasaba por la mente de Jimin. Eran esas amistades en las que, con solo verse a los ojos, entendían lo que pensaban. La conexión era tal que Taehyung le dijo que se negaba a verlo entregarse en esa boda a un hombre que no amaba. Jimin lo vio como un acto benevolente. Su amigo lo apoyaba.

—Escuché que escapaste —le dijo Taehyung al otro lado de la línea. Se podía oír una tenue risa entre palabras—. No pensé que tendrías las bolas para hacerlo.

—Sabes que no podía soportarlo más. Le hice un favor a su familia. La mía se habría aferrado a su dinero como sanguijuelas. Además, no podía hacerle eso a Yoongi. Sería infeliz a mi lado.

Taehyung solo suspiró al otro lado de la línea. Sabía cómo era su amigo.

—Claro, sí, entiendo, pero...

Un “pero” más en esos momentos era lo último que Jimin quería escuchar.

—Estoy feliz con mi decisión, Tae —dijo, y cortó la llamada.

Desde el taxi, veía la ciudad de Seúl pasar. Sus grandes rascacielos, los miles de autos, las luces estridentes, la gente apurada por las aceras... Seúl era todo lo que conocía. Nunca había salido de esa ciudad, y era como si todo lo que supiera estuviera mal. Jimin lo entendió en ese instante: no valía la pena regresar. No ahora.

Tomó su teléfono y marcó aquel número conocido. Las manos le temblaban, pero estaba decidido. Cuando Yoongi descolgó del otro lado, Jimin comenzó a hablar rápidamente:

—Yoongi, perdóname. De verdad, perdóname. Fui una persona muy cruel contigo. Lo siento por lo que te hice a ti, no lo siento por nadie más: ni por tu familia, ni por la mía, ni por mí... sino por ti. No estaba listo, y creo que nunca lo estaré. Perdóname, por favor. No le quites el trabajo a mi padre, él no tiene nada que ver en esto. Te prometo que algún día te lo recompensaré. Encontrarás a la persona indicada... yo no lo era. Lo siento. No pude serlo. Lo intenté, de verdad, lo intenté demasiado...

Podía sentir las gotas saladas desaparecer en las comisuras de sus labios. El hipo no le dejaba hablar con claridad. Su corazón estaba destrozado... por compasión, por empatía, porque había roto el corazón de Yoongi. Y lo sentía tanto.

En algún momento, siempre hieres a alguien bueno. En algún momento, siempre rompes el corazón de un hombre bueno. Y dolía. Dolía demasiado.

—Yoongi... perdóname.

Y solo pudo colgar. No quiso escuchar lo que Yoongi respondería. No podía enfrentarse a esta nueva realidad.

El taxi lo dejó en la estación de autobuses. Tenía unos pocos wones para sobrevivir una semana. Para poder sacar todo de su pecho, tenía que escapar de Seúl. Tomó el primer boleto a un pueblo costero del que ni siquiera sabía en qué parte del mapa se encontraba.

Ya en el vagón, solo le venían recuerdos de lo que alguna vez llamó vida, como la primera vez que Yoongi lo invitó a una cita. Su rostro no destilaba alegría ni emoción; era un contraste puro con la euforia de su familia al enterarse. Recordaba tomar la mano de Yoongi por mero protocolo, entendiendo que era algo que los enamorados debían hacer.

Y cuando lo hacían, podía sentir su toque, su aliento chocando con el suyo, pero nunca veía las estrellas que muchos decían sentir al hacer el amor. Su cabeza no se perdía, su mente no pedía más, su cuerpo no se entregaba. Era sexo sin emociones de por medio.

Jimin lo hacía para hacer feliz a Yoongi, porque no estaba seguro de nada. Nunca antes había tenido una relación seria, nunca había besado a alguien, hasta aquella noche de marzo en la que, bajo un cerezo, Yoongi le robó la inocencia de sus labios. Un beso delicado, sutil. Sus labios se rozaron y la diestra de Yoongi se posó en su mejilla. Fue la primera y última vez que su corazón revoloteó por él... o quizás solo fue por la sensación de ser besado por primera vez. No lo sabía.

Con esos pensamientos en mente, Jimin se quedó dormido, soñando con una nueva vida, deseando empezar de nuevo, esperando un mundo desconocido, anhelando volver a ser él mismo.