¿Que espero de este año?
Esta historia es para vos. Para vos que aprendiste a vivir en la sombra. Para vos que soñaste con encajar mientras todos parecían tener un lugar… menos vos.
Me despertó el mismo ruido de siempre: el timbre del despertador sonando como una alarma de incendio que nadie piensa apagar.
Cerré los ojos otra vez, como si pudiera engañarme y volver a dormir. Pero no. Hoy no hay escape. Hoy arranca quinto año. El famoso último año. Ese que, según dicen, “te cambia la vida para siempre”.
Sí, claro. Como si un día te levantas y pum: adulta funcional, segura, lista para comerse el mundo. Spoiler: no pasa. Yo sigo siendo la misma sombra con rizos que fui siempre. Me quedé mirando el techo. Esa sensación rara volvió a apretarme el pecho.
El vacío. Ese que ya se siente más familiar que tu propia familia. Más normal que respirar. Un pensamiento me golpeó la cabeza como un ladrillo: Este año… no tengo ganas. Nada. Cero.
Me senté despacio, como si tuviera que juntar las piezas de un cuerpo roto. Busqué ganas en algún rincón del cuarto. Nada. Mi habitación estaba igual que siempre: Paredes violetas que yo no elegí (gracias, mamá). Un escritorio con libros apilados.
Un montón de cosas que dicen “vida normal”, pero que no se sienten así. Mis gatas, en cambio, eran un cuadro perfecto: Tiradas en posiciones imposibles, como si el tiempo fuera un invento humano que ellas no compran. Chispita levantó la cabeza apenas, me miró con ojos entrecerrados, como diciendo:
“¿De verdad vas a levantarte?”. Yo tampoco quería.
—¿No me querés cambiar el lugar...? —le dije.
Se estiró, dio media vuelta y me mostró la espalda.
Traducido: arréglate sola. La entendía.
Me paré frente al espejo. Ahí estaba yo:
Pelo rizado, largo porque a mamá le encanta. A mí… no tanto. Pero ya aprendí a lidiar con él:
Cremas de definición, cepillos de todos los tamaños, el kit completo. Todo ocupando medio escritorio, casi todo regalos que no pedí.
Me miré un rato. No me gusta, pero tampoco lo odio. Supongo que estoy en esa zona gris donde nada importa lo suficiente. Todo el verano me la había pasado así haciendo nada, existiendo, porque aunque si no se dieron cuenta, no, no soy adolescente de Disney, en realidad Disney me mintió, en la escuela nadie canta por los pasillos, horrible.
—¡Grecia! ¿Querés bajar, por favor? ¡Dale, nena, que se te hace tarde para el primer día! —gritó mamá desde la cocina, con ese tono que combina cariño y amenaza.
Respiré hondo, como si el aire pudiera blindarme. Spoiler: no funciona. Bajé. Nos subimos al auto. El viaje fue en silencio… bueno, de mi parte. Mamá se dedicó a llenar el aire con su sermón habitual, les dejo una versión resumida de su discurso:
—Que no te juntes con cualquiera, pero tampoco te aísles porque las chicas que no hablan son raras. No hagas quilombo, pero habla un poco porque si sos muy callada es molesto. No tenés permiso para salir, pero entiendo si querés divertirte.
¿Quién la entiende? Es infumable. Yo solo repetía un mantra mental: aguanta hasta llegar.
—Sí, ma… No, ma… quédate tranquila —contestaba con monosílabos, con la vista pegada a la ventana, 16 años casi 17 y todavía no podía irme sola a la escuela, por dios. Mientras yo contemplaba mi existencia con una mezcla de comprensión y autodesprecio, ella seguía recordando su adolescencia dorada:
“yo hacía lo que quería”, “vos no te das cuenta de la suerte que tenés”.
Cinco minutos eternos después, estacionó frente a la escuela.
Bajé.
Y ahí estaba: el olor. Ese combo mortal de lavandina barata, humedad y sudor adolescente. Me pegó como un cachetazo.
Caminé por los pasillos mirando los mismos afiches descoloridos que llevan años ahí. Mismas paredes, mismas caras… y algunas nuevas.
Todo igual, pero distinto. O capaz soy yo.
Entré al aula que me había tocado ese año y me senté al lado de la ventana, la que da al pasillo. Siempre elijo ese lugar.
Desde ahí veo pasar gente, como si el mundo fuera una película donde ni siquiera aparezco en los créditos.
—A ver qué me tocó este año… —murmuré para mí.
Miré alrededor. Caras conocidas mezcladas con otras que no. Nadie llamaba la atención… salvo él. Un chico encapuchado, sentado atrás mío. Capucha negra, mirada clavada en un cuaderno. Dibujaba algo, no pude ver qué. Tenía esa vibra de “no quiero estar acá”. Me sonó familiar.
—¡Hola! Soy Renata, ¿Cómo te llamas?
Me giré. Pelo corto, desordenado, lentes negros y una sonrisa firme. Se sentó a mi lado sin esperar respuesta. Yo me quedé en blanco. Siempre me pasa cuando me habla gente que no conozco: pienso tanto en cómo sonar que tardo siglos en contestar.
—Grecia… —logré decir.
Me sentí re boluda. Era la primera persona que me hablaba sin pedirme nada en cinco años que llevaba en la escuela.
—Grecia… qué intenso. Pero te queda. Va con tu aura —dijo, guiñándome un ojo.
No sonaba a burla. Tenía esa mirada honesta que incomoda un poco, como si te estuviera leyendo. Era de esas chicas que te miraban directo a los ojos.
—Esta escuela es un embole. Más el primer día —agregó mientras sacaba cosas de la mochila.
¿Así de fácil era hacer una amiga? ¿Por qué me había costado tanto todos estos malditos años?
Hablamos un rato. Bueno, habló ella; yo asentía, sonreía, decía “ah, mira vos” como una máquina bien programada.
Renata hablaba como si ya me conociera. Tenía esa energía que te arrastra, que te hace sentir menos sola sin darte cuenta. De esas personan que dan calidez sin pedirte nada
Entró el preceptor. Alto, flaco, con cara de “perdón por existir”. Y con un tono de voz igual. Empezó la clásica presentación sobre normas y horarios. Mi mente se fue a cualquier lado… hasta que escuché una voz grave detrás mío:
—Che… ¿no tenés goma?
Era él. El encapuchado. Lucas, supe después. Su voz era rasposa, ronca, bastante gruesa, casi amarga, no parecía forzado, parecía que su voz era naturalmente así
Le pasé la goma con los dedos temblorosos, sin saber por qué. Lo miré un segundo. Ojos oscuros, cansados. Pero en ese segundo sentí algo raro: como si alguien corriera una cortina y me dejara ver… y me viera.
Renata empezó a garabatear en el banco con marcador negro. Dudé un momento… pero la imité.
Sentía bastante miedo al principio, bah no miedo, si no como vergüenza ¿y si nos ven? ¿y si nos retan? Es el primer día, que vergüenza por dios.
Después me di cuenta: Nadie nos ve. Nadie nunca me ve. Aunque este sola...aunque este acompañada.
La puerta del salón se abrió y entró la profe de Lengua. Joven, con esa actitud de “soy re copada porque soy nueva”.
—A ver chicos… —palmeó las manos con sonrisa forzada— Sé que es temprano, que están cansados, que es el primer día… pero vamos a ponerle onda, ¿dale? Vamos a presentarnos: nombre, tres cosas que les gusten y qué esperan de este año.
Odio esto. Los profesores realmente actúan como si les importara un carajo de nuestra vida.
—Esto va a ser un bodrio… —le susurré a Renata.
—Dale, Rulitos, peor sería dar clase —me tiró con media sonrisa.
¿Rulitos? Bueno… supongo que ya tengo apodo. Cuando le tocó a Renata, se paró como si fuera lo más natural del mundo:
—Me llamo Renata, hago acrobacia en tela, toco violín y hablo italiano. Este año espero no llevarme nada.
Así, tranqui. Como si nada. Yo la miraba como diciendo: ¿Cómo hace para decir todo eso sin trabarse? Para mi era un bicho raro, pero mal.
En cambio cuando me tocó a mi fue mas como...:
—Me llamo Grecia… me gusta leer, dibujar… Tengo tres gatas que duermen todo el día… Y no sé qué espero de este año.
Aprobar todo. No estar sola. No ser invisible, que el profesor de física no me joda como los años anteriores, que me dejen de hablar pibes que me caen mal...no se.
Al final no dije nada más. Nadie dijo nada, sin comentarios, ni susurros...a nadie le importo realmente, solo Renata que le sonrió y pregunto con curiosidad genuina:
—¿Tenes gatas? Que lindo ¿Cómo se llaman?
—Daysae, Chispita y Dulce.
Atrás, sin levantar la cabeza:
—Lucas —dijo con la misma voz gruesa con la que me pidió goma.
Corto. Frío. La profesora no insistió más, seguro ya se conocían de otros años, o quien sabe..
El resto de la hora pasó entre los intentos de la profesora que parecía no poder poner realmente un punto a la avalancha de pibes que no dejaban de hablar.
Renata se había puesto sus auriculares, no le gustaba mucho literatura, o capas se desconectaba cuando quería.
La miraba escribir palabras sueltas en un cuaderno que estaba cubiertos de stikers de distintas bandas que no conocía. Parecía vivir en un mundo paralelo donde todo estaba permitido.
Me gustaba eso de ella, no le debía nada a nadie, iba siendo libre, me hacía sentir algo... No era envidia. Era como ver algo que querés ser, pero sabes que nunca vas a lograr. Al menos no sin sentir que decepcionas a todo el mundo... O al menos a la mayoria.
Cuando sonó el timbre, Renata se giró con esa sonrisa que ya era suya:
—Pásame tu Insta y tu número, Rulitos —dijo mientras lo anotaba en su teléfono, se lo dije, ¿Qué perdía?. Se fue caminando con auriculares, cantando algo que yo no conocía.
Salí despacio, atesorando los pocos momentos de libertad antes de volver a mi casa. Afuera, mamá me esperaba en su jaula de cuero caro y perfume que desde chica se sentía invasivo. Me hundí en el asiento como si pudiera desaparecer. Esperaba hacerlo, no tenía ganas, pero seguro que a su madre no le importaba
—¿Cómo te fue? ¿Hiciste alguna amiga? —preguntó con esa voz que no espera respuesta.
—Sí… hice una amiga. Se llama Renata —contesté, dudando un poco, pensando cada respuesta como si fuera una partida de ajedrez y me sorprendí sonriendo sola. No solía hacerlo.
—Mmm. Qué nombre raro. Bueno, que no te distraiga, ¿sí? Este año es importante. Quiero buenas notas. Mejores que el año pasado. ¿Está claro, Grecia? —dijo mirándome por el retrovisor. Esa mirada que te hace sentir que nunca sos suficiente.
Asentí mientras me encogía en el asiento. Para ella, un ocho no vale nada. Siempre falta algo. Siempre puedo ser más. Más que yo. Más de lo que soy. Pero no alcanza. Nunca alcanza. Nunca soy suficiente. Nunca lo seré.
Cuando llegamos, subí directo a mi cuarto. Sin esperar nada, mi hermano menor también acababa de llegar, no me importo, no lo salude. Las paredes violetas me recibieron con su falso abrazo.
Me tiré en la cama y sentí el peso liviano de Chispita sobre mi pecho, aliviando el peso del día. Dulce se acurrucó en mis piernas. Daysae saltó al lado mío. Ellas sí son mías. Ellas me eligen. Sin reclamos, sin intentar cambiarme... Amaba a mis gatas...se notaba mucho? Nah no creo
Agarré el celular. Vibraba con notificaciones.
Lo desbloqueé y vi:
“Rena_2412 ha solicitado seguirte.”
Sonreí. Capaz este año no estoy tan sola. Le di aceptar.
Mientras miraba sus historias llenas de fotos raras y frases en italiano, apareció otra notificación:
“Lucas_BBA ha solicitado seguirte.”
Me quedé mirando el nombre unos segundos. Mi corazón dio un pequeño salto. Creo que este año sí va a ser diferente.
¿Que espero de este año...? De este año espero dejar de ser invisible