Prólogo
Prólogo
"Esta tierra nunca vio la oscuridad... nunca conoció la compañía sombría de una luna ajena en su cielo. Hoy es diferente."
La voz de una Valquiria, apenas un susurro frente al crescendo de la fatalidad, resonó mientras el filo de su espada rasgaba el aire, afilándose para la masacre. El cielo no se desgarraba. Se desmoronaba, un rugido silencioso que anunciaba el fin de toda esperanza.
Las Llanuras de Uldrak, antaño campos de gloria y esplendor, eran ahora un altar de ruinas donde el hielo eterno y el fuego estelar se trenzaban en una danza macabra. No era solo una batalla, sino la guerra de los dioses, una agonía grabada en el mismísimo tejido del cosmos.
La invasión había llegado, y con ella, la noche final.
En el umbral de la penumbra, una figura de belleza gélida y terrorífica alzó sus alas membranosas, tan vastas que eclipsaron las estrellas moribundas, proyectando sombras danzantes sobre el abismo. Era Xy'laria, la Alada de la Noche Eterna, y su voz, un eco perverso que resonaba desde las profundidades del cosmos, tronó con una promesa sombría:
—Esta tierra nunca conoció la oscuridad eterna, nunca sintió el gélido yugo de la condena. Mas hoy, Uldrak beberá hasta la última gota del cáliz de su aflicción, y cada pecado se forjará en su agonía eterna. ¡Por la noche perpetua, por la oscuridad sin fin, ¡CONSUMAN!
Al escuchar la sentencia de su señora, un rugido primario surgió de las hordas, un coro que no era de voces, sino de pura furia liberada. Sus ojos ardieron con un hambre insaciable mientras se consumían en una marea de cólera irrefrenable. Se precipitaron hacia las Llanuras de Uldrak como un aluvión imparable, dispuestos a ahogar la luz en un diluvio de sangre y sombras que teñiría la creación.
Los Arcontes y elementales se desplegaron, no como guerreros, sino como la furia encarnada de un mundo agonizante. Eran los defensores, los guardianes de Uldrak, y se alzaban contra la marea de la oscuridad. Cada muerte, un faro menos en la tormenta, con su luz extinguiéndose en un grito silencioso.
Los gigantes divinos, seres de luz y piedra, empuñaban armas etéreas contra las hordas deformadas que vomitaron los abismos. Pero por cada uno que caía, tres nuevos horrores surgían de las sombras, alimentados por la desesperación.
Desde los celestiales abismos, las Valquirias, hijas del viento y la tormenta, descendían en ráfagas letales, sus lanzas brillando como meteoros desbocados. Su número menguaba con cada embestida, sus cantos de batalla ahogados por el padecer de la derrota.
Fue el impacto de la espada, la carne que volaba el inicio a la ultima defensa de las naciones divinas, fuerzas unidas contra un enemigo que no conoce el perdón.
Y en el corazón de esa carnicería, una luz inesperada irrumpió. No era un Arconte en vida, que acudiera a defender a los suyos, no. Su nombre era Olir, un Arconte de Luz derrotado en eras pasadas, su esencia materializada en una luz viviente tan pura y distinta, que incineraba la oscuridad, vio resurgir temporalmente entre el caos. Los Arcontes mismos se sorprendieron al verlo irrumpir en la línea de batalla. Olir no estaba allí por los suyos, sino por Uldrak.
Contra la marea de monstruosidades y abominaciones, contra los guerreros oscuros que clamaban por la aniquilación, Olir no sucumbió. Su figura era un faro inquebrantable contra todo lo que era malvado, y cada destello de sus ojos era una sentencia de fuego. Su lucha era épica, un desafío directo al abismo, mientras las hordas enemigas, humanidades retorcidas y pesadillas vivientes, se lanzaban contra los bastiones de los Arcontes, y por cada uno que caía, el enemigo crecía en número y ferocidad.
Entre el fragor de esta vorágine apocalíptica, Thaenor el señor de las cobras, combatía con la desesperación de quien se aferra a un último rescoldo de esperanza. Su tridente danzaba en arcos dorados, su voz, un grito ancestral, resonaba por encima de la tempestad que devoraba el mundo. Pero no luchaba por sí mismo. Lo que más queria pendía de un hilo, y ese pensamiento era un veneno que no podía permitirse.
Kalir, el último heraldo de la tormenta, luchaba a su lado, se negaba a retroceder. Su brazo, una fragua de dolor, ardía con los últimos fulgores de relámpagos que apenas iluminaban la oscuridad creciente. Aun así, se mantenía firme.
Entonces, "Él" llegó. Aquel que era el verdadero enemigo a temer.
El universo se detuvo. Los siervos de la calamidad cesaron sus ruidos. Las Valquirias cayeron en un silencio imposible, un mutismo más aterrador que cualquier grito. Porque donde Él pisaba, la historia misma dejaba de existir.
Thaenor alzó la voz, un eco de determinación en medio del caos:
—¡Kalir! Huye a los Montes del Este. Dispersa a todos. ¡Que nadie permanezca! ¡No podemos permitir que nos encuentren!
Pero Kalir se negó con la obstinación de una tormenta que se niega a disiparse.
—¡Si huimos, todo termina aquí!
Thaenor sonrió, una mueca amarga, porque ya sabia el precio final.
—Todo ya terminó, Kalir.
Y entonces, con un simple movimiento de su mano, el Enemigo desató el vacío.
La realidad colapsó. El fuego se extinguió. El viento se disolvió en la nada. Cuando la luz, una luz pálida y moribunda, regresó... Thaenor ya no estaba.
Kalir gritó, un lamento desgarrador que el eco se negó a devolver. Thaenor no había muerto; simplemente, había cesado de ser. Kalir atacó, su último relámpago, nacido de la furia más pura, desató una llamarada moribunda. Pero el Enemigo no conocía la furia.
El contraimpacto lo arrojó al abismo. Mientras caía sin fin, lo vio todo.
Vio el fin de Uldrak, no en cenizas, sino en el olvido. Vio la guerra de los dioses disiparse como un mal sueño. Vio cómo algo había sido salvado, sí, pero a un precio maldito, un eco perpetuo de sacrificio.
El cielo lo consumió. El vacío lo envolvió. Y cuando sus ojos se abrieron de nuevo...
Milenios habían transcurrido.
Los Arcontes habían caído, sus imperios de luz reducidos a polvo cósmico. Sus ciudades, antaño rutilantes bajo tres lunas celestiales, yacían ahora sepultadas bajo capas eternas de materia oscura.
La guerra final había dejado cicatrices indelebles en el tejido mismo de la realidad: grietas que supuraban una luz enfermiza en el firmamento, mares que hervían sin llama alguna, y siluetas petrificadas de guerreros, eternizados en sus últimos, silenciosos gritos de batalla.
En el corazón de aquella ruina cósmica, una figura yacía, un espectro entre los escombros de lo que una vez fue un templo grandioso. Era Kalir. Su cuerpo destrozado, su poder, antaño capaz de partir continentes, reducido a un leve brillo moribundo en sus venas.
Alzó la mirada hacia el cielo plomizo, un manto de desesperación que cubría el universo.
"¿Alguien... recuerda aún...?"
El viento helado, un susurro del tiempo, se llevó sus palabras al vacío, perdiéndose a través de los siglos.