Ciudad Girasol: Donde todos buscan su luz.

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Summary

Un mundo construido sobre reglas, tradiciones y mentiras bien disfrazadas. Donde decir la verdad puede costarte todo, y ser diferente es una sentencia silenciosa. Amaris tenía siete años cuando todo cambió. La aldea la amaba. Una niña de luz, con un futuro brillante y el corazón lleno de sueños. Pero en una noche sagrada, bajo la luna y el canto de las celebraciones, despertó algo olvidado... una magia prohibida que los suyos no quisieron entender. Desde entonces, fue apartada. Ya no era hija, ni aprendiz, ni esperanza. Solo una mancha incómoda que nadie sabía cómo borrar. A los dieciséis, es enviada a Ciudad Girasol, un lugar donde humanos y criaturas mágicas intentan convivir tras una guerra que casi lo destruyó todo. Una ciudad vigilada, impredecible... pero también viva. Allí, conocerá a otros tan rotos como ella: un chico con magia sobrecargada y sueños clandestinos, una chica que carga con cicatrices del pasado, y una maestra que guarda más secretos de los que aparenta. Amaris llegará buscando silencio. Pero Ciudad Girasol no es un lugar que se quede quieto. Y cuando viejos enemigos empiecen a moverse en la oscuridad, su magia dormida podría ser la chispa que despierte lo que muchos preferirían dejar en el olvido. Porque en una ciudad de secretos, hasta los sueños pueden volverse armas.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

✦ 𝕮𝖆𝖕í𝖙𝖚𝖑𝖔 1: 𝕷𝖆 𝖓𝖔𝖈𝖍𝖊 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖑𝖎𝖗𝖎𝖔𝖘 𝖕𝖑𝖆𝖙𝖊𝖆𝖉𝖔𝖘 ✦

Esa noche, Amaris no podía dejar de sonreír.

Había practicado su reverencia frente al espejo al menos veinte veces. Kaelor le decía que no era necesario, que bastaba con que fuera ella misma. Pero esa noche, por fin, sería parte de la comunidad. Su nombre sería inscrito entre los jóvenes aprendices del Camino de la Luz. A sus siete años, era la más joven de todos, y aun así había memorizado cada verso del Canto Raíz.

Los lirios plateados habían florecido al anochecer, cubriendo el centro de la plaza como una bendición. Kaelor la había alzado en brazos cuando los vio.

—Dicen que cuando esos lirios aparecen, es porque el futuro sonríe —le susurró.

Y ella lo creyó. Era admiraba demasiado a su hermano, aunque el era solo tres años mayor a ella, ambos estaban destinados a algo grande.

Durante la celebración, la música llenaba el aire como bruma de cristal, y las luces de hechizo flotaban entre las ramas altas. Había danzas, ofrendas, cuentos antiguos. Pero Amaris... ya no estaba.

La pequeña elfa salió un momento de la fiesta. No era por disgusto ni tristeza—solo quería caminar entre los árboles durante aquella noche tan especial. Las luciérnagas danzaban a lo largo del sendero, como si celebraran junto a los suyos, y ella, embelesada, siguió su brillo sin pensarlo dos veces.

Su vestido blanco, largo y elegante, se manchaba con la tierra húmeda y las hojas caídas. Se había quitado los zapatos hacía unos minutos; eran bonitos, sí, pero demasiado incómodos. Y además, ¿Cómo iba a explorar bien con ellos?

Aquella caminata no era una travesura. Era un pequeño acto de libertad. Porque esa noche, el mundo que conocía cambiaría.Esa noche, su hermano se comprometía, y ella comenzaría a asumir su lugar en la comunidad. Esa era su mayor ambición.

Participar. Ser útil. Ser luz entre los suyos.

Hasta que sus ojos dorados se posaron en un sendero.

El sendero era estrecho, medio cubierto por raíces viejas. Nadie lo usaba. Sin embargo, Amaris lo siguió con la seguridad inconsciente que solo un niño posee. Hasta que llegó a un claro oculto, donde las ramas caídas y el musgo habían crecido alrededor de una estructura de piedra: un altar olvidado.

Cubierto de inscripciones viejas, polvorientas, talladas en espiral.

Algunas palabras, vagamente, las reconocía. O creía reconocerlas. "Suenan como los viejos cantos, pero más... suaves“, pensó. Se acercó, entonando una sílaba al azar, como quien repite un rezo sin saber el significado.

Era como si aquellas letras le susurraran secretos de un mundo más allá de su aldea, un mundo del que nadie hablaba y al que casi nadie salía—porque, después de todo, ¿Qué necesidad había de hacerlo?

Para Amaris, ese pequeño rincón entre bosques y luz era el mejor lugar del mundo.

Su hogar. Su todo.

Jamás imaginó que pudiera haber algo más...Y sin embargo, aquellas palabras antiguas despertaban una inquietud que no sabía nombrar.

Amaris extendió la mano. No por impulso, sino por sentir que debía. Como si algo en su interior supiera lo que seguía.Y al tocarlo...

Cuando regresó, no lo hizo corriendo ni riendo.Volvió al banquete desorientada, con los ojos vidriosos y la piel helada.

—Amaris —susurró Kaelor al verla—. ¿Dónde estabas?

Pero ella no respondió.

Se tambaleó entre las luces, mirando a su alrededor como si no reconociera el lugar. Como si estuviera en medio de un recuerdo ajeno.

—¿Amy? ¿Estás bien? —preguntó Kaelor, con el ceño fruncido y la voz suave, preocupado al ver el rostro desorientado de su hermana.

Amaris abrió la boca, como si fuera a responder... pero en ese momento, el sonido claro de una trompeta cortó el aire, anunciando el inicio de la ceremonia.

Kaelor dudó un instante, mirándola con incertidumbre, pero no podía retrasarse más.

Le dedicó una última mirada, y se marchó. Amaris se quedó allí, quieta, con las palabras atrapadas en la garganta.

Todos se reunieron en el centro de la plaza.

Era el momento del Lazo de Compromiso, el punto más alto de la noche.

Un antiguo ritual en el que dos jóvenes elfos sellaban su promesa de matrimonio, no solo por amor, sino por el bienestar de toda la comunidad. En aquella cultura, no era raro que incluso un elfo de apenas diez años asumiera tal compromiso, si el consejo lo consideraba digno.

Kaelor, con el pecho recto y la mirada firme, extendía su mano hacia su prometida. La joven sonreía, sus dedos temblaban de emoción. Ambos estaban vestidos con los tonos ceremoniales del alba, y una hebra de luz flotaba entre ellos: era la manifestación de su unión, tejida por la magia de la comunidad.

Los aplausos y susurros de admiración no se hicieron esperar.

—Qué pareja tan armoniosa —decía alguien.—Míralos. Parecen nacidos para esto.

Amaris observaba desde un escalón de piedra, a pocos metros, con las manos apoyadas sobre sus rodillas. Nadie la había notado. Y si lo hacían, sólo veían a la niña sonriente, la hermana orgullosa.

Pero dentro de ella, algo se quebraba en silencio.

Sentía que su pecho se hundía. Que el aire se volvía más denso, pesado. Las voces alrededor se apagaban poco a poco, como si estuvieran bajo el agua. Los colores parecían más pálidos, las luces más lejanas.

Una lágrima descendió por su mejilla. No supo por qué.

No sentía celos. No sentía enojo. Sentía una tristeza antigua. Un vacío inmenso. Como si una historia sin final feliz se hubiera enredado con su alma.

"¿Por qué me siento sola... si todos están aquí?“, pensó. "¿Por qué mi corazón duele... si no me han hecho nada?"

Un estremecimiento recorrió su columna. Le costaba mantenerse sentada. Quería llorar... pero no entendía el motivo.

Y entonces, por un instante, sus ojos brillaron con un resplandor ajeno a toda luz conocida.

No era la luz cálida de su pueblo.

Era como mirar el reflejo de un farol bajo la niebla, en un mundo que aún no ha despertado.

La ceremonia continuaba.

Kaelor tomó la hebra de luz entre sus manos y, con un gesto delicado, la anudó en espiral con la de su prometida. Era el juramento sagrado, el inicio de una nueva etapa.

La comunidad estalló en júbilo.

Con el lazo de compromiso sellado, las campanas de madera tintinearon suavemente. Era la señal.

—¡La danza de los brotes! —exclamaron los niños, corriendo hacia el claro preparado entre los helechos.

Era una tradición ancestral: los más jóvenes formarían círculos y cambiarían de pareja con cada giro. No era una ceremonia estricta, pero sí simbólica. Así nacían amistades, afinidades, y, según decían los más ancianos, algunas semillas de futuros vínculos florecían sin que nadie lo notara aún.

Amaris, pese a todo, fue llamada.

—¡Amaris, ven! —gritó una niña de su edad, tirando de su mano—. ¡Tú conoces los pasos mejor que nadie!

Y era cierto.

Siempre había sido ágil, alegre, con una memoria brillante para las danzas.

Así que caminó al centro con una sonrisa forzada, aún envuelta en esa tristeza muda. Se colocó en su lugar dentro del primer círculo, con las luciérnagas encantadas flotando como guirnaldas en el aire.

La música comenzó. Los pasos suaves, los saltos livianos, las vueltas de palma con palma. Todo iba bien. Todo parecía bien.

Pero con cada giro, la magia dentro de Amaris se agitaba más. Y no era la suya. No del todo.

Ella tocaba manos, pero sentía emociones que no eran suyas.

Los llantos de perdidas. Una mujer que no parecía un elfo ni humano huía de algo. Otro que soñaba con huir del bosque.

Las emociones ajenas se filtraban como si fueran propias, una tormenta de memorias sin dueño. Y cada vez que daba una vuelta, sentía que perdía un poco más de sí misma.

—¡Amaris! —le dijo su compañero de turno—, ¿estás bien?

Pero ya no lo oía.

Todo se distorsionó. Los niños seguían danzando, pero a sus ojos parecían arrastrados por hilos invisibles. El suelo parecía doblarse como si respirara. Y entonces... su magia estalló.

Un pulso suave, al principio. Apenas un temblor en el aire. Luego, una ráfaga de polvo brillante y oscuro a la vez, como si la luz misma soñara.

Los niños fueron empujados hacia atrás. Las luciérnagas se apagaron.

En el centro quedó ella. Amaris. Pequeña, temblando, con los ojos completamente abiertos y vacíos... pero en su iris bailaban escenas que nadie allí entendía: torres que no existían, mares sin nombre, criaturas que no eran de este plano.

Un silencio cayó.

Kaelor dio un paso al frente. Sus padres también. Los adultos intentaban acercarse, pero algo en la magia los repelía.

—¡Amaris! —gritó Kaelor, angustiado—. ¡Soy yo!

Pero para entonces, la ceremonia se había detenido.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, la música se apagó como si hubiera sido absorbida por algo más grande, más silencioso.

Todos miraban hacia el centro del claro.

Allí, Amaris estaba de pie, sollozando en silencio, con la mirada perdida y las mejillas húmedas. No parecía herida... pero algo en ella estaba fuera de lugar. Su magia, tan tenue e inofensiva como un suspiro de luz, comenzaba a ondular en el aire a su alrededor, temblando como un reflejo en agua agitada.

Entonces sucedió.

Primero fue un murmullo. Un eco sin origen que se deslizó en las mentes de todos los presentes. No tenía palabras, pero arrastraba emociones que no les pertenecían: nostalgia, pérdida, soledad. Un vacío antiguo y frío que parecía emerger del centro del pecho.

Los más jóvenes empezaron a frotarse los ojos, confundidos, mientras los mayores se tambaleaban ligeramente, como si la tierra les temblara bajo los pies. No era un simple sueño. Era como caer dentro de uno...Uno sin control. Uno en el que se recordaban cosas que jamás habían vivido.

Algunos vieron imágenes: fragmentos de bosques olvidados, lunas distorsionadas, sombras con ojos dorados. Otros solo sintieron que su propia consciencia se partía, como si se hundiera en recuerdos que no eran suyos.

La preocupación creció rápidamente. El murmullo se volvió una presión en el cráneo, una niebla densa en el alma. Y en medio de todo, Amaris seguía llorando, su pequeña figura irradiando una magia antigua y viva, completamente ajena a sí misma.

Fue entonces cuando el líder del consejo, con los ojos abiertos de par en par, comprendió lo que estaba ocurriendo.

Sin decir palabra, alzó ambas manos al cielo. Un círculo de runas brilló bajo sus pies y, con un gesto tajante, lanzó una oleada de luz blanca, pura y firme, que barrió el claro como una marea.

La magia se disipó de golpe, como si nunca hubiera estado allí. El murmullo cesó. El aire se volvió pesado. Y un silencio absoluto se apoderó del lugar.

Todos miraban a la niña en el centro. Nadie sabía qué decir. Pero el miedo ya se había sembrado.