Uno
Mientras la nieve se convertía en una cegadora neblina blanca, los limpiaparabrisas se esforzaban por mantener parte del cristal limpio. Por fin, la estrecha carretera serpenteante empezó a ascender. Elena cambió la marcha rogando por que las llantas se pegaran al suelo en la traicionera y deslizante carretera.
El empleado de la gasolinera la había advertido de que sería una locura internarse en la carretera del lago con aquella nevada, pero Elena nunca había hecho mucho caso a los consejos de nadie. Y su obcecada resolución de llegar hasta la aislada casa de Freddy estaba bastante enraizada en la culpabilidad. Su prometido, Donald, se había ofrecido a ir con ella como apoyo moral, pero ni así se había atrevido ella a enfrentarse a aquella prueba.
El pequeño coche se deslizó lentamente hacia atrás y Elena apretó los dientes e intentó avanzar de nuevo. Ya casi había llegado. La casa se erigía en lo alto de la colina que daba al lago. Ya habían pasado más de cuatro años, pero todavía recordaba la brumosa vista de las tierras de pastos que rodeaban al lago. La expresión se le endureció y apretó los dedos alrededor del volante. También recordaba la forma servil en que había intentado seguir a Yoongi fuera de la habitación cuando lo habían llamado. Freddy la había retenido mirándola casi con lástima al ver su cara de ansiedad.
—No lo persigas, querida. Sólo pondrías alas en sus pies. No puede atrapar a un pájaro salvaje y meterlo en una jaula.... Yoongi no es un animal domesticado. Todo esto es nuevo para él. No le presiones.
Pero ella no le había escuchado. No había visto, no había sido capaz de concentrarse en nada salvo en su desesperada necesidad de estar cerca de Yoongi. Y cuanto más se alejaba Yoongi, más presionaba ella sin saber entonces, ni siquiera sospechar, que el corazón de Yoongi nunca podría ser suyo. Elena llevaba ahora el anillo de otro hombre, pero el recuerdo todavía le atenazaba el estómago y le producía temblores en las piernas cansadas haciendo que apretara de forma involuntaria el pie que tenía en el acelerador.
Se le escapó un grito de miedo cuando el coche se deslizó hacia un lado con violencia y después se salió de forma forzada de la carretera. El corazón se le desbocó hasta que por fin el coche se detuvo con los focos iluminando una vasta extensión de agua oscura a pocos metros de distancia. Tragando con fuerza, intentó dar marcha atrás, pero los neumáticos giraron en el suelo resbaladizo y el coche se quedó donde estaba.
Por fin, se desabrochó el cinturón de seguridad y salió al frío azote del viento. Subiría la colina a pie. ¡Dios bendito, podría haberse matado! El coche podría haber seguido avanzando y el lago era muy profundo.
Agarró su bolso de mano temblando de forma convulsa mientras el viento le lanzaba nieve contra la cara y le lanzaba el pelo contra los ojos. Se levantó la capucha de su ligera cazadora y cerró el coche. Eran poco más de las ocho. El ama de llaves de Freddy ni siquiera la esperaba y ahora Elena tendría que pedirle una cama para pasar la noche.
«Estúpida, estúpida», se castigó a sí misma mientras empezaba a ascender por la colina. ¿Por qué había evitado acudir al funeral para después conducir todo el camino hasta Lake District sólo para recoger la antigua vasija que Freddy le había dejado y poner flores en su tumba? Su hermano, Nigel, se había quedado asombrado cuando se había enterado de que no acudiría al funeral y lo que después le había confesado habla dejado a Elena cargada de irracional culpabilidad.
—¿La oportunidad perfecta.., y no la aprovechas? —la había condenado Nigel con incredulidad— . ¡Pero Yoongi estará allí! Podrías hablar con él entonces.
—No, Nigel... —había rogado su mujer, Lena, con los ojos empañados en lágrimas—. Ese no es el problema de Elena. Es nuestro.
—¿Te sentirás así cuando nuestros hijos no tengan un techo donde dormir? —había preguntado Nigel con el estrés de tantos meses reflejado en su delgada cara juvenil—. ¿Qué le costaría a Elena ceder un poco? Yo lo haría... pero ni siquiera me dejaría acercarme a él.
Ahora la nieve era más espesa y crujía bajo sus pies helados. Sin ganas de pensar en los problemas económicos de su hermano, Elena se metió las manos congeladas en el bolsillo y empezó a subir la colina. La oscura silueta de la casa se recortaba justo donde desaparecía la carretera y se sintió débil de alivio al verla. No se veían luces. En una noche tan mala como aquella una anciana estaría caliente y metida en la cama sin duda.
El viento gélido traspasaba con crueldad su ropa poco adecuada para aquel tiempo cuando Elena apretó el antiguo timbre de campana. Un par de interminables minutos después, llamó de nuevo y aún más aprisa por tercera y cuarta vez. El pánico se adueñó de ella cuando miró a las ventanas oscuras en busca de una acogedora luz de bienvenida.
Había supuesto que el ama de llave se quedaría en la casa al menos una semana más. Pero quizá ni siquiera viviera en la casa. Mientras se le ocurría esa posibilidad por primera vez, se hubiera abofeteado por haber actuado por suposiciones. Podría congelarse y morir si intentaba pasar la noche en el coche. Ni siquiera había metido una manta de viaje. Cuando había salido de casa después de comer, brillaba un sol espléndido y no había prestado la mínima atención a las predicciones meteorológicas.
Llevada por el pánico, Elena dio la vuelta a la casa. Era evidente que no había nadie dentro. Buscó en el suelo cubierto de nieve hasta encontrar un bulto que parecía una piedra. Con los dedos casi entumecidos, se quitó la cazadora para envolverse el brazo con ella, agarró la piedra con fuerza y se acercó a la pequeña ventana al lado de la puerta trasera. Respirando con fuerza, lanzó el brazo con toda su fuerza y golpeó el cristal. Dio un paso atrás, se sacudió los cristales rotos de la cazadora y se la puso de nuevo.
Metió la mano con cuidado y corrió el cerrojo. Plantó las manos heladas en el alféizar y se alzó con un gemido de esfuerzo. Un grito de dolor se le escapó cuando se le clavó un cristal en la rodilla. Pero incluso inmovilizada al reconocer con exasperación su propia estupidez, sintió que algo grande avanzaba hacia ella en la oscuridad de la cocina.
Cuando un par de fuertes manos la levantaron en el aire, gritó con tanta fuerza que le dolió la garganta. Entonces notó que golpeaba el suelo de cara y se quedó sin aliento por el impacto agitando las manos de terror al sentir un peso sofocante en la espalda.
Unos dedos fuertes le apresaron los brazos y la soltaron con la misma rapidez.
Un murmullo de insultos en italiano asaltó sus oídos al mismo tiempo que la rodilla que le inmovilizaba la espalda se apartaba y se encendía la luz fluorescente que había en el techo.
—Madre di Dio... ¡Podría haberte roto todos los huesos del cuerpo! —gruñó Yoongi con tono de condena.
Tan conmocionada que fue incapaz de responder, Elena clavó sus enormes ojos verdes en la alta figura masculina como si fuera una aparición.
Con una maldición sorda, Yoongi se agachó y deslizó sus esbeltas manos morenas por sus brazos y piernas con delicadeza. Sus facciones, asombrosamente atractivas, se contrajeron al fijarse en la sangre a través de las mallas desgarradas. Terminó su examen antes de apartarse.
Elena seguía sin poder moverse. Cerró los ojos lentamente con la intención de volver a abrirlos para comprobar si aún se encontraba allí, pero el roce impersonal de las manos de Yoongi todavía flotaba como un beso de fuego en su piel helada impidiéndole todo pensamiento racional. Habían pasado cuatro años desde la última vez que lo había visto, desde aquella aciaga noche en que se había ido de su lado para irse con su prima Pandora. La parálisis cedió y empezó a temblar de forma incontrolable con una mezcla de conmoción y horror ante su aparición.
—¿A qué diablos estabas jugando? —Yoongi se inclinó y la levantó en brazos como si no pesara más que una pluma—. ¿Y qué estás haciendo aquí a estas horas de la noche?
Elena se mordió la lengua sintiendo el sabor agridulce de la sangre en la boca seca. El dolor la ayudó a controlar el nudo que tenía en la garganta y el ácido picor de los ojos. Pero no se parecía en nada al dolor que recordaba. Aquel había sido un dolor como el de un cuchillo emponzoñado clavado con una cruel puñalada, que le había enseñado que lo peor estaba aún por llegar, que la mente humana podía sufrir tanta agonía como el cuerpo.
Yoongi la estaba posando en una silla y, distraída, pensó en el excéntrico desagrado que le había producido a Freddy cualquier tipo de comodidad. Sin calefacción central, las ventanas abiertas de par en par en invierno, y ni una sola pieza de mobiliario aparte de las imprescindibles. Cuando había entrado en aquella casa por primera vez como la prometida de Yoongi para que le presentaran a su anciano tío abuelo, Freddy, Elena se había sentido como si hubiera retrocedido en el tiempo.
Escuchó un rasguido cuando Yoongi desgarró más la tela de la malla para echar un vistazo a su rodilla. Con un respingo, apretó la espalda contra el respaldo rígido y clavó la vista en la morena cabeza inclinada de Yoongi. La luz del techo producía en su pelo negro una iridiscencia como de seda negra.
—Te haré daño cuando te saque el cristal —le informó él sin rodeos levantándose con fluidez para acercarse a la desnuda salita que comunicaba con la cocina.
Elena miró al vacío haciendo un esfuerzo por recuperar el control de nuevo. De su aristocrática madre inglesa, Yoongi había heredado aquella profunda reserva, el innato pragmatismo y aquella glacial autodisciplina. Pero la otra rama de sus antepasados era ardientemente italiana.
Bajo el hielo ardía el fuego, pero ella nunca había encendido aquel fuego ni experimentado el ardor de sus llamas. Su corazón y su precioso cuerpo nunca habían ardido por ella como ella había ardido por él. Traición, rechazo y una insoportable humillación.., todo eso había sufrido en sus manos.
Sintió un fuerte temblor. Yoongi volvió con un cuenco con desinfectante y el agudo olor le revolvió el estómago. El cruzó la habitación dominándola con su tamaño y presencia, con movimientos armónicos. El silencio no parecía molestarle. Si su aparición podía haberle sorprendido, todavía no había dado señales de ello... y qué profundamente irónico era el hecho de no haber acudido al funeral de Freddy para evitarlo y acabar en una situación mucho más íntima con él.
En un abrir y cerrar de ojos, Yoongi extrajo el cristal, limpió la sangre y le puso una tinta. Para un hombre que había realizado viajes por los sitios más peligrosos de la tierra, un corte en una rodilla debía de ser una insignificancia. O la inesperada llegada de una ex mujer. Pero también era cierto que ella nunca había sido la mujer de Yoongi, no su mujer de verdad; al día siguiente de la boda, la había dejado en ridículo ante todos los medios de comunicación.








