Prólogo: Hambre de Horizonte
Berlín, 1997. El invierno se pegaba a las ventanas como una promesa de encierro. Afuera, las calles de Neukölln estaban cubiertas por una fina capa de nieve sucia, y el aliento de la ciudad era vapor que se esfumaba entre las esquinas. Dentro de un pequeño departamento del tercer piso, un joven de diecinueve años observaba el mundo desde su escritorio, con los codos sobre un mapa lleno de marcas, nombres extraños y rutas trazadas con bolígrafo azul. Erik Hoffmann tenía los ojos de alguien que aún no había vivido pero ya soñaba demasiado. Sus dedos recorrían los nombres de ciudades lejanas: Ulaanbaatar, Katmandú, Buenos Aires, Bogotá, Osaka. A veces cerraba los ojos y se imaginaba caminando por calles que nunca había pisado, probando comidas de sabores imposibles, hablando lenguas que aún no entendía.—No todo el mundo está hecho para quedarse —le había dicho una vez su abuelo, un viejo mecánico que en sus días mozos cruzó media Europa en una moto destartalada—. Algunos nacen con las maletas ya puestas. Erik se aferró a esa frase como a una profecía. Sus amigos hablaban de universidades, de empleos estables, de novias que ya pensaban en hijos. Él pensaba en trenes nocturnos, en hostales baratos, en escribir postales desde rincones olvidados del planeta. No quería estabilidad. Quería movimiento. Quería ver el sol salir en un idioma diferente cada día. Guardaba un cuaderno negro donde anotaba frases que le gustaban, fragmentos de libros, listas de países, y cosas que deseaba hacer antes de morir: “Ver los cerezos en flor en Japón”, “Dormir en el desierto del Sahara”, “Aprender a cocinar ramen auténtico”, “Nadar en las aguas de Islandia”. A los ojos de muchos, era solo un joven soñador con la cabeza en las nubes. Pero para él, cada sueño era una semilla, esperando la oportunidad justa para brotar. Y esa oportunidad llegaría pronto. Una beca para enseñar alemán en un pequeño instituto de idiomas en Yokohama. Un año, quizás dos. Nada demasiado serio, pero suficiente para salir, para dar el primer paso. Su madre lloró, su padre le dio una palmada torpe en la espalda. Nadie creía que duraría mucho. Pero Erik ya no pertenecía a Berlín. Había pasado demasiado tiempo mirando el mundo desde el papel. Era hora de verlo con sus propios ojos. Esa noche, antes de empacar su mochila, escribió en su cuaderno: “El mundo me está esperando. No voy a dejarlo esperando más. “Lo que no sabía era que a veces, los sueños no mueren de golpe. A veces se apagan lentamente, como una vela olvidada en una habitación donde ya no entra nadie.