Falsa Salvación

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Summary

Cuando Tyson la encontró, Jessica era solo un susurro entre gritos. La rescató sin pedir nada a cambio, con una mano tendida y palabras sinceras, la ayudó a salir del infierno que llamaba amor. Para Jessica, él fue luz. Refugio. Salvación. Lo que comenzó como gratitud se transformó en una idealización, en algo más turbio: una devoción ciega, un amor que Tyson jamás podría corresponder. Tyson era todo lo que siempre había soñado Jessica en un hombre. A veces, salvar a alguien significa abrir una puerta que no puede cerrarse. Y a veces, lo que crece en el corazón puede volverse demasiado oscuro para detenerse. La línea entre el amor y la obsesión es más delgada de lo que parece.

Genre
Romance
Author
Julieth
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

JESSICA

Todavía me zumbaba el oído. No sé si por el golpe o por el silencio que vino después. El reloj de la cocina marcaba las 3:17 AM cuando cerró la puerta bruscamente. No recuerdo qué fue lo último que dije. Tal vez algo estúpido. Tal vez nada. Félix se había enojado y esta vez fue la peor hasta ahora.

Estaba sentada en la mesa, apoyando una bolsa de hielo sobre las heridas. Fue tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de retroceder. Como cuando ves venir una ola y sabes que te va a cubrir entera, pero igual te quedas ahí. El sabor metálico en la boca me recordaba que todavía tenía sangre en el labio. Me relamí buscando limpiarla. Mi ojo aún palpitaba y cada vez se hinchaba más. Intentaba contener esas ganas de llorar, pero no podía darme ese lujo, no aún. Hay algo peor que el dolor, y es esa especie de vergüenza que se mete por los poros. Esa voz que me dice que me lo busqué, que exageré, que en el fondo no fue para tanto. No fue la primera vez que me pegó. Ya lo sé. Pero esta fue distinta. Esta vez hubo sangre. Esta vez me miré al espejo y no me reconocí. Me imaginé a mí misma recogiendo mis cosas, llamando a mi madre, tomando un vuelo a Seattle y escapando de aquel infierno. Pero sabía que no era algo fácil de hacer.

Las horas pasaron hasta que escuché el canto de los pájaros y el sol se asomó por la ventana del cuarto. Hoy me maquillé. No para sentirme linda, sino para tapar. Me puse base, corrector, hasta un poco de sombra. Me miré al espejo durante mucho rato, preguntándome si alguien lo notaría. No podía dejar que pasara y menos hoy que tenía mi primer día del nuevo semestre de la universidad. Pensé en no ir. De verdad lo pensé. Pero la idea de quedarme sola en casa, encerrada, era peor. Necesitaba ver gente, aunque tuviera que actuar todo el día. Me vestí con un suéter de rayas negras y blancas, un short de mezclilla negro junto con unas medias de red y mis Converse favoritas. Me dejé el cabello suelto, asegurándome que cubriera parte de mi ojo. Un intento torpe de disfraz.

En el autobús, sentía el ardor de mi labio y el dolor de mi ojo aunque solo disimulé el quejido de dolor. Nadie me miró. Nadie notaría a una chica más con cara de lunes. Cuando llegué a la universidad, me di cuenta de que no había comido. Ni hambre tenía. Solo una especie de nudo en el estómago. Saludé a los chicos del grupo con una sonrisa automática, que estaban esperando a la llegada del profesor. Nadie preguntó nada. Solo Vienna me miró distinto.

—¿Dormiste algo?—Preguntó arqueando una ceja.

—Casi nada.—Dije sin mirarla.

Eso era cierto. Lo demás, lo que no dije, también estaba en mi cara. En mi forma de no querer que me abracen. En cómo me desconectaba durante la conversación. En clase de Psicopatología, mi mente estaba desconectada. Tomé apuntes mecánicamente. Palabras sueltas que no leí. Cada trazo con el bolígrafo me costaba por la poca visión que tenía. En el receso, Vienna se despidió y me quedé sola afuera del aula.

Cabizbaja, me fui a la cafetería y me apoyé en una pared mientras escuchaba Young and Beautiful de Lana del Rey y esperaba a que comenzara la siguiente clase. Esa canción me traía nostalgia, se la dediqué a Felix cuando cumplimos 2 años de novios. Que recuerdos...

Estaba disfrutando de la melodía cuando sentí que alguien pasó delante de mí. Era un joven, era imposible no fijarse en él. Medía cerca de un metro ochenta y algo, con un cuerpo que dejaba en evidencia horas de entrenamiento pero sin caer en lo exagerado. Físicamente dotado, sí, en todo el sentido de la palabra. Espalda ancha, pecho firme, brazos marcados con músculos definidos, pero proporcionados y sus venas pronunciadas. El cabello lo tenía castaño, de un tono entre chocolate y miel quemada, dependiendo de cómo le diera la luz. Lo llevaba corto a los costados y más largo arriba, apenas ondulado, con un desorden que parecía natural, pero claramente pensado. Sus ojos eran avellana, de esos que se quedaban entre el verde suave y el dorado cálido. Tenían un brillo contenido. No eran ojos fríos, ni tampoco exageradamente intensos. La boca era otro detalle imposible de ignorar. Labios gruesos, bien dibujados, con el inferior un poco más carnoso. Tenía la piel blanca, casi pálida, con ese tono de alguien que pasa tiempo evitando el sol. Las manos eran grandes, con los dedos largos y sus venas marcadas.

No dijo nada pero no fue su silencio lo que me alteró, sino cómo desaceleró medio segundo al mirarme. Fue casi imperceptible. Su paso vaciló, los ojos se fijaron en mi cara, y su ceja derecha se alzó como si hubiera encontrado una grieta en la pintura. En vez de apartar la vista rápidamente, como hacen todos, me sostuvo la mirada. Un instante. Dos. Lo suficiente como para que me incomodara, No dijo nada, pero su cara fue distinta. No fue de lástima. Fue de pregunta.

—Hola.—dijo, sin moverse. Su voz era suave, con esa entonación que se usa cuando no se quiere asustar a alguien.—¿Estás bien?

Me frené. Ese "bien" me sonó a todo. A las heridas ocultas, al temblor, al encierro que no se ve. Parpadeé. No sabía si responder o fingir que no había escuchado nada. Finalmente me quité los audífonos:

—¿Nos conocemos?.—Pregunté, aunque sabía que no. Él sonrió levemente.

—No. Te vi saliendo del aula que está junto al mío, y...me pude dar cuenta.—señaló su rostro y luego a mi.

Bajé la vista automáticamente y apreté la correa de mi mochila.

—A-ah, no es nada en realidad.

Él asintió, como si aceptara mi mentira sin discutirla. Como si entendiera que no era el momento, pero tampoco el tipo de persona que se va sin decir nada.

—Me llamo Tyson, Tyson Evans—dijo, y se apoyó junto a mi, mientras abría su botella de agua.—Quieres?

Yo no respondí, solo negué con la cabeza. Sentí que la conversación me empujaba, pero no me forzaba.

—Jessica Williams.—dije finalmente.

Nos quedamos en silencio unos segundos, como si el aire necesitara acostumbrarse a nuestros nombres en la misma frase. No me preguntó qué me había pasado. No señaló mi rostro. No fingió no verla tampoco. Simplemente existió ahí, sin hacer ruido. Y eso me hizo quedarme.

—¿Estás en segundo año?—preguntó.

—Si. En la carrera de Psicología.

—¿Y qué tal? ¿Le encuentras sentido a la teoría de Sigmund Freud?

Reí, y fue como soltar algo que llevaba atrapado en el pecho desde anoche. Una risa pequeña, torpe, pero mía.

—A veces pienso que si Sigmund Freud viviera, estaría llorando en una esquina viendo lo que hacemos con sus conceptos. Nunca te vi en las clases.

—Yo estudio Arquitectura. Pero conozco del tema por mi hermano menor, además me gusta leer libros sobre psicología.—Me señaló un banco cercano.

—¿Te sientas o vas a clase?

Dudé. Tenía clases, sí, pero no ganas. Finalmente me senté y estuvimos un largo rato hablando.

—Nunca entendí por qué huele tan mal.—dije— Es como humedad con desesperación.

Tyson se rió con esa risa baja que no hace ruido pero se siente cerca.

—Debe ser la mezcla entre los cables viejos, la alfombra húmeda y las almas perdidas de los que no aprobaron luego de estudiar allí.

—Uy, no. Yo dejé un exámen entero, sin entregar.

—¿Sin entregar?

—Es que colapsé. Fue un ataque de ansiedad. Me fui, ni siquiera lo firmé.

Ty no respondió enseguida. Me miró en silencio, pero no de esa forma incómoda que espera una explicación. Solo asentía con los ojos, como si entendiera sin necesitar más datos.

—Yo una vez rompí uno frente a la profesora.—dijo, al fin.—Lo hice pedazos porque sentí que no valía nada.

—¿Y qué hiciste?

—Me fui. Como tú.

Nos quedamos unos segundos callados. Había algo en eso de compartir pequeñas derrotas que hacían más liviano el aire. Como si los errores también nos acercaran.

—¿Siempre fuiste así?—pregunté—Tan... no sé... abierto. Tranquilo.

—No. Antes era todo lo contrario. Cerrado, reactivo. Me enojaba fácilmente. Me callaba cosas por semanas. Aprendí a la fuerza.

—¿Cómo?

Se quedó pensativo. Jugaba con la anilla de su botella. Y entonces lo dijo, sin dramatismo:

—Cuando mi mamá murió, entendí que guardarse lo que uno siente es como tragarse una bomba. Un día explota.

No supe qué decir. No hacía falta, en realidad. Porque él no lo decía para que lo consuele, lo decía porque estaba confiando en mí. Porque entendía que a veces lo personal no es una confesión, sino una forma de tender la mano.

—Lo siento...—dije.

—No hace falta. Ya pasaron tres años. A veces parece toda una vida. A veces... la escucho llamarme.

El silencio fue distinto ahora. Más denso. Más real.

—Yo también escucho cosas que ya no existen...—murmuré.

Me miró. No preguntó qué y eso fue lo más hermoso.

—¿Quieres que te preste algo?—cambió de tema—Es un libro, "Las mujeres aman demasiado". Es duro, pero sincero.

—Sí.—respondí—Creo que lo necesito.

Sonrió y abrió el cierre de su mochila para buscarlo entre sus cosas y, cuando lo encontró, me lo extendió con cuidado. Como si estuviera pasando algo más que papel.

—Está subrayado.—me advirtió.

—Mejor. Así te leo a ti también.

Él se rió por lo bajo, y por primera vez desde hacía mucho tiempo, sentí que estaba segura. No por el lugar. Por él, por lo que no decía. Por lo que sostenía en silencio.

Hablamos casi media hora. De libros. De profesores insoportables. De lo mal que huele la sala de computadoras cuando llueve. Tyson no me preguntó nada personal, pero lo personal se filtraba entre las frases. Como cuando dijo que hay heridas que no se ven pero que igual duelen. O cuando me recomendó el libro "Las mujeres aman demasiado" de Robin Norwood. Cuando me levanté para irme, él me miró con esa seriedad tibia que me dio un poco de miedo y un poco de alivio.

—Jessica... si algún día necesitás hablar. O no hablar, pero que alguien te acompañe en silencio estaré disponible. Aquí tienes.— Extendió su mano con un papel, donde anotó su número de teléfono.

No supe qué decir. Solo asentí. Y por alguna razón, eso alcanzó. No lo conocía pero su cierto interés despertó mi curiosidad de algún modo.

Mientras me alejaba, sentí que el paso era más liviano. Como si llevara algo menos en la mochila. No el dolor, no todavía. Pero sí un poco de la soledad. Como si alguien la hubiera dividido conmigo sin que yo se lo pidiera. Después de hablar con Ty, me fui directo a mi aula. No miré el celular en todo el camino. Sabía que tenía mensajes. Lo sentía vibrar como si tuviera una conciencia propia, como si su insistencia quisiera recordarme que él todavía estaba ahí. Si, él era Félix. El novio que la mayoría de mis amigas envidiaban hasta hace poco. El que sabía decir las palabras exactas para que todos lo quisieran. El que me hacía sentir elegida. Eso creía.

Mientras la clase seguía, saqué el celular. Un mensaje no leído. Luego otro. Y otro más. Tragué saliva. Las letras bailaban frente a mis ojos. La amenaza estaba escondida, sutil, pero la reconocía. No eran palabras, eran cuchillos disfrazados de frases.

"No puedo hablar ahora, estoy en clases mi amor."—Respondí rápidamente, usar ese apodo era tan vacío para mí pero lo usaba para apaciguar su posible enojo.

Puse el teléfono boca abajo y respiré hondo, como si eso fuera a blindarme. Pero no sirvió. La ansiedad ya me había invadido, serpenteando desde el estómago hasta las costillas.

Cuando sonó el timbre del receso, salí rápido. Necesitaba aire. Caminé sin rumbo por el patio interno, con las piernas tensas, como si cada paso fuera una negociación con el suelo. Me detuve en un rincón entre dos columnas, y me dejé caer en el banco. Saqué el celular otra vez. Dos llamadas perdidas.

"Más vale que estés en tu casa cuando llegue."—Me escribió.

Mi cuerpo entero se heló. Miré alrededor. Como si pudiera verlo venir entre los árboles, mezclado con los estudiantes que reían, que comían sándwiches, que vivían sus vidas donde nadie los controlaba. Me apresuré y fui rumbo a casa. Al llegar, me cambié la ropa por el pijama y luego me quité el maquillaje. El golpe en mi ojo seguía hinchado así que me puse algo de pomada y también limpié con cuidado mi labio partido.

No tenía hambre, pero herví agua como si fuera a hacer café. Me gustaba el sonido. El vapor. Algo en esa espera me hacía sentir ocupada. Me permitía no pensar, o eso creí cuando escuché el timbre de la puerta y su voz: "Jessica, mi amor, estás ahí? Ábreme, necesitamos hablar."

Ese tono. Esas dulces palabras disfrazadas de un posible perdón. Esa palabra final que siempre dejaba colgando algo, una herida nueva. Tenía una sensación rara en el pecho. No era exactamente miedo. Era algo más profundo. Como un presentimiento espeso. Como si una parte de mí supiera que algo estaba por pasar. Con mis manos temblorosas, abrí la puerta, encontrándome con la figura de Félix sentada junto a la puerta.

—Jess...—dijo, poniéndose de pie.

No podía hacer contacto visual con él, me dolía, sentía un enojo creciente dentro de mi, pero finalmente lo miré. Tenía los ojos rojos, ojerosos, como si no hubiera dormido. El cabello revuelto, esa barba de dos días que solía parecerme atractiva, ahora me picaba solo de pensarla cerca.

—Jessica...—tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo.—Por favor, solo quiero hablar.

Él no se acercó. No todavía. Solo me miraba, ladeando la cabeza, buscando algo en mis ojos.

—Te estuve esperando todo el día.—continuó—. No me contestabas los mensajes. Me estás castigando y sabes que eso me hace mal.

Esa técnica la conocía muy bien, hacerse la víctima, cuando en realidad era todo lo contrario.

—Félix, necesito dormir. Estoy cansada.

—¿Y crees que yo no estoy cansado?.—espetó, pero rápidamente cambió el tono—. Perdón... perdón. Es que todo esto me duele. Estaba fuera de mi y no supe reaccionar.

Y ahí estaba. La frase. La que siempre venía. No quería hacerlo. No fue su intención. No es quien es.

Pero lo hizo.

—No soporto más esto, mira a lo que llegaste...—le dije, con voz baja, casi como si le pidiera disculpas por poner límites.

Él frunció el ceño. Su expresión se quebró. Dió un paso, lento, y levantó una mano como si fuera a tocarme. Retrocedí.

—No, no te asustes —dijo enseguida—. No te voy a hacer nada. Nunca más, te lo juro. Fue un momento de mierda, Jessica. Estaba mal, estaba celoso. ¿Sabes cómo me sentí en el momento que me di cuenta de cómo fuiste vestida ese día que fui a recogerte a la universidad?

—No hice nada malo, era solo un vestido, Félix.

—¡Sí, sí lo hiciste! —gritó, y luego bajó la voz tan rápido que parecía que alguien había cambiado el canal—. Pero no importa. Lo importante es que estoy aquí. Que vine a arreglar las cosas. Porque te amo. Y tú me amás, ¿verdad?

Me miró con los ojos brillantes. Había lágrimas. Siempre había lágrimas cuando no conseguía lo que quería. Era su carta más efectiva.

—Yo sé que no soy fácil.—dijo—Sé que tengo cosas que arreglar pero tú eres mi lugar seguro. Estoy tratando de mejorar.

Tratando

Como si con intentarlo bastara para redimir los golpes. Pero lo más aterrador es que por un momento le creí. Una parte de mí, esa parte rota que no quiere aceptar el fin, quería decirle que sí, que todo iba a estar bien. Que íbamos a "salir adelante". Que yo lo iba a ayudar.

—Me puedes perdonar mi amor?—preguntó acariciando mi mejilla con su pulgar.

Rendida, rodeé su cuerpo con mis brazos dejando caer mi cabeza sobre su pecho. Pude sentir como acariciaba mi cabello con una falsa ternura.

—Tranquila... ya pasó.—murmuró, pero su voz no traía consuelo, sino esa calma forzada que se usa para cubrir el desastre.

Yo sabía que no había pasado. Que nada había cambiado. Su mano recorría mi espalda con una suavidad que no encajaba con la violencia que aún ardía. Esa contradicción me revolvía el estómago, pero me obligué a quedarme quieta. A fingir que le creía.

—No quería hacerlo...—susurró, como si las palabras pudieran redimirlo—. Me sacaste de quicio, eso fue todo, pero te amo.

Asentí sin decir nada. Porque decir algo podía encender otra chispa. Porque hablar podía arruinar el equilibrio precario que se tejía en ese abrazo. Me aferré a su camisa, húmeda en el cuello por mi llanto, y traté de respirar despacio. Apoyó su mentón sobre mi cabeza y exhaló con fuerza, como si descargara una tensión que solo él tenía derecho a sentir. Como si yo fuera el problema y él, la víctima.

—Vamos a estar bien.—dijo—Siempre volvemos a estar bien, ¿no?

No respondí. Mantuve la mirada perdida en un punto invisible, donde me imaginaba lejos, en otra vida, con otro cuerpo que no tuviera que encogerse para sobrevivir a un abrazo.

Su mano se detuvo en mi nuca, firme esta vez.

—¿Verdad que sí?—insistió, y su tono cambió, lo suficiente para que se me helara el cuerpo.

Tragué saliva.

—Sí... siempre volvemos...—mentí.

Otra vez no pude poner límites, solo me limité a aceptar su perdón y a callar nuevamente mi dolor.

Quería que este día terminara, mejor dicho, que todo terminara.