Acabo de llegar, pero ya me voy.
Todo estaba en silencio. Demasiado. Incluso para el área azul.
La habitación era sencilla, blanca, con una cama pegada a la pared y una mesa de metal atornillada al suelo. Nada filoso, nada suelto, nada que pudiera convertirse en un arma. Todo cuidadosamente diseñado para evitar un brote. Pero nada podía evitar una idea. Y yo ya tenía una.
Me senté en la cama fingiendo aburrimiento, observando con la mirada vacía. Había aprendido a hacerlo bien. Si te muestras demasiado activa, desconfían. Si te muestras muy pasiva, te interrogan. Era una danza. Y yo ya sabía el ritmo.
La puerta sonó. Hora del desayuno.
—Buenos días, Tessa —dijo la enfermera, como si no me hubieran metido aquí a la fuerza hace quizá unos dos meses. Venía acompañada de uno de los guardias, el más joven. Uno nuevo. Más fácil.
—¿Tú crees que esto parezca un buen día? —pregunté sin levantarme.
—Eso depende de ti —sonrió. maldita perra hipócrita
Entraron. Ella dejó la bandeja de desayuno sobre la mesa. Pan duro, huevos fríos. Ni siquiera intentaban.
El guardia miró hacia otro lado, como haciéndose el desentendido. Fue entonces cuando vi su cinturón. Y, colgando de él, el objeto que me daría la oportunidad: una pluma metálica. Seguramente de esas que usan para anotar en las fichas. No era un cuchillo, pero bastaba para asustar. O eso creía yo.
Me levanté despacio, dando unos pasos hacia ellos.
—¿Sabes? A veces siento que sí estoy loca —murmuré, con la mirada baja—. Pero solo a veces.
La enfermera me miró de reojo, alerta, me conocía lo suficiente para saber que mi cabeza ya había maquinado una forma de hacer un desastre. El guardia no.
En un movimiento rápido, me abalancé sobre él. Le arrebaté la pluma del cinturón y levanté el brazo con fuerza, con la punta dirigida directo a su cuello.
—¡Atrás! ¡Dije que se alejen! —grité con una sonrisa no tan inocente, en mi cabeza solo estaba la idea poco creíble de yo afuera de este lugar. Podía sentir cómo algo dentro de mí se agitaba. Un calor sordo en mi pecho, subiendo por los brazos. La enfermera retrocedió con un chillido.
El guardia me miró con terror. Se había quedado paralizado, idiota.
—¡Abre la puerta! ¡Ahora! —exigí. Pero no lo hizo. En cambio, otro guardia entró de golpe desde afuera. Me sujetó por detrás con una fuerza brutal y me tiró al suelo.
—¡NO! ¡SUÉLTENME! —grité. Pateé, rasguñé, mordí. Mi cuerpo entero se resistía. Noté que el metal de la pluma me quemaba la mano. ¿Era la fricción... o era yo?
—¡Se está poniendo roja! ¡La pluma está caliente! —gritó uno de ellos.
Me inmovilizaron. Otro guardia más entró con correas y la maldita camilla. Supe lo que venía. Intenté resistirme, pero eran muchos. Me amarraron muñecas y tobillos, me apretaron y me golpeé contra el frío hierro de la camilla. Mi cuerpo se estremecía y mi espalda se arqueó mientras mis ojos empezaban a lagrimear por la ira.
Lloré de rabia. No de miedo. De impotencia.
—¡No estoy loca! ¡No estoy loca, malditos! —grité una y otra vez. Pero nadie escuchaba. O no querían.
Una aguja me perforó la piel de la pierna izquierda y ese veneno frío empezó a recorrerme la sangre. El sedante. Otra vez.
—Tranquila, Tessa. Ya pasó —susurró una voz lejana, una voz que no había escuchado en ninguna esquina de este maldito hospital.
Mis párpados se sentían pesados, mi cabeza dolía, mi vista se nublo. Solté un suspiro antes de cerrar mis ojos por completo, siendo la cara de la enfermera lo último que vi.