Él principio del infierno
Las diablas
Capítulo 1: Las diablas
La voz del profesor Ignacio retumbaba por las paredes del aula, mientras en el pizarrón explicaba con paciencia un tema que ninguna quería escuchar. Su letra era temblorosa, su espalda encorvada, y su entusiasmo... escaso
Kimberly, en la última fila, arrugó un papel, lo envolvió con firmeza, y sin remordimiento lo lanzó directo hacia el cuello del profesor. El impacto fue suave, pero lo suficiente para hacerlo girar con el ceño fruncido.
—¿Quién fue? —preguntó con voz cansada.
Pero lo único que obtuvo a cambio fueron risas. Risas maliciosas, sincronizadas como una banda criminal bien entrenada. Las siete: Analía, Marisol, Adalia, Paola, Jimena, Kimberly y Belinda, se retorcían de risa como víboras venenosas, cada una escondiendo tras su carcajada una parte oscura de su alma.
—¡Silencio! —ordenó el profesor, con la poca autoridad que aún le quedaba.
El aula se apagó por unos segundos. Las risas cesaron, pero el fuego detrás de sus miradas no. Se miraron entre ellas, como si una orden muda hubiera sido emitida.
El profesor se volvió de nuevo al pizarrón. Gran error.
¡PAM!
Un manotazo firme resonó desde el pupitre de Paola. El profesor volteó. Ella lo miró a los ojos, desafiante, y volvió a apoyar las manos sobre la mesa lentamente.
¡PAM!
Esta vez fue Kimberly.
¡PAM!
Belinda la siguió.
Uno a uno, los golpes al pupitre comenzaron como advertencias, hasta que el aula entera retumbó con el eco de su furia. Parecía un ritual pagano de guerra, uno que buscaba romper al enemigo con miedo y ruido.
—¡Basta! —gritó Ignacio, con voz temblorosa.
Pero ellas respondieron con más golpes, más risas, y una lluvia de papeles envueltos que empezaron a volar hacia él como proyectiles. Fue el fin. El profesor arrojó la tiza al suelo, tomó su maletín, y salió corriendo del aula con el rostro colorado de rabia y vergüenza.
Las siete se levantaron de sus asientos, caminando con paso triunfal detrás de él, como si acabaran de ganar una batalla.
—¡Fueraaaa! —gritaron al unísono, sin piedad.
La directora Salomé, al escuchar el alboroto, salió como un rayo de su oficina. Justo a tiempo para ver al profesor Ignacio lanzarle su renuncia en la cara.
—¡No puedo más! ¡Esas niñas son demonios disfrazados! —vociferó, antes de marcharse del lugar.
Salomé intentó calmarlo, sin éxito. El silencio que quedó tras su partida fue roto por más carcajadas.
Las Diablas habían cobrado otra víctima. Y apenas era lunes.
Capítulo 2: Las diablas
Las siete estaban en sus asientos, como si nada hubiese pasado. La escena anterior con el profesor Ignacio ya era solo una anécdota para ellas. Algunas miraban al techo, otras jugaban con el cabello, y otras simplemente cuchicheaban entre si.
La directora Salomé, rígida y nerviosa, se paró frente al grupo. Con su carpeta en mano, los labios apretados y una vena palpitándole en la frente, intentó imponer orden.
—¡Se acabó! —exclamó con voz firme—. Esta vez no se van a salir con la suya.