«PRÓLOGO»
El amor, esa quimera que todos anhelamos, un espejismo que pocos alcanzan a tocar, una realidad que menos aún logran sentir en su esencia. Para mí, un desierto emocional donde ni el afecto familiar florecía, el amor era un concepto abstracto, una palabra hueca que resonaba sin eco en mi alma. Un vacío inmenso que se extendía como una grieta profunda, separándome del mundo y de sus conexiones más íntimas.
Nunca había experimentado el calor de un abrazo sincero, la dulzura de una mirada cómplice, la fuerza de una mano que te sostiene en la adversidad. Crecí en una penumbra afectiva, un silencio ensordecedor que me aislaba, convenciéndome de que era indigno de recibir amor, de que no era merecedor de esa luz tan anhelada. Por eso, cuando por fin, inesperadamente, el amor se presentó ante mí, como un rayo de sol en medio de una tormenta perpetua, me encontré completamente desorientado, incapaz de comprender la magnitud de lo que estaba sucediendo. Mi corazón, dormido durante tanto tiempo, despertó con una fuerza desbordante, un torrente de emociones desconocidas que me inundaron por completo.
Era como si una parte de mí misma, hasta entonces desconocida, se revelara por primera vez. La confusión inicial dio paso a una alegría inmensa, a un sentimiento de plenitud que nunca antes había experimentado. La fragilidad de mi pasado se desvaneció ante la fuerza abrumadora de un amor que, por fin, me encontraba. Y en ese momento, comprendí que el amor no es solo algo que se busca, sino algo que se recibe, se cultiva y se comparte, y que, a pesar de la oscuridad, siempre hay una posibilidad de encontrar la luz.
—Te amo…
Las palabras, pronunciadas con una sinceridad que resonaba en el silencio, me atravesaron como un dardo. Un amor tan puro, tan intenso, que me dejó sin aliento. Mi corazón, hasta entonces un tambor silencioso, comenzó a latir con una fuerza descontrolada.
—Desde el instante en que te vi cruzar el umbral de la tienda, una corriente invisible, una fuerza irresistible, me unió a ti. En ese primer encuentro, supe, con una certeza absoluta, que eras mi destino. No solo mi cuerpo, sino mi alma, se inclinaba ante ti, rendida a la magia de un amor que parecía escrito en las estrellas.
En ese momento, comprendí que no era una simple atracción, sino una conexión profunda, un lazo inquebrantable que trascendía el tiempo y el espacio. Era como si dos piezas de un rompecabezas, separadas durante siglos, se encontraran finalmente, encajando a la perfección, formando un todo completo, indivisible.