La Esposa, la amante y la Prostituta

All Rights Reserved ©

Summary

Hay historias que no terminan con un punto final. Terminan con una puerta entreabierta. Con una taza fría sobre la mesa. Con una voz que ya no responde cuando la llaman. La memoria es caprichosa. Guarda lo que duele y a veces borra lo que más quisimos retener. Y aun así, seguimos. En una ciudad vieja como Barcelona, donde las piedras guardan secretos que nadie se atreve a confesar, tres mujeres compartieron un nombre sin saberlo. No uno propio. Sino el de él. El que estuvo, el que mintió, el que amó a medias. El que se fue dejando grietas que nunca terminaron de cerrarse. Pero esta no es su historia. Es la de ellas. Una esposa. Una amante. Una prostituta. Cada una con su sombra. Cada una con su herida. Y todas, en algún momento, con las manos vacías. Este no es un cuento de redención. Ni una tragedia al uso. Es una vida. Tres, en realidad. Y quizás, cuando llegues al final, descubras que lo más doloroso no fue la traición, ni la pérdida, ni la soledad. Sino aquello que se escapa cuando creemos que aún tenemos tiempo. Porque a veces, lo más terrible no es lo que pasa. Es lo que dejamos de ver, justo antes de que desaparezca.

Genre
Drama
Author
Istevendesu
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Barcelona, 1961

Cuando pienso en aquella tarde de abril en que conocí a Gabriel, siempre me viene el olor a pan recién hecho y el sonido agudo de los tranvías serpenteando las calles del Eixample. Yo era joven, apenas veinte años, y trabajaba en una librería pequeña, con los estantes llenos de polvo y palabras dormidas. Él entró buscando un libro que no recordaba bien el título, y yo fingí saber de qué hablaba sólo para tener una excusa para mirarle un poco más.

Gabriel tenía esa manera de estar en el mundo que parecía no necesitar de nadie, pero al mismo tiempo te hacía sentir imprescindible. Era alto, con una voz suave, casi perezosa, y unos ojos que sabían mirar sin decir demasiado. Me hablaba de poesía francesa, de política con el mismo fervor con que yo doblaba las esquinas de los libros para no olvidar los pasajes que me conmovían. Tenía veintinueve años y ya llevaba el mundo cargado en los hombros.

Nos enamoramos como se enamoran los personajes de las novelas antiguas: con miradas robadas, con cartas escritas a mano, con silencios largos que decían más que las palabras. No hubo promesa que no nos hiciésemos. A los dos años nos casamos en una iglesia pequeña en Gràcia, con una ceremonia íntima, entre amigos que ya no están y flores que olían a futuro. Yo llevaba un vestido blanco que mi madre había cosido con sus propias manos, y él, un traje azul que parecía prestado por la vida misma.

Tuvimos un hijo, al que llamamos Julián. El amor se volvió rutina, pero una rutina amable: cafés compartidos en la terraza, libros dejados a medias sobre la cama, paseos por el barrio los domingos por la mañana. A veces discutíamos, como todos, pero siempre encontrábamos el camino de regreso.

Yo creía, con la ingenuidad de quien aún no ha conocido el filo de la realidad, que eso bastaría. Que con amor era suficiente.

No sabía entonces que las historias más tristes comienzan con una felicidad tan pura que resulta casi cruel. Que hay dolores que sólo pueden nacer cuando se ha amado de verdad.

No sabía que un día, en una esquina cualquiera de esta ciudad, iba a encontrarme cara a cara con otras dos mujeres. Y que entre las tres íbamos a intentar recomponer los pedazos del mismo hombre que nos había roto.

Pero no adelantemos lo inevitable.

Ésta es mi historia. La de Eva. La esposa.

Yo era una mujer sencilla, sin grandes ambiciones. No soñaba con riquezas ni con fama, sólo con que la vida me dejara en paz y me permitiera amar a mi manera: despacio, sin prisa, como se calienta un guiso a fuego lento.

Había crecido en una familia modesta, en un piso antiguo de la Barceloneta donde el mar se colaba por las rendijas de las ventanas y mi madre pasaba las tardes lavando ropa con las manos agrietadas. Mi padre era marinero, siempre lejos, y quizá por eso yo aprendí desde niña a amar con ausencia, a querer lo que no se toca. Cuando conocí a Gabriel, creí que la vida me compensaba.

Después de casarnos, dejé la librería y me dediqué al hogar. No por imposición, sino por amor. Me gustaba preparar el desayuno mientras sonaba la radio, doblar sus camisas con esmero, escribirle pequeñas notas que escondía entre los libros que él solía leer por las noches. Me entregué a la rutina como quien se entrega a una plegaria. Mi fe era él.

Cocinaba con música francesa de fondo, a veces Edith Piaf, a veces Charles Aznavour. Aprendí a preparar sus platos favoritos: paella los domingos, lentejas con chorizo los lunes, y su postre preferido, natillas con canela. Cada cucharada era una declaración, cada gesto una forma de decir “te quiero” sin pronunciarlo.

Tenía mis momentos de soledad, claro. Algunas tardes paseaba sola por el Parque de la Ciutadella, mirando a los niños correr y a los viejos sentados en los bancos contando historias que nadie escuchaba. Yo me sentaba con un cuaderno entre las manos, anotando fragmentos de conversaciones ajenas, imaginando vidas que no eran la mía. A veces me preguntaba si aquello sería todo: ser esposa, madre, cuidadora de un mundo pequeño. Pero enseguida me decía: “¿Y por qué no? ¿Qué más se necesita si uno tiene amor?”

Me gustaban los días grises, las tazas de café con leche muy caliente, las cartas que nadie enviaba. Me gustaba mirar a Gabriel dormido, imaginar lo que soñaba. Me gustaba sentir que estaba haciendo las cosas bien. Que era suficiente.

Nunca fui de grandes amigas. Tenía a Clara, una vecina del piso de arriba, con la que hablaba de vez en cuando mientras tendíamos la ropa en el patio. Ella solía quejarse de su marido, de sus hijos, de la vida. Yo, en cambio, callaba. Porque yo aún creía en el milagro de lo cotidiano. Porque para mí, el amor era un trabajo silencioso, constante, como fregar los platos después de cenar sin que nadie lo note, pero que si no se hace, todo se acumula y se pudre.

Gabriel me abrazaba cada noche antes de dormir. Me decía “hasta mañana, mi amor” como si fuese una oración. Y yo cerraba los ojos pensando que si el mundo se acababa en ese instante, me iría en paz.

Aún no había señales. Aún no existían ni Ester, ni María.

Aún no sabía que uno puede sentirse amado, y aún así estar viviendo una mentira.

Pero eso lo sabría después.

Cuando ya no pudiera deshacer lo vivido.

Cuando la felicidad sólo fuese un recuerdo con olor a jazmín y a pan caliente.

Gabriel era un hombre sencillo, pero tenía una forma única de hacerme sentir que el mundo, aún con su desorden y sus cicatrices, podía ser hermoso. En las noches de verano nos sentábamos en el balcón de nuestro piso de la calle Mallorca, compartiendo una copa de vino barato mientras escuchábamos a algún vecino desafinado rasguear una guitarra desde el otro lado del patio interior. Él me recitaba versos de Bécquer o me leía en voz alta algún artículo del Tele/eXprés, mientras yo le acariciaba la nuca y pensaba que, si ese momento duraba para siempre, no pediría nada más.

Gabriel solía traerme flores sin motivo. Margaritas cuando salía de la panadería, lirios en primavera que compraba a escondidas en las Ramblas. Una vez, incluso, robó un jazmín del jardín del convento cercano. Me lo entregó riéndose, como un niño travieso, y me dijo:

—Toma, amor mío. Para que te acuerdes de que la vida también huele bien.

Éramos felices, al menos eso creía yo. Teníamos poco, pero nos bastaba. Compartíamos un colchón blando que se hundía por el centro, unos muebles heredados y un reloj de pared que a veces se detenía, como si también él quisiera darnos tregua. Nuestra casa no era grande, pero estaba llena de música, de libros abiertos y de pequeñas risas.

Recuerdo especialmente una mañana de invierno, después de una de nuestras pocas escapadas fuera de la ciudad. Nos habíamos quedado dormidos abrazados, y cuando abrí los ojos, Gabriel ya estaba despierto, observándome. No dijo nada. Me acarició el rostro con la yema de los dedos y me besó la frente.

—Estás preciosa cuando duermes. Pareces de otra época.

—¿Y tú de cuál época eres? —le pregunté bromeando.

—Yo no soy de ninguna —me dijo—. Yo sólo existo si tú me miras.

Aquel día, me lo juré a mí misma: este hombre será mi principio y mi final.

No lo sabía entonces, pero cada instante de alegría que viví con él se iba almacenando en algún rincón profundo, para que un día, cuando la vida me empujara al abismo, pudiera volver a ellos como quien regresa a una canción que ya no suena, pero cuya melodía aún recuerda el corazón.

Julián fue mi sol. No hay otra forma de decirlo. Llegó un día de otoño, con las hojas cayendo como si el mundo se estuviera deshaciendo suavemente, pero para mí todo comenzaba. Tenía la piel arrugada como de anciano y un llanto que parecía de otro siglo, como si ya hubiese nacido sabiendo que la vida iba a dolerle. Pero luego me miró... y ya está. Supe que todo lo demás —las cosas, los miedos, incluso Gabriel— se volvía pequeño frente a esos ojos oscuros que me decían: “Tú y yo, mamá. Solo tú y yo”.

Desde entonces, nuestras vidas giraron en torno a él. Gabriel lo adoraba, claro, aunque no con la misma devoción mía. Él decía:

—Mujer, no le agobies, que se va a acostumbrar a estar siempre encima.

—Pues claro que se va a acostumbrar, ¿y qué? ¿A qué hay que acostumbrarse si no es al amor?

Yo le cantaba nanas que me había enseñado mi abuela, le leía cuentos antes de dormir, aunque no entendiese ni media palabra, y le tejía bufandas que nunca se ponía porque se las quitaba en cuanto salíamos a la calle. Era un niño vivo, despierto, de esos que preguntan sin parar y no se conforman con un “ya te lo explicaré cuando seas mayor”.

—Mamá, ¿por qué los hombres no pueden tener bebés?

—Porque si pudieran, cielo, seguro que nos dejaban el trabajo sucio igualmente.

—¿Y tú te casaste porque estabas enamorada?

—Claro, ¿por qué si no?

—Pues Clara dice que tú cocinas como si estuvieras enfadada.

—Y Clara qué sabrá de cocinar ni de estar enamorada…

Nos reíamos. Mucho. Julián tenía esa risa traviesa que se te cuela en el pecho y te arregla el día, aunque lo hayas empezado llorando. Le encantaba meterse en la cama con nosotros los domingos por la mañana, hacerse el dormido entre los dos, aunque al minuto ya estuviese jugando con mis dedos o empujándome con los pies fríos.

—Mamá, tú hueles a mantequilla.

—Pues tú hueles a gato mojado.

—¡Mentira! ¡Yo huelo a rayos láser!

—¡Pues anda que tú…!

Era mi sombra. Mi compañero de compras, mi aprendiz de repostería, mi crítico más sincero. Si una tortilla me salía mal, él lo decía sin piedad:

—Está un poco fea, ¿eh?

—Pues la próxima la haces tú.

—Vale. Pero sin cebolla.

—Sin cebolla no es tortilla. Eso es un sacrilegio.

Y así pasaban los días. Con migas en la mesa, dibujos pegados en la nevera, calcetines pequeños enredados en la lavadora y abrazos que sabían a salvación. Yo pensaba, en mi ingenuidad infinita, que mientras él me quisiera, nada malo podría pasarnos.

No sabía —o no quería saber— que los niños también crecen.

Y que hay amores que no bastan para sostener una vida que empieza a resquebrajarse por dentro.

Pero entonces, aún no.

Entonces, todo estaba en su sitio.

Julián dormía con la boca abierta, abrazado a su peluche favorito, y yo me quedaba despierta mirándole, con una especie de miedo dulce en el pecho. Como si todo aquello fuese demasiado bueno. Como si, en cualquier momento, alguien fuese a venir a quitármelo.

Y en cierto modo, así fue.