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Exterminio:Balas y caricias

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Summary

Cuando el virus se liberó, no fue el fin del mundo. Fue el fin del silencio. La rabia y el ébola danzaron en un laboratorio y crearon algo peor: una infección que no mata… transforma. Y lo hace rápido. Veinte segundos después del primer grito, ya no eres humano. Eres hambre. Eres furia. Eres olvido. Guadalajara cayó en horas. Las calles se volvieron corredores de carne rabiosa. El amor se volvió un lujo. La vida, una apuesta con la muerte. Candy Blackwell, ex-stripper convertida en guerrera, no estaba hecha para sobrevivir. Estaba hecha para incendiar. Lidera un grupo de sobrevivientes entre ruinas y verdades podridas. Junto a Gabriel, su amante y soldado, lucha por algo más que la vida: venganza, redención… y el último refugio que aún no ha sido tomado por el virus: el corazón. Pero entre cada beso y cada disparo, entre las paredes de una catedral sitiada, la línea entre el deseo y la desesperación se vuelve tan delgada como la piel que aún queda sobre los huesos de este mundo moribundo. En un apocalipsis donde los infectados corren más rápido que tus miedos, la única arma más letal que una escopeta… es un “te amo” en la boca equivocada.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo I – La Catedral de los Condenados

Nos encontrábamos en el corazón de Guadalajara,

resguardando la vieja catedral como si aún tuviera fe para darnos.

Gabriel, los policías, y yo…

los últimos creyentes en una causa que ya ni Dios recordaba.

Había rumores de que el ejército venía.

Pero los infectados llegaron primero.

Y ellos no tocaban la puerta: la rompían a gritos.

—Tenemos que sobrevivir… ¡aguanten! —grité, con la voz rajada por el miedo.

Gabriel, mi novio, me miró como si nada pudiera tocarlo.

—Estaremos juntos hasta el final, Candy. No importa lo que pase. Te amo.

—Yo también te amo, Gabriel… —le respondí, sintiendo que esas palabras serían nuestras últimas.

Entonces, estalló la guerra.

Zombies, bestias rabiosas con ojos vacíos, irrumpieron por las calles.

Corrían como si el infierno los empujara por la espalda.

Las balas no se hicieron esperar.

El estruendo era una sinfonía de desesperación.

Los oficiales arrastraron las patrullas y las pusieron como barricadas improvisadas.

Uno de esos engendros saltó sobre el cofre de una unidad.

Marla, con el pulso de una veterana, le voló la cabeza con la escopeta.

El cuerpo salió disparado como si el mismo juicio lo hubiera rechazado.

Todos estábamos ahí, sudando, jadeando,

mirándonos con los ojos de quien ya ha visto su tumba.

No íbamos a dejar que entraran a la catedral.

Un oficial habló por radio, jadeante:

—¿Cómo están en la puerta norte?

—Estamos bien… solo que… ¿¡qué mierda son estas cosas!?

Tomé el transmisor y escupí la respuesta como si fuera una orden sagrada:

—¡A la cabeza! ¡Disparen a la cabeza! Como en las películas.

—Ya escucharon a la Primera Ministra de Inglaterra —gritó alguien entre risas nerviosas—.

—¡A la cabeza, carajo!

Y así comenzó nuestra cruzada.

No por Dios. No por el país.

Sino por nosotros.

Por los que aún respiraban.

Las balas silbaban.

Los cuerpos caían.

Y nosotros resistíamos dentro de esa catedral profanada…

como santos con las manos manchadas de sangre.

Una guerra sin cuartel.

Sin gloria.

Pero con el amor apretado entre los dientes.

El olor a pólvora y carne quemada ya era parte del aire.

Algunos oficiales recargaban con manos temblorosas,

otros rezaban sin saber a quién.

El vitral de la catedral —ese ángel roto en mil colores—

filtraba la luz como si aún hubiera cielo allá arriba.

Pero nosotros sabíamos la verdad:

el cielo había cerrado las puertas.

—¡Vienen más! ¡Por el sur! —gritó Marla, apuntando su escopeta hacia las sombras.

Una estampida de infectados cruzaba el parque como un enjambre de fuego.

No corrían… volaban sobre sus propias piernas,

con la desesperación de quien ya no tiene alma.

Gabriel me tomó de la mano.

Su piel, caliente y agrietada por el combate,

aún sabía a hogar.

—No te sueltes por nada del mundo.

—Solo si tú no lo haces.

Y entonces…

algo estalló dentro de la catedral.

Una de las puertas laterales —la que nadie vigilaba—

explotó con un rugido metálico.

—¡Traidores! ¡Alguien abrió por dentro! —gritó el oficial Pérez.

El caos se desató como una blasfemia.

Los infectados entraron.

Como una ola viva de muerte.

Como si el infierno tuviera hambre y nosotros fuéramos su cena.

Vi a uno de los nuestros caer. Luego otro.

Gritos. Sangre.

El vitral del ángel estalló, tiñendo de rojo sus alas de vidrio.

Disparé hasta que mi alma dolió.

Gabriel gritaba mi nombre, yo el suyo,

y entre los dos tejíamos una red de fuego para no separarnos.

Pero entonces lo vi.

Uno de los nuestros… ayudando a los infectados a entrar.

Un civil. Un joven. Demasiado limpio para este desastre.

Sus ojos estaban inyectados, su boca murmuraba algo.

—¿Lo viste? —preguntó Gabriel.

Asentí, con el arma aún levantada.

—Está poseído. O… condicionado. Algo no está bien.

Y en medio de la masacre, lo entendí:

no todos los monstruos estaban infectados.

Algunos eran humanos…

y habían decidido traicionar al resto.

La puerta norte estaba casi despejada.

Los cuerpos —inmundos y humanos— alfombraban el suelo como promesas rotas.

Yo gritaba órdenes entre disparos y sollozos:

—¡Corran! ¡Sálganse por la carretera! ¡Usen los autos como trampas! ¡Que nadie se quede atrás!

Y corrieron.

Madres con niños a cuestas, ancianos aferrados a biblias vacías,

hombres con miedo de sí mismos…

Corrieron como si correr bastara para no morir.

Pero uno se quedó.

Un joven de sotana, de mirada desorbitada,

de lengua en llamas que no hablaba por él.

—¡ESTE ES EL DESEO DE DIOS! —gritaba, con los brazos abiertos.

—¡LOS MUERTOS CAMINARÁN SOBRE LA TIERRA! ¡VIENE NUESTRO SEÑOR!

Y entonces lo vi.

No era un civil.

Era el sacerdote de la catedral…

…convertido en profeta de su propia condena.

Los infectados lo rodearon como devotos sin fe.

Y él, en su delirio, no se defendió.

Se entregó como ofrenda rota.

Uno le mordió la cara,

otro el cuello.

La sangre salió como un río sagrado:

de los ojos, de la boca, de sus propias plegarias.

—Pobre estúpido… —murmuré, con una mezcla de rabia y lástima.

Porque ni Dios salva a quien se arroja al infierno.

Salí con dos oficiales.

Uno tenía una herida fea en el brazo,

el otro llevaba una bandera como vendaje.

—Primera Ministra, es importante que salga usted y sus amigos ahora.

Me miraron con la urgencia de quien ya ha visto morir demasiados líderes.

—¡No! —grité—.

—¡Primero los civiles! ¡No dejaré a nadie atrás!

Y entonces…

el cielo rugió.

Una lluvia de fuego descendió como justicia tardía.

Camiones blindados.

Soldados armados hasta los dientes.

Botas que hicieron temblar el suelo.

El Ejército Mexicano había llegado.

Las balas llovían sobre los infectados como una respuesta brutal a una plegaria olvidada.

Y por primera vez en mucho tiempo, creí que quizás…

quizás no moriríamos esa noche.

No todos.




Chapters
1. Capítulo I – La Catedral de los Condenados
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