EL SABOR DE LA MEDIANOCHE

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Summary

🌙 "Descubre el secreto de la noche en 'El Sabor de la Medianoche'. Isadora Devereaux es más que una viuda elegante; es una cazadora en la oscuridad. ¿Te atreves a seguir su juego?" 🔥✨

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

En el crepúsculo de un día de 1887, la elegante casa Valmont se alzaba en el barrio elegante de la ciudad, como un bastión de secretos y sombras sobre la ciudad de Lyon. Sus muros de mármol negro, testigos de lujuria y poder, ocultaban la vida de Isadora Devereaux. Durante el día, era la viuda aristocrática, elegante y reservada, cuyo encanto atraía a la alta sociedad. Por la noche, se transformaba en “La Medianoche”, una figura envuelta en cuero que deslizaba entre los tejados, moviéndose de manera traviesa entre los hombres y desapareciendo en la niebla como un fantasma. Su cuerpo, acostumbrado a la seda y los corsés, se movía con la agilidad de una felina bajo el cuero ceñido. Cada músculo, entrenado en el arte del sigilo y la velocidad, respondía a sus órdenes con precisión. Isadora disfrutaba de la adrenalina del momento, del roce del peligro contra su piel, de la sensación de poder que emanaba de sus habilidades. En una de aquellas noches, mientras escalaba los muros de la mansión de un banquero corrupto, sus sentidos se agudizaron. Un nuevo aroma se mezclaba con el de la noche: el del inspector Víctor Lemoine, un hombre obsesionado con atraparla y descubrir su identidad.

Lemoine era todo un cazador, un lobo solitario con ojos que penetraban hasta en la oscuridad. Su presencia, una mezcla de peligro y fascinación, despierta en Isadora una mezcla de emociones. Aunque sabe que debe ser cautelosa, pero la idea de jugar al gato y al ratón con él, de burlar su astucia, enciende una llama en su interior. En el salón de la casa Valmont, Isadora recibe a Lemoine con una sonrisa enigmática. Su vestido de seda negra, que se ajusta su curvilínea figura, resaltaba su imagen felina. Sus ojos, verdes como esmeraldas, brillan con una luz misteriosa.

—“Inspector, qué agradable sorpresa” —dice Isadora, con su voz como un susurro seductor—. “¿Qué le trae a mi humilde morada?”

—“La Medianoche” —respondió Lemoine, sus ojos fijos en los de ella—. Sé que está cerca, y no descansaré hasta atraparla.

Isadora soltó una risa suave, como el ronroneo de un gato.

—“¿La Medianoche?. Una criatura fantasmal que se burla de la ley. Me temo que sus esfuerzos serán en vano aquí, inspector”.

Lemoine se acercó a ella, su aliento rozando su piel. Aunque el inspector lo hace con el fin de intimidarla, rápidamente cae en la trampa sensitiva de todo hombre y toda mujer: termina siendo seducido por la cercanía y la sensualidad de la gata. Pero el hombre de la ley trata de recobrar la ecuanimidad.

—“No subestime mi determinación, señora Devereaux. Tengo la sensación de que usted y La Medianoche comparten más de lo que puede imaginar”.

Isadora sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La cercanía de Lemoine, su mirada penetrante, la hacían sentir una mujer vulnerable. Pero no podía permitirse mostrar debilidad para ser descubierta.

—“Inspector, sus insinuaciones son inapropiadas” —dice Isadora, apartándose de él, empujándolo suavemente y mirando hacia otro lado, fingiendo como una doncella—. “Le sugiero que se marche antes de que su imaginación le haga una mala jugada”.

Lemoine sonrió, una sonrisa que prometía problemas, seguramente.

—“No me iré, señora Devereaux. La Medianoche está aquí, lo siento en el aire. Y la encontraré, aunque tenga que registrar cada rincón de esta casa.

La tensión entre ellos ya era palpable, una mezcla de atracción y desconfianza. Isadora sabía que Lemoine era un peligro para su otra vida, pero también sentía una fascinación irresistible por él. Mientras tanto, en las sombras de la casona, el marqués Adrien de Beaumont observaba a Isadora con ojos codiciosos. Líder de La Orden de Bastet, un club secreto de aristócratas, creía que Isadora era la clave para despertar el poder de la diosa felina Bastet. El Marqués, con su carisma y su poder, era un depredador aún más peligroso que Lemoine. Su deseo por Isadora, una mezcla de lujuria y ambición, lo convertía en un enemigo mortal.

Al caer el sol, mientras La Medianoche se deslizaba por los tejados, el Marqués la interceptó. Su figura, envuelta en una capa de terciopelo negro, se recortaba contra la luna llena.

—“Isadora, mi querida Isadora” —dijo el Marqués, su voz un murmullo seductor—. “Sabes que no puedes ocultarte de mí”.

—“¿Qué quieres, marqués?” —preguntó Isadora, su voz cargada de desprecio.

—“Quiero lo que es mío” —respondió el Marqués, acercándose a ella—. “Quiero el poder de Bastet, y tú eres la llave”.

Isadora lo miró con desconfianza. Sabía que el marqués era capaz de cualquier cosa por conseguir su objetivo.

—“No soy tu llave” —dijo Isadora, retrocediendo—. “No tengo nada que ver con tus oscuros rituales”.

El marqués sonrió, una sonrisa que mostraba sus dientes afilados.

—“No te hagas la inocente, Isadora. Su sangre corre por tus venas, la sangre de los elegidos. Eres la heredera del poder ancestral, un poder que me pertenece”.

El Marqués se abalanzó sobre ella, sus manos buscando su cuello. Isadora, ágil como una gata, esquivó su ataque y lo golpeó con fuerza. La lucha fue feroz, un baile de sombras y cuchillos en la oscuridad de la noche. Isadora, con sus habilidades felinas, superaba al marqués en agilidad y velocidad. Pero el marqués, con su poder y su determinación, era un adversario formidable. Mientras tanto, en la casa Valmont, Lemoine registraba cada habitación, cada pasadizo secreto. Buscaba pistas, pruebas que lo llevaran a La Medianoche.

En la alcoba de Isadora, encontró un cajón oculto. Dentro, encontró un traje de cuero negro, ajustado al cuerpo, con garras de metal afiladas. Lemoine sonrió, una sonrisa de satisfacción. Tenía su prueba. Isadora Devereaux era La Medianoche. Pero antes de que pudiera salir de la habitación, una figura encapuchada apareció en la puerta. Era Madame Rosette, la dueña de un burdel, la única persona en la que Isadora confiaba.

—“Inspector, le sugiero que deje esos juguetes y se marche” —dijo Madame Rosette, su voz fría y amenazante.

Lemoine la miró con desconfianza. Sabía que Madame Rosette era una mujer peligrosa.

—“No me iré sin ella” —dijo Lemoine, su voz cargada.

Madame Rosette esbozó una sonrisa que mostraba sus dientes amarillentos.

—Entonces, inspector, tendrá que enfrentarse a mí.

La lucha fue corta y brutal. Madame Rosette, con sus habilidades de cortesana y sus cuchillos afilados, superó a Lemoine en velocidad y astucia. Después de unos golpes, Lemoine cae al suelo, inconsciente. Madame Rosette lo miró con desprecio y luego desapareció en la oscuridad. Mientras tanto, en los tejados de Lyon, Isadora y el marqués seguían luchando. Ha llegado a su punto culminante.

Isadora, con un último golpe, logra desarmar al Marqués. Luego, con un movimiento rápido y preciso, le clava sus garras de metal en el pecho.

El marqués cae al suelo. Isadora lo miró. Aunque se siente agitada y excitada por la pelea, desarrolla en ese momento un deseo instintivo y animal por el hombre inconsciente. En ese momento descubre de su capa su humanidad bella y desnuda, de insinuantes caderas y pechos con sus enormes aureolas y pezones, presentando toda una figura portentosa. Con lujuria, desabrocha el pantalón del noble, revelando su miembro, el cual erecta con sus manos; con aquel sentimiento de lujuria animal, se sienta en su miembro, haciendo contacto con su vagina, mientras se penetra a sí misma y mueve sus caderas. Va sintiendo aquella sensación exquisita que la va llevando al éxtasis total.

En el barrio se siente un gemido de mujer que termina en un grito que se escucha por todas partes… Ha llegado a su satisfacción. Horas después, llega a la casa, a través de una trampilla en el tejado, Madame Rosette. Le dice que el inspector Lemoine está inconsciente en su cama, después de haberlo encontrado de intruso en la casa y de haber tenido una intensa lucha. Isadora, toda sudorosa tras haber merendado sexualmente al márquez, sonríe plácidamente y le dice a Madame: — “Tranquila, yo me hago cargo del inspector, tú vete a dormir”.

Isadora se acerca al inspector inconsciente y lo observa un buen rato. Los verdes ojos de Isadora brillan en la noche; se quita la capa quedando completamente desnuda y se sienta encima del hombre. En ese momento, el inspector despierta, desorientado, no sabe si lo que está pasando es real o es producto de un sueño. Así, La Medianoche se dispone a tener su segundo round sexual. El oficial de policía, frotando su vagina entremedio de sus pantalones, a medida que lo hace, se excita enormemente, al punto que su miembro se pone duro y sale del pantalón. Así se penetra el miembro de Lemoine y se lo frota duramente contra su vagina, pero cuando otra vez va a estallar del orgasmo, la situación, aflora el instinto salvaje en hombre que había quedado solo en su mirada intensa, agarra a la mujer violencia y la toma de las caderas y la penetra con violencia, Isadora estaba entregada ya no solo a sus pasiones, sino también a lo que estaba haciendo Lemoine, mientras ella movía sus caderas una y otra vez, sintiendo su pene dentro de ella como la llevaba a sentir increíbles sensaciones, a tal punto que su cara se tomó en una mueca extraña, en ese momento, sintió una océano completo de sensaciones pasado entre ellos.

Ambos durmieron, quedando completamente exhaustos de la experiencia. La pregunta que queda: Cuando Lemoine despierte, ¿seguirá pensando que tuvo un sueño o que probó el sabor de la Medianoche?.