Capítulo 1
Ariadna tenía veinticinco años y una obsesión que no sabía exactamente cuándo había comenzado. Desde pequeña, se sintió atraída por los enigmas, los silencios que nadie se atrevía a romper, los secretos mal enterrados. Mientras sus amigas jugaban a imaginar bodas o soñaban con viajes, ella imaginaba escenas del crimen, repasaba teorías policiales y devoraba todo lo que tuviera que ver con misterios sin resolver. Aquello que a otros les causaba incomodidad o temor, a ella le parecía fascinante.
Había estudiado criminología y trabajaba en un archivo legal, pero su verdadera pasión comenzaba al caer la noche, cuando podía sumergirse en foros de casos fríos, leer viejos informes, analizar patrones y recolectar piezas de rompecabezas que nadie más quería armar. Para Ariadna, las muertes sin respuesta no eran historias cerradas, sino puertas esperando a ser abiertas.
Ese día, un sábado lluvioso de abril, visitaba la casa de su abuela en San Fernando. La casa, construida en los años 60, tenía un desván al que pocos se atrevían a subir. Su abuela decía que solo había polvo y recuerdos, pero Ariadna sentía que los lugares olvidados solían esconder lo más interesante.
Subió los peldaños de madera con una linterna en mano y empujó la puerta del desván, que crujió como si se quejara tras años de silencio. Lo primero que le llegó fue el olor a madera vieja y papeles húmedos. Entre cajas, libros antiguos y una mecedora cubierta por una sábana blanca, encontró una caja de cartón sin etiquetas, pero con un nombre escrito con marcador negro en la tapa: "Catalina Gómez, 1993".
Frunció el ceño. No recordaba haber oído ese nombre en la familia. El año también llamó su atención. 1993. Siete años antes de que ella naciera. Se sentó en el suelo, sobre una manta vieja, y abrió la caja con sumo cuidado, como si fuera un artefacto delicado.
Dentro encontró un manojo de cartas, cuadernos, fotografías y, lo que más le impactó, un recorte de periódico desgastado por el tiempo. El titular, aunque parcialmente borrado, aún era legible:
"Joven desaparecida es hallada muerta en el bosque de Los Olmos".
Ariadna contuvo el aliento. Reconocía ese lugar. El bosque de Los Olmos quedaba a unos treinta minutos del pueblo. Era un sitio al que los adolescentes iban a beber y contar historias de miedo, aunque pocos sabían que allí se había encontrado un cuerpo hace más de treinta años.
La imagen junto al titular mostraba el rostro de una chica joven, de unos dieciocho años. Tenía el cabello liso, oscuro, y una expresión serena, como si no supiera que esa sería la foto que acompañaría su final. Bajo la imagen, el artículo relataba que Catalina Gómez desapareció tras asistir a una fiesta escolar. Su cuerpo fue hallado tres semanas después, semienterrado entre arbustos, sin señales claras de violencia ni rastros de agresión. El informe policial cerró el caso como “accidente sin causa determinada”.
Ariadna leyó ese fragmento tres veces.
—¿Accidente? —murmuró, acariciando con los dedos la imagen de la chica—. A veces no querer ver es más cómodo que buscar la verdad.
A partir de ese instante, supo que no podría dejarlo pasar. Había leído decenas de casos parecidos: desapariciones mal investigadas, pruebas perdidas, testimonios ignorados. Catalina no era un nombre más. Había sido una persona real, con sueños, con amigos, con una vida que terminó antes de tiempo y de forma sospechosa. Y su historia había sido guardada en una caja por casi treinta años. ¿Por qué? ¿Quién la guardó? ¿Y qué querían ocultar?
Siguió revisando el contenido. Las cartas eran personales, dirigidas a alguien llamado “Elisa”. Había una entrada de diario en la que Catalina escribía: “A veces siento que alguien me sigue. No sé si es mi imaginación o si debo preocuparme.” Esa frase heló a Ariadna.
El aire del desván se volvió más denso, como si el pasado hubiera despertado y la mirara desde las sombras.
Cerró la caja y bajó con ella en brazos. Ya no era solo curiosidad lo que sentía. Era compromiso. Catalina no había tenido justicia. Pero quizá, treinta años después, Ariadna podría encontrarla.
Lo que aún no sabía era que este caso, enterrado por el tiempo, estaba lejos de ser inofensivo. Y que alguien más no quería que Catalina fuera recordada.