El despertar de la diosa
El Juego de la Diosa
La brisa nocturna acariciaba el mármol blanco del templo mientras el eco de los suspiros aún flotaba en el aire. Afrodita, envuelta en sedas que parecían fundirse con su piel dorada, caminaba descalza entre las columnas como una llama que no sabía apagarse.
Su mirada era un universo de promesas y despedidas.
—Ya se han ido todos —murmuró Hebe, su doncella inmortal, acercándose con una copa de néctar.
—No todos —respondió Afrodita con una sonrisa indescifrable, y tomó un sorbo sin apartar la vista del horizonte.
Los dioses habían callado, pero el deseo aún hablaba a través de los cuerpos que la esperaban. Afrodita no era solo la diosa del amor: era el amor hecho carne. Pero tras siglos de entregar placer, la pasión se volvió ritual, y el ritual se volvió vacío.
Hasta que Zeus propuso un nuevo juego.
Doce hombres, uno por cada signo del zodiaco. Todos elegidos por su fuerza, poder, belleza y capacidad de amar… o de destruir. Uno de ellos traería la redención. Otro, el caos. Afrodita debía entregarse a cada uno, no solo en cuerpo, sino en alma. Y solo al final, sabría la verdad.
No era un castigo. Era un reinicio.
Afrodita aceptó. No por obediencia. Sino porque, por primera vez en siglos, sintió algo parecido al miedo… y a la emoción.
—¿Y si me rompen, Hebe? —preguntó con voz apenas audible.
—Entonces nacerás de nuevo —dijo la doncella—. Como siempre haces.
Afrodita se acercó al espejo de obsidiana negra y se contempló. Su belleza seguía intacta, pero sus ojos ya no brillaban como antes. El deseo podía vestirse de muchas formas, pero ninguna sustituía la verdad. Y ahora, iba a enfrentarla cara a cara… doce veces.
Esa noche, escribió los nombres de los doce en pétalos de rosa blanca y los arrojó al viento. El primero que regresara al templo sería el inicio de su viaje.
Un pétalo ardió con fuego. Aries.
Sonrió.
—Que empiece el juego.