Chapter 1 La invitación
Capítulo 1: La Invitación
Llovía con una cadencia hipnótica cuando el auto negro se detuvo frente a los portones de hierro forjado. Las gotas golpeaban el techo con un ritmo casi ceremonial. Un cuervo graznó desde lo alto del muro cubierto de hiedra, como si anunciara mi llegada… o mi sentencia.
No sabía por qué había aceptado la invitación. Quizás la curiosidad. O algo más oscuro que no sabía nombrar. El sobre había llegado esa mañana: negro como el carbón, sin remitente, con una caligrafía antigua que parecía tallada en la tinta.
> “El Conde V. solicita su presencia para una cena privada.
Carretera 9, Castillo del Acantilado. 21:00.”
La nota no decía más. Pero tampoco lo necesitaba.
Las puertas se abrieron con un crujido que pareció retumbar dentro de mí. El conductor —alto, rígido, de rostro inexpresivo— no pronunció una sola palabra. Solo condujo en silencio por el sendero estrecho que se adentraba en el bosque. Los árboles se cerraban sobre nosotros como si quisieran ocultar el camino. A cada metro, la niebla se espesaba, pegajosa y densa, tragándose el mundo detrás del auto.
Y entonces lo vi.
El castillo.
Oscuro. Majestuoso. Suspendido al borde del abismo, como una criatura dormida sobre el filo del mundo. Las torres góticas se alzaban como garras hacia el cielo tormentoso, y las ventanas, iluminadas desde el interior, parecían ojos que no parpadeaban.
Un mayordomo de rostro pálido y ojos hundidos me recibió al pie de la gran escalinata. No dijo nada. Solo me guió por pasillos interminables cubiertos de terciopelo negro y mármol rojo como carne abierta. Cada cuadro en la pared parecía observarme con una mezcla de juicio y deseo. El silencio era tan espeso como la niebla de afuera. Pero no estábamos solos. Podía sentirlo. Algo se movía entre las sombras… algo vivo. Y antiguo.
Y entonces lo vi a él.
De pie junto al fuego de una chimenea tan alta como una capilla, con una copa de cristal oscuro en la mano, que no contenía vino… o no solamente. Su silueta era una mancha perfecta en medio del resplandor anaranjado. Vestía un traje negro impecable, con la camisa abierta en el cuello, revelando parte de su clavícula marcada y una cadena de plata que colgaba sobre su piel pálida. Su cabello, oscuro como la medianoche, estaba recogido hacia atrás, dejando libre su rostro anguloso, de pómulos altos, mandíbula marcada y labios crueles. Pero eran sus ojos los que me atraparon.
Un dorado enfermizo, como ámbar fundido, que brillaba con algo inhumano.
—Llegaste —dijo con una voz grave, acariciante, que vibraba en mis huesos como un recuerdo antiguo.
—¿Quién eres? —pregunté, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado.
—Vincent —respondió, y sonrió con una lentitud peligrosa—. Pero puedes llamarme como quieras… cuando empieces a suplicarme.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Sentí un estremecimiento recorrerme la columna, como si ya lo conociera. Como si ya lo hubiera amado… o temido… en otra vida.
—¿Por qué estoy aquí?
Él se acercó. Se movía como una sombra, sin hacer ruido, pero llenando todo el espacio. Su aroma me envolvió antes de que pudiera pensar: sándalo ahumado, sangre y tormenta. Su mirada era una caricia prohibida. Su presencia… un veneno dulce.
—Porque te he buscado durante siglos —murmuró, tomando mi mentón con dos dedos largos y fríos como el mármol. Su toque era suave, pero autoritario. Innegable—. Y ahora, al fin… te encontré.
—¿Vas a matarme? —pregunté con la voz rota, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.
Él ladeó el rostro. Sus labios se curvaron en una sonrisa felina. Un colmillo afilado asomó, blanco y letal.
—No. —Se inclinó hacia mí, sus labios rozando mi oído—. Voy a hacerte mía.
No solo era deseo. Era devoción. Hambre. Obsesión.
Y ya era demasiado tarde para huir.