Reconstruyéndome contigo ©

All Rights Reserved ©

Summary

Irene intenta recomponer su vida. Pero el accidente de sus padres y las huellas de una relación abusiva, irrumpen en cada paso que da. Está rota, sin rumbo, pero dispuesta sanar. No quiere ser salvada, no lo necesita, pero Matteo parece no comprender las advertencias. Él vive estancado en la culpa de su pasado, ella juntando los pedazos que desprenden sus heridas. Julen y Olive, sus mejores amigos, la sostiene. ¿Qué sucede si uno de ellos esconde un sucio secreto? ¿Qué sucede cuando ella lo descubre? Cuando la amistad se corrompe por las mentiras, y un amor inesperado le abraza su infierno. Matteo siempre fue ruido, sarcasmo y paredes altas. Hasta que el silencio de Irene empezó a hacerle eco en el pecho. Y, sin querer, fue encontrando en ella algo que ni siquiera sabía que buscaba. Entre miradas que arden y palabras que no se atreven, descubren que a veces, el amor no llega a salvarte. Pero puede quedarse mientras uno aprende a sanar. Una historia sobre curar despacio, arder sin quemarse, y reconstruirse... con alguien que no huye del fuego.

Genre
Young Adult
Author
a b i
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

1


5 de enero, Irene.

Camino bajo la penumbra de la noche. En el aire, se siente una tranquilidad extraña, cargada de palabras que no se dicen.

El olor a humedad inunda las calles vacías, mientras avanzo a pasos lentos y arrastrados. Siento mis dedos temblar torpemente bajo la tela del jumper, pero decido no darle demasiada importancia. Tal vez es por el maldito frío que hace —o la ansiedad que batallo con ignorar—. Mi sombra se proyecta en aquel suelo cuasi mojado, los coches pasan de prisa, corriendo alguna especie de competencia que no comprendo.

El mundo sigue su curso, girando sin detenerse. Indiferente. Ajeno. Como si no faltase nadie. Pero a mí sí, a mí me faltan muchas cosas. Sin cautela me sumerjo en un matorral de sentimientos rotos: recuerdos difusos de una familia que se desmoronaba, una hermana distante, unos padres que ya no están. Veo mi vida dibujada sobre las baldosas bajo mis pies, como si aún quedase algo por reconstruir. Algo por lo que luchar.

Siento la insistencia del móvil en mi bolsillo trasero. Pero no me dispongo a responder. No tengo ganas, ni fuerzas suficientes para confrontar a quien está del otro lado. Sigo moviéndome, en automático, sin saber hacia donde ir.

Últimamente toda mi vida se sentía así.

Camino alrededor de diez minutos más, tal vez quince. No lo sé. Diviso las paredes de mi casa, pálidas y sin vida. Parecen imitar mi rostro. Me adentro de lleno en ella, dejando al calor golpearme las mejillas, y abrazar mi cuerpo completamente congelado. Dejo el abrigo colgado en el perchero, justo al lado de la entrada. Ese mismo que Olive insistió en comprar, en nuestro viaje de verano a Skipton, al norte de Yorkshire.


—Irene por favor —suplicó el rubio, arrastrando sus palabras—. Anda mira, dime que no te conmueven esos ojos.

Con manos escurridizas sostenía un pedazo de madera que intentaba parecerse a un perro, o un gato, no estaba del todo segura. Pero parecía desbordado por una emoción que no llegué a comprender del todo.

—Olive, es horrible —me sinceré—. No vamos a gastar ni un euro en eso.

Me ignoró. Se dirigió hacia la caja y pagó. No le importaba lo que tenía para opinar, y caminaba hacia la salida con aires cargados de orgullo. Esbocé una sonrisa mientras sacudía mi melena. Así de obstinado, lo amaba.


Me dirijo hacia la cocina, intentando que las pisadas en la madera vieja no delaten mi presencia. Abro la nevera con rapidez, el hambre se había instalado en mi estómago. Tomo un plato cargado de sobras de lo que supuse fue la cena, y me dispongo a calentarlas. Veo el plato girar dentro del microondas, como si nada fuera más importante en ese momento. Una vez el pitido me alerta que ya podía devorar la comida, me siento en el mullido sofá de la sala, con Tomas —mi gato— dándome la bienvenida con maullidos.

Me llevo un ligero bocado a mi boca, saboreando con entusiasmo el ingerir algo sólido luego de ocho horas arduas de trabajo. Estaba exhausta, me dolía un tanto la cabeza, y los ojos me pesaban, aunque no tanto como mi tristeza. Observo a Julen y Matteo jugar con empeño al viejo e interminable videojuego que se reproduce en la tele. Las miradas firmes sobre la pantalla, con los nudillos blancos por la dureza con la que sostienen el mando. Julen tensa la mandíbula, como si ello le diera más certeza sobre la victoria, mientras que Matteo solo maldice al aire cuando su personaje cae rendido al suelo.

—Tú me has dado mala suerte —suelta el moreno—. Podrías haber hecho horas extras.

—Algunas veces eres insufrible.

—Pero qué gatita tan odiosa —ríe enseñando sus dientes blancos— ¿Por qué no admites que te vuelvo loca?

Alzo una ceja, dejando ver mi confusión ante sus afirmaciones. Sí, me volvía loca, pero debido al cólera que me provocaba él, en todo su esplendor.

—Prefiero lavarme la boca con lejía —respondo cortante— antes de imaginar el mínimo deseo contigo.

Sus labios se curvan en una mueca que parece burla.

Decido ignorar lo que continúa diciendo, no me encontraba dispuesta a ello en ese momento. Veo a Olive viniendo hacia mí, toma lugar a mi lado, tendiendo una manta para abrigarme. Sus cabellos rubios están revueltos, su rostro con un semblante tranquilo, y me observa mientras termino de vaciar el plato de mi regazo. Dejo este sobre la mesa, y descanso mi cabeza sobre su hombro, suspirando con ligereza.

El frío se cuela por la ventana entreabierta, y la melancolía vuelve a traspasar mi corazón. Me siento perdida, ajena a todo lo que me rodea. Me encuentro observando el leve desorden, como si su único propósito fuera existir allí, sin más que hacer. Al igual que yo. Siento la garganta cargada de silencios que no quiero afrontar, y los pensamientos me atacan nuevamente.

—¿Sucede algo? —pregunta Olive, sin rodeos, como si ya lo supiera, como si el silencio que me rodea fuera más elocuente que cualquier palabra.

Me quedo quieta por unos minutos. La honestidad se escapa de mí.

—No pasa nada —respondo, casi en un susurro, como si al decirlo en voz baja pudiera hacer que fuera verdad.

No insiste. Sabe que no quiero hablar. Me conocía lo suficiente para saber que cuando me encerraba en mi propio silencio, no había forma de romperlo. Y le agradezco con una caricia casi imperceptible en su brazo desnudo. Una sacudida me recorre nuevamente las manos, un temblor ya conocido, uno que nadie parece notar. O quizás sí. Quizás lo notaban todos, pero preferían no decir nada. A veces me preguntaba si a la gente le molestaba tanto mi dolor como para no hablar de él.

—¿En qué tanto piensas, pequeña molestia? —dice Matteo, inclinándose hacia su lata de cerveza.

—Vete a la mierda, Donati —resoplo con molestia— ¿Por qué no vas a joderle la vida a alguien más?

Coloca las manos sobre su pecho, como si mis palabras lo hirieran. Hace movimientos exagerados, acompañados de gemidos extraños.

—Que filosa es tu lengua, gatita —me desafía.

—¿No te cansas de molestar?

—¿No te cansas de ser tan... intensa? —pregunta, acercándose de manera tal que su sombra se proyectaba sobre mí, como una presencia imponente.

—¿Intensa? —río con desdén—. Tu ego debe ser tan grande que no sabes qué hacer con él.

—¿Y qué sabes de mí para decir eso? —pregunta con una sonrisa burlona.

—Bastante más de lo que te gustaría —lo miro desafiante, sin querer admitir que la cercanía me incomodaba.

La tensión entre nosotros es un hilo estirado en cada extremo, listo para romperse en cualquier momento.

Entonces, solo éramos él y yo. Olvido por completo la presencia de Julen, de Olive. De pronto, los maullidos en forma de queja de Tomas se hicieron lejanas, como ecos que retumban dentro de mi cabeza. Estaba disociada, hundida en la frustración que me provoca cada puta palabra que desprende de su boca.

¿Acaso es posible ser tan insoportable?

El aire se vuelve denso, como si la energía entre nosotros se acumulase hasta alcanzar un punto de ebullición. La mirada de Matteo se clava en la mía, y de alguna manera, mi respiración se carga de contradicciones que no pueden salir.

Justo cuando creí que iba a explotar, la voz de Julen suena desde el sofá, de forma casual, como si nada de esto estuviera sucediendo.

—Sabíais que estamos aquí, ¿No? —dice, levantando la vista de la consola para mirarme con una sonrisa torcida.

Matteo no desvía sus ojos de los míos, pero su expresión se tensa levemente. Julen finge no notar nada, o al menos eso intenta, y vuelve a mirar la pantalla, ignorando por completo lo demás. Pero había algo en su tono que no me pasaba desapercibido: la manera en que trata de desviar mi atención sin mirarme directamente, como si quisiera restarle importancia al momento, pero no lograba ocultar la incomodidad.

—Si preferid, podemos dejaros solos —continúa, haciendo un gesto como si tratara de cortar la conversación sin ser obvio—. Y así podéis entreteneros en paz.

No es lo que dice lo que me molestaba, sino la forma en que lo dice, con ese tono tan relajado, casi fingido. A nadie le gustaba ser interrumpido en un momento tan cargado, y definitivamente no me gustaba que Julen esté tan interesado en interferir en algo que, hasta ese momento, era solo mío y de Matteo.

Él parece reír por lo bajo, como si entendiera tan bien como yo lo que sucede.

A veces, Julen era tan protector que parecía no dejarme respirar. Pero ¿De qué exactamente intentaba salvarme?

—Creo que Irene puede defenderse sola —responde, más cortante que de costumbre— ¿No es así?

Julen no responde de inmediato. Ni yo. Solo se encoge de hombros y sigue jugando, pero no puedo evitar notar cómo sus dedos aprietan un poco más contra sus palmas.

Me esfumo deprisa, no quería escucharlo decir otra palabra. Mis pasos por la escalera son largos y pausados, como si estuviese a miles de kilómetros de distancia. La soledad de mi habitación me recibe con vehemencia, provocando que los vellos de mis brazos se ericen. El silencio se intensifica al cerrar la puerta tras de mí. Me dejo caer en la cama, con el rostro hundido en la almohada, intentando ignorar las sensaciones que me recorren. Pero no era tan fácil.

Cierro los ojos y Matteo sigue ahí. Su voz, sus gestos, todo se repite. Y la molestia no se va: se clava. Pero no es él quien realmente me molesta. Es mi vida. Mis recuerdos. Me siento tan abrumada por todo lo que me duele, que algo tan pequeño e insignificante me rompe desde lo más mínimo como la respiración.

Las sábanas huelen a desesperación, y me abrazan como una niña abandonada. En mitad de la noche. Con frío. Con incertidumbre.

A lo lejos, escucho voces ligeramente audibles, conversaciones espaciadas que llenaban la sala. Alguna carcajada. Y me odio internamente, por sentirme una intrusa en mi propia casa. Por no permitirme disfrutar aquellos momentos que me llenaban de vida. Que me devuelven, por instantes, una estabilidad que parece irreal. Algo semejante a la familia que algún día tuve, y que ya no tengo.

Un sudor frío corre hasta mi espalda baja, el ardor se hace presente cuando intento tragarme el dolor. Estoy cansada de llorar, pero no puedo evitarlo por siempre. Le permito a las lágrimas desbordarse en mi rostro, dejar borrosa la poca visión que tengo por las luces que reflejan en el cuarto. Necesitaba dejar de sentirme así, necesitaba dejar de sentir el corazón totalmente roto y el alma hecha pedazos.

Las emociones van de un rincón a otro, puedo sentirlas en cada centímetro de mi cuerpo, de manera abrumante, introduciéndose tan profundo como le fuera posible.

Tomo la fuerza suficiente para incorporarme, dirigiendo mi cuerpo hacia el baño. <<Tal vez una ducha caliente pueda dispersar las voces de mi cabeza>>. Y aunque el agua no corre con el vigor que necesitaba para quitarme aquello aferrado a mis venas, me calma. Mi respiración se vuelve más lenta, aunque no menos densa.

Salgo de la ducha, tomando una sudadera prestada, y unos shorts viejos y estirados. Me acerco cautelosamente hacia el balcón de mi habitación. La ciudad parece dormida bajo el negro del cielo. Con una oscuridad no tan oscura, y un silencio lleno de palabras sueltas. Enciendo un cigarrillo, e intento concentrarme en él. Ignorando el mundo a mi alrededor, aquel que continúa su rumbo, sin importar que yo permanezca inmóvil.

No puedo asegurar el tiempo que pasé allí. Me concentro mientras mi cigarrillo se va consumiendo poco a poco por el fuego, al igual que mis ganas de vivir. Contemplando aquel acto como si fuera lo más importante en mi patética vida. Pero no me importa. Mi cabeza calla por un instante, y ya no siento la rabia que no podía disimular, esa que me presiona constantemente.

El sonido de unos pasos en el pasillo me hace abrir los ojos. Golpes suaves en la puerta, y una voz conocida que me saca de aquella ensoñación.

—¿Irene? —Julen asoma la cabeza por la rendija de la puerta, apenas lo suficientemente como para verme.

Sabe que no necesita permiso para entrar, pero siempre le gusta dar ese toque de cortesía que lo hace parecer más respetuoso de lo que realmente es.

Levanto la mirada, dudosa. Mis ojos aún nublados de pensamientos y emociones contradictorias se posan sobre aquel rostro preocupado, invasivo.

—¿Qué quieres? —Mi tono es más frío de lo que pretendo, pero no estoy dispuesta a disimular lo que siento.

—Solo quería saber si todo está bien.

Entra lentamente, como si hubiera algo que pudiese romper al pisar. Su presencia tranquila como siempre, como si su propia calma fuera capaz de arrastrar a otros hacia ella. Se sienta en el borde de la cama, dejando un espacio entre nosotros, siendo consciente de que lo necesitaba para respirar tranquila.

Lo miro un momento antes de sentarme junto a él, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si mi postura fuera una barrera que no quería que nadie traspasara.

—Sí, estoy bien. Solo... necesitaba estar sola un rato —admito, con un suspiro, Pero sabía que no era suficiente.

Había algo que Julen probablemente ya sabía, aunque no me gustara admitirlo.

—Lo sé —habla con suavidad—. Es que cuando te ves tan... tensa, no puedo evitar preocuparme —su mirada se suaviza, dejando de lado la máscara de seriedad que solía colocarse.

Fruzo ligeramente el ceño, pero sin tanta hostilidad como antes.

—¿Por qué habría de preocuparse? —pregunto, con una media sonrisa, un poco incrédula.

Me observa un momento. Se relame los labios, dejándome notar el nerviosismo que intenta abatir.

—Solo lo hago —dice dudando, pero su voz se torna más cálida, como si fuera un hecho, como si para él no hubiera nada raro en eso—. Aunque no lo parezca, Irene, siempre has sido una de las personas más importantes para mí.

Lo miro, buscando en sus palabras algo más, algo que pudiera decirme sobre lo que realmente estaba sintiendo. Pero, al final, solo encuentro sinceridad.

—Eres un buen hermano, Julen —digo en voz baja, casi como un susurro, sin querer decirlo demasiado alto, porque no estoy acostumbrada a mostrar esa vulnerabilidad.

Julen sonríe, y por un momento, parece que su actitud se suaviza. Pero luego, como si quisiera quitarle peso a todo, hace un gesto exagerado, ese de estar tomando la situación a la ligera.

—Lo sé. Me encanta ser el hermano perfecto —bromea, levantando las manos en señal de <<no hay de qué>>. Pero sus ojos, esos ojos que siempre tienen una capa de indiferencia, esta vez reflejan algo más, algo que no puedo poner en palabras.

—No eres perfecto...—digo finalmente, dejando escapar una sonrisa pequeña, pero sincera.

—Solo... no quiero que te olvides de que no estás sola —dice, apenas audible en el silencio.

El aire se vuelve menos intenso, pero sé que las palabras de Julen son una promesa silenciosa, algo que me conecta con él de una forma especial. No es de muchas conversaciones profundas, de mostrar vulnerabilidad. Pero siempre se encuentra ahí, cuidando cada uno de mis movimientos. Aun cuando no me agradara que lo hiciera.

Tal vez no es una mala idea pedir ayuda, a pesar de que gran parte de mi vida estuve sola.

Lo veo separar los labios, en un intento por decir algo más, pero unas grandes manos, cubren su cara por completo, impidiéndole continuar.

—Así que la gatita está triste —agrega la pequeña mierdecilla—. Pobrecita.

Ruedo mis ojos. Juro que más de una vez he pensado en matarlo, pero soy muy joven para terminar en prisión y él es demasiado aferrado como para dejar este mundo.

—Estábamos a gusto, no era necesario que vinieras, Matteo.

—Oh vamos, gatita, si mi presencia te derrite —rie, haciendo el intento de acercarse a mí—. Aunque, a decir verdad, estar triste no es excusa para verte tan horrenda —toma los mechones que se encontraban sueltos. Me inspecciona con atención.

—Tú qué sabes, idiota.

—Solo digo lo que pienso, gatita —dice, con aires de superioridad.

—¡¿Puedes dejar de decirme así?! Dios santo.

Su risa burlesca se escurre por todos los lugares, provocando un escalofrío en mi cuerpo. <<Algún día voy a asesinarlo>>, pienso.

—Ya tengo que irme a casa —dirige su fornido cuerpo al pasillo—. Pero que sepas, que, aunque te odio, puedes hablarme si algo te sucede. Voy a reírme de tu desgracia, pero luego te ayudaré.

No digo nada, solo me limito a mirarlo con desagrado y confusión. No entiendo por qué se comporta de esa manera ¿Acaso me encontraba en un estado tan deplorable como para que él sintiese pena de mí?

—Descansa gatita, trata de no soñar conmigo —dice, moviendo su mano en señal de saludo—. No me gusta estar en los sueños húmedos de las feas.

—¡Por Dios! Eres un asco, agh —grito con enojo, arrojándole un cojín, pero desaparece por el pasillo, riéndose de su estúpido chiste.

Me quedo sentada en el borde de la cama mucho después de que mi fiel protector cerrara la puerta con suavidad. Insultando por los aires a Matteo. El eco de sus palabras siguen vibrando en el aire; No estás sola.

Pero a veces, la soledad no es ausencia de personas, sino de certezas.

Aprieto los dedos contra las sábanas, como si así pudiera anclarme a algo que no fuera mi propia confusión. Y por un instante, me permito creerle. Que no estaba sola. Que alguien todavía podía verme, incluso cuando yo no me reconocía en el espejo.

Me recuesto lentamente, con la mirada fija en el techo. Sobre la mesita de noche, yace una foto familiar. Mis padres, mi hermana —Ana—, y Olive colándose frente a nosotros.

Lo observo de reojo, con un poco de nostalgia, con un poco de incertidumbre.

Matteo. Julen. Mi vida entera parece una mezcla confusa de promesas rotas y palabras que nadie se atreve a decir. Cierro los ojos. El ruido de la consola sigue apagado en el fondo, como un mundo que no me pertenece del todo.

¿Soy capaz de reconstruir mi vida? ¿O los recuerdos van a doler por siempre?

Mañana será otro día, pienso.

Aunque no tengo idea de si eso es una amenaza o una esperanza..