Un día de trabajo
Estaría sentado a las afueras de un OXXO, con un cigarro entre los dientes. La luz del local iluminaba su espalda, haciendo aún más molesta la profunda oscuridad de la madrugada. Rebuscaba en sus bolsillos algo con qué encender ese último cigarro, ese que según él lograría quitarle de encima todas las malas cosas del día.
Al encontrar una caja de fósforos la abrió con un suspiro lleno de desánimo y cansancio, Solo había uno.
—Un carajo... ¿en serio solo uno?
Lo sacó con cuidado y comenzó a frotarlo contra la caja una, dos, tres veces. El fósforo parecía negarse a prender. Finalmente una chispa surgió y la llama creció tímidamente. Una pequeña sonrisa se asomó en sus labios como si su más grande capricho estuviera por cumplirse. Pero justo al acercar el fósforo a su cigarro, el cielo empezó a nublarse. Un trueno retumbó a lo lejos y la lluvia cayó de repente apagando el fósforo y empapando su cigarro.
—Maldita sea... ¿en serio? Es domingo de madrugada ¿No puedes esperar a que sea lunes para empezar con esta suerte de mierda?
Se levantó de golpe maldiciendo entre dientes y miró hacia el cielo. Las gotas suaves pronto se volvieron bruscas y dolorosas. Guardó su cigarro mojado en el bolsillo con resignación y entró al OXXO soltando un fuerte suspiro. Al pasar la puerta su mirada fue directo a la caja registradora.
Allí yacía el cuerpo sin vida del pobre chico que tuvo la mala suerte de tener turno esa noche.
—Amigo no lo veas personal... solo es trabajo ¿sabes?
Con un salto ágil pasó al otro lado del mesón y fue directo a la parte trasera. Tomó una cajetilla de cigarros y otra de fósforos. Luego miró hacia abajo frunciendo el rostro con una mueca de asco.
—Un carajo, chico... manchaste mis zapatos con tu maldita sangre. ¿Acaso nadie puede pensar en mí una maldita vez?
Resoplando salió de detrás del mostrador. Tomó una bolsa de papel echó dentro varios productos al azar y se dio la vuelta, caminando hacia la salida con paso despreocupado.
—Adiós chico. Disculpa el desastre... tomaré estas cosas. Espero que no te las descuenten de tu sueldo.
Y se marchó, dejando atrás el cadáver. El cuerpo tenía una marca peculiar en la frente, una línea que atravesaba todo el cráneo. Olía a plomo y sangre fresca.