Cadenas Invisibles by Nahia at Inkitt
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Cadenas Invisibles

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Summary

A los 17, la vida no se detiene. Todo es demasiado intenso, demasiado rápido, demasiado de todo. Esta es la historia de una chica que intenta descifrar quién es mientras el mundo le exige respuestas. Entre primeras veces que marcan para siempre, amores que duelen y otros que curan, amistades que se rompen y verdades que arden, ella va dejando pedacitos de sí misma en cada página. Su vida no es perfecta, pero es real. Y en medio del caos -de los secretos, las decisiones difíciles y los sueños que a veces se sienten demasiado grandes- aprende que crecer duele... pero también libera. Una novela sobre el amor en todas sus formas, la identidad, las despedidas necesarias y la belleza de encontrarse a una misma.

Genre
Romance
Author
Nahia
Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

CICATRICES DEL PASADO

—¡Manipulador! —exclamó con furia—. ¡Nos has usado a tu antojo! ¡Hijo de la gran p...!

Espera, espera, querido lector… Antes de que nos sumerjamos de lleno en la explosión de ese momento, en la rabia que hervía en la voz de mi amigo, en la cruda verdad que estaba saliendo a la luz, hagamos un pequeño viaje en el tiempo. Regresemos casi dos años atrás, cuando la vida parecía un poco más sencilla, o al menos, cuando las decisiones, las experiencias y las expectativas no pesaban tanto sobre mis hombros, ni se sentían como una mochila llena de piedras.

Era verano, el calor se pegaba a la piel y el aire vibraba con la promesa de días largos y soleados. Acababa de cerrar una etapa importante, de esas que marcan un antes y un después: la secundaria. Lograr graduarme fue un hito que, aunque significativo y un alivio inmenso, no estuvo exento de sacrificios. Me costó noches de estudio, momentos en los que dudé de mí misma, en los que creí que no lo lograría. No puedo decir que lo disfrutara demasiado; de hecho, hubo épocas en las que cada día parecía una batalla. Pero lo había conseguido. Y eso, al menos, era algo.

Durante años, esa meta fue casi una obsesión, un monstruo al acecho que me susurraba que no lo conseguiría. La presión era constante, visible en los rostros de mis compañeros, en las expectativas de mis profesores, en las miradas ansiosas de mis padres. Y, sin embargo, ahí estaba yo, con mi diploma enrollado en la mano, un pedazo de cartón que simbolizaba el fin de una era, y una sensación extraña en el pecho. Esperaba sentir algo más, una euforia desmedida, una liberación total. Pero en su lugar, había una especie de vacío, una calma tensa.

Sentada en la ceremonia de graduación, en el salón de actos decorado para la ocasión, con el diploma entre los dedos y una sonrisa medio fingida para las fotos, sentía como si todo el mundo a mi alrededor estuviera celebrando algo que yo no terminaba de comprender. Las chicas se abrazaban con lágrimas en los ojos, los chicos gritaban “¡libres!” como si acabáramos de salir de una cárcel. Yo simplemente observaba, una espectadora de mi propia vida. Y pensaba: ¿ya está? ¿Esto es todo? ¿Tanto esfuerzo para este final agridulce?

Pero la euforia de haber llegado hasta allí duró poco. Apenas comenzaron las vacaciones de verano, una pregunta no dejaba de rondarme la cabeza, creciendo con cada día que pasaba, volviéndose más insistente, más pesada: ¿y ahora qué?

Recuerdo ese primer día de vacaciones, el día después de la graduación, como si aún lo tuviera pegado a la piel. Me desperté tarde, el sol ya colándose descaradamente por las rendijas de la persiana, proyectando rayas de luz en mi habitación. Lo primero que hice fue agarrar el móvil, un gesto casi automático. Y al mirar la pantalla, una oleada de pensamientos me invadió: no tengo deberes. No tengo que estudiar para el examen de mañana. No tengo que… nada. Al principio fue liberador, una sensación de ingravidez, como si me hubieran quitado un peso de encima. Después, una especie de vértigo me apretó el estómago. La libertad, en su estado más puro, podía ser aterradora.

Mi futuro, esa bestia incierta, abstracta, pero cada vez más real, estaba esperándome, y yo no tenía ni idea de cómo domarla, de qué camino tomar. La incertidumbre era un nudo en la garganta.

Tenía que decidir dónde seguir estudiando, qué instituto elegir, qué especialidad tomar. Y solo sabía una cosa con certeza, una necesidad profunda y casi visceral: quería alejarme lo máximo posible de mis antiguos compañeros. Eso no significaba que todos me cayeran mal, aunque sí es cierto que algunos eran el vivo retrato de la toxicidad y la crueldad adolescente. Pero había algo en ellos, en la forma en que me miraban, en las etiquetas que arrastraban desde la ESO, esas etiquetas que te definen sin tu consentimiento, que no quería seguir cargando. Yo necesitaba empezar de cero, necesitaba una pizarra en blanco. Sentirme ligera, sin el peso de lo que fui. Invisible, incluso, para poder reconstruirme a mi manera. Y aunque sabía que eso no se consigue solo cambiando de centro, que los problemas internos viajan contigo, era un primer paso, una oportunidad para un nuevo comienzo.

De todos ellos, de toda la gente que había pasado por mi vida en esos años de instituto, solo tres habían sido de verdadera confianza, los que me conocían de verdad, los que habían visto mis luces y mis sombras. Aunque con el tiempo, y las vueltas que da la vida, solo conservé a uno: Jorge.

Jorge y yo… no sabría ni cómo definirlo. Éramos de esos que no necesitaban hablar todos los días para saber que estábamos ahí, que el otro era un pilar. A veces me mandaba memes a las tres de la mañana, de esos que te hacen reír a carcajadas cuando todo está en silencio. Otras veces, simplemente me escuchaba despotricar durante horas sin decir una palabra, solo asintiendo, un apoyo silencioso pero inquebrantable. Pero siempre estaba. Su presencia era constante, sólida. Y eso, en un mundo como el mío, que a menudo se sentía inestable y lleno de arenas movedizas, era como encontrar un oasis en medio del desierto, un refugio donde podía ser yo misma sin miedo.

La idea de empezar de cero me resultaba tan liberadora como aterradora. No sabía si me sentía valiente, enfrentándome a lo desconocido, o si simplemente estaba huyendo de algo que no quería confrontar. Pero en mi mente, esa decisión significaba la posibilidad real de dejar atrás todo lo que me había hecho daño: los comentarios maliciosos en clase, esas miradas que juzgaban cada uno de mis movimientos; incluso las amistades que se volvieron frías y forzadas, que se sentían más como una carga que como un apoyo. Pero también implicaba renunciar a ciertas rutinas, a rostros familiares, a pasillos que, aunque a veces me asfixiaran con recuerdos incómodos, también eran parte de mi día a día, una especie de zona de confort.

Otro factor que casi sentenció mi decisión sobre el instituto fue el miedo. No solo a lo desconocido, que ya era bastante grande, sino a lo que podía encontrarme. Miedo a ser la extraña, la recién llegada que no sabe dónde sentarse. Miedo a no encajar, a que mi personalidad no encontrara su lugar. Miedo a convertirme en la oveja negra de un lugar donde todos ya tenían su sitio, sus grupos formados, sus historias previas. Esa incertidumbre pesaba sobre mí como una losa, volviendo cada opción más difícil de tomar, cada elección una tortura. Pero por encima de todo, lo que realmente me inquietaba, lo que me revolvía el estómago, era el cambio inevitable que esto traería a mi relación con Mario, mi pareja en aquel momento. Sabía que nada volvería a ser igual, que una nueva etapa implicaría nuevas dinámicas, y quizá por eso me costaba tanto dar el paso.

Mario tenía esa forma de estar presente incluso cuando no estaba. Una especie de sombra que pesaba más de lo que yo quería admitir, una presencia constante en mi mente. A veces me decía que le preocupaba que cambiara, que “los nuevos ambientes te alejan de la gente que te quiere de verdad”, y aunque sus palabras parecían dulces, envueltas en un manto de preocupación y afecto, escondían una trampa. Una trampa sutil, pero efectiva. Lo entendí más tarde, con el tiempo y la distancia, pero en aquel momento solo sentía un nudo en el pecho cada vez que pensaba en hacer algo sin su aprobación, en tomar una decisión que pudiera disgustarle.

Jorge y yo habíamos sido amigos durante años, una amistad forjada a base de risas, confidencias y un apoyo incondicional. Nos habíamos acompañado en nuestras pequeñas y grandes tragedias de la adolescencia. Siempre habíamos estado el uno para el otro, sin importar las circunstancias, una especie de pacto silencioso. Para mí, Jorge era enorme, no solo por su altura, que me sacaba varias cabezas (yo con mi metro y medio, percibía grande casi todo lo que me rodeaba). Pero no era solo su físico lo que lo hacía destacar, sino su manera de ser, su esencia.

Tenía un corazón de oro, tan puro que casi dolía, y una transparencia que lo convertía en un auténtico trozo de pan. Nunca quería hacer daño a nadie, y si alguna vez lo hacía, el remordimiento lo perseguía durante años, como si llevara una carga imposible de soltar. Era de esas personas que, incluso sin proponérselo, siempre transmitían calma, una sensación de seguridad, de que todo estaría bien. Sin embargo, en aquel entonces, nuestra relación estaba algo tirante, como una cuerda a punto de romperse.

La decisión de cambiar de instituto me rondaba la cabeza sin descanso. Una tarde, Jorge me arrastró a una cafetería de esas con sillas de colores chillones y música demasiado alta, su intento de “animarme” con un café helado.

—¿Entonces? ¿Ya lo decidiste? —preguntó, removiendo su bebida con una pajita, sus ojos fijos en mí. Sabía que se refería al nuevo instituto.

Asentí, sin muchas ganas. —Creo que sí. El de la otra zona. Está más lejos, pero… necesito aire.

Jorge dejó de remover su café. Su expresión se suavizó. —Entiendo. Sé que es difícil. Pero si es lo que necesitas para estar bien, entonces es la mejor opción. No te preocupes por lo que dejes atrás. Algunas cosas, a veces, es mejor dejarlas ir.

Su mirada se encontró con la mía y pude ver una punzada de tristeza en ella, una que no era solo por mi decisión. Sabía a qué se refería. Mario.

—Mario no lo entiende —solté, el nudo en mi garganta apretándose—. Dice que voy a cambiar, que me voy a alejar de “la gente que me quiere de verdad”.

Jorge resopló, una risa amarga. —Claro, “la gente que te quiere de verdad”. —Su voz era irónica, con un trasfondo de dolor. Era un tema delicado entre nosotros. La tensión entre él y Mario era palpable incluso cuando no estaban en la misma habitación.

—No sé qué hacer, Jorge. Me siento atrapada entre lo que quiero para mí y lo que él espera. —Sentí mis ojos humedecerse, una frustración que llevaba meses conteniendo.

Él se inclinó un poco sobre la mesa, su voz bajó de volumen. —Mira, yo no soy quién para decirte con quién estar o no. Pero sí soy tu amigo y te conozco. Si una persona te hace dudar de tus propias decisiones, de lo que es mejor para ti… ¿realmente te quiere? El amor no es una jaula, ¿sabes?

Sus palabras, aunque duras, se clavaron en mí. Eran una verdad que había evitado enfrentar. La amargura del café se mezcló con la de mis pensamientos. Él tenía razón. Mario y yo… ya no era lo mismo. Su control, aunque sutil, se había vuelto asfixiante.

—Sé que te preocupas —dije, sintiendo un escalofrío.

—Siempre lo haré —aseguró, esta vez con una sonrisa tenue, esa que siempre lograba calmarme.

Mario y Jorge nunca se habían llevado bien. Desde el principio, había una tensión latente entre ellos, un aire de rivalidad no dicha. Pero todo empeoró cuando Mario, en un ataque de celos o posesividad, lo amenazó y prácticamente lo obligó a alejarse de mí. Me lo dijo claramente, con una voz cargada de amenaza: “O él o yo”. Durante un tiempo, logró separarnos. Enamorada y completamente ciega por él, por Mario, terminé cediendo. Me convencí de que si quería que mi relación con Mario funcionara, si quería evitar conflictos, tenía que mantener las distancias con Jorge. Pero aquella distancia no duró mucho. Al final, por más que intentara apartarlo, Jorge siempre encontraba la manera de estar ahí, de aparecer, de mandarme un mensaje, de recordarme su existencia.

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