HEREDEROS: La Corona Vacía

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Summary

Seraphine es una panadera de pueblo, sin títulos ni ambiciones reales. Cuando es seleccionada como cosechada para asistir a la Academia Real, se encuentra rodeada de nobles con más riqueza que humildad. En medio de competencias y reglas que no entiende del todo, toma una decisión inesperada: postularse al trono de la academia. Mientras lucha por hacerse un lugar en un mundo que no le pertenece, también debe enfrentarse a algo más complicado que cualquier reto... los sentimientos confusos que empieza a tener por un príncipe que tiene el don de sacarla de quicio más que de enamorarla.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1. Pompopeya y los indeceados

Seraphine pasaba otro año más como sirvienta en su propia familia, mientras en Pompopeya, las niñas de su edad, e incluso algunas mayores, soñaban con ser seleccionadas para asistir a la prestigiosa academia que flotaba en lo más alto del cielo. Aquella institución, que parecía una nube más, se distinguía a lo lejos por el resplandeciente dorado que reflejaba el sol.


Cada cierto tiempo ocurría lo mismo: un carruaje negro, de aspecto noble y distinguido, se detenía en el pueblo para anunciar el inicio de las selecciones. Esto significaba que, eventualmente, una joven sería elegida para ingresar a la Academia Real del Equilibrio Arcano. No era raro que las mujeres se emocionaran como si hubieran ganado la lotería de un esposo rico, pues aquellas que ya habían asistido a la academia habían encontrado nobles como pareja, e incluso príncipes, como en el célebre caso de Lauriel, quien había partido de Pompopeya acompañada por un duque de renombre.


Sin embargo, a diferencia de todas las demás niñas del pueblo, Seraphine no compartía esa emoción. No porque la posibilidad de abandonar el pueblo y vivir una vida rodeada de lujo con un hombre adinerado le resultara indiferente, sino porque consideraba casi imposible que “la bruja”, como la llamaban, fuera seleccionada.


No era una bruja, simplemente prefería métodos poco convencionales en algunos aspectos de la vida. Tal vez, pensaba, merecía cierto desprecio, pues, cuando intentó ayudar al pueblo durante los ataques de los Delikans o en los festivales, siempre terminaba estropeándolo todo.


Para Seraphine, los príncipes, los duques e incluso las princesas estarían mejor sin tenerla cerca. Si en un pueblo tan pequeño y monótono no la aceptaban, mucho menos lo harían en una academia tan prestigiosa.


—¡Deja de soñar despierta y atrapa a esas alimañas! Los clientes no deben ver esto, y abriremos en cualquier momento.—Gritó su madre.


Vestida con lo que alguna vez fue un elegante vestido de tela fina, ahora reducido a harapos, su madre limpió las manos llenas de harina en la falda sin preocuparse por ensuciarla aún más. La señalaba con el amasador como si blandiera un arma afilada.


—¿No sería mejor si les dejáramos salir? Así no tendríamos que atraparlas y todo estaría en paz.


—¿Para qué? Volverán de todas formas, y esta panadería quedará aún peor.—Su madre intentó aplastar a las ratas que corrían por la encimera con un golpe certero del amasador.—Y ya tengo suficiente contigo, jovencita.


Seraphine rodó los ojos y siguió barriendo el local. Con suaves movimientos de la escoba, empujaba discretamente a las ratas hacia la puerta trasera, dejándolas escapar.


—Todo el mundo ya está bastante molesto por lo que hiciste en el festival con los Delinkans.—Gruñó su madre entre dientes.


—Sí, ya lo sé.—Respondió Seraphine con un suspiro.—¿Por qué nadie entiende que no todo en la vida es tan sencillo? A veces siento que, haga lo que haga, solo termino metida en más problemas.


—¡Se devoraron al viejo Fred!—Exclamó su madre, golpeando la encimera con fuerza.


Seraphine frunció el ceño, visiblemente asqueada por el recuerdo.


—Y me siento terrible por eso.—murmuró.


—¡Y claro que deberías sentirte terrible! A tan poco de las selecciones, y se te ocurre hacer semejante estupidez.—Refunfuñó su madre, con el ceño fruncido y el amasador aún en mano.—Tendré que rezarle a todos los dioses por un milagro... para que te acepten allá arriba y consigas a alguien lo bastante digno como para sacarnos de esta miseria.


—Sí, claro.—Replicó Seraphine, sin dejar de barrer.—Porque nada dice “salvación” como una chica con una escoba, persiguiendo ratas.


—¡Debería casarte con el hijo del alcalde antes de que se dé cuenta de que no eres lo bastante tonta como para envenenarlo mientras duerme!


—Qué romántico, mamá.—Ironizó.—¿Y si sonrío mucho también puedo convencerlo de cavar su propia tumba?


Un silencio cargado flotó en el aire, roto apenas por otro golpe sordo del amasador contra la encimera.


—Ve al pueblo y trae más harina.—Ordenó su madre al fin, sin siquiera mirarla.


Seraphine suspiró por enésima vez al comenzar el día, y se limpió las manos en el delantal de su vestido. Tan pronto como pudo, se arregló el cabello de forma rápida, se calzó los zapatos gastados y salió de la panadería.


El pueblo no era el más brillante, ni el más original, ni mucho menos el más moderno. Pero era su lugar de origen, y eso bastaba para condenarla. La neblina constante, la comida sin gracia y los vecinos con más veneno en la lengua que amabilidad en el corazón eran parte del paisaje habitual. Aun así, cada vez que salía a hacer los mandados, Seraphine intentaba mostrarse entera, con la cabeza en alto. Porque, en el fondo, sabía que estaba atrapada. Tarde o temprano, su destino la alcanzaría, un esposo conocido de toda la vida, hijos ruidosos y la misma rutina que consumía a todas las mujeres del pueblo.


Eso, claro, si es que algún padre estaba dispuesto a permitir que su hijo se casara con “la bruja”. Porque nadie quería cargar con esa vergüenza. Y aunque cualquier otra chica se habría quebrado bajo ese peso, ella no.


Lo único que Seraphine lamentaba, en realidad, era decepcionar a su madre.


Jamás había logrado hacerla sentir orgullosa. No desde que tenía diez años, al menos. Pero lo que más temía no era el fracaso, sino convertirse en aquello que su madre más odiaba: su abuela.


La abuela era una figura prohibida en las conversaciones, un recuerdo enterrado bajo capas de vergüenza. Una bruja verdadera, decían, de las que invocaban bajo la luna, danzaban entre llamas y tenían hijos sin nombre del padre. Su madre había crecido sola tras su muerte repentina, ganándose cada trozo de pan sin ayuda de nadie.


Seraphine reconocía en sí misma ciertos parecidos con aquella mujer: tics, hábitos, gustos extraños. Pero no le interesaban los rituales ni los bailes bajo el cielo estrellado. Su pasión era otra. Las hierbas, los aromas, los talismanes protectores. Esa era su magia, sutil y discreta. Inofensiva, pero suficiente para hacer que la señalaran con desconfianza.


—¡Oh, radiante flor del amanecer! ¡Sí, tú, la de paso apresurado!


Seraphine se giró con resignación al escuchar la voz inconfundible de Greco, el hijo del alcalde, subido (una vez más) sobre las bolsas de arena que custodiaban la plaza. Era ya una rutina absurda: cada mañana, justo cuando ella salía a comprar harina, él aparecía para declamar su amor con la sutileza de un trueno.


—¡Cuyo cabello grasoso juega con los latidos de mi corazón, y cuyos hermosos ojos verdes atraviesan mi alma!


¿Grasoso? ¿Su cabello estaba grasoso?


—¡Seraphine! ¡Dueña de mi corazón! ¡Cásate co…!


No terminó la frase. Uno de sus amigos, visiblemente harto del numerito, lo empujó sin delicadeza, haciéndolo caer de su improvisado escenario. Seraphine suspiró aliviada y aprovechó para perderse entre la multitud del mercado antes de que el poeta local se reincorporara.


Greco era, en el mejor de los casos, excéntrico. En el peor, una tortura constante. Quizás padecía algún desequilibrio emocional…o simplemente encontraba placer en avergonzarla, como cuando de niños la dejó colgada de un árbol, enganchando su vestido para que todos pudieran reírse de ella.


No pudo defenderse entonces. Y nadie lo hizo por ella. Era el hijo del alcalde, después de todo.


Durante mucho tiempo pensó que sus declaraciones eran parte de una cruel broma. Pero tras dos años de propuestas casi diarias (a pesar de la negativa rotunda de sus propios padres) Seraphine había llegado a una conclusión: si no fuera por el juicio aún cuerdo del alcalde y su mujer, ya habría sido vendida a su lado como si fuera una oveja más del mercado.


—La harina subió cinco yibal’s más.


Seraphine alzó una ceja al ver a la hija del mercader, sentada sobre un cajón como si gobernara el puesto. La niña masticaba una paleta más grande que su cabeza y la observaba como si fuera responsable del clima o de la inflación. Sus piecitos golpeaban la madera con una impaciencia ensayada.


—¿¡Cinco yibal’s más!?—Repitió, incrédula.


Genial. Con suerte le habían dado lo justo para cubrir el precio anterior, y ahora se quedaría sin harina… a menos que sacrificara parte de sus ahorros. Otra vez. Y eso dolía: había estado juntando cada moneda para comprar esos libros de tapa roja que tanto quería. No grimorios sospechosos (aunque el bibliotecario insistiera en que cada texto que tocaba era una bomba mágica a punto de estallar) sino una novela visual romántica sobre hadas enamoradas.


Algo dulce.


Algo bonito.


Pero no, el destino tenía otros planes. Y hambre.


—Cinco yibal’s más.—Repitió la niña, esta vez con la paleta colgando precariamente de su boca como si fuera una espada ceremonial.


—Está bien, dame una bolsa.—Murmuró, resignada.


La niña bajó de su improvisado trono y desapareció detrás del mostrador, dejando atrás la paleta babosa. El perro guardián la recogió con entusiasmo, dándole una segunda vida mucho menos gloriosa.


Seraphine suspiró. Otra vez sus ahorros desaparecerían. Tal vez los libros no fueran tan urgentes si no había nada para comer. Al final del día, no se podía cenar una historia de amor. Aunque, con la misma lógica, tampoco podía vestirse con dignidad: su vestido más bonito ya tenía remiendos, y sus zapatos lindos estaban rotos. Solo le quedaban los resistentes. Y feos.


Y también estaba el cumpleaños de su madre. Quería regalarle algo. Algo que no fuera harina.


—Gracias por su compra. Vuelva pronto.—Canturreó la niña al volver, entregándole la bolsa mientras el perro le devolvía la paleta babeada con cariño.


Seraphine la tomó con expresión neutra y se marchó lo más rápido que pudo, conteniendo las náuseas al ver cómo la niña volvía a llevarse la paleta a la boca como si fuera nueva.


Siguió su camino sin detenerse a hablar con nadie. Ni siquiera tropezó con algún transeúnte, aunque el mercado estaba abarrotado. Era como si el bullicio se abriera a su paso, como si llevara una enfermedad que todos temieran contraer. No era nuevo. Los lugareños solían evitarla como si fuera contagiosa, y eso que probablemente estaba más limpia que cualquiera de ellos. No le importaba, al menos no demasiado. Mientras no decidieran que era lo suficientemente bruja como para justificar una hoguera, podía tolerar sus miradas.


Al pasar por la parte más cuidada del pueblo, sus ojos se desviaron hacia el anuncio que el carruaje negro había clavado esa mañana. Frente a él, un grupo de muchachas se reunía con risitas y miradas brillantes. Lucían como flores recién cortadas: vestidos impecables, peinados elaborados y modales dulces como jarabe. Reían, especulaban, se medían entre ellas con la esperanza de que la academia eligiera a alguna.


Seraphine se detuvo un segundo más de lo que hubiera querido. No por envidia, sino por simple curiosidad. ¿Qué harían allá arriba? Más allá de practicar magia, claro. No la clase de “hechicería vulgar” por la que la gente como su abuela era señalada, sino la magia refinada que servía al reino, la que se enseñaba con libros gruesos y varas de marfil.


Se preguntó si también estudiarían botánica o si eso les parecería indigno. A veces se imaginaba a las alumnas como princesas brillantes y educadas, y a los príncipes como caballeros tan perfectos que solo existían en novelas. Nada como la gente de su pueblo, donde los dientes faltaban más que las sonrisas y la cortesía era un lujo escaso.


Pensó en el príncipe. El verdadero de su reino. El que, según los rumores, alguna vez había visitado la región.


Ahora ya no importaba.


Había muerto hacía poco por una enfermedad extraña, una que lo había ido apagando como una vela sin oxígeno.


Pensar en la muerte le revolvía el estómago.


Con ese pensamiento incómodo, desvió la vista y apuró el paso. No tenía ganas de encontrarse con Greco ni con ningún otro que pudiera arruinarle lo que quedaba de mañana. Por suerte, el resto del camino fue tranquilo mientras ascendía la colina. Puede que no fuera el mejor lugar para tener una panadería, pero al menos ahí el aire era más limpio.


—¿Mamá…?


Seraphine frunció el ceño al ver el carruaje negro estacionado frente a su casa. Era inusual que apareciera a plena luz del día, cuando normalmente cruzaba el pueblo en la noche, como una sombra que nadie quería mirar demasiado. Pero más extraño aún era que estuviera justo allí, frente a su puerta.


Su madre, en cambio, brillaba como nunca. Había una energía en sus gestos, una alegría tan viva que parecía haber olvidado por completo la existencia del luto. Hablaba con un hombre elegante, de rostro severo y mirada afilada, quien apenas alzó una ceja al ver a Seraphine, examinándola como si ya supiera todo sobre ella y no le agradara lo que veía.


Cuando su madre la vio, corrió hacia ella con un entusiasmo. Era más emoción de la que había mostrado incluso cuando murió su padre.


—¿Qué está pasando?—Preguntó Seraphine, confundida.


Dejó caer el saco de harina sobre un barril polvoriento y se limpió las manos en el delantal, que aún colgaba de su cintura como una segunda piel. Su mirada saltaba entre el anciano del carruaje y su madre, esperando alguna explicación lógica.


—¡Es un milagro, hija mía! ¡Un verdadero milagro!


—¿Qué…?


—¡Te han aceptado en la Academia! ¡¿No es maravilloso?!


¿Y ahora qué se suponía que debía hacer? Se preguntó, forzando una sonrisa para no empañar la felicidad de su madre.


¿Qué pasaría con sus hermanos? Los mayores no eran un problema inmediato; hacía tiempo que se habían marchado a trabajar a una fábrica en las afueras del pueblo. A veces enviaban algo de dinero, aunque ahora tenían sus propias familias que mantener. Pero los pequeños… ellos sí le preocupaban. Uno aún lloraba por el supuesto monstruo bajo la cama, y el otro seguía empeñado en comerse los mocos a escondidas.


Ella era quien mantenía a flote la casa: ayudaba en la panadería, cuidaba de su madre, y se aseguraba de que sus hermanos asistieran a la escuela, en lugar de escaparse a corretear el ganado hasta que el viejo Fred terminara correteándolos a ellos.


Pobre viejo Fred. Que en paz descanse.


Ahora ese papel lo cumplía su hijo, con menos paciencia y más gritos.


No podía simplemente marcharse y dejarlos. No ahora. No cuando aún la necesitaban.


—Será mejor que partamos cuanto antes. Si anochece, podrían aparecer más Delikans en el camino. Debemos aprovechar la mañana.—Dijo el anciano con voz firme y pausada, sin molestarse en mirarla directamente.


—¿Y si tú necesitas ayuda? ¿Y si me voy… y no estoy aquí cuando me necesiten?


—Seraphine…


—Mamá…


—Mi amor, esta es la oportunidad que siempre soñé para ti. No la dejes pasar por miedo. Por favor… toma lo que necesites y ve. ¿Puedes hacer eso por mí?


Su corazón latía con fuerza, como si intentara sujetarse al momento, aferrarse a todo lo que conocía. Miró a su madre, a sus ojos cansados pero brillantes de ilusión, y sintió que algo dentro de ella se rompía suavemente.


Guardó silencio, luchando con las palabras que no quería decir. Finalmente, con un hilo de voz, tan suave como el temblor de sus manos, respondió.


—…Está bien.


***

Seraphine llegó por la tarde a su destino. Un destino que nunca, ni en sus más salvajes fantasías, habría imaginado alcanzar. Allá en lo alto, suspendida entre nubes doradas por el sol poniente, se alzaba la Academia Real.


Un lugar de leyenda, reservado para princesas de cuentos, príncipes perfectos, herederos de linajes antiguos y nobles que caminaban como si el mundo les perteneciera. Y ahora, ella también estaba allí.


Desde la ventanilla del carruaje, sus ojos se perdían en la inmensidad de aquel paisaje imposible: jardines tan ordenados que parecían pintados, árboles altos y torcidos por la magia, y una cascada que caía sin una fuente visible, en medio de una isla flotante. ¿Cómo era posible que algo así existiera?


A su alrededor, otros carruajes se alineaban con precisión, transportando a más estudiantes, tantos que le resultaba difícil estimar cuántos eran. Cientos, tal vez miles.


El carruaje se detuvo al poco tiempo. Seraphine echó un vistazo a ambos lados antes de descender, justo cuando unas criaturas diminutas, con aspecto de hongos vivientes, comenzaron a descargar su equipaje con una fuerza sorprendente. Uno a uno, los pequeños seres transportaban baúles con precisión y energía, formando una fila que se perdía por una puerta lateral distinta a la majestuosa entrada principal.


Por un momento, Seraphine sintió un leve sobresalto. ¿Eran seguros? ¿Eran mágicos? Pero al notar que los demás estudiantes ni siquiera les prestaban atención, su preocupación se desvaneció poco a poco.


Entonces, sintió un leve empujón desde atrás.


—¡Ah! Lo siento mucho, no era mi intención chocarte.


Seraphine se volvió, encontrándose con una joven alta, de cabello negro cortado a la mandíbula. Su uniforme, en tonos oscuros, resaltaba entre la luz cálida del entorno y los colores brillantes de los demás estudiantes. Había en ella una elegancia discreta, casi melancólica.


—No pasa nada.—Respondió, apartándose un poco—Me quedé embobada mirando… y no noté que estaba bloqueando la entrada.


La chica sonrió con una gentileza inesperada, a pesar de que su apariencia era más marcada y distinta a lo habitual. Esa sonrisa, tan suave y sincera, dejó a Seraphine sin aliento por un instante.


—Soy Isadora Lenore.


—Seraphine E. Moonveil.—Respondió casi en un susurro, mientras estrechaba con cuidado las manos de Isadora.


—Veo que tú también eres una cosechada.—Dijo con un brillo de entusiasmo en la voz.—Vengo de Concla, un pueblo perdido más allá del mapa, casi olvidado.


—¿Cosechada?


—Sí, cosechada, seleccionada... es lo mismo.—Suspiró con resignación—Estos ricachones nos llaman así porque fuimos recogidas por caridad o para cumplir con la obligación de equilibrio político. Antes nos llamaban Manchados.


—Eso… eso suena horrible.


—¿De verdad no lo sabías?—Su mirada se oscureció por un instante.—Sí, suelen ser arrogantes y crueles. Supongo que es tu primer año. Yo ya estoy en segundo. Espero que nos asignen juntas en las habitaciones compartidas, aunque las cosas cambian mucho.


—Eso me encantaría…pero enfrentar a toda esta gente me da un poco de miedo ahora.


—Tranquila, no es tan terrible cuando te acostumbras. Aquí aprenderás a defenderte.


Seraphine siguió a Isadora, quien se abría paso entre la multitud con la seguridad de quien conoce bien aquel bullicio. De vez en cuando tomaba su mano para no perderla en el movimiento constante de estudiantes. Atravesaron pasillos llenos de ecos y voces hasta llegar al anfiteatro, donde tomaron asiento en las primeras filas, justo frente al escenario preparado para la ceremonia.


El murmullo se apagó por completo cuando las luces bajaron y un haz de luz dorada iluminó el centro del escenario. Apareció entonces una mujer de porte majestuoso, vestida con un traje dorado que brillaba con suavidad, y una mirada cálida que transmitía tanto autoridad como cercanía.


—Bienvenidos todos, y un saludo especial a quienes hoy pisan esta academia por primera vez.—Su voz sonó firme, serena y llena de convicción.—Soy Elena Saavedra, Rectora de AREA, la Academia Real del Equilibrio Arcano. Tendré el honor de acompañarlos como guía en momentos importantes y también en algunas de sus clases.


Se acercó un poco más al borde del escenario, como si quisiera conectar personalmente con cada uno de los presentes.


—Aquí no solo aprenderán la magia que mueve nuestro mundo, sino también la responsabilidad que conlleva usarla y por supuesto, asumirán roles de liderazgo que les ayudará en su futuro. AREA no es solo un lugar de conocimiento, sino un refugio donde se forjan a los jóvenes para encontrar un equilibrio interno y así entender cómo ese equilibrio puede afectar el futuro del reino, sus reinos.


»Les deseo éxito en este nuevo capítulo de sus vidas. Que cada día en esta academia los acerque más a la persona que están destinados a ser.


Las luces del anfiteatro se encendieron de nuevo, marcando el cierre del discurso. La rectora Saavedra ya se había dado media vuelta para retirarse, pero de pronto se detuvo. Giró con una sonrisa contenida, como si acabara de recordar un detalle importante, y alzó la mano con elegancia.


—Antes de que lo olvide.—Anunció con tono liviano, pero cargado de intención.—Las inscripciones para competir por el Trono de la Academia están oficialmente abiertas...Desde este instante.


Dicho eso, se marchó sin añadir más. El murmullo general no tardó en alzarse como un río desbordado.


—¿Competencia por el Trono?—Susurró Seraphine, desconcertada, mirando a Isadora.


Isadora soltó una risita suave, como si la pregunta la hubiera esperado.


—¿Tampoco sabías eso?—Preguntó con diversión.—Es una de las tradiciones más ridículas y peligrosas de esta academia. Cada año, los más ambiciosos, y a veces, los más tontos, se anotan para intentar ganar el Trono.


—¿Y qué significa eso exactamente? ¿Qué ganan?


—Para los nobles.—Empezó, con voz irónica.—ganar el Trono es como marcar su destino. Les asegura un lugar de poder, respeto, y la bendición de la Academia para gobernar en el futuro. Se convierte en una promesa política: el equilibrio perfecto entre magia, política y liderazgo.


Entonces su tono cambió, haciéndose más serio, casi sombrío.


—Pero para los cosechados…—Bajó un poco la voz, como si las paredes pudieran escuchar.—Para nosotros, ganar el Trono significa algo mucho más profundo. Significa dejar de ser una pieza de caridad o una herramienta del sistema. Significa pertenecer. Ser reconocidos. Ser iguales. Aunque, claro… nadie cree que podamos lograrlo.


Antes de que pudiera decir algo, ahogó un leve jadeo al sentir cómo una de sus trenzas era jalada desde atrás.


Se giró con lentitud, sin sobresaltarse, el ceño fruncido y la postura tan recta como una flecha. Su mirada se encontró con la de un joven que parecía haber escapado de un retrato antiguo: cabello rubio casi blanco, ojos de un azul helado y una sonrisa cuidadosamente calculada.


—Ah, respiras. Solo quería comprobar que no eras una estatua.—Dijo él, aún sosteniendo su trenza un segundo más del necesario antes de soltarla.—Desde atrás, parecías una muñeca de porcelana.


Seraphine no respondió de inmediato. Lo observó unos segundos, como quien analiza un fenómeno sin decidir aún si es fascinante o simplemente molesto.


—¿Y eso te parece motivo suficiente para tirar de mi cabello?


—¿Tirar? —Repitió con fingida ofensa, la sonrisa ladeada.—Qué palabra tan violenta…Yo diría que fue un toque pequeño. Una caricia, si estás de buen humor.


—No lo estoy.—Replicó con firmeza, sin parpadear siquiera.


Él chasqueó la lengua, divertido, como si jugara a un juego que solo él entendía.


—Qué lástima. Y yo que vine con mi mejor intención.


—¿Eso era lo mejor que tenías?—Preguntó Seraphine, cruzándose de brazos con una calma helada.—Tirar del cabello de una desconocida y compararla con una muñeca.


El muchacho se encogió de hombros, despreocupado.


—Funcionó, ¿no? Te diste vuelta, me hablaste. Paso uno, completado.


Seraphine no parpadeó.


—Si tu plan era parecer un idiota desesperado por atención, felicidades. Vas ganando.


Por primera vez, la sonrisa de él titubeó. No estaba acostumbrado a ese tipo de respuestas. Esperaba rubores, titubeos, quizás una risa nerviosa. No ese desdén suave.


—Vaya, estás llena de opiniones.—Dijo él, con un tono más seco, casi a la defensiva.—¿Siempre tan intensa, o solo cuando alguien te presta atención?


Ella sostuvo su mirada con una tranquilidad que bordeaba el desprecio.


—No necesito atención.—Ni siquiera alteró su tono.—Y mucho menos de alguien que la reparte como si fuera pan duro en una plaza.


El silencio que siguió fue breve, pero punzante. Él arqueó una ceja, molesto, aunque aún se aferraba a una fachada de ligereza. Lo que lo inquietaba no era solo la respuesta, sino lo que había en los ojos de ella: esa expresión que decía que ya lo había analizado, entendido y descartado como algo irrelevante.


Eso le dolió más de lo que admitiría.


—Sabes, podrías ser un poco más amable.—Espetó, con una sonrisa forzada.—Hay gente que mataría por mi atención.


—Entonces dásela a ellos.


No lo dijo con rabia. No alzó la voz. Simplemente dictó sentencia.


Y por primera vez en mucho tiempo, él no supo qué responder.


Isadora, que había observado en silencio, colocó una mano sobre el hombro de Seraphine, suave pero firme, y con una sola mirada, tranquila, le dijo más de lo que cualquier palabra podría haber logrado.


—Vámonos. A esta hora, los nobles empiezan a comportarse raro.—Murmuró con una media sonrisa, como si intentara disfrazar la incomodidad con humor.


Seraphine no necesitó más. Agradeció en silencio la intervención y, sin dirigirle al muchacho una última mirada, se levantó junto a Isadora. Juntas abandonaron el anfiteatro, con paso sereno.