Dentro Del Ciclo

All Rights Reserved ©

Summary

Antonio no está bien. A veces sonríe, a veces finge que todo pasa, pero por dentro sigue atrapado en lo mismo de siempre. Hay días en los que siente que avanza... y otros en los que ni siquiera logra levantarse. Todo lo que fue, lo que ya no es, lo que no terminó, lo persigue como si el tiempo no tuviera intención de seguir. Cargar con el pasado se ha vuelto su rutina. Aunque quiera salir, aunque quiera romper con todo, hay algo que siempre lo arrastra de vuelta. Un pensamiento, un recuerdo, un silencio. Pero nada dura para siempre. Los ciclos cambian, incluso cuando uno no está preparado. A veces, para poder seguir adelante, hay que atreverse a romper lo que duele. Y otras veces... hay que aceptar que no todos los ciclos se cierran como quisiéramos.

Genre
Drama
Author
NikoNunez
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

—La extraño —dije, mirando al suelo.

Eliza me miró de reojo.

—¿Todavía piensas en ella? —preguntó.

—A veces —susurré.

—Entonces deja de hacerlo —dijo, respirando hondo y obligándose a no gritarme—. Antonio, esa tipa era una bastarda, no te merecía.

—No todo fue tan malo —dije sin mirarla.

—¿Ah no? —se cruzó de brazos, molesta—. ¿Y qué parte no fue tan mala, Antonio? ¿Cuándo te dejó tirado sin decir nada, o cuando te hizo creer que la culpa era tuya?

No supe qué responder. Me sentía estúpido.

—Va a llegar a tu vida alguien que te ame de verdad, Antonio —me colocó una mano en el hombro—. Solo tienes que tener paciencia y no rechazar la idea de conocer a nuevas personas.

—Tienes razón, Eliza.

—Lo sé. Siempre tengo la razón —dijo sonriendo, y sin avisar, me revolvió el pelo.

—¿Era necesario desordenarme el pelo? —pregunté, fingiendo molestia.

—Sí. Totalmente necesario.

—Te odio —bromeé.

—Sí, lo que tú digas. Mejor sigamos caminando. Se está haciendo tarde —añadió, señalando el sol que ya comenzaba a esconderse.

Asentí y seguimos caminando. Eliza no dijo nada más; sabía que estaba cansada de repetirme lo mismo. Y la verdad es que tenía razón. No entendía por qué me costaba tanto soltar esos sentimientos. Ella se fue de mi vida hace unos meses, pero yo seguía atrapado en ellos.

—Ya está, cambiemos de tema antes de que se me caiga la primera lágrima —bromeé, forzando una sonrisa.

Eliza soltó una risa breve.

—Pensé que ya estabas llorando por dentro.

Solté una risa, negando con la cabeza.

—Qué tierna eres, Eliza —dije con sarcasmo—. Siempre tan sensible.

—Deberías estar agradecido de tener a una amiga tan sincera como yo —añadió, guiñándome un ojo.

—Créeme que estoy muy agradecido de tenerte en mi vida. —dije con una sonrisa leve, mirándola de reojo—. No sé qué haría sin ti.

Eliza me miró en silencio por unos segundos. Su sonrisa se volvió más suave, como si hubiera escuchado algo que necesitaba.

—Tú y yo hemos pasado por demasiadas cosas —murmuró al final, dándome un leve codazo en el brazo—. Y aquí seguimos.

Asentí, sonriendo mirándola fijamente.

—Sí... aquí seguimos —dije, encogiéndome de hombros mientras sonreía—. Nunca me voy a arrepentir de haberte recibido ese Shocman en el recreo.

Eliza soltó una carcajada.

—Fue el mejor trueque de mi vida. Yo te daba dulces, y tú me defendías del Eduardo.

—Y todavía lo podría hacer—agregué, con orgullo.

—¿Cuánto ha pasado? —preguntó finalmente, con voz pensativa—. ¿Diez años?

—¿Qué cosa, Eliza?

—Conocernos... ¿Cuánto ha pasado?

—Trece años —respondí, sonriendo con nostalgia.

—¡¿Qué?! —exclamó, abriendo los ojos como platos—. No puede ser... ¿tanto tiempo ha pasado?

—Sí, a mí igual me sorprende… —añadí, mientras me arreglaba la chaqueta—. Trece años aguantándote... joder, mi paciencia es increíble.

—Ay, por favor —me miró con los ojos entrecerrados, fingiendo estar ofendida—. Mi paciencia sí que es increíble; son incontables las veces que te has comportado como un completo idiota.

Solté una carcajada sin poder evitarlo.

—Mejor ni hablemos de cuando andas con la regla —bromeé—. Te conviertes en la reina de las idiotas... pobre Bruno, Dios se apiade del muchacho.

—Jódete, Antonio —miró al cielo, fastidiada.

Solté una risa sarcástica mientras seguíamos caminando. El sol bajaba y ya empezaba a hacer un poco de frío. Vi un café cerca y Eliza me sugirió que entráramos. Nos sentamos en una mesa y al poco rato se acercó la mesera para tomar el pedido. Pedimos dos cafés. Pasaron unos minutos y volvió con las tazas, las dejó sobre la mesa y se fue sin decir mucho.

—Este café está muy bueno —dije, dando un sorbo—. La verdad, no le tenía tanta fe.

—Eso te falta, Antonio —comentó Eliza, probando su café—. Tener fe y confianza.

—¿Seguimos hablando del café, verdad? —pregunté, un poco confuso.

—No, ya no —respondió, dejando su taza en la mesa—. Ahora estamos hablando de ti.

—Ay no, Eliza —dije, mientras bajaba la mirada—. Lo que menos quiero en estos momentos es tener esta conversación.

—Bien, entonces es momento de actuar —dijo con una gran sonrisa, levantando y bajando las cejas como si ya tuviera algo en mente.

—Y aquí vamos… —suspiré—. ¿Qué está pasando por esa cabezota?

—¿Te fijaste en la mesera que nos atendió cuando llegamos? —preguntó, con una risita.

—No —respondí, secamente.

—Pero yo sí —dijo sonriendo.

—Ajá… ¿y qué con eso? —la miré, tratando de adivinar qué era exactamente lo que estaba planeando.

—Ay, hombre tenías que ser —suspiró pesadamente mientras se terminaba su café—. Todo se les debe explicar con peras y manzanas. Lo que intento decirte es que la mesera se ve de nuestra edad. Podrías coquetear con ella y, de paso, pedirle el número.

Negué con la cabeza, sin saber qué decir.

—No es tan difícil, Antonio —añadió—. Solo sé coqueto.

Suspiré.

—Bien… lo haré —respondí con voz firme, aunque dudando un poco.

—¡Yuju! —exclamó, con una sonrisa de victoria en el rostro.

Me levanté de la mesa y me acerqué a la barra. Ahí estaba ella, dejando las notas con los pedidos de los clientes. Sentía el corazón acelerado, pero ya no podía arrepentirme.

—Hola —saludé, tímidamente.

Ella levantó la mirada.

—Hola —respondió amablemente, mientras acomodaba unas tazas en la bandeja—. ¿Necesitás algo...? ¿Azúcar o endulzante?

Me pasé la mano por el pelo, sin saber qué decir.

—No, no... o sea, sí. Bueno, en realidad no vine por eso.

Ella dejó la bandeja a un lado y me miró, visiblemente confundida.

—¿Entonces?

Tragué saliva.

—Solo... quería decirte que el café que preparan aquí es muy bueno.

Ella soltó una risa breve.

—Gracias, pero eso deberías decírselo a la dueña del local. Ella es la que lo prepara, yo solo tomo los pedidos y los llevo —dijo, mientras se acomodaba el delantal verde oscuro.

—Sí… tienes razón, bueno, entonces quiero decirte que haces un muy buen trabajo.

—Gracias —respondió con suavidad—. Pero algo me dice que eso no era lo que querías decirme.

—Bueno… en realidad quería decirte que eres muy bonita —murmuré.

Ella levantó ligeramente la mirada, sorprendida, y sonrió tímidamente.

—¿De verdad lo crees? —preguntó en voz baja.

—Sí, tienes lindos ojos y una bonita sonrisa —respondí casi al instante—. ¿Cuál es tu nombre?

—Leslie. ¿Y el tuyo?

—Antonio.

—Mucho gusto, Antonio.

—El gusto es mío, Leslie —dije mientras le sonreía—. Me preguntaba si... me dabas tu número y—

Ella me miró con una expresión seria antes de responder:

—Lo siento, Antonio, pero tengo novio.

Me quedé quieto mientras la miraba. Me sentía como un imbécil; no debí haberle hecho caso a Eliza.

—Perdóname, no lo sabía. Si hubiera sabido, no habría venido a molestarte —bajé la mirada, intentando no mostrar mi incomodidad.

—No te preocupes —levantó la bandeja con las tazas—. Ahora debo seguir trabajando.

—Sí, claro.

Me di vuelta y noté que Eliza me estaba mirando con una sonrisa. Me acerqué a donde estaba sentada.

—Necesito saber todos los detalles —me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Jódete, Eliza —dije mientras me sentaba con ella de nuevo—. Tu plan era una mierda.

—¿Lo arruinaste? —preguntó, negando con la cabeza.

—No, claro que no —me crucé de brazos—. Le dije que tenía lindos ojos y una linda sonrisa.

—¿Y qué pasó? —levantó una ceja—. ¿Te tomó como un acosador?

—No… —respondí—. Tiene novio.

—Mierda, qué mala suerte —dijo, mientras se ponía de pie y se colocaba su chaqueta.

—Sí, pero bueno —me levanté de la mesa—. Mejor volvamos al departamento.

—Estoy de acuerdo contigo. Vamos.

Salimos del local. Ya era de noche. Eliza pidió un Uber y no tardó en llegar. Apenas subimos, empezó a conversar con el chofer, como si lo conociera de antes. Siempre me ha sorprendido lo fácil que se le da hablar con cualquiera.

Al cabo de unos minutos, llegamos al departamento. Como de costumbre, el ascensor seguía sin funcionar.

Suspiré. Nada peor que terminar el día subiendo las escaleras.

—Otra vez, Eliza... ¿cuándo van a arreglar esto? —me quejé mientras comenzábamos a subir.

—El administrador dice que "la próxima semana", pero lleva diciendo eso dos meses —respondió encogiéndose de hombros.

Subimos en silencio. Con cada escalón me dolían las piernas.

Finalmente llegamos al piso. Eliza se detuvo frente a la puerta, revisando los bolsillos de su chaqueta en busca de las llaves. Las encontró al cabo de unos segundos y abrió la puerta del departamento.

—Hogar, dulce hogar —suspiró, dejando caer su bolso en el piso antes de ir directo al sillón.

La seguí y cerré la puerta detrás de mí.

—Todavía no me acostumbro del todo a vivir aquí contigo —comenté, dejándome caer a su lado.

—¿Será porque apenas llevas un día? —respondió, mirándome con una ceja levantada.

—Puede ser —bromeé, mientras me estiraba—. Fue un día agotador.

—Yo la pasé bien —añadió.

—Yo igual.

—Pero... —me miró de reojo.

—No hay pero.

—Antonio. Te conozco —se acomodó mejor para mirarme—. Sé que no estás del todo bien.

Bajé la mirada.

—¿Qué sucede? —preguntó—. Y quiero la verdad.

La miré un momento antes de responder.

—Me siento solo.

—¿Solo? —me miró, confundida—. Tú no estás solo. Me tienes a mí, tienes a tu mamá, a tu hermana… Todas te queremos mucho, Antonio.

—Lo sé... —sentí cómo las lágrimas comenzaban a correr por mis mejillas—. Todo esto es tan raro. No sé cómo estar bien. A veces estoy tranquilo… y luego me da pena todo. Me siento maldito.

Eliza se quedó en silencio por unos segundos. Se acercó y me abrazó sin decir nada, apoyando su mentón en mi hombro. No necesitaba hablar; su abrazo era suficiente.

—No estás maldito, Antonio —susurró al final, con la voz más suave que le había escuchado en todo el día—. Estás herido. Y eso es distinto.

Cerré los ojos. No sabía qué responder. Me sentía roto, pero en ese momento, abrazado por ella, también me sentía un poco menos solo.

Gracias —alcancé a decir.

Eliza se separó levemente, solo para mirarme a los ojos.

—Siempre que lo necesites... aquí estaré. Aunque sea para verte llorar por una idiota.

Solté una risa débil entre lágrimas.

—Ya ni siquiera sé si es por ella —admití.

Eliza me miró con atención, sin interrumpir.

—Siento que hay algo dentro de mí que no se va, como una tristeza que ya no tiene nombre, pero sigue aquí —me toqué el pecho, como si pudiera señalar el lugar exacto donde dolía—. Tal vez fue ella, tal vez soy yo... no sé. A veces me levanto y no tengo ganas de nada.

Eliza no dijo nada enseguida. Solo estiró la mano y la apoyó sobre la mía.

—Antonio... eso no es amor. Eso es agotamiento emocional —dijo en voz baja, con una sinceridad que no buscaba consolar.—. Has estado cargando con todo, tratando de entenderlo todo tú solo.

Asentí levemente.

—Estoy cansado, Eliza. De fingir que todo está bien. De hacerme el fuerte. De no tener a quién contarle esto... excepto a ti.

—Y eso nunca va a cambiar —dijo con firmeza, mirándome con los ojos brillosos—. Aquí estoy, ¿sí? Aquí voy a estar.

—Gracias, Eliza —la abracé de nuevo—. Eres la mejor amiga que podría tener.

—La única en realidad —me dió unas palmadas en la espalda—. Nadie me va a quitar ese lugar.

Me separé de ella y me limpie las lágrimas con mi brazo.

—Eso jamás va a pasar. Te lo prometo.

—Me parece bien —sonrió.

Eliza se levantó sin decir nada y desapareció en el pasillo rumbo a su habitación. Yo me puse de pie y fui a la cocina a servirme un vaso de agua, intentando calmarme un poco. Mientras bebía, escuché sus pasos de vuelta. Al girarme, la vi entrar al comedor con algo escondido detrás de su espalda.

—¿Qué tienes ahí detrás? —pregunté, confundido.

—Adivina —dijo con una sonrisa.

—Sabes que soy pésimo para eso —admití, apoyándome en el mesón.

—No importa, inténtalo igual.

—Bien… ¿un libro?

—Nop.

—¿Una figura de Spider-Man?

—Ni cerca.

—¿Un peluche o algo así?

—Tampoco.

—Me rindo…

—Entonces cierra los ojos —pidió Eliza, acercándose.

—¿Por qué?

—Porque sí, confía en mí.

Solté un suspiro exagerado, pero cerré los ojos.

—Si me lanzas algo a la cara, juro que me voy a enojar.

—Cállate —dijo, conteniendo la risa.

Sentí que se acercaba un poco.

—Ya puedes mirar.

Abrí los ojos. Eliza tenía en su mano un bolsito de regalo color azul brillante.

—¿Y eso? —pregunté, mirando el bolsito con curiosidad—. ¿Qué es?

—No lo sabrás hasta que lo abras —respondió con una sonrisa traviesa.

Me lo entregó sin decir nada más. Tomé el regalo entre mis manos y empecé a abrirlo con cuidado, notando cómo Eliza me observaba en silencio, como si esperara algo específico de mi reacción. Cuando vi lo que había dentro, mis manos se detuvieron.

—Es un... —murmuré, aún procesando lo que veía.

—MP3, sí —asintió con una sonrisa suave—. Sé lo que pasó con tu antiguo MP3, y lo importante que era para ti. Por eso decidí comprarte uno nuevo.

Aún no lo terminaba de procesar.

—Eliza... —dije con la voz algo baja—. Esto debió costarte demasiado.

—¿Sabías que preguntar el precio de un regalo es de mala educación? —me interrumpió, levantando una ceja.

—Sí, pero...

—Nada de “pero” —frunció el ceño con una sonrisa—. Es un regalo de bienvenida, por aceptar venirte a vivir conmigo.

—Muchas gracias —saqué el MP3 del bolsito con cuidado—. Está increíble.

—Me alegra mucho saber que te gustó —dijo, sonriendo—. No sabía muy bien qué regalarte, la verdad.

—Me encantó, Eliza. De verdad —añadí, mirándola con sinceridad.

Eliza se quedó mirándome, y por un momento no dijo nada. Solo sonrió de lado.

—Tú también mereces que te cuiden un poco —dijo finalmente, con voz suave.

Sentí un nudo en la garganta. Bajé la mirada al MP3 y sonreí.

—Esto me recuerda a cuando éramos chicos. A los recreos, cuando me lo prestabas para que escuchara música mientras almorzábamos. —dijo, mirando el MP3.

—Y tú me lo devolvías todo aceitoso —solté una risa.

—Detalles —bromeó, pasándose la mano por la nuca.

Ya iban a ser las once de la noche. Eliza bostezó largamente y se estiró como un gato.

—Hora de dormir, señor nuevo inquilino —dijo entre bostezos.

—Sí, ya es tarde —asentí, guardando con cuidado el MP3 en mi bolsillo—. Gracias otra vez… por todo.

—No tienes que agradecerme nada —respondió con una sonrisa tranquila—. Buenas noches, Antonio.

—Buenas noches, Eliza.

Cada uno se fue a su habitación. Cerré la puerta detrás de mí y me senté en la cama por unos segundos. Me acosté sin siquiera cambiarme de ropa, mirando al techo.

No estaba triste. Tampoco bien. Solo... vacío.