Latido falso.

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Summary

Siempre me han intrigado las cosas que laten sin corazón. Los relojes. Las máquinas viejas que insisten en funcionar. Las ideas que regresan aunque juramos haberlas olvidado. Hay algo profundamente inquietante —y, al mismo tiempo, hipnótico— en los mecanismos que imitan la vida. Esos gestos que parecen humanos, pero no lo son del todo. Ese “casi” que tiembla al borde de la conciencia. Este libro nació ahí. En el borde. No sabría decirte exactamente cuándo empecé a escribirlo. Solo sé que en algún momento dejé de sentir que lo estaba escribiendo yo. Las palabras llegaban antes que los pensamientos. Las escenas se formaban como si ya hubieran ocurrido, y yo solo estuviera recordando. O releyendo algo que aún no había vivido. No busques aquí una gran historia. Tampoco personajes épicos ni revelaciones evidentes. Este no es ese tipo de libro. Es más un susurro. Un eco. Un mapa mal dibujado que no lleva a ningún lugar… y a todos al mismo tiempo. Hay quienes dirán que la historia es una metáfora. Otros dirán que es una crítica. Unos pocos tal vez piensen que es solo un experimento. Y quizás todos tengan razón. Pero si mientras lo leés sentís, aunque sea por un segundo, que alguien te está mirando desde las páginas… No te asustes. Es solo el libro latiendo. De nuevo.

Genre
Other
Author
Ecoscuro
Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 — El cursor parpadea

“Hay un silencio especial cuando se vive solo. No es el silencio que se escucha, sino el que te mira.”

— Fragmento encontrado en una nota sin firmar.


Hoy, por primera vez en mucho tiempo, me he obligado a escribir.

No por inspiración, ni por terapia, ni por deseo. Por miedo.

Miedo de que las palabras se me mueran por dentro.

Dicen que escribir es una forma de hablar cuando nadie te escucha. Supongo que eso lo dijo alguien que nunca ha vivido en un edificio donde las paredes transpiran silencio y el ascensor tarda lo suficiente para que pienses en tu infancia. Hay días en los que el único sonido real que escucho es el pitido del microondas. Y eso, cuando me acuerdo de comer.

No soy escritor. Ni poeta. Ni nada que merezca un título. Soy… Elías. Tengo 38 años y la habilidad social de un mueble antiguo. No sé en qué momento me convertí en alguien que saluda más a su nevera que a otros humanos. No fue de golpe. La soledad no llega como una ola; es más bien como el moho. Te coloniza despacio. Se instala en los rincones. Cuando te das cuenta, ya estás lleno de ella.

Así que he abierto este documento, y el cursor parpadea como un pequeño latido. Tic. Tac. Tic. Tac. No es tiempo. Es una provocación.

Es como si me dijera: “¿Vas a decir algo o vas a seguir fingiendo que existes?”

Y escribo.


Ayer, en una cafetería de esas de diseño industrial con baristas que parecen poetas rotos, escuché a una pareja hablar de un libro que “los había cambiado”.

Me senté cerca. Fui para salir de casa, no para espiar. Pero a veces, cuando uno no tiene historia propia, se alimenta de las migajas ajenas.

La chica decía que le impactó la sensibilidad de la autora. Que cómo podía escribir con tanta verdad. El chico asentía con expresión de quien entiende cosas profundas porque aprendió a fruncir el ceño con estilo.

Después mencionaron que habían leído que el libro estaba co-escrito con Inteligencia Artificial.

Ella rió. Dijo algo como:

Qué loco que una máquina pueda escribir mejor que nosotros.

Y él remató con:

Sí. Supongo que los escritores ahora son más editores que autores.

No supe si me dio risa, lástima o miedo.

No sé si estoy escribiendo para ganarle a una IA.

O si estoy escribiendo para no ser olvidado por una.


Hoy le hablé a mi planta.

Tengo una Sansevieria. Le dicen “lengua de suegra”, lo cual me parece ofensivo y probablemente misógino, pero como no tengo madre ni suegra, no protesto. Se llama Greta. La planta, no la suegra.

Le dije: “¿Tú también crees que me estoy volviendo loco?”

No respondió, lo cual me pareció una señal de que todavía no estoy completamente ido.

A veces pienso que debería adoptar un gato. Pero luego me recuerdo que no quiero morir y que lo descubran porque el animal empezó a comerme.

Eso también lo leí una vez en internet.


Escribir es raro. Uno piensa que va a escribir lo que siente, pero en realidad escribe lo que puede soportar leer después.

Hay un filtro automático que evita que la verdad pura se derrame. Porque duele. Porque incomoda. Porque uno no quiere ver su miseria en letra Arial 12.

Así que uno decora. Uno inventa metáforas. Uno suaviza.

Y supongo que así es como nace la literatura.


¿Sabes qué es lo más absurdo? Que cuando pienso en las cosas que me han hecho llorar últimamente, casi todas fueron ficción.

Una escena de una serie.

Una canción en la ducha.

Una carta de un personaje que no existe.

¿Qué dice eso de mí?

¿Que soy sensible?

¿O que estoy tan roto que necesito que alguien imaginario me diga lo que nadie real me ha dicho?

“Te entiendo.”

“Te veo.”

“No estás solo.”

Supongo que si alguien leyera esto —y no lo hará— pensaría que soy un personaje. Uno de esos narradores deprimidos que aparecen en libros de autores jóvenes con problemas existenciales.

Esos libros que venden porque la gente quiere leer lo que teme sentir.

Pero no.

No soy un personaje.

O eso creo.


Me da rabia pensar que quizás un día alguien encuentre estos escritos y diga:

Wow, esto está muy bien. Qué interesante visión del vacío moderno.

Y entonces una editorial lo publique y pongan en la contratapa:

“Un retrato íntimo y brutalmente honesto de la soledad urbana.”

Y luego descubran que no existo.

Y digan:

Ah, fue hecho con IA. Claro. Por eso es tan... técnico.

Y todo se invalide.

Como si el dolor necesitara tener carne para ser válido.

Como si las palabras solo dolieran si fueron escritas con sangre y no con código.


Pero me distraigo.

Lo cierto es que hoy es martes. Creo.

Hace calor, aunque no tanto.

Mi vecina gritó a las 8 a.m. a alguien por teléfono. Supongo que sigue viva.

Y yo, por alguna razón que aún no entiendo, escribí 872 palabras en este archivo.

Más que cualquier día anterior.

Menos que lo que siento.

Pero algo es algo.

El cursor sigue parpadeando.

Como si me esperara.

Como si me dijera:

Vamos, Elías. Aún no has dicho todo.